miércoles, 23 de junio de 2021

ADIÓS MAESTRO

 

Corrían aquellos turbulentos meses del 2008 de la revuelta agrogarca contra las retenciones móviles, cuando todo parecía haberse dado vuelta: a juzgar por la Argentina "visible y audible", el gobierno que había ganado las elecciones en primera vuelta con más del 45 % de los votos y doblando en número a la segunda fórmula, estaba solo y huérfano de todo apoyo social.

A tres meses de comenzado el mandato de Cristina, pareció de repente como si las elecciones no hubieran sucedido, o al menos eso era lo que quisieron que pensáramos. Fue entonces que un grupo de intelectuales y personalidades de la cultura del campo nacional y popular salieron a romper el relato hegemónico, quebrando lanzas en favor más que de un gobierno, de la legitimidad democrática asediada por la embestida corporativa.

Entre ellos y en un lugar preponderante, junto con otro sentido ausente de éstos tiempos, Nicolás Casullo, estaba Horacio González; quien nos dejó físicamente ayer, víctima del COVID. A su pluma certera debemos aquella expresión "voluntad destituyente" que captó con agudeza la naturaleza sediciosa del planteo de las patronales agrarias, mucho antes del "voto no positivo" y el surgimiento de esa invención política argentina: el vicepresidente opositor.

Con sede en la Biblioteca Nacional, y desde el sitial que ocuparon en tiempos oligárquicos Groussac y Borges, Horacio González convocó a apoyar al gobierno, desde el lugar de la reflexión, el pensamiento y la articulación de un relato -palabra demonizada si las hubo, por el sentido común instalado por los medios hegemónicos- que explicitara y diera sentido al proyecto popular en desarrollo.

Con la misma coherencia que había tenido en su juventud en las "Cátedras Nacionales" y que tendría hasta el final de sus días, Horacio eligió salir de la torre de marfil del intelectual exquisito y erudito (que sin dudas lo era, mucho más que algunos que presumen de tales sin fundamento), para asumir el compromiso militante en defensa de sus ideas, con la independencia de una mente inquieta, pero con la convicción de que ese, el de las ideas, era un campo en el que la lucha política debe darse siempre.

Parafraseando a Perón -de cuya trayectoria nos legara un libro monumental- bregó hasta el final por "institucionalizar la lucha por la idea"; en tiempos en los que la pereza intelectual se disfraza de eslóganes vacíos que no explican nada, como "la grieta".

En un mundo regido por la fugacidad de las imágenes, Horacio González no renunció nunca a expresar ideas por la palabra escrita, que nos deja su trazo indeleble para invitarnos, una y otra vez, a pensar. En una sociedad gobernaba por la espectacularidad de los retruques picantes en los medios o las redes sociales, él nos convocaba a la reflexión profunda, con armas tan antiguas como nobles e imprescindibles.

En un medio que le cuelga el cartel de "intelectual" a cualquier paparulo que sabe repetir, con astucia, los lugares comunes del poder que abren puertas y construyen prestigios, Horacio era un intelectual auténtico, con todas las letras y en la más pura acepción del término: alguien que aplicaba un intelecto poderoso a la iluminación de nuestro dramas cotidianos, pensando al mismo tiempo que invitaba a pensar. 

Y al mismo tiempo con humildad y con esa pinta de  Doctor Chapatín que rompía con los estereotipos visuales de los amanuenses culturales del régimen, como diciéndonos de entrada que él era -en palabras de Raúl Scalabrini Ortíz- "uno cualquiera, que sabe que es uno cualquiera".  

Con Horacio González se va uno de los más grandes pensadores del campo nacional y popular, de los que no sobran. Pero si es cierto que nosotros tenemos pocos, ellos no tienen ni siquiera uno que le llegue a los talones. Tuits relacionados: 

3 comentarios:

  1. Nota impecable.Felicitaciones. Suscribo desde la primera a la última palabra

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  2. Tengo sensaciones cruzadas con Horacio González. Por supuesto que adhiero a todo lo que pusieron en el post, pero en cuanto a su estilo de escritura siempre pensé que podría haber escrito más claro sin perder un gramo de sus ideas ni de su erudición.

    En fin, una lamentable noticia.

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