LA FRASE

"HAY GENTE EN LA MESA DE ENLACE QUE CUESTIONA QUE YO NO HAYA DADO EL DISCURSO DE CIERRE DESPUÉS DEL PRESIDENTE EN EL ACTO DEL 8 DE JULIO, PERO LES HICE ENTENDER QUE TENEMOS QUE SER GENEROSOS." (DANIEL PELEGRINA)

lunes, 13 de julio de 2020

TWEETS POLÉMICOS

MENSAJE CIFRADO


Cristina habla poco, aparece poco en público, últimamente solo en las sesiones remotas del Senado. También interviene poco en sus redes sociales, acaso conciente del valor de sus palabras, y el de sus silencios. Y así como cuando hablaba mucho y frecuentemente los desvelaba, ahora los desvela con sus silencios, y los mismos que le pedían que se calle y la dibujaban con una mordaza en la boca, le piden que hable y se defina, pero sobre las cosas de las que quieren hablar ellos.

Ayer apareció y tuiteó pocas palabras, para recomendar esta nota de Alfredo Zaiat en Página 12 de ayer, sobre la élite empresarial argentina, y la convocatoria del gobierno nacional a la misma para colaborar en la reconstrucción del país post pandemia. Como Cristina dijo que la nota es "de lectura imprescindible para entender y no equivocarse", la nota de Zaiat es como si la hubiera escrito ella, y aconsejara hacer lo que allí se plantea.

¿Y qué dice Zaiat en la nota, y que plantea hacer?

* Que el presidente convoca a una tarea (la reconstrucción del país post pandemia en el marco de un modelo nacional de desarrollo) a un sujeto social (la cúpula de nuestro empresariado) al que no le interesan esos objetivos, porque son parte del problema, y no de las soluciones. Es decir, el peronismo chocando otra vez tozudamente contra el fantasma de la "burguesía nacional",ese unicornio de sus desvelos, desde que existe. 

* Que casi todos los integrantes del bloque de poder concentrado están cada vez más alejados del destino del mercado interno, operan en áreas monopólicas o con posiciones dominantes y están subordinados a la valorización financiera de sus excedentes, los cuales en gran parte son dolarizados y fugados. O sea, son beneficiarios directos de modelos que han fracasado en el país (como el de Macri), y que solo han servido para que ellos acrecienten sus negocios: solo entendiendo eso se puede entender su alineamiento incondicional con esos fracasos, una y otra vez.

* Que gran parte de los patrimonios de ese núcleo de empresarios poderosos está en el exterior, y su principal actividad se encuentra en servicios monopólicos o producción de materias primas exportables, por lo cual su propio destino queda escindido del general. De ello resulta que no solo padecen las crisis que nos aquejan al común de los mortales, sino que medran con ellas, y se vuelven más poderoso como consecuencia de sus estragos. Puntualiza que hay dos grandes `grupos empresarios (Techint y Clarín) que sobresalen en el liderazgo político de nuestro empresariado, y las instituciones en las que se nuclea.

* Que el grupo Techint se trasnacionalizó, y para tratar de preservar privilegios y cuotas de mercado de su producción de tubos con y sin costura exige protección para su actividad y, sin pudor, promueve apertura importadora para el resto. Opera en sectores con cuasirrentas monopólicas y millonarios subsidios fiscales. Y con décadas de fabulosas ganancias obtenidas en el mercado argentino, conseguidas por medidas públicas específicas para supuestamente inducirlo a un aumento de la inversión local y a entregar productos a precios competitivos al mercado doméstico, financió su expansión internacional."

* Que para Techint el modelo desarrollista fue favorable en su evolución inicial, pero ahora ya no le resulta útil. Por eso despide trabajadores desafiando al presidente , y porque considera al salario un costo y no un factor dinámico del mercado interno. Por eso postula un modelo económico de tipo de cambio elevado, puesto que por esa vía reduce el costo salarial al tiempo que beneficia su salida exportadora.

* Que el Grupo Clarín se ha consolidado como un conglomerado de telecomunicaciones luego de conseguir desembarcar en Telecom gracias a la flexibilidad regulatoria dispuesta por el gobierno de Macri; operando en un mercado de servicios de fuertes rasgos monopólicos y busca frenar el ingreso de la competencia; utilizando su amplia red de medios (diarios, radios y televisión) para expandir y defender cada una de sus posesiones. Resiste el congelamiento de tarifas de los servicios que prestan sus empresas, está en controversias con el Estado por pagos millonarios por la frecuencia de Nextel y pretende mantener un espectro radioeléctrico mayor al que le corresponde; pero ha conseguido del presidente la definición de que no insistirá en una ley de medios, y nada indica que esté dispuesto a revisar la fusión de Telecom y Cablevisión.

* Que ambos grupos (Techint y Clarín) no son sólo la expresión de la derecha empresaria por ser antiperonista o por la obsesión patológica con CFK y la letra K: se han convertido en la conducción política de ese espacio ideológico, fundamentalmente, porque les resulta funcional para la defensa y la aspiración de continuar expandiendo su base material. Y cuando se dice conducción, esta involucra al resto del empresariado, y a la propia oposición política mayoritaria: esto no lo dice Zaiat sino nosotros, pero basta ver el comportamiento del PRO, la UCR y la Coalición Cívica desde el 2003 para acá, cada vez que se intentó avanzar con alguna iniciativa que afectara sus intereses.

Y seguimos agregando por nuestra parte: junto con el sueño fallido de encontrar una burguesía nacional o construirla (sueno que, como dijimos, es parte del peronismo fundacional), el gobierno de Alberto Fernández y el presidente en particular, creen posible introducir una cuña en la oposición, entre los "racionales" y los "gurkas". Pero el intento falla por la base: no hay diferencias allí ni en la base social de representación, ni en los intereses materiales, objetivos, concretos y poderosos, que vehiculizan en el sistema político institucional. Esos intereses son los que no consentirán que se divida la oferta y el voto opositor, y los que alimentan la estrategia "gurka".     

* Finalmente termina Zaiat señalando que "La debacle económica y social por la covid-19 brinda una oportunidad excepcional para fortalecer el rol central del Estado en relación al mundo empresario y para el ordenamiento del funcionamiento de la economía.La pospademia en la economía y, en especial, la reconstrucción de una nueva normalidad económica, porque la anterior dominada por el bloque de poder tradicional probó ser un fiasco en términos de bienestar general, requerirá ampliar la base social de la alianza con el sector privado, incluyendo a pymes, cooperativas, emprendedores, firmas recuperadas, empresas de la economía popular. Para que los costos devastadores de la actual crisis no sean en vano, la política económica de la recuperación no puede quedar depositado en ganar la confianza de los empresarios del G-6.".

Y ahora volvamos a Cristina: ¿quién, si no el gobierno, debe "entender" para "no equivocarse", y como lo garantizaría? Simplemente como se dijo hace una semana acá, volviendo al principio: a recostarse en la alianza con los sectores que construyeron el "Frente de Todos", esos que por ejemplo estuvieron ausentes el 9 de Julio en Olivos. Hilo de tuits relacionados:

domingo, 12 de julio de 2020

TWEETS POLÉMICOS

"UN MUNDO SIN PERIODISTAS"


"Un mundo sin periodistas" se llamó un libro que escribió hace muchos años Horacio Verbitsky, hablando de los nexos del menemismo con los medios y con la prensa. Justo por entonces cierto periodismo (de "investigación", con ideas "progresistas") se erigía como la única "oposición real" al menemato; en tiempos de crisis de la política, y despliegue de la ilusión primer mundista. Por entonces, hasta Mariano Grondona parecía progresista, e invitaba a Verbitsky a sus programas.

Desde entonces, pasaron cosas: la burbuja de la convertibilidad estalló, sobrevino el "que se vayan todos", y el kirchnerismo fue la salida inesperada de la crisis como debía ser: desde la política. En espejo, el macrismo fue el otro emergente de la crisis, recogiendo los pedazos del costado derecho del tablero político que volaron por los aires en el estallido. Y allí estamos, trazos más, trazos menos, desde entonces.

Sin embargo, buena parte del periodismo argentino, de los dos lados de lo que por pereza intelectual se ha dado en llamar "grieta", y con ellos sus respectivas audiencias (mayormente cautivas y replicantes) siguen cómodamente instalados en el rol de guía y referentes políticos de la sociedad, a la que se creen en el deber de orientar con su palabra. En algunos casos por obvios motivos crematísticos: la audiencia genera auspiciantes, pauta, negocios en definitiva.

No se trata de desconocer el rol que juegan los medios de comunicación en la moderna sociedad de masas, sino de apuntar que, cuando un comunicador o varios ocupan el rol que deben ocupar los líderes políticos, hay algo que falla; porque las responsabilidades son diferentes (muchos periodistas se consideran exentos incluso de las que hacen estrictamente al ejercicio de su profesión), y sobre todo, porque las soluciones que pueden proveer son también distintas.

No se conoce el caso de ningún país que haya superado una crisis económica y política solo con informes del periodismo de investigación, o cuya sociedad se haya organizado para vivir mejor exclusivamente en base a las columnas de opinión de nadie. Siempre fue necesario (y lo seguirá siendo) que aparezca la política, y que cumpla cabalmente su rol de representar los intereses y los deseos de los diferentes sectores de una sociedad.

De hecho, pretender colocar en ese rol al periodismo es parte de una estrategia del poder económico (del cual los grandes medios son parte, y parte esencial) para conducir energías sociales a las vías muertas de la indignación paralizante, la queja catártica y la impotencia para organizar estructuras políticas superadoras de las crisis. El triste espectáculo de los sectores sociales que se movilizan en estos días contra el gobierno da cuenta cabal de ello.

A fuerza de insistir en esa táctica, el periodismo y los periodistas (en tanto a su vez instrumentos de los medios) se han convertido en parte central de nuestras disputas y debates políticos, en desmedro de nuestra calidad democrática: el aporte real que el periodismo hace a esos fines, está a años luz del que creen que hacen, de uno y otro lado de "la grieta". Más cuando el presunto debate se reduce a disputas de peluquería entre ellos, por problemas de cartel, revoleándose esqueletos de los placares.

Porque en el narcicismo periodístico de creerse el ombligo del mundo, no hay demasiadas distinciones entre Verbistky, Navarro, Sylvestre o Víctor Hugo por un lado, y Baby Echecopar, Feinmann, Lanata o Majul por el otro. Los tipos creen en serio que, además de mostrarte la realidad, te la tienen que explicar y editorializar, y decirte como la tenés que interpretar y entender, y obrar en consecuencia. 

Y han creado en mucha gente la necesidad de que eso sea así: gente que frente a cualquier tema que se plantea te dice "No saquemos conclusiones apresuradas, esperemos a que salga la nota del "Perro" Verbitsky en "El cohete a la luna""; o cosas por el estilo. No se trata, entonces, de construir "un mundo sin periodistas" (idea que romantiza bastante el rol del "periodista incómodo para el poder" que tantos usfructuaron por años), sino uno donde los periodistas cumplan el rol para el que se supone que el periodismo fue creado: informar. 

Del resto se tiene que ocupar la política, y si no lo hace, nadie lo hará por ella. Claro que esa es la idea, digamos: que en definitivas no lo haga nadie, y entonces el poder real puede seguir tranquilo con sus negocios.

sábado, 11 de julio de 2020

TWEETS POLÉMICOS

LIBERTADES


Si de liberales argentinos hablamos, Alberdi (a quien reivindican como modelo muchos de ellos) decía que eran devotos de una deidad que no conocen: la libertad. Y ejemplificando, historiaba con su aguda pluma las persecuciones que el mitrismo en el poder (MItre fue el fundador del "Partido Liberal") desataba contra sus opositores políticos, en todo el país. Lo acusaba además -con fundamento- de haber establecido un "despotismo turco" en la historia argentina, porque sus libros sobre Belgrano, San Martín, la Revolución de Mayo y la guerra de la independencia eran un "Al Corán" al que todos debían ajustarse, el relato oficial de la Argentina.

Como sabemos, Mitre tuvo éxito en la tarea, y aun hoy hay quienes creen que la historia "verdadera" del país es la que él escribió, aunque haya falseado hechos o inventado otros incomprobables. Y ese relato tuvo una clara intencionalidad política: asegurarle a la clase dominante que nadie pusiera en tela de juicio su rol en la construcción de la Argentina moderna, y de ese modo, no se cuestionara el modelo que ellos pusieron en marcha. Había que ocultar, por ejemplo, que para sostenerse en el poder entre la batalla de Pavón y la Ley Sáenz Peña (es decir, durante más de 50 años) debieron apelar al fraude electoral, a las intervenciones federales y al poder "persuasivo" del ejército de línea.

Una vez terminado el fraude y tras la experiencia de los gobiernos radicales, hubieron de apelar a los golpes militares, constituyendo a las fuerzas armadas en instrumento de los designios de las minorías del privilegio, saldando el "partido militar" nuestras controversias políticas. Antes y después de eso -es decir, durante toda la trayectoria de nuestra derecha política autodenominada liberal- apelaron a la persecución y el exterminio de sus adversarios, los fusilamientos, el destierro, la prospcripción electoral (con el radicalismo primero, y con el peronismo después), y de nuevo al fraude (pero esta vez denominado "patriótico", en la Década Infame.

Para preservar sus libertades económicas (léase privilegios) que son las únicas que verdaderamente les importan, nuestros liberales sostuvieron dictaduras militares, justificaron (y aun hoy lo siguen haciendo, para quien los quiera oír) torturas, desapariciones y violaciones masivas a los derechos humanos, instauraron el delito de opinión (con el Decreto 4161/56), derogaron una Constitución (la del 49' ) por decreto de un gobierno militar y reformaron la propia Constitución, durante un gobierno de facto y sin la presencia de la mayoría electoral en la convención reformadora.

Dicho está que la marca de orillo de nuestro liberalismo vernáculo es que, para poder practicarlo en el plano económico, hubieron de negarlo brutalmente en el plano político. Y lo de económico habría que matizarlo, porque cuando necesitaron que el Estado velara por sus intereses, los protegiera o los subsidiara, no repararon en exigírselo. 

Cuando en el 2015 lograron superar el estigma de no poder acceder al poder en elecciones limpias y democráticas, sin fraudes ni proscripciones y por uno de los suyos (con Menem practicaron con eficacia el "entrismo" al interior del peronismo), una vez allí, volvieron a mostrar la hilacha: persiguieron adversarios políticos, reprimieron la protesta social, intervinieron sindicatos, hostigaron medios y periodistas opositores o críticos, amenazaron en público a jueces cuyos fallos les molestaban, "patrullaron" las redes sociales husmeando opiniones adversas y hasta metieron presa a gente por tuitear.

De modo que solo alguien con un profundo desconocimiento de la historia argentina o un paparulo como Natanson que pergeñó aquello de "la nueva derecha moderna y democráticas", puede creer que nuestros liberales (desde 1945 para acá, antiperonistas, para más datos) creen realmente en la libertad, o en otras libertades que no sean la de poder comprar dólares, fugarlos del país, evadir impuestos, tener cuentas o empresas fantasmas en paraísos fiscales, o desregular el mercado del trabajo para poder despedir gente a gusto, sin tener que pagar indemnizaciones. A eso se reduce -como diría Alberdi- su "libertad", "he allí (siempre parafraseando al tucumano) su liberalismo".

Después de todos los sucesos trágicos de nuestra historia y en especial tras los horrores de la última dictadura, las fuerzas nacionales y populares revalorizaron lo que en los 70', en otro clima político, se llamaban despectivamente "libertades burguesas". Entendieron correctamente que era en ese marco donde tenían todas las de ganar, y que solo con la vigencia plena, permanente y cada día más profunda de la democracia, eran posibles los cambios profundos.

Nuestros liberales, en cambio, están muy lejos de haber hecho ese aprendizaje: basta ver el comportamiento de buena parte de la oposición, en especial la más visible y radicalizada, o de los sectores sociales que se nuclean en las protestas contra el gobierno con las que canalizan su frustración por el resultado electoral del año pasado (el combustible que alimenta todas las cambiantes disconformidades explícitas), para entender que no le reconocen ninguna legitimidad al gobierno que votaron el 48 % de los argentinos, ni se sienten obligados a esperar que concluya su mandato.

Cultivando el discurso del odio unos (los dirigentes) y verbalizándolo los otros (los que ponen el cuerpo en la calle o en las redes) juegan con cosas que no tienen repuesto, siempre al borde, siempre al límite, pero eso sí: en nombre de las libertades, las instituciones de la república y la Constitución. No es casual: exactamente bajo esas mismas invocaciones se gestaron y justificaron todas las interrupciones del orden constitucional de nuestra historia, sin excepción.

Y después de cada una de ellas (como bien sabemos, y algunos prefieren olvidar) no fuimos más libres, si no menos. No les permitamos que se apropien de cosas en las que no creen, y en las que jamás han creído. Imagen relacionada:


viernes, 10 de julio de 2020

TWEETS POLÉMICOS

AMIGOS Y ALIADOS


¿Qué gobierno no sueña con tener una oposición razonable, con la que, más allá de las diferencias políticas, se puede sostener un nivel razonable de diálogo, e incluso acordar ciertas cuestiones y ampliar los consensos?

Nadie quiere vivir en un estado de beligerancia política permanente, pero se tiene la oposición que se tiene, y no la que se quiere, sin entrar siquiera a discutir si se tiene la que se merece: hay oposición en la misma media y por las mismas razones que hay gobierno, porque se trata ni más ni menos que de cumplir los distintos roles de la función de representación política, de la complejidad social.

Los opositores, al igual que los oficialistas -acá y en todos lados- están "obligados a representar" a sus votantes, al menos si quieren revalidar sus roles institucionales, como debe ser en una sociedad democrática: con los votos. En ese contexto, las mayores o menores afinidades personales entre los dirigentes de diferente fuerzas políticas son irrelevantes, pues la cuestión es estrictamente política, no personal.

Ayer por la mañana, en el acto oficial por el 9 de Julio, el presidente se ocupó de destacar que el Jefe de Gobierno porteño es "su amigo", en un gesto que buscaba distender, y convocar a la pacificación política. A la tarde, manifestantes desaforados contra su gobierno  agredieron al móvil de C5N, sin que se conociera al instante -como debe ser, no varias horas más tarde y después de algún focus group- ningún repudio público del "amigo" Larreta; y (lo que es mucho más grave) sin que la fuerza policial del Estado que él gobierna, haya hecho lo más mínimo para garantizar el orden -para empezar, la no violación alevosa de la cuarentena-, en el pico de los contagios y en uno de los lugares con peores números al respecto- y la integridad personal de los agredidos.

Por mucho menos que eso (por nada, en mucho casos), la Metropolitana ha apaleado brutalmente a manteros senegaleses, trabajadores del hospital Borda e incluso internos, o integrantes de los movimientos sociales o sindicatos. Con lo que demuestra que la derecha tiene muy en claro que la fuerza estatal está, antes que todo, para garantizar la defensa de los intereses de clases, no la seguridad de todos los ciudadanos.

Tampoco se le conocieron a Larreta en público, expresiones tendientes a desmarcarse del golpista y bochornoso comunicado de "Juntos por el Cambio" del sábado por la mañana, cuando se conoció la muerte de Fabián Gutiérrez. Haciendo el papel de voceros de los otros, el Jefe de Gabinete se ocupó en destacar que a él lo llamaron varios dirigentes opositores para desmarcarse del brulote, lo cual es de una candidez asombrosa, por ser suaves: no se trata de confiar o no en los contactos telefónicos de Cafiero, sino en darle a las cosas su verdadero valor político.

Ningún dirigente importante de "Juntos por el Cambio" se ha desmarcado públicamente del comunicado ni lo hará, por una razón muy sencilla: saben muy bien que lo escrito allí expresa cabalmente el modo de pensar del núcleo duro de sus votantes, al que no pueden dejar de representar, porque de lo contrario otro lo hará. Esperar otra cosa es ingenuidad pura, y la ingenuidad en política es muy peligrosa.

La idea (fogoneada desde periodistas y medios "oficialistas") de que existe una interna al interior de la oposición entre los "halcones" intransigentes, y las "palomas" más proclives a ciertos entendimientos con el gobierno, es una fábula para niños: en los puntos centrales (lo que incluye adversar al gobierno y limarlo por todos los medios) toda la oposición más importante con roles institucionales (en las provincias, en el Congreso) está de acuerdo. Y los que no cumplen esos roles hoy (como Macri o Vidal), ni hablar.

Creer lo contrario y obrar en consecuencia, es lisa y llanamente suicida, y más allá de las empatías personales del presidente (que reiteramos, no están en discusión) o las apelaciones institucionales a la unidad nacional, hay que tomar nota del escenario político real, y obrar en consecuencia: la furia opositora creciente que se manifiesta en las calles tanto como en el Congreso o las redes sociales, es expresión de impotencia política por no haber podido procesar aun el hecho de perder las elecciones, de forma amplia y en primera vuelta, cuando soñaban con un largo ciclo de hegemonía política.

Pero si alguien perdió, otro alguien ganó; y el presidente y su gobierno tienen que tomar nota de ello, para extraer de la victoria los frutos legítimos que genera, como por ejemplo aplicar el programa que votaron las grandes mayorías nacionales. Obsérvese por ejemplo que, en medio de un clima de creciente beligerancia política contra el gobierno y sus políticas, su propuesta de reestructuración de la deuda ha recibido elogios opositores, y silencios de los aliados: algo no cierra ahí, y sería de necios negarlo.

Acaso sea llegado el momento de empezar a pensar menos, en términos estrictamente políticos, en los "amigos" (lo que incluye a algunos funcionarios que no están a la altura de las circunstancias, claramente), que en los "aliados"; es decir en aquellos con los que, con mayores o menores afinidades personales, se construyó una propuesta política para ganar las elecciones, y volver al gobierno. Aunque eso exija que se enoje algún "amigo" al que se llama en público por el nombre, sea político y empresario, por el rumbo que se siga. 

Tuits relacionados:

jueves, 9 de julio de 2020

MÁS NECESARIA QUE NUNCA



"RESEÑA 

Estas páginas contienen la esencia misma de la nacionalidad. Son impulsos de un renacimiento surgido de la propia grandeza de la patria libre proyectada hacia un porvenir digno de su magnitud. Son credo de Independencia; tienen pureza de cuna ideal y dicen con la misma fe los principios que la mostraron a la faz de la tierra como una fuerte y poderosa Nación. En las actas de 1816 cimentóse nuestra historia que luego fue escrita con la diafanidad de un pueblo soberano y heroico; en la Declaración de ahora se firma el futuro de su gloria, de su destino y que tienen en sus propias fuentes la realidad de su visión de ayer, de hoy y de siempre. 

Juan Domingo Perón Presidente de la Nación 

ACTA DE LA DECLARACIÓN DE LA INDEPENDENCIA ECONÓMICA 

En la benemérita y muy digna ciudad de San Miguel de Tucumán, a nueve días del mes de julio de mil novecientos cuarenta y siete; en celebración del centésimo trigésimo primer aniversario de la Declaración de la Independencia política, sancionada por el Congreso de las Provincias Unidas, reunido en mil ochocientos dieciséis, se reúnen en acto solemne los representantes de la Nación en sus fuerzas gubernativas y en sus fuerzas populares y trabajadoras pare refirmar el propósito del pueblo argentino de consumar su emancipación económica de los poderes capitalistas foráneos que han ejercido su tutela, control y dominio, bajo las formas de hegemonías económicas condenables y de los que en el país pudieran estar a ellos vinculados. 

A tal fin los firmantes, en representación del pueblo de la Nación, comprometen las energías de su patriotismo, y la pureza de sus intenciones en la tarea de movilizar las inmensas fuerzas productivas nacionales y concertar los términos de una verdadera política económica, para que en el campo del comercio internacional, tengan base de discusión, negociación y comercialización los productos del trabajo argentino, y quede de tal modo garantizada para la República la suerte económica de su presente y porvenir. Así lo entienden y así lo quieren, a fin de que el pueblo que los produce y elabora y los pueblos de la tierra que los consumen, puedan encontrar un nivel de prosperidad y bienestar mas altos que los alcanzados en ninguna época anterior y superiores a los que pueden anotarse en el presente. 

Por ello, refirman la voluntad de ser económicamente libres, como hace ciento treinta y un años proclamaron ser políticamente independientes. Las fuerzas de la producción e industrialización tienen ahora una amplitud y alcances no conocidos y pueden ser superadas por la acción y trabajo del pueblo de la república. El intercambio y la distribución suman cifras que demuestran que el comercio y la industria se expanden conjuntamente con aquellos. La cooperación, que contribuye a fijar de manera permanente las posibilidades humanas, será activada hasta alcanzar el completo desenvolvimiento que demandan las nuevas concepciones del comercio y empleo mundiales de las energías. 

A su término, una vez leída esta declaración y preguntados si querían que las provincias y territorios de la República Argentina tuviesen una economía recuperada y libre del capitalismo foráneo y de las hegemonías económicas mundiales, o de las nacionales comprometidas con aquellas, aclamaron y reiteraron su unánime y espontáneo, así como decidido voto por la independencia económica del país, fijando por su determinación el siguiente: 

PREÁMBULO 

Nos, los representantes del pueblo y del gobierno de la República Argentina, reunidos en Congreso Abierto a la voluntad nacional, invocando la Divina Providencia, en el nombre y por la autoridad del pueblo que representamos, declaramos solemnemente a la faz de la tierra la justicia en que fundan su decisión, los pueblos y los gobiernos de las provincias y territorios argentinos, de romper los vínculos dominadores del capitalismo foráneo enclavado en el país y recuperar los derechos al gobierno propio de las fuentes económicas nacionales. 

La Nación alcanza su libertad económica para quedar, en consecuencia, de hecho y de derecho, con el amplio y pleno poder para darse las formas que exijan la justicia y la economía universal, en defensa de la solidaridad humana. Así lo declaran y ratifican ante el pueblo y gobierno de la nación, el gobierno y pueblo aquí representados, comprometiéndose, uno y otro, al cumplimiento y sostén de esta su voluntad, bajo el seguro y garantía de sus vidas y honor. 

Comuníquese a la Nación y en obsequio del respeto que se debe a los demás Estados, detállense en un manifiesto y acta las fuentes determinantes de esta solemne declaración, dada en la Sala de Sesiones del Congreso de las Provincias Unidas, donde en mil ochocientos dieciséis se proclamara la independencia de la República y refrendada por los representantes del pueblo y gobierno argentinos aquí reunidos."

(Tuit relacionado): 

HAY REFORMAS Y REFORMAS


Lo que apunta en el tuit de apertura el siempre lúcido Ricardo Aronskind viene muy bien para la reflexión y el debate, justo esta semana en la que, a propósito de sus 90 años, algunos insólitamente llamaron a "repensar" el menemismo, y reivindicaron cosas de Menem. El año pasado a propósito de los 25 años de la reforma constitucional gestada en el Pacto de Olivos reflexionábamos acá, y decíamos: "Aquella reforma se pensó con aires refundacionales para la posteridad, consagrando en esa perspectiva los límites y repartos de áreas de influencia entre un peronismo travestido en neoliberal que se soñaba protagonizando una larga hegemonía (tal como el macrismo, hoy de salida), y un radicalismo que institucionalizaba su rol de "custodio de las instituciones" y contrapeso "republicano" de ese peronismo; como también hoy -y siempre, inmunes al contexto y sus cambios como son- se piensan a sí mismos muchos radicales.

Pero en el medio pasaron cosas: la implosión del modelo de la convertibilidad cuando la UCR en el poder asumió la obligación de gestionarlo y sostenerlo con respirador artificial, la mega crisis del 2001 cuando las instituciones fueron puestas en máxima tensión, y el advenimiento de los dos hechos novedosos de la política argentina, post crisis: el kirchnerismo primero, y el macrismo después; impactando en ambos casos sobre las dos fuerzas del bipartidismo tradicional que parieron la reforma, y accediendo en ambos casos a la conducción del Estado nacional.

De modo que las dos fuerzas (más que sus dos líderes de entonces) que hace 25 años dieron vida a aquella "Moncloa criolla" ya no existen como tales, con los contornos y sobre todo el poder y la influencia que en aquel momento tenían, y aspiraban a conservar en el tiempo a través de la reforma; y su idea recurrente de plantear otro pacto similar choca de frente contra la persistencia social de la "grieta", el clivaje peronismo-antiperonismo; que está más vivo que nunca por una razón muy sencilla: cuando el peronismo tiende a parecerse más a sí mismo (como sucede desde el kirchnerismo para acá), el antiperonismo lo rechaza de un modo visceral, obturando toda posibilidad de acuerdo o entendimiento.

El nuevo gobierno que sucederá a Macri tendrá múltiples tareas urgentes que encarar desde el primer día, considerando el desastre económico y social que herederá; y seguramente entre ellas no estará encarar la reforma constitucional, y hasta un punto es lógico que así sea: los problemas del país no son culpa de la Constitución, aunque sí del neoliberalismo y sus ideas, que en buena medida sobreviven en ella. No olvidemos que hace 25 años y durante la reforma, Cavallo tuvo un rol protagónico como censor externo a la Constiuyente, para garantizar que no se cometieran "desbordes" en la letra del texto, que alteraran el credo económico y social que por entonces presidía el gobierno del país; y que no es ni más ni menos que el núcleo duro de ideas que vertebra el plan de saqueo de la Argentina, que Macri viene ejecutando desde diciembre del 2015.

Pero insistimos, cuando las condiciones políticas lo permitan, la reforma de la Constitución Nacional (incluso para dar marcha atrás en muchos aspectos controversiales de la reforma de la que se cumplen 25 años) es uno de los debates políticos pendientes, que nos debemos los argentinos. Para adaptar el traje (la Constitución) a un cuerpo que ha cambiado mucho desde entonces, y para el que ya no se adapta, peor aun si se le hicieron remiendos -como pasó- al texto de 1853; en un contexto político que ya no existe.".

Si se analiza la conducta de la UCR con posterioridad al Pacto de Olivos y la reforma gestada en su consecuencia, en especial a partir del 99' cuando llegan al gobierno de la mano de De La Rúa, se entenderá por qué Alfonsín "gastó toda la pólvora" del pacto en reforma institucionales cosméticas, que no modificaban en nada el modelo económico social gestado por el menemismo, sostenido por la Alianza ("conmigo un peso un dólar") y vuelto a ejecutar con Macri, con la UCR integrando la coalición de gobierno. Era porque en realidad lo que cuestionaban del menemismo eran las formas, y no el fondo, la corrupción y no los efectos sociales y económicos de su modelo.

Recordemos por ejemplo que, en tiempos kirchneristas y sin remitirnos a su connivencia en el desastre macrista, la UCR votó en el Congreso en contra de la recuperación de los activos de las AFJP y la liquidación de la jubilación privada, la recuperación de Aerolíneas Argentinas o la ley de medios; todas medidas que ellos mismos habían pedido llevar adelante, cuando gobernaba Menem. Eso marca a las claras que más allá de los alineamientos partidarios, hay nudos de intereses que condicionan a la política, en función de las cuales las fuerzas políticas -salvo "anomalías", como el kirchnerismo- actúan.

Cuando se habla de discutir una reforma constitucional, siempre se dice "que no es el momento", y se señalan las urgencias de la hora. Sin embargo, la reforma de 1994 fue aprobada a solo cinco años de la hiperinflación, a cuatro años del último alzamiento carapintada y cuando el modelo de la convertibilidad ya empezaba a mostrar sus secuelas sociales; y precisamente por esa misma razón esa reforma tuvo por objeto sacralizar (por acción u omisión) en el texto constitucional, ese modelo.

De hecho, cuando el poder económico de entonces (que es el mismo de hoy) advirtió que ese modelo no corría riesgos con la reforma (de garantizar eso de ocupó precisamente Cavallo), ésta dejó de interesarle, porque la entendió como distracciones de los políticos, que ocupaban el tiempo en esos menesteres, mientras ellos manejaban el país. Muy distinto hubiera sido la cosa (y lo sería hoy) si una reforma constitucional decidiera incursionar en temas espinosos como la regulación del sistema financiero, los servicios públicos o el comercio exterior; solo por mencionar alguno. Ni hablar si a algún peronista nostalgioso se le ocurriera reivindicar algunos de los tópicos de la Constitución de 1949.

Y no se trata simplemente de obtener los consensos políticos necesarios para sumar en el Congreso los votos que la propia Constitución exige para viabilizar su reforma, o la mayor o menor legitimidad de los gobernantes: ni siquiera con la reforma de 1994 Menem (que ganaría las elecciones del año siguiente en primera vuelta) llegaría a los guarismos electorales de Cristina en el 2011, o a la diferencia que la separó a ella de sus competidores en las dos oportunidades en que fue electa: y sin embargo una no pudo siquiera proponer una reforma constitucional, y el otro la logró con fritas.

Las reformas estructurales "posibles" y "perdurables" no tienen tanto que ver, entonces y en nuestras democracias condicionadas por el capitalismo, con los consensos políticos o el peso electoral, sino con sus contenidos: cuando la arquitectura jurídica de las normas del Estado en cualquier rango (incluidas las de la Constitución) tutela los intereses del poder económico, entra a jugar la "seguridad jurídica", están talladas en piedra y nos las puede tocar nadie porque "corren riesgo las instituciones y el Estado de derecho". Pensemos por ejemplo en las regulaciones actuales del sistema financiero, o los servicios públicos.

Por el contrario, cuando se quiere avanzar en algún sentido que implique afectar en parte siquiera esos mismos intereses, el Estado, la política, se ven impedidos de ejercer incluso aquellas prerrogativas que la propia Constitución les reconoce: pensemos en la fallida expropiación (algo prevista en la Carta Magna ya desde 1853) de Vicentín, o el peregrinaje judicial de la ley de medios, en el gobierno de Cristina.

Como el mismo Aronskind apuntaba tiempo atrás en una nota en "El cohete a la luna", cada paso del neoliberalismo por el poder formal del Estado (sea por intermedio del poder militar, o mediante elecciones) nos hace retroceder cada vez más en el nivel de vida de las mayorías nacionales, los derechos de que gozan, y nuestra cohesión e integración social. Y cada proceso posterior en el que las fuerzas nacionales y populares vuelven a ese poder formal es más trabajoso en la restauración de lo dañado, y los avances son menores, o más costosos.

Romper ese círculo vicioso requiere audacia y no tanto cálculo especulativo sobre correlaciones de fuerzas (que en la dinámica extrademocrática del capitalismo puro y duro siempre serán desfavorables), o momentos oportunos, menos en países en crisis permanentes como el nuestro; fruto también de nuestro particular modelo de desarrollo capitalista periférico y desequilibrado. 

Y la audacia es, en este contexto, un reaseguro permanente de la gobernabilidad futura: contra la creencia instalada, las concesiones permanentes al sentido común instalado (que es de la derecha, creadora y defensora en tanto beneficiaria del status quo), terminan erosionando a diario esa gobernabilidad que se quiere asegurar, concediendo.