jueves, 21 de noviembre de 2019

VUELVE LA CORDURA


Cuando el modelo de valorización financiera para la fuga de capitales que puso en marcha en diciembre del 2015 empezó a hacer agua por su propia insustentabilidad intrínseca y se le cerraron los mercados privados de deuda, en abril de 2018, Macri acudió al FMI como prestamista de última instancia; para que terminara convirtiéndose en el sostén casi exclusiva de otra fallida experiencia neoliberal en el país.

La matriz del programa económico aplicado por el gobierno de “Cambiemos” desde su inicio era congruente con el manual de recomendaciones que siempre desempolva el FMI para todos los países, en todas las circunstancia, de allí que se puede decir que Macri “fue” al Fondo antes de ir, tanto es así que cuatro meses antes (en diciembre del 2017) hizo aprobar en el Congreso la reforma previsional para ajustar a la baja las jubilaciones y pensiones modificando la fórmula de movilidad, una de las recomendaciones del organismo desde siempre.

Dolarización de las tarifas y los precios de la energía, ajuste y contracción del gasto público, reducción de las funciones del Estado, desregulación de la cuenta capital y del mercado cambiario, y planteo de las reformas estructurales “de segunda generación” como la flexibilidad laboral: el set completo de políticas aplicadas por Macri antes de ir al FMI, y sostenidas luego, como que son el libreto conocido del organismo multilateral.

Luego de haber cerrado el acuerdo de financiamiento más amplio de toda su historia con país alguno, el FMI debió borrarlo con el codo reiteradas veces, porque los efectos de las políticas desplegadas de acuerdo a los términos del mismo (que no diferían, como dijimos, de las que Macri ya venía aplicando por su propia cuenta) eran desastrosos, y exactamente inversos a los previstos, como siempre que el Fondo interviene en algún país.

Suba de la inflación, la pobreza, la desigualdad y el desempleo, retroceso del salario real, caída de la actividad productiva, depreciación de la moneda, quiebra de empresas y descapitalización de muchas otras, aumento exponencial del hambre y la inseguridad alimentaria, aceleración del flujo de la fuga de capitales financiada con endeudamiento público (que a eso vino el FMI, en definitiva: a ayudar a los amigos a salir del país, y dejarnos a nosotros la mochila de la deuda), en fin, historia conocida.

El Fondo se convirtió en el financista de la campaña de Macri, violando sus propios estatutos al redoblar el giro de recursos aun cuando las propias metas establecidas en el acuerdo no se cumplieron (hoy está en crisis hasta el equilibrio de las cuentas públicas que se exhibía como un logro), y financiando con esos recursos la fuga de capitales; en abierta violación a su carta constitutiva.

Pero además la apuesta salió mal: aun con el generoso auspicio del FMI y el gobierno de EEUU (y acaso también por eso) Macri fue estrepitosamente derrotado por la fórmula del “Frente de Todos”, en las PASO primero y en las elecciones generales, después. De un modo tal que no quedaron dudas del rechazo de la mayoría del pueblo argentino a sus políticas, que son las del FMI, con o sin acuerdo, antes o después del mismo: historia repetida y conocida.

Como es historia conocida la insólita pretensión de Kristalina Georgieva (la sucesora de Lagarde en el Fondo) de que Alberto Fernández continúe con el programa económico de Macri, cuando fue votado para hacer exactamente lo contrario; lo cual nos remite a la discusión de la relación entre neoliberalismo y democracia: como hemos dicho antes, son lisa y llanamente incompatibles.

De modo que el “frenazo” de Alberto a la señora Georgieva haciéndole notar que el país no tolera ya más ajustes, lejos de ser un desplante o un capricho, es un acto de la más estricta racionalidad política y económica. La económica no es ni siquiera necesario explicarla: la experiencia del gobierno de Macri (y de otros tantos antes de él que aplicaron programas de ajuste con el manual del FMI) demuestra con las propias cifras oficiales que las políticas de ajuste no resuelven ninguno de los problemas estructurales de la economía argentina, empezando por el principal: la restricción externa, ni hablemos de la pobreza o la desigualdad.

Y la racionalidad política del planteo de AF es también elemental: cuál sería el sentido último de un proceso electoral que estuvo además signado por la polarización entre dos alternativas bien delimitadas (y ambos polos se ocuparon de dejarlo claro en sus campañas), si fuera cual fuera su resultado, la consecuencia es que se sigan aplicando las políticas que produjeron ese resultado, contrario a las expectativas del FMI: es de manual, digamos.

El Fondo deberá empezar por asumir su rotundo fracaso (uno más, y van) en términos económicos y además políticos: por convicción propia o por presiones de la administración Trump, apostaron un pleno a Macri, y les salió mal, de modo que en esas condiciones no pueden simplemente hacer como si no hubiera pasado nada, y exigirle al nuevo gobierno el cumplimiento escrupuloso de lo pactado con el anterior, que reescribieron una y mil veces, para no soltarle la mano a Macri en pleno proceso electoral.

Eso, y aceptar que deberán renegociar su deuda si es que quieren cobrar algo; porque de lo contrario es, lisa y llanamente, imposible, no porque lo diga Alberto Fernández, sino porque los números no mienten, y no se pueden hacer milagros, aun queriendo.

1 comentario:

  1. Que el FMI muestre algún ejemplo de resultados positivos de sus políticas en cualquier país durante los últimos treinta años.
    Acá tiraron 60.000 millones de dólares para ganar una elección y la perdieron, y pretenden ser palabra calificada.
    Tienen una formación tan sólida como su socio Macri. Que pongan un kiosco,a ver si aguantan seis meses sin fundirlo.
    El Colo.

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