Lo cantábamos (aun hoy lo hacemos) en cada acto del 24, y cada vez que ganamos las calles para reclamar, para ponerle el cuerpo a las ideas: "No nos han vencido". Como afirmación sonora de la voluntad de supervivencia, como afirmación de la identidad y del sentido de la lucha; pero un poco también -aunque sea doloroso admitirlo- romantizando las condiciones objetivas reales que hicieron posible la derrota de la dictadura, y que determinaron los alcances reales de la apertura democrática; más obra de la dignidad de unos pocos y del sacrificio de los héroes de Malvinas, que de una reacción extendida de la sociedad argentina a los años del horror.
Pero si, nos vencieron y nos siguen venciendo, en cada retroceso en la construcción de una democracia digna de ese nombre, y en cada tarea pendiente en la superación de las injusticias. Y vaya si estamos vencidos hoy, a 50 años del golpe. Pero la derrota (ninguna) nunca es definitiva, aunque que así sea no depende solo de nosotros: de aquella sociedad disciplinada por el miedo que elegía ignorar el genocidio diciendo para sus adentros "algo habrán hecho", pasamos a ésta en la que -hay que asumirlo- uno de cada dos o tres argentinos piensa -y muchos lo dicen- que el problema del país es que "Videla se quedó corto".
Y anticipándonos a las objeciones, diremos que no se pueden impugnar los paralelismos entre la dictadura y éste gobierno (y otros de similar calaña, como lo fue el de Macri), simplemente porque fue electo, precisamente porque hubo una dictadura con los alcances macabros que tuvo: porque existieron la ESMA o La Perla, no se puede admitir que un gendarme le vuele la cabeza a un fotógrafo por hacer su trabajo documentando la protesta social, y porque existieron los vuelos de la muerte es inadmisible en democracia el apaleo sistemático a los jubilados o a cualquiera que reclama por sus derechos.
Como es inadmisible que desde el propio presidente de la nación para abajo, el discurso oficial utilice para los adversarios políticos y la parte de la sociedad que resiste los atropellos, la misma fraseología y las mismas etiquetas de la dictadura y sus grupos de tareas: hoy cualquiera que disienta con el rumbo trazado o se oponga a él puede ser tildado de zurdo o terrorista, como antes lo fue de subversivo, esa estudiada ambigüedad con la que la doctrina de la seguridad nacional señalaba a sus blancos. Como si no hubiera pasado en el país lo que empezó a pasar hace hoy 50 años, o como si todas las palabras (aun las más conmocionantes por su significación histórica) pudieran banalizarse y vaciarse de sentido.
Hoy se plantea con naturalidad (y casi ni se discute, salvo honrosas excepciones) que las fuerzas armadas vuelvan a participar en brumosas tareas de seguridad interior, quebrando décadas de consenso democrático al respecto; mientras se reglamenta la represión de la protesta social y se amplían por decreto y sin discusión en el Congreso, los fondos, los objetivos, la estructura y los alcances del espionaje del gobierno sobre la sociedad. En su última sesión antes del golpe, el Senado de la nación trató una declaración de repudio en la que se reafirma el compromiso con la democracia y con la continuidad de los juicios por las causas de lesa humanidad, y más de una veintena de senadores (todos del bloque de LLA) se negaron a refrendarla.
Hace poco más de dos años, más de 14 millones de argentinos eligieron -en comicios libres- como vicepresidenta de la nación a una apologista de la dictadura y confidente del dictador Videla en sus días de la cárcel, y la mitad de ellos lo hicieron tres veces. Mientras quien fuera dos veces presidenta y una vez vicepresidenta electa en primera vuelta con un contundente respaldo en las urnas es condenada en causas cuyo trámite avergonzaría a los consejos de guerra de la dictadura, y privada de sus derechos políticos.
Mientras el discurso oficial sobre el horror de la dictadura es del más ramplón negacionismo, quieren convertir a Cristina en la desaparecida 30.001, pero en democracia; y con ella aleccionar y proscribir a la voluntad de representar, y desnaturalizar vaciando de sentido las condiciones de la competencia electoral y el debate político, en un burdo intento por hacer que su triunfo (y nuestra) derrota sea definitivas.
Que decir del panorama económico y social: por ejemplo que confrontar el discurso de Martínez de Hoz presentando su plan económico en los albores de la dictadura, y releer la carta de Rodolfo Walsh a la junta al cumplirse el primer año del golpe da escalofríos, por la semejanza con lo que podemos comprobar y vivir a diario en estos días. Paralelismo que no casualmente convive con la impunidad absoluta de los gestores y beneficiarios civiles de aquel golpe, y responsables de cuanto saqueo económico sufrimos los argentinos desde entonces.
Recuperada la democracia, buen parte de la dirigencia política (incluyendo parte del peronismo) tuvo miedo de que por querer ir más lejos en la construcción de un país diferente se pusiera en riesgo el andamiaje institucional que provee cargos y canonjías, mientras otros aspectos del problema (como el creciente ausentismo electoral o la cada vez más regresiva distribución de la riqueza) jamás le preocuparon en serio. El retroceso frente a cada chantaje del poder económico (en forma de crisis recurrentes y golpes de mercado) no hizo más que confirmarle a éste su poder, y ratificar la debilidad de la política y las instituciones para ponerle coto.
Así, la democracia reconquistada fue progresivamente vaciada de sentido, y en la insatisfacción social resultante golpeó el discurso anticasta de Milei, como si fuera un revival del "que se vayan todos" que alumbró la caída de la convertibilidad; pero que a poco de andar el gobierno terminó simplemente en macrismo con malos modales, cuyo único plan político es perseguir a Cristina y terminar con el kirchnerismo.
Es decir erradicar de la memoria social justamente la experiencia política por la cual la sociedad logró salir por arriba del laberinto del 2001, y sostener durante más de una década un intento -con sus marchas y contramarchas, sus errores y sus aciertos- por buscar la resignificación de la democracia para darle un sentido más profundo, y no solo en el rescate de las políticas de memoria, verdad y justicia. Políticas que -dicho sea de paso- se dijo entonces que le proveían al relato kirchnerista de un enemigo sencillo, en una decisión que no le acarrearía costos: otro ejemplo de los errores que se pueden cometer cuando se parte de premisas falsas.
Estos son datos objetivos de la realidad que no pueden desconocerse descansando en la comodidad tranquilizadora de consensos que no son tales como pensábamos, ni están tan extendidos como creíamos. No se trata -como decía Duhalde en su reversión de la autoamnistía de la dictadura- de construir un país con los que lo quieren a Videla y con los que no; sino de construirlo contra y pese a los que piensan que se quedó corto, y que lo que hizo debería volver a hacerse, si fuera necesario. O dicho de otro modo, hay que construir una democracia real, aunque estemos rodeados de nostálgicos de la dictadura.
Para que no nos hayan vencido hay que encarar a fondo hoy, a 50 años del golpe, la tarea de revalorización de la democracia, en todo sentido: en su profundidad, en sus alcances, en el consenso ciudadano. Pero una democracia en serio, que se pueda contrastar con las dictaduras sin temor a confundirlas: con participación y protagonismo popular, con cuestionamiento del poder real, con inclusión efectiva de las mayorías, con redistribución de la riqueza. Y con el juzgamiento de todos los que gestaron el genocidio y se beneficiaron de él, y aun hoy permanecen impunes, hayan o no vestido uniforme.
Recién entonces podremos decir que sí -en todo el sentido profundo de la expresión-, que no nos han vencido. Es lo menos que se merecen aquellos cuya memoria hoy recordamos, y por los que seguimos reclamando verdad y justicia. Tuits relacionados:
Entre el "Algo habrán hecho" y el "Videla se quedó corto" hay diferencias, aunque parezcan lo mismo. Lo triste es que en la dictadura era común escuchar el primero, y ahora que en teoría estamos en democracia es cada vez más común oír el segundo, que es mucho peor.
— La Corriente K (@lacorrientek) March 5, 2026
Todo dirigente político que se precie de realmente democrático y sin importar al sector al que pertenezca debería pedir por la libertad de Cristina. Su prisión y proscripción contamina las condiciones de la competencia electoral y del debate democrático.
— La Corriente K (@lacorrientek) March 5, 2026
No volvamos a cometer el error de dar por sentado consensos sociales que están lejísimos de ser extendidos. Como la valoración de la democracia y el rechazo a la dictadura.
— La Corriente K (@lacorrientek) March 14, 2026
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