A Lula nadie lo chicanéo desde adentro del PT, ni lo "limó", ni tuvo una interna desgastante ni nada de eso. Y perdió igual. Las cosas no son tan lineales, no sean tan básicos, ni sobreestimen la influencia de la política (como estructura) sobre la sociedad.
— La Corriente K (@lacorrientek) October 5, 2026
...identidad política de los electorados, más allá de sus circunstanciales encarnaciones electorales. Por eso votan sin complejos a un demente como Milei, a un don nadie como el hijo de Bolsonaro o a un megalómano como Trump.
— La Corriente K (@lacorrientek) October 5, 2026
Cada vez que hay elecciones en algún lado se ensayan lecturas sobre los resultados, con mayor razón en un caso como el de Brasil, que por su tamaño y significación política no podría escapar a la atención. Y también cada vez que hay procesos electorales en otros países, parece difícil resistirse a la tentación de traspolar los resultados y sus consecuencias al nuestro; como la otra tentación: la de decir que esos resultados nos dan la razón, aunque hasta el momento de abrirse las urnas hayamos pronosticado exactamente lo contrario de lo que terminó pasando.
En ese contexto y a propósito de las elecciones brasileñas, se viene observando en las redes sociales y en los medios cierta tendencia a darle a la derrota de Lula un efecto pedagógico para las elecciones argentinas del año que viene: algo así como "tengan en cuenta lo que pasó allá para dejarse de joder con la internas". Sabrán los brasileños mejor que nosotros cuáles fueron las razones del resultado de sus elecciones, pero vistas desde acá y con las salvedades de esa circunstancia, nada indicaría que Lula haya perdido por disputas internas dentro del PT y sus aliados, o porque su candidatura haya sido discutida al interior de las fuerzas que la impulsaban, o cosas similares: por el contrario, resultaba el candidato natural e indiscutido (cosa que no muchos pueden decir con sus fundamento, acá y allá), y su campaña y la del PT hicieron eje en determinadas propuestas y -sobre todo- en lo riesgos que entrañaba la victoria del bolsonarismo, que finalmente se dio.
Y no se trata de que nosotros estemos haciendo el elogio del sectarismo, las divisiones internas o los personalismos, sino simplemente de tratar de poner a la cuestión de la unidad de las fuerzas populares en su justo lugar: como condición necesaria pero no suficiente de una victoria electoral y -más importante aun- de transformaciones políticas de sentido progresivo. Dicho esto dentro de un contexto más amplio, que invita a repensar ciertas lecturas tradicionales de los procesos electorales y sus resultados, que ponen el acento en la política organizada en torno a las fuerzas partidarias, y su capacidad real de influencia en la sociedad.
Un error de enfoque que consiste en sobreestimar su influencia y la de sus movimientos (alianzas, internas, modo de resolución de las candidaturas, lenguajes y tácticas de campaña) sobre la sociedad, justo cuando todo indica que esa influencia se encuentra en su punto más bajo. Como pasa con los economistas ortodoxos, los que persisten en esa forma tradicional de enfocar los proceso políticos y electorales se enfocan en la oferta de la política, más que en las demandas de la sociedad.
Una sociedad (o vastos sectores de ella) que no perciben que la política influya en sus vidas, y que si lo hace, es solo para perjudicarlos y no resolverles ningún problema, y el discurso anti-político imperante como consecuencia de esa percepción es absolutamente favorable a las derechas, y por esa razón es promovido con énfasis desde sus dispositivos de construcción de sentido: buscan manipular a su favor las emociones sociales y personales negativas (el miedo, la frustración, la incertidumbre) y bajar la calidad de la representación política para degradarla, buscando -y consiguiéndolo- legitimar con el voto ciudadano a líderes impresentables, porque serán más fáciles de manejar.
Esas figuras (como Milei o los Bolsonaro) no solo comulgan con los intereses e ideas de los sectores dominantes (aunque ensayen discursos "anti casta") , sino que no tienen la menor voluntad de resistir la implementación de las políticas que los favorecen y por el contrario, asumen gustosos el costo de implementarlas; con la misma energía que ponen en eliminar las críticas y reprimir las protestas sociales que los efectos de esas políticas generan en parte de los afectados.
Esto señalamientos para intentar comprender el contexto en el que la acción política se desenvuelve en modo alguno significan que propongamos hacer seguidismo acrítico de las tendencias y humores sociales, y diseñar las propuestas políticas en consecuencia, porque en ese caso la salida sería girar cada vez más a la derecha, por aquello de "Si no puedes vencerlos, únete a ellos". Tampoco parece ser la respuesta adecuada al dilema la alternativa ensayada hasta acá (como en nuestras tres últimas elecciones presidenciales) de buscar imaginarios centros sociales/electorales que, en sociedades tan fragmentadas, divididas y polarizadas como injustas y desiguales (lo primero consecuencia de lo segundo) simplemente no existen.
Se trata más bien del proceso inverso: buscar los modos de volver a reconectar a la política con las demandas de la sociedad, aun aquellas que la propia sociedad no acierta a formular con precisión, en los tiempos del "No se lo que quiero pero lo quiero ya". Y puestos en esa tarea, los centrismos (conceptuales, de lenguaje, de propuestas, de perfiles de candidatos, de esquemas de construcción política) parecen destinados de antemano al fracaso.
Eso sin entrar en la chiquita (pero que no debe descartarse por completo en el análisis) de que, en realidad, muchas apelaciones a la unidad por la unidad misma son intentos de clausurar los debates sobre el tipo de propuesta política que se desea ofrecer a la sociedad, debates que son tan necesarios como la unidad, e incluso mucho más. Hilo de tuits relacionados:
No se trata de que los gobiernos que lo intentan sean malos o poco idóneos, sino de que la actual etapa del capitalismo -con bajo crecimiento, sin creación de empleo y sin distribución- pone un límite estructural a las intenciones transformadoras.
— Tomás Crespo (@Tacrespo) October 5, 2026
Ante ese panorama, los momentos buenos del nacionalismo popular o de las izquierdas en el subcontinente quedan ligados a shocks externos como el precio de los commodities. Los recursos que provee una tendencia del mercado mundial generan margen para hacer políticas populares.
— Tomás Crespo (@Tacrespo) October 5, 2026
Si los gobiernos que se pretenden contrahegemónicos sólo pueden jugar en la cancha que delimitan "los mercados" y con el reglamento impuesto por éstos, es muy difícil legitimarse de cara a una sociedad cuyas demandas, además, tienden a sofisticarse.
— Tomás Crespo (@Tacrespo) October 5, 2026
Algo así como "Ya no es materialmente posible lograr sociedades integradas ni garantizar inclusión, así que yo te saco al Estado de encima -que, como bien sabés, no te soluciona ningún problema- y andá a ganarte lo tuyo en el mercado. Si fracasás, la responsabilidad es 100% tuya"
— Tomás Crespo (@Tacrespo) October 5, 2026
Además, la ultraderecha tiene bien claro un esquema de culpables de tu fracaso -fundamental para cualquier discurso político que pretenda arraigar-. El Estado, el feminismo, los políticos, los medios, etc. De este lado no nos animamos a decir que el problema son los ultrarricos🤷
— Tomás Crespo (@Tacrespo) October 5, 2026
O en casos como Bolivia, el presidente electo es incapaz de imponer su autoridad sobre el bloque social opositor, que desde temprano combate en las calles abiertamente su programa de gobierno surgido de las urnas (lo cual es lógico, porque implica severos daños para ese sector).
— Tomás Crespo (@Tacrespo) October 5, 2026
¿Cómo se resuelve este quilombo? Ni idea. A priori buscando la forma de obtener recursos para poder hacer políticas públicas populares por fuera de los condicionantes del capital. Sino, la democracia -y su impotencia constante- dejará de ser vista mayoritariamente como una virtud
— Tomás Crespo (@Tacrespo) October 5, 2026
Ellos ya advirtieron hace tiempo que el modelo de acumulación vigente es incompatible con cualquier versión de la democracia y trabajan en esa dirección. Nosotros deberíamos partir de la certeza de que la democracia sólo puede ser conservada si se la radicaliza hacia abajo.
— Tomás Crespo (@Tacrespo) October 5, 2026
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