* Que las redes sociales tengan cada día más importancia en la comunicación política no quita que son también un microclima, que no refleja en su totalidad el pensamiento de una sociedad, o sus tendencias políticas. Por el contrario, en ellas suelen expresarse los sectores más politizados y definidos en sus opciones electorales, de modo que extraer de allí conclusiones aplicables al conjunto puede ser un error.
* La víscera más sensible del hombre sigue siendo el bolsillo, lo que implica que con una economía deteriorada y sin signos de recomposición a la vista (antes bien, todos los indicadores alertan que seguirá cayendo), ningún gobierno gana una elección. Esa es la regla general y la experiencia histórica argentina; incluidas las legislativas del 2017, en las que la economía crecía luego de la caída del 2016.
* Las elecciones provinciales son eso, provinciales: se votan los cargos locales, con problemas locales, y la elección presidencial es otra cosa: allí se vota por el que te va a cuidar los garbanzos, los próximos cuatro años. Los ejemplos de voto cruzado (a un candidato para gobernador, al de otra fuerza distinta para presidente) abundan, incluso en el 54 % de Cristina en el 2011, y en el 51 % de Macri en el balotaje del 2015, sobre todo entonces.
* Todos los gobiernos (aun los peores) tienen su núcleo duro de adherentes, incluso Macri, que como decíamos acá, aglutina el voto anti peronista tradicional. Si por estos días y a propósito de sus problemas de salud, hasta hay quienes reivindican a De La Rúa. El problema es tomar la parte por el todo, y suponer que, a partir de constatar ese núcleo inalterable de adhesiones, Macri tiene asegurada la reelección.
* A ese núcleo duro (que dice que prefiere comer polenta todos los días, antes de que vuelva el kirchnerismo) le habla Macri con la imagen de la fiesta de los 70 años. La cuestión entonces es proponer nosotros que vuelva la fiesta, o que todos puedan comer asado, cuando se les antoje, cosa que el gobierno no hará, porque no puede; y porque si lo hiciera, ya no le creerían.
* Lo anterior supone dejar de gastar agua regando piedras (léase argumentarle políticamente al núcleo duro macrista, en la esperanza de convencerlo), para utilizarla mejor donde puede servir para que crezca un voto opositor, porque hay dudas, desencanto con el gobierno al que votaron, e incertidumbre por el futuro. Y también dejar de prestarle atención a lo que Macri dice (generalmente idioteces irritantes dirigidas a los convencidos), y más en lo que hace, que es más peligroso para el conjunto; y con cuyas consecuencias habrá que lidiar en caso de ser gobierno.
* Macri no es De La Rúa, no se va ir en helicóptero antes del final de su mandato, por lo menos no es esa su primera intención y voluntad: aunque pueda parecer abúlico, ignorante y vago (y ciertamente lo es), expresa de modo mucho más directo que "Chupete" los intereses del sector social dominante, que no se va a resignar tan fácil a que fracase un gobierno "suyo" que llegó bendecido por los votos; y no va a entregar el poder formal del Estado sin pelear, con armas limpias y de las otras. Sobre todo de las otras.
* Pero tampoco es Menem, capaz de establecer una hegemonía social de sentido mayoritario que le permita sostenerse en el poder por una década: expresa a una coalición social mucho más amplia que los reales intereses que defiende y realiza desde el gobierno (que son los de la porción minoritaria y más favorecida de la sociedad); pero no se puede dañar todo el tiempo tan impunemente los intereses objetivos de vastos sectores sociales, y pretender al mismo tiempo instaurar una hegemonía social, en un régimen de democracia abierta. Por eso lo que es su fortaleza (su capacidad de absorber votos de sectores cuyos intereses lesiona) es también en el mediano plazo, su debilidad, y sobre ella debe trabajar la oposición.
* Es hasta cierto punto lógica la ansiedad por novedades de "la unidad opositora", las listas y las candidaturas, pero la impresión es que todo eso tardará el tiempo que algunos dirigentes tarden en aceptar que Cristina reúne el 80 o 90 % del voto opositor, y actúen en consecuencia; negociando las condiciones de la alianza o los lugares en las listas. Los que jueguen a ganarle a Macri para hacer algo distinto a lo que es su gobierno, por supuesto; no los que están pensando en armar colectoras para drenar votos opositores y facilitarle las cosas al oficialismo.
* El cronograma electoral da tiempo para los candidatos que ya están instalados y no necesitan hacerse conocer (Cristina, bah), y apremia al candidato imposible, de piso bajo y techo inalcanzable que aun no apareció. Las urgencias y las ansiedades deberían estar en ese orden.
* Los candidatos mejor preparados para ganarle a Macri en un balotaje son los que puedan acceder a esa instancia, o sea, hoy por hoy, desde hace bastante tiempo y sin que nada indique que la tendencia vaya a cambiar en lo inmediato, Cristina. Para poder ganar un partido, hay que jugarlo, y no mirarlo desde la tribuna diciendo que uno lo hubiera planteado mejor.
* Lo anterior tiene validez siempre y cuando se convenga con el sentido común instalado de que la elección presidencial se resolverá en el balotaje, porque no hay posibilidades de que lo haga en primera vuelta. De lo contrario, nos remitimos a lo dicho acá respecto a las cláusulas constitucionales que determinan cuando se da uno y otro caso.
*Así las cosas, nos preguntamos: ¿por qué razón alguien del 37 % que votó a Scioli en la primera vuelta del 2015 no lo haría en la de éste año por Cristina? y ¿alguien puede firmar ya que del 34 % que acompañó a Macri en esa primera vuelta no lo abandonará ahora tras su desastroso gobierno, aunque no pase a votar a la oposición? Recordemos a todo evento que los porcentajes constitucionales se cuentan siempre sobre los votos válidos afirmativos (o sea, excluyendo los votos en blanco) emitidos.
* Es contradictorio quejarse por la mansedumbre social frente al ajuste, para luego encontrarle el pelo al huevo a cualquier manifestación pública de protesta o reclamo social, sea ruidazo, cacerolazo, paro, piquete, plazas del pueblo o lo que fuere: desde acá y hasta las elecciones la disconformidad con el gobierno irá aflorando, más tarde o más temprano, con mayor o menor intensidad; precisamente porque los años electorales le dan más visibilidad a los reclamos. El asunto entonces no es ponerse en sommeliers de los modos de protestas, sino ver el modo de capitalizarlos políticamente teniendo en cuenta sus modalidades, protagonistas y objeto de los reclamos: protagonizarlos, acompañarlos o darles expresión política y electoral, no quedarse en el gataflorismo de la queja permanente.
* Lo mismo vale para las estrategias de campaña, las candidaturas, las alianzas, el discurso: la actitud de cruzarse de brazos y estar todo el tiempo observando lo que hacen los demás con ojo crítico, listo para decir "No es por ahí", "Así no", "Eso espanta votos, no suma", no ayuda en nada: si hay mejores ideas, se agradecerá sobremanera exponerlas para que todos las podamos discutir. Vale lo mismo para el "Cristina no, porque coso": digan con nombre y apellido quien sí, y por qué, y lo charlamos sin prejuicios.
* La única lucha que se pierde es la que se abandona: si estamos todo el tiempo pensando y diciendo que el adversario es formidable y tiene todo planeado al dedillo hasta el último detalle, que no importa lo que haga gobernando o lo que hagamos nosotros oponiéndonos, va a ganar, es muy posible que, efectivamente, termine ganando.
* La resignación y el derrotismo nunca sirvieron para ganar nada, y el que abandona no tiene premio: abandonó Menem en el balotaje del 2003, abandonaron los radicales con Alfonsín y De La Rúa, y nosotros no somos ni menemistas, ni radicales. Si alguno siente que no puede o no le da el cuero, que se corra y deje que otros tomen la posta, que la hora no es para flojos.