domingo, 1 de mayo de 2016

NADA PARA FESTEJAR, MUCHO TRABAJO POR HACER


Sabido es que el Día del Trabajador es una conmemoración vinculada a la lucha del movimiento obrero por conquistar derechos, que con el peronismo se convirtió en nuestra país en una celebración, algo que tenía que ver con el clima de época de aquéllos años en los que los trabajadores cobraron visibilidad política, y adquirieron derechos.

Gobernar es crear trabajo decía Perón, que se escandalizaba por las cifras del desempleo de la época “en un país en el que todo estaba por hacerse”, como le gustaba repetir. En esas dos premisas estaba toda una orientación luminosa de la acción de gobierno, pero además una visión que partía del rescate del sentido que tiene el trabajo como expresión de la dignidad humana (algo que es común a muchas tradiciones políticas y sociales), para ir más allá: la contribución de los trabajadores al engrandecimiento del país, y un modelo económico y de desarrollo productivo donde el trabajo era central.

Una centralidad que le reconocía la propia Constitución del 49’, y que lo rescataba del olvido de la Argentina pastoril, en cuyo relato los trabajadores no tenían cabida: para la oligarquía el destino nacional estaba indisolublemente unido a sus intereses de clase, y se sentían los únicos constructores -y en consecuencia dueños- del país; que le “prestaban” para vivir al resto, en tanto les sirvieran.

Los años kirchneristas se entroncaron entonces en la mejor tradición del peronismo, y el trabajo recobró centralidad política, económica y social: la propia Cristina enfatizaba en cuanta oportunidad tenía el rol del trabajo como principal ordenador de la vida social, individual y familiar.

Mientras el país creció a tasas chinas, creó al mismo tiempo empleo abundante, y lo siguió creando aun después,a menor ritmo, pese al latiguillo que dice lo contrario. Y mientras se creaba empleo (como consecuencia directa de políticas públicas) se recuperaba el salario, por vía directa a través de las paritarias o la reactivación del Consejo del Salario, o por vía indirecta, como con los subsidios a las tarifas de los servicios públicos.

Pero además y siempre que pudieron, los gobiernos kirchneristas defendieron el empleo cuando se vio amenazado, y pusieron en ese defensa una prioridad de las políticas públicas; algo que en circunstancias difíciles cobró tanta importancia como crearlo cuando las cosas venían mejor. Se incorporaron a la plenitud de los beneficios del derecho laboral a colectivos de trabajadores secularmente excluidos, como los docentes universitarios, los docentes privados, el personal de casas de familia o los trabajadores rurales. 

Se diseñaron políticas contracíclicas que alentaran la ocupación de mano de obra (como el PROCREAR), se apeló a los Repro, se facilitó el financiamiento productivo que hoy se extraña como ausente, se modificó la ley de quiebras para dar impulso al movimiento de empresas recuperadas; y hasta la propia AUH (una revisión sobre la marcha de los postulados originales del kirchnerismo) consagró un derecho pleno a los trabajadores excluidos del circuito de la formalidad, en cabeza de sus hijos y en paridad de condiciones con los trabajadores formales.

La política previsional -priorizando la ampliación de la cobertura del sistema. tuvo un sentido reparatorio de las trayectorias laborales truncadas en los 90' por el desempleo y la informalidad.Por supuesto que quedaron muchas asignaturas pendientes: bajar de un modo más rástico los niveles de informalidad laboral, corregir estructuralmente el esquema de Ganancias, erradicar las diferentes formas de precarización, discutir un modelo integral de salud donde redefinir el rol de las obras sociales sindicales y los aportes de los trabajadores, que son salario diferido. 

En estos cuatro meses todo cambió drásticamente, y como prueba de ello baste decir que pasamos de discutir Ganancias, a plantear leyes anti-despido; porque para el gobierno de Macri (y más allá del chiste sobre la vagancia presidencial) el trabajo no tiene importancia central; y así lo trasunta el lenguaje, y lo definen las políticas públicas, y las prioridades de la gestión.

Todo pasa por "atraer a las inversiones", haciendo en el camino todas las concesiones que sean necesarias al capital, empezando por abaratar el costo de la fuerza de trabajo. Se habla de empleo inútil o ficticio, grasa militante, trabajo innecesario, costo laboral, cargas laborales, se despide a gente sin miramientos y sin políticas compensatorias, dando el Estado el ejemplo que incentiva a los empresarios a repetirlo.

Se retomó el lenguaje noventista y las políticas: eliminación de aportes patronales,  se vuelve a apuntar a la precarización y flexibilización laboral como pre-requisito necesario para acceder al empleo, el gobierno se opone de frente a establecer mecanismos legales de protección contra despidos; mientras la devaluación de la moneda se hizo -esencialmente- para responder al reclamo empresario de "recuperar competitividad" porque los salarios "estaban altos en dólares, generando un proceso inflacionario que tomó por asalto el poder de compra de las remuneraciones.  

Y hubo más: el brutal desmontaje de los subsidios a las tarifas de los servicios públicos (formas de salario indirecto), la defraudación a los que esperaban cambios profundos en Ganancias, la hibernación de los Repro hasta su práctica desaparición, la eliminación de las estructuras de asesoramiento jurídico gratuito del Ministerio de Trabajo

Se exalta el "emprendedurismo" en desmedro de la dimensión social y solidaria del trabajo, y lo lazos que crea entre los propios trabajadores; alimentando la fantasía de ser "cada uno su propio patrón" en una economía que no crece, con un modelo de valorización financiera en el cual el empleo de calidad y bien remunerado es considerado un costo a reducir; y se lo destruye por acción u omisión.

Se han planteado las paritarias por productividad y por metas de inflación futuras, mientras se alienta la negociación a nivel de empresa para atomizar aun más el fragmentado universo sindical; y Prat Gay en tono extorsivo conmina a los trabajadores a aceptar menores salarios, a cambio de conservar el empleo.

Se reprime la protesta social y se instala un "protocolo" para contenerla, a sabiendas de que las políticas desplegadas no harán sino alentarla; mientras en el colmo del cinismo Macri dijo en Cresta Roja (donde reincorporaron a 1300 de los 3500 trabajadores despedidos, y en condiciones de precarización absoluta, con reducción salarial y contratos a prueba) que iba a cuidar a todos los argentinos como cuidó a los trabajadores del a empresa, impiadosamente baleados por la Gendarmería cuando protestaban reclamando por sus fuentes de trabajo.

Tras la protesta conjunta de las CGT y CTA del viernes y con la profunda crisis del sindicalismo como telón de fondo (con socios políticos del gobierno en la conducción de muchas de las entidades gremiales), está pendiente la articulación de la protesta social con la organización política, tendiendo los puentes necesarios entre las diferentes plazas, marchas y protestas; para formar un bloque en condiciones de oponerse a la restauración neoliberal en marcha.

Corren malos tiempos para el trabajo y los trabajadores, y este 1º de mayo nos encuentra con poco para celebrar, y mucho trabajo por hacer, y trabajadores y salarios que defender. Ese es el principal desafío político de los tiempos por venir en la Argentina.

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