sábado, 9 de noviembre de 2019

AMÉRICA LATINA: EPPUOR SI MUOVE


Con razón América Latina, la región más desigual del planeta, llama tanto la atención de los politólogos más allá de sus límites: es el lugar donde siempre pasa algo, o donde siempre puede pasar. Acaso sea así justamente porque es tan desigual: si el neoliberalismo insiste en sembrar desigualdad y exclusión, seguirá cosechando convulsiones políticas y sociales.

La posible liberación de Lula de su bochornosa prisión es un hecho resonante más, de los tantos que hubo en los últimos tiempos. Un hecho que pone en crisis las prácticas de "lawfare" que se han extendido por todo el continente para perseguir a adversarios políticos, con el "know how" provisto por los Estados Unidos, para servir a sus intereses estratégicos. Las mismas prácticas que acá se están cayendo a pedazos, después del resultado electoral del 27 de octubre.

Y este es el primer dato relevante que arroja el cuadro de situación: Donald Trump marcha rumbo a culminar su mandato (aun cuando consiguiera la reelección) fracasando en toda la línea en el intento de su administración y el de los sectores que representan el poder permanente del país del norte, una vez que recuperaron el interés en su patio trasero, de poner de su parte lo que fuera necesario para posibilitar un largo período de gobiernos de derecha en la región; que clausuraran el ciclo de experiencias populistas de la primera década del siglo.

El caso más emblemático al respecto es el de Venezuela, donde Maduro se sostiene en el poder contra todo, y el fantasmal gobierno de Guaidó parece ir desvaneciéndose como alternativa, al mismo tiempo que pierde impulso la alternativa de la intervención militar; en tanto el "Grupo Puebla" parece crecer con la casi segura incorporación de la Argentina de Alberto Fernández, en desmedro del "Grupo Lima", el canal que empleaban los EEUU para vehiculizar la opción intervencionista, y el desconocimiento liso y llano del gobierno bolivariano.

Es tan cierto que, aunque salga libre, a Lula le queda por delante un camino largo y farragoso para estarlo por completo y de modo definitivo, como que su reaparición en la escena pública sin restricciones cambia de modo decisivo el panorama político en Brasil, y por el peso específico del país, en toda la región. Bolsonaro ha logrado avanzar en algunas de sus reformas más agresivas por su ausencia y el desmembramiento de la oposición que provocó la ausencia de Lula, y eso lo tentó a proyectar un liderazgo más allá de las fronteras de su país, bajo la sombra del águila yanqui: con Lula libre y la posibilidad cierta de volver al poder, esa aventura entra en entredicho; no sin antes decir que otros proyectos "refundacionales" como el acuerdo de libre comercio Unión Europea-Mercosur han pasado a mejor vida.

Al mismo tiempo Ecuador y en mayor medida Chile siguen sacudidos  por protestas sociales contra las políticas neoliberales y sus efectos; y mientras en el primer caso el gobierno de Lenin Moreno sigue a pie juntillas el manual del "lawfare" (están un paso atrás de Brasil: la Corte Suprema ecuatoriana acaba de ratificar la prisión preventiva de Rafael Correa), en el segundo no se vislumbra aun una salida política, y el gobierno de Piñera interpreta esa ausencia como una luz verde para volver a avanzar -de a poco- en responder a la protesta con represión.

En Uruguay el Frente Amplio está como estábamos nosotros en el 2015: con una victoria muy apretada en primera vuelta, y enfrentando un balotaje con la chance cierta de que las fuerzas de derecha unan votos y lo desplacen del poder. Pero por contraste en Argentina las fuerzas populares, nacionales y democráticas le propinaron una dura derrota desde el llano (factor que la agiganta) no solo a la encarnación electoral del neoliberalismo y la derecha política, sino al inmenso bloque de poder local y continental nucleado detrás de ella, que le dio su apoyo decisivo pero infructuoso para evitar la derrota.

Y en Bolivia Evo enfrenta una intentona golpista al estilo de las que viene soportando Maduro en Venezuela hace años, pero a diferencia de éste, plantado sobre más de una década de estabilidad, crecimiento económico e inclusión social; lo cual reduce el plafond social para los golpistas, cosa que hasta los impresentables de la OEA han comenzado a advertir.

Viniendo a nuestro país, este panorama puede abrir una ventana de oportunidad para que el gobierno de Alberto Fernández no solo pueda convertirse en pieza central del proceso de recomposición de un bloque político regional de sentido popular y democrático (ese fue uno de los objetivos de su viaje al México de López Obrador), sino para encarar una difícil renegociación por la deuda externa (el principal condicionante estructural que le deja Macri como herencia) , en condiciones más favorables.

De hecho y si tuviéramos que apostar, algo (o mucho) de todo eso hay en el sutil cambio de discurso de la administración Trump y del staff del FMI, en sus declaraciones públicas sobre el caso de Argentina y su deuda: acaso estén evaluando que no les conviene tensar demasiado la soga con exigencias, luego del estrepitoso fracaso de su estrategia política de apostar un costosísimo pleno a la reelección de Macri; al riesgo de que se profundice una "alternativa populista" de dinámica imprevisible. 

No se trata de lo que efectivamente pueda pasar -por ejemplo acá con el gobierno de AF-, sino de lo que ellos creen que puede pasar, y lo que piensen hacer para evitarlo: facilitar una renegociación de la deuda argentina sería, en ese caso, el "Plan B" para lidiar con los populismos regionales, tras el fracaso del experimento de la "hegemonía macrista", con financiación made in USA.

En fin, como decíamos al principio, frente al sueño del pensamiento único neoliberal (soporte iodeológico actual de la política imperialista de Estados Unidos) de reinar sobre la paz política y social de los cementerios, América Latina, el continente de lo imprevisto y lo impensado, como diría Galileo, "y sin embargo se mueve".

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