LA FRASE

"SOSPECHAMOS QUE LO DE ADORNI ERA MENTIRA CUANDO NOS DIMOS CUENTA QUE A LAS DOS JUBILADAS QUE FIGURAN COMO PRESTAMISTAS LAS CAGAN A PALOS TODOS LOS MIÉRCOLES EN EL CONGRESO." (JUAN GRABOIS)

miércoles, 8 de abril de 2026

BATALLAS Y BATALLITAS

 

Quizás algunos son chicos y no se acuerdan, pero en tiempos del kirchnerismo muchas de las críticas que se le hacían al gobierno y a la propia Cristina era que por tener una mirada excesivamente ideologizada planteaba batallas culturales que demandaban energías, que eran más necesarias para encarar las soluciones concretas de los problemas del país. En la versión gorila, introducía un permanente clima de crispación en la sociedad que impedía lograr los consensos básicos para que el país despegara definitivamente: una reversión de la crítica al primer peronismo por "haber dividido a las familias introduciendo la política en la mesa familiar", o "haber desperdiciado oportunidades para conseguir el desarrollo por aplicar políticas populistas".

Las criticas de ese estilo llegaban incluso desde algunos de los "propios", que apenas tuvieron la oportunidad de poner en práctica sus ideas presuntamente superadoras (como pasó cuando le hicieron "oposición constructiva" a Macri, o cuando ocuparon posiciones relevantes en el gobierno de Alberto) dejaron en claro que las propuestas alternativas que supuestamente el kirchnerismo postergaba por sus batallas culturales, eran en realidad un retroceso y una concesión en toda la línea a los reclamos de quienes habían sido sus contendores: el campo privilegiado, los medios hegemónicos, el empresariado, los fondos buitres y el FMI, entre otros.

Sin embargo, ni siquiera entonces se decía (no al menos como argumento predominante) que el kirchnerismo vivía planteando batallas (reales o discursivas) con el ánimo de distraer sobre lo que verdaderamente estaba pasando en el país; salvo desde el lanatismo bobo (mediático y social) y en relación a los presuntos hechos de corrupción, que en su opinión deberían merecer toda la atención social, porque eran el principal problema argentino.

En estos tiempos libertarios ya es casi obvio hablar de la doble vara que rige para muchos sectores de la sociedad, los medios y la política según el gobierno sea o no peronista: cuando no lo es, la corrupción ya no es tan relevante (hasta que el experimento se agota por no producir los resultados esperados) y la "grieta", el clima de crispación o la vehemencia del discurso oficial son tolerados, hasta que uno se convierte en blanco de su ira.

Con Milei las batallas culturales (también contra enemigos simbólicos o reales) se convirtieron en el discurso oficial del gobierno en torno al cual se despliega su plan político y económico, y se habilita el despliegue de todas las formas de violencia de las que la derecha es capaz cuando detenta la conducción del Estado; desde la material (que va desde la que es inmanente a sus políticas económicas hasta el despliegue represivo y la coerción física, en constante ida y vuelta) hasta la simbólica y discursiva.

Es el libertario un gobierno que se define y quiere ser comprendido desde sus enemigos, aquellos a los que ha elegido como blancos de la diatriba encabezada por el propio presidente, más que desde sus apoyos. Aunque conceptos como "casta" y "argentinos de bien" son deliberadamente iguales de gaseosos en la definición de sus contornos, es evidente que a Milei y su recua les interesa más marcar los objetivos que quieren eliminar o sobre los que quieren dirigir la mira, sean artistas populares, discapacitados, universitarios o científicos, o el amplio género de identidades ideológicas percibidas como una amenaza (progresismo, socialismo, comunismo, kirchnerismo, lo mismo da). Y ahí aparece  otra diferencia muy marcada con los años kirchneristas: dime con quien te peleas, y te diré que tipo de gobierno eres.

Incluso cuando algún adversario circunstancial de la gestión libertaria coincide con los que afrontó en sus tiempos el kirchnerismo coincide (lo que les sirva a estos para homologarlos bajo la cómoda etiqueta de decir que en el fondo son iguales), las diferencias son nítidas: Milei la emprende contra el periodismo, pero no habla de los dueños de los medios, que son los que fijan la línea editorial, y con cuyos negocios no se mete o los facilita (acaba de entregarles la derogación del Estatuto del Periodista en la reforma laboral), y limita todo el asunto a una cuestión de sobres. Cristina planteó la ley de medios (que afectaba los intereses de los dueños de los medios) no tanto porque le molestaran sus opiniones (demostró ampliamente que podía sobreponerse a ellas en términos de gobernabilidad), sino porque entendió claramente el rol político que jugaban, y como distorsionaban las condiciones del debate y la competencia democrática y el sistema de toma de decisiones, que es propio de la sociedad representada por los partidos políticos y el sistema institucional.

Milei la emprendió contra algunos empresarios (como hace poco con Paolo Rocca o Madanes Quintanilla) desde su credo liberal del capitalismo salvaje en el que los que no son capaces de adaptarse deben reconvertirse o desaparecer, y desde el que no cree que pueda existir algo como una burguesía nacional o un desarrollo capitalista autónomo, simplemente porque no cree que exista la posibilidad (y si la hay no le interesa) de construir un país soberano, en todos los sentidos, incluyendo su propio desarrollo productivo. Cuando Cristina criticaba a los empresarios, les reprochaba que (como le pasó en sus tiempos a Perón) pese a que se les creaban desde las políticas públicas oportunidades para prosperar, se negaban a hacer su contribución al desarrollo integral del país, con inclusión social y redistribución de la riqueza. Eso sin contar que Milei los cuestiona en público, mientras les rebaja o elimina impuestos vinculados a la capacidad contributiva o el crecimiento patrimonial (como Ganancias o Bienes Personales), y les concede reformas largamente demandadas por ellos, como la laboral.

Si el gobierno libertario debe ser tomado en serio por las consecuencias sociales y económicas de las batallas reales que viene emprendiendo (contra el salario, el empleo, las condiciones laborales, el desarrollo industrial, la protección social de los más débiles, la investigación científica o el desarrollo tecnológico autónomo), no merece que perdamos ni un minuto de tiempo en prendernos en sus batallitas culturales sean reales o imaginarias. Y no solo porque -esta vez sí- distraigan energías que son necesarias para dar otras peleas más relevantes, sino porque todas las banderas que levantan son ridículas o no fueron capaces de sostenerlas y las abandonaron sistemáticamente: desde YPF en el trayecto que va de querer privatizarla al mameluco de Milei o el festejo por el fallo judicial que convalidó su expropiación, hasta el Banco Nación que siguen queriendo privatizar pero al que están desfondando con créditos privilegiados para funcionarios y legisladores, pasando por los vuelos, viajes y propiedades de Adorni, sobran los ejemplos al respecto.   

Lo que si queda muy claro -al menos para nosotros- que estas batallas a las que Milei y su gobierno nos quieren arrastrar (incluyendo penosamente el abandono de la tradición de neutralidad de la Argentina en conflictos internacionales en los que no hay en juego ningún interés nacional concreto) tienen por único y exclusivo fin distraer la atención, facilitando así el proceso de saqueo y entrega del país y en su desarrollo, posibilitar el esquema de corruptelas variadas de un conjunto de lúmpenes (empezando por el presidente, su hermana y su jefe de gabinete) que se han visto de golpe frente a la oportunidad de sus vidas de pararse para toda la cosecha, como nunca lo habían imaginado.

Si algún sentido hay que encontrarle a todos esto, es aprender de la experiencia y dejar de lado la utopía de una sociedad sin conflictos (reales, no imaginarios ni plantados para distraer), lo que sería imposible cuando es al mismo tiempo cada día más injusta y desequilibrada. No se trata de no pelear, sino de elegir con quien y por qué. Y abandonar las ideas y estrategias (y candidaturas) consensualistas, que no son más que el disfraz teórico de una nueva claudicación.

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