LA FRASE

"350.000 DÓLARES EL PASAPORTE ARGENTINO PUEDE PARECER CARO COMPARADO CON ESTÁNDARES INTERNACIONALES, PERO QUEDARSE CON TODO EL PAÍS SIN TENER NINGÚN INCONVENIENTE NO TIENE PRECIO." (PETER THIEL)
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jueves, 22 de octubre de 2020

RECALCULANDO

 


Cuando el gobierno argentino acompañó con su voto el informe Bachelet sobre Venezuela en la ONU, dijimos acá: "Para nosotros el voto aun mirado desde una perspectiva estrictamente pragmática- es un error: el gobierno compra la agenda de otro (y no cualquier otro, y no cualquier agenda) a cambio de un supuesto apoyo en negociaciones críticas (las que se vienen con el FMI), o por presunta devolución de atenciones del canje cerrado con los acreedores. Dudoso en un caso, incomprobable en el segundo. Y todo al costo de generar tensiones internas que son inocultables.". 

Claro es que para ser justos, el voto fue acompañado con una condena al bloqueo y las sanciones económicas contra el gobierno de Venezuela, como siempre -o casi siempre- el país ha condenado el bloqueo contra Cuba, salvo cuando gobernó la derecha en sus diversas formas, con dictaduras o en democracia.

Después del triunfo del MAS en las elecciones de Bolivia el domingo pasado, pasaron cosas. En primer lugar en el caso boliviano el gobierno de Alberto Fernández estuvo siempre del lado correcto: condenó el golpe de Estado, no reconoció al gobierno de facto de Jeaninne Añez, les dio asilo político a Evo Morales y Alvaro García Linera y apoyó la salida electoral, para que lo que prevaleciera fuera la voluntad del pueblo boliviano, como debe ser en democracia.

El éxito de Evo y su fuerza política son una bocanada de aire fresco para las fuerzas populares en la región, y la piedra basal de un proceso de reconstrucción de la unidad regional que fue dinamitado por los gobiernos de derecha que hicieron seguidismo acrítico de las directivas de la política exterior de los Estados Unidos. En la misma línea, no podemos sino celebrar los dichos de Alberto en torno a la necesidad de reconstruir la UNASUR como el ámbito propicio para fortalecer el proceso de integración de los pueblos del continente.

Y en ese contexto, el gobierno argentino acaba de sumar otros dos pronunciamientos positivos: primero negándose a respaldar la declaración de la OEA que cuestiona el proceso electoral venezolano porque parte de reconocer como legítimo al gobierno títere y fantasmal de Guaidó -algo que el gobierno del "Frente de Todos", a diferencia del de Macri, no hizo-, y rechazando hace unos días el documento propuesto por el Grupo de Lima que legitima y propone una virtual intervención militar extranjera en Venezuela.    

En paralelo el Grupo de Puebla (uno de cuyos miembros es el senador nacional del FDT y ex canciller Jorge Taiana) acaba de pedir la renuncia de Luis Almagro a la Secretaría General de la OEA, por sus inocultables responsabilidades en la generación de las condiciones para el golpe de Estado que derrocó a Evo, y todo lo que vino después. Ellos (Almagro y la OEA) también fueron estruendosamente derrotados el domingo. En el mismo sentido se pronunciaron esta semana un grupo de ex presidentes y presidentas de América Latina, entre ellos Cristina, Lula, Rafael Correa y Dilma Rousseff. 

La política exterior argentina no escapa a las generales de la ley em cuanto a que refleja las tensiones internas en el "Frente de Todos", y eso explica por ejemplo que la Argentina aun no haya abandonado el Grupo de Lima (en el que nada tiene que hacer, porque nuclea a quienes hacen satelismo del gobierno yanqui), o no haya designado embajador en Caracas ante el gobierno de Maduro al cual reconoce como el único legítimo; con lo cual aun sigue en funciones el que designó el macrismo, con fluidos vínculos con la oposición.

Que la Argentina apoye la salida electoral en Venezuela (sin olvidar que a diferencia del de Añez, el de Maduro es un gobierno electo por el pueblo) y rechace cualquier injerencia externa o aventura militar golpista son excelentes noticias. Pero mucho mejor sería unificar posturas al interior del gobierno, y en lugar de pensar en reponer la estatua de Néstor que estaba en la UNASUR (gesto simbólico merecido por él), más productivo sería retomar en plenitud la línea que él fijó.

Eso implica por ejemplo que, si se apoyan las elecciones venezolanas y estas son juzgadas transparentes incluso por observadores internacionales independientes, no se puede seguir tratando implícitamente al gobierno de Maduro como si fuera la peste, solo para complacer a sectores de la opinión  pública interna que jamás nos votarán; o "loteando" la política exterior para dejar determinados asuntos en manos del massismo y sus guiños a la embajada, de dudosos resultados prácticos además.  

viernes, 13 de septiembre de 2019

LA VUELTA AL MUNDO


Una de las banderas fundamentales de la campaña de "Cambiemos" en 2015 fue la necesidad de que la Argentina "volviera al mundo", y rompiera el aislamiento al que supuestamente la había condenado el kirchnerismo, "que solo mantiene relaciones fluidas con Irán y Venezuela".

"Volver al mundo" (sospechábamos por entonces, y pudimos confirmar en el gobierno de Macri) era reconectar al país con los mercados financieros internacionales por el canal de la deuda, para financiar un modelo de valorización financiera y fuga de capitales. "Mundo" eran "los mercados", y "los mercados" son Europa, Estados Unidos, Japón, y no mucho más.

La gestión de la política exterior estaría guiada -nos prometieron- por el más estricto profesionalismo, despojado de cualquier anteojera ideológica, poniendo como meta convertir al país "en el supermercado del mundo", y logrando que llegara al país "la lluvia de inversiones" atraída por la confianza que generaba el nuevo gobierno, por su sola asunción.

El fracaso en este renglón fue estrepitoso como, en general, en todos los rubros de la administración Macri que no estén directamente vinculados a la valorización financiera para la fuga, la destrucción del salario real y la precarización de la fuerza de trabajo, o la rapiña de los negocios de la runfla gobernante.

De modo que, como en todos los demás aspectos de su gobierno, en materia de política exterior y relaciones del país con el resto del mundo, Macri le dejará a su sucesor una pesada herencia, compleja para revertir. Y ahora que ya está de salida, es bueno puntualizar algunas de las aristas más controversiales de esa herencia, porque -entendemos- se proyectan con fuerza gravitante sobre el rumbo de la futura administración del país.

Para comenzar y al principio mismo de su gobierno, Macri rifó el amplísimo apoyo internacional cosechado por Cristina y Héctor Timmerman en la ONU en la pelea contra los fondos buitres, defendiendo el derecho de los Estados soberanos de reestructurar su deuda pública en condiciones compatibles con el crecimiento y la inclusión social.

Capitulando en toda la línea con Paul Singer y otros buitres similares (cuyo nómina total aun desconocemos) Macri no solo reintrodujo al país en un ciclo pernicioso de endeudamiento que condiciona seriamente su futuro, sino que sentó un pésimo precedente que dificultará gravemente en el futuro todo nuevo intento de reestructurar la gravosa deuda que deja como legado.

También nos introdujo de lleno en la lógica de las "relaciones carnales" con Estados Unidos (dando una vuelta de campana sobre su apoyo explícito a Hillary Clinton en la elección que ganó Trump), sin obtener a cambio siquiera contraprestaciones comerciales significativas: ahí están todavía el biodiésel, las exportaciones de carne, los famosos limones o los tubos de acero sin costura como los ejemplos más conocidos, pero no los únicos.

Y el alineamiento incondicional con los EEUU y sus objetivos de política exterior tuvo otras consecuencias: la lamentable posición asumida por el gobierno argentino en relación a Venezuela (convertida burdamente en tópico obsesivo de la discusión política interna) y el gobierno títere de Guaidó, y la reformulación de la doctrina de defensa nacional y el rol de las Fuerzas Armadas, para adaptarlas a la doctrina de las "nuevas amenazas" diseñada por el Comando Sur del ejército norteamericano.

A lo expuesto podríamos agregar el involucramiento en el conflicto del Oriente Medio secundando las posturas de Estados Unidos a Israel, con la absurda decisión de incluir como organización terrorista a Hezbollah, a la que ni siquiera la ONU considera así; y es una fracción política que integra el gobierno del Líbano, país con el que mantenemos relaciones diplomáticas y comerciales.

El caso Venezuela fue, a su vez, una etapa más de un proceso sostenido de destrucción de las instituciones de la integración regional como el Mercosur o la Unasur; que culminó con la firma del acuerdo de libre comercio con la Unión Europea en condiciones gravosas para el país y la región, y con la descarada intromisión abierta del fascista Bolsonaro en la política interna de la Argentina, a favor de la reelección de Macri: una devolución de favores por el rápido reconocimiento del gobierno argentino al golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, y su silencio estruendoso ante la prisión de Lula, silencio que se reitera ahora, en la agresión contra Bachelet reivindicando a la dictadura de Pinochet.

El gobierno de Macri también cargará con el dudoso honor de ser el que (contrariando el mandato constitucional) abandonó la causa Malvinas y el reclamo de soberanía, para entablar también "relaciones carnales" a cambio de nada con el Reino Unido, al que incluso llegó a darle injerencia en los procesos de reequipamiento de nuestras Fuerzas Armadas, en otra bochornosa claudicación de soberanía; completada más tarde con adjudicaciones de áreas petroleras a compañías británicas, en el Mar Argentino.

Lejos de la sobriedad y el profesionalismo prometidos en campaña, y por el contrario, alineados bajo los más estrictos parámetros ideológicos de alineamiento con las directrices de política exterior de los Estados Unidos, el gobierno de Macri no dejó chapucería internacional por hacer, incluyendo roces con China y Rusia, cuyas inversiones e intereses en el país cuestionó por el solo hecho de haberse gestado durante el kirchnerismo; para acto seguido salir a mendigarles apoyo financiero, cuando fracasaron todas su otras alternativas.

Y para concluir, pero no menos importante: Macri también será recordado como el presidente que trajo de nuevo al FMI al país, embarcándonos en el préstamo más grande de nuestra historia y de la de ellos, estructurado como un gigantesco y desembozado aporte de campaña a su reelección, objetivo en el que también ha fracasado; legando para el futuro no solo la deuda de 57.000 millones de dólares que deberá afrontar el próximo gobierno, sino su reinstalada capacidad de injerencia en el diseño de nuestra política económica, con todo lo que eso significa.

Encima coronó el fracaso con un default en ciernes que convierte a su gobierno (y al país con él) en un paria a los ojos de aquellos a los que dirigió todos sus esfuerzos de seducción: en meses después de que las calificadores de riesgo le dieran la distinción de considerar a la Argentina como "mercado emergente", el mismo sistema de "validación de calidad" calificó a la deuda argentina en "default selectivo" primero, para quitarle la condición de "emergente" después. Mejor imagen gráfica de su rotundo fracaso, medido en sus propios términos de éxito, imposible de conseguir.

martes, 1 de mayo de 2018

PARA VOLVER AL MUNDO, NOS FUIMOS DE CASA


Como suele pasar en los últimos tiempos en el país con todo lo que tiene que ver con la política internacional, la abrupta salida de la UNASUR de la Argentina y otros países (entre ellos Brasil) no tuvo la repercusión en nuestro sistema político que la gravedad del hecho merece: solo un comunicado del bloque de diputados nacionales del FPV expresando su preocupación, y casi nada más.

La Argentina gobernada por Macri dejó la presidencia pro témpore del organismo en manos de Bolivia sin rendir cuentas de su gestión, omisión más notoria aun porque acto seguido lo abandonó señalando -junto con los demás que se fueron- su parálisis; en gran medida provocada ex profeso por los gobiernos en manos de las derechas del subcontinente, que tributan a otras lógicas de vinculaciones exteriores; vinculadas al neocolonialismo satelital de la potencia hegemónica mundial y regional.

De ese modo, los cultores de las instituciones las destruyen concienzudamente cuando no pueden someterlas o controlarlas (gobiernos de derecha hubo siempre entre los miembros de la UNASUR, pero eran minoría); y los que venían a profesionalizar la diplomacia y la política exterior depurándola de ideologías, la unilateralizan en nombre de su propia ideología.  

El vaciamiento de la UNASUR es consecuencia directa de la bochornosa cumbre de las Américas, donde los países que practican las relaciones carnales con los Estados Unidos suplieron la ausencia de Trump compitiendo entre sí en muestras de genuflexión a éste, mostrándose dispuestos a acompañar medidas más duras contra Venezuela. Macri mismo sobresalió en ese patético rol.

Y es la contracara de la cumbre de Mar del Plata del 2005 que rechazó el ALCA, porque la siguiente movida previsible es insistir en el ingreso a la Alianza del Pacífico hegemonizada por Estados Unidos, de los países que se fueron del UNASUR que no son al presente parte de ella; en un contexto en el que Trump cierra su mercado y por ende no hay beneficios tangibles de moverse en esa dirección.  

La salida de seis países del organismo es tan indisiociable entonces de la política exterior yanqui, como de las propias exigencias de los factores de poder de cada uno de sus países, en su política externa: no olvidemos que fue precedida por la deliberada destrucción del Mercosur que están ejecutando la Argentina de Macri y el Brasil de Témer, con la expulsión de Venezuela, la demora de la admisión de Bolivia y la obsesión por cerrar -a como de lugar- un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea.    

Esa asociación de las políticas internas con las exteriores es muy palpable en el caso argentino, donde un gobierno con tendencia a la sobreactuación diplomática hace cuanto puede por "volver al mundo", una obsesión que tiene cuadrantes geográficos precisos (Europa, Estados Unidos y no mucho más), y objetivos mucho más precisos aun: reconectarse a los canales financieros internacionales volviendo a los mercados de deuda, para financiar el modelo de valorización financiera y fuga de capitales.

Sin ningún interés nacional concreto que justificara la movida de salirse de la UNASUR (antes bien, cualquier análisis objetivo del mismo aconsejaba permanecer), Macri suma otro gesto que -supone- lo ayudará en su esquiva búsqueda de la lluvia de inversiones; en un camino de genuflexiones que hasta acá solo le ha reportado un cargamento de limones tucumanos a Estados Unidos, y no mucho más. O en todo caso sí: miles de millones de nueva deuda, que estaban dispuestos a fluir al país sin necesidad de que este hiciera payasadas con graves consecuencias, como irse de los organismos de integración regional, vaciarlos o destruirlos.

Y quedan finalmente por considerar otros dos aspectos, que nos parecen las consecuencias más graves de la movida: la crisis de la UNASUR arrastrará indefectiblemente al Consejo de Defensa del organismo, potenciando aun más la lógica de estrechar vínculos con los Estados Unidos en el plano militar, con la excusa de las "nuevas amenazas" a la seguridad regional como el  narcotráfico o el terrorismo.

Por otro lado, una UNASUR desmembrada estará incapacitada para actuar (como lo hizo en el pasado reciente, en Bolivia, Ecuador y Venezuela) como un factor estabilizador de las democracia regionales, amenazadas por golpismos de nuevo cuño.

Acaso esta haya sido una consecuencia expresamente deseada por las derechas promotoras del vaciamiento, que vienen flojitas de papeles en ese renglón.

miércoles, 6 de marzo de 2013

DESPUÉS DE CHÁVEZ


Decir que la desaparición física de un líder político de la estatura de Hugo Chávez provoca un vacío difícil (si no imposible) de llenar, es una constatación de lo obvio.

Lo que no es tan sencillo es hacer previsiones a futuro sobre la evolución del panorama político, tanto en lo específico de la situación interna de Venezuela, como en las proyecciones que la muerte de Chávez tiene hacia todo el contexto de América Latina; y por que no, hacia el resto del mundo: su figura trascendió largamente los límites del continente, en términos de gravitación y referencia política.

En tanto encarnó un liderazgo fuertemente carismático, le caben al caso venezolano a partir de la falta de Chávez, todas las teorizaciones que se han hecho al respecto, en especial sobre los populismos latinoamericanos; sobre todo las dudas que plantea la subsistencia del proyecto político que ese liderazgo encarnaba, o en todo caso cuanto habrá de continuidad, y cuanto de cambio.

Sin embargo en ese aspecto (el de la previsión a futuro) también fue Chávez un líder excepcional, permanentemente preocupado por sentar bases firmes de organización política para el proceso de la revolución bolivariana en Venezuela, tanto como por aportar su contribución (importante, se diría decisiva) a la consolidación del proceso de integración de América Latina.

En lo específicamente interno de su país, desde la sanción de la nueva Constitución bolivariana hasta el empeño puesto en la construcción de una organización política basada en el protagonismo popular, Chávez vio claro la necesidad de institucionalizar las conquistas alcanzadas, como un modo de garantizarlas más allá de las alternancias propias del ciclo político.

Los que se pierden en los detalles (como las discusiones por la reelección presidencial) suelen perder de vista estos elementos, esenciales para comprender el proceso del chavismo en su total dimensión; y para poner en contexto el propio liderazgo de Chávez, y la importancia de las transformaciones estructurales que introdujo en Venezuela.

Contribuyó de ese modo a fortalecer un proceso político más allá de su propia persona, aunque la estatura política de su figura se evidencia ahora, cuando su ausencia es irreversible; y el procesamiento político de esa ausencia será un factor de no pocas tensiones, incluso hacia el interior del PSUV. 

A medida que su enfermedad avanzaba, esto lo vio claro el propio Chávez, quien puso todo su empeño personal (más allá incluso de lo que la prudencia humana aconsejaba) en llegar a las elecciones del 7 de octubre; para enfrentar a la coalición opositora encabezada por Capriles, y relegitimar una vez más, en las urnas, el proceso de la revolución bolivariana.

Elecciones en las que hizo permanentemente hincapié en los riesgos que el resultado electoral entrañaba para las mejoras sociales y económicas conseguidas en los años de la revolución bolivariana, precisamente para concientizar a sus beneficiarios sobre la naturaleza del proceso: algo que no estaba ni está definitivamente consolidado, ni mucho menos.

Del mismo modo, la nominación expresa de Maduro como su sucesor (y por esa razón, hoy seguro candidato del PSUV en las nuevas elecciones presidenciales) procuró subordinar las discusiones internas y -si se quiere- las legítimas aspiraciones personales, al objetivo del conjunto: garantizar el triunfo, y la continuidad de los cambios. Una lección de liderazgo político, en toda su dimensión.

Las expectativas que suscitó la coalición opositora encabezada por Capriles (que hasta llevaron a algunos a pensar en una derrota de Chávez) se desvanecieron el día mismo del comicio conocidos los resultados; y la diáspora de las fuerzas antichavistas se profundizó aceleradamente, primero en las elecciones estaduales de diciembre pasado, y luego en la actitud a tomar ante la ausencia del presidente, y el proceso institucional de su sucesión.

Sin embargo, sería un error subestimar la capacidad de acción de la oposición, no tanto de cara al proceso electoral que se avecina (que nos animamos a decir arrojará un nuevo triunfo contundente del PSUV, cuya militancia se verá galvanizada por la pérdida del conductor), como al futuro del panorama político venezolano.

Y es que, de un modo consistente con las formas de actuación política de la derecha contemporánea en toda América Latina, la legitimación electoral de los procesos populares no es para ellos algo a tener demasiado en cuenta: al fin y al cabo, cuentan con los resortes de los poderes económicos y mediáticos (que son en esencia lo mismo) para socavar y desestabilizar; y han demostrado con creces su escaso apego a las reglas de juego de la democracia; máxime cuando se sienten alentados por al menos parte de las estructuras reales del poder de los EEUU.

Precisamente por estos días estaban sufriendo los venezolanos de a pie (con el desabastecimiento y la especulación con el precio de los alimentos y artículos de primera necesidad) las consecuencias de un modo de accionar en política por fuera de los cauces electorales; hecho que enaltece aun más el liderazgo de Chávez, que vio desde siempre clara la necesidad de recuperar capacidades estatales de arbitrio en la economía; del mismo modo que la recuperación del control estatal de la enorme renta petrolera le posibilitó los recursos para su vasto programa de reformas sociales. 

Nos resta -para redondear este análisis- considerar las probables consecuencias de la muerte de Chávez hacia afuera de Venezuela, para la consolidación del proceso de integración de América Latina.

El contundente rechazo al ALCA en la cumbre de Mar del Plata del 2005, el lanzamiento del ALBA y la Unasur, la ampliación de los miembros del Mercosur y su definida orientación como alianza política con proyecciones de complementación económica, y la creación de la CELAC como estructura pensada para reemplazar a la decrépita OEA (al fin y al cabo, una supervivencia de la Guerra Fría), y romper el aislamiento a Cuba en el propio continente, son todas iniciativas históricas, trascendentes y estructurales: ninguna de ellas hubiera sido posible sin Hugo Chávez.

Sin su inspiración, su claridad ideológica, su empeño personal; consistente esto último con el modelo de las "diplomacias presidenciales"  puesto en marcha en América Latina en la primera década del siglo XXI.

Claro que esa impronta personal de los líderes latinoamericanos, que muchas veces actuó como puente para salvar las distancias históricas entre sus países, es también una potencial debilidad del proceso en el largo plazo; en la medida en que los compromisos políticos no se institucionalicen, y  se traduzcan en realizaciones concretas y tangibles, para cada uno de sus pueblos.

Allí también el legado de Chávez los compromete a todos de cara al futuro, para garantizar la continuidad y la profundización de un proceso de integración que no estará exento de tensiones y acechanzas. 

sábado, 30 de junio de 2012

CUALQUIERA DIRÍA QUE LO TENÍAN PENSADO DE ANTEMANO


Conforme pasan los días desde la destitución de Lugo, al golpe paraguayo se le empiezan a ver las patas a la sota, como surge claro de las declaraciones de Franco a partir de las decisiones adoptadas ayer por la Unasur y Mercosur de suspender al Paraguay como miembro de ambos organismos de integración regional.

La actitud conciliadora de Franco de las horas posteriores al golpe (buscando evitar la condena regional y el asilamiento internacional de su gobierno) fue dando paso paulatinamente a una escalada verbal, conforme el apoyo de los diferentes sectores de poder interno del país vecino (la Unión Industrial en las declaraciones del caso, antes las patronales del campo) se hizo explícito.

Y tal como puede verse, lo que irrita y molesta a los que detentan el poder verdadero en el Paraguay no es tanto la suspensión temporánea del país del Mercosur (más bien opinan lo contrario: les resulta conveniente), como la admisión de Venezuela como miembro pleno del bloque; algo a lo que el Congreso paraguayo (en especial el mismo Senado que terminó destituyendo a Lugo) se oponía sistemáticamente desde hace años.

Lo que deja a las claras que, sobre todo a partir de los nuevos gobiernos llegados al poder en América Latina en la primera década de este siglo, el proceso de integración regional tuvo un tinte cada vez más marcadamente político, por encima de los acuerdos económicos o los regímenes aduaneros comunes.

Y es en ese contexto que los restantes países miembros del Mercosur sellaron ayer la incorporación de la Venezuela de Chávez al Mercosur, en un fortísimo gesto político al establishment paraguayo, complementario del desconocimiento del gobierno de Franco: Argentina, Brasil y Uruguay están diciéndole claramente a los golpistas paraguayos que decidieron hacer por su cuenta lo que ellos le impidieron hacer al gobierno de Lugo.

A propósito una necesaria disgresión: ¿qué dirán los medios hegemónicos argentinos sobre el hecho de que dos países puestos constantemente como ejemplo de seriedad -como Brasil y Uruguay- hayan tomado de consuno con la Argentina la decisión de abrirle las puertas del Mercosur a la Venezuela de Chávez?; un hecho que demuestra que las relaciones internacionales son un poco más complejas que las simplificaciones pavotas del "periodismo independiente".

Por acá y al menos a nosotros no nos quedan dudas que el proceso de destitución de Lugo fue, lisa y llanamente, un golpe de Estado; pero por si faltaran evidencias para así concluir, téngase presente que el Congreso paraguayo (que terminó expulsando al presidente electo por el pueblo) demoró tanto la aprobación del ingreso de Venezuela al Mercosur, como la ratificación del Protocolo de Usuhaia II; justamente el que se ha activado en estos días con la deposición del ex obispo: estaban por un lado resistiendo el intento de Lugo de sumar un nuevo aliado regional para ampliar su base de sustentación política, y por el otro, preparando el terreno para dar el zarpazo institucional y salir impunes.

Pero hay más: la decisión de destituir a Lugo se aceleró poco días después de que justamente el bloque del Mercosur decidiera elevar el arancel externo común para el ingreso de productos extra zona, como medida defensiva para evitar un impacto mayor aun de la crisis financiera internacional en la región, por el canal comercial, a través de la invasión de productos provenientes de aquéllas economías (como la de EEUU) que aun no logran dejar atrás la recesión, y generan excedentes en busca de mercados para ser colocados.

Adviértase que los industriales paraguayos (una criatura que hasta aquí muchos creían mítica, pero al parecer existe en realidad) y el propio presidente golpista Franco celebran la exclusión temporaria de Paraguay del Mercosur en tanto abre la posibilidad de que el país celebre acuerdos de libre comercio con los EEUU y China.

Si uno considera que con éste último país era el propio bloque del Mercosur el que estaba en tratativas para suscribir un acuerdo de cooperación comercial, como asimismo que los sojeros paraguayos y brasiguayos vienen exportando el poroto verde en grandes cantidades a China sin necesidad de acuerdo de libre comercio alguno, se advertirá que la verdadera intención es el acuerdo de libre comercio con los yanquis: una forma de reeditar la puja política del ALCA, al que los países de la región le cerraron la puerta en la histórica cumbre de Mar del Plata del 2005.

Y el gobierno de los EEUU alienta el sueño de construir en Paraguay una nueva Colombia, con la base de los marines del Comando Sur que ya funciona en Estigarribia, y con el siempre presente pretexto del narcotráfico y el terrorismo en la Triple Frontera; base que además tendría la ventaja de no implantarse (como en Colombia) en el medio de un país desangrado por una eterna guerra civil.

Esa intención es también percibida por los demás países del Mercosur, y allí apunta precisamente la decisión de incorporar nada menos que a la Venezuela de Chávez al bloque regional como miembro pleno; en espejo con los motivos que tuvo el Senado paraguayo para cajonear el trámite por años, mientras por caso validaba la instalación de la base yanqui en el país.

Días pasados el presidente golpista Franco agitaba el fantasma de la tristemente célebre Guerra de la Triple Alianza que desangró al Paraguay entre 1865 y 1870, para exaltar el sentimiento nacionalista de los paraguayos contra las presuntas agresiones de argentinos, brasileños y uruguayos.

Pero lo paradójico del caso es que en aquella guerra inicua los vecinos del Paraguay (recordar el discurso de Mitre arengando a las tropas argentinas que marchaban al frente) fueron instrumentos de la penetración imperialista de la manufactura y los capitales británicos en el país de Solano López; que hasta allí había permanecido inexpugnable a la seducción "civilizadora" de los europeos.

Es decir exactamente lo contrario de lo que sucede hoy, cuando la estrategia de los golpistas paraguayos, que conduce a su aislamiento político regional, tiene por objeto convertir al país hermano en un enclave neocolonial y  base de operaciones de los EEUU en el subcontinente; en el corazón del acuífero Guaraní y con un acceso más cercano a la cuenca del Amazonas del que le podrían proporcionar a los yanquis sus propias bases en Colombia.

Ese es el tablero completo en el que se desenvuelve el drama paraguayo, que supera con creces la discusión bizantina de los opinólogos sobre si el derrocamiento de Lugo fue o no un golpe de Estado; que por lo demás está perfectamente claro que fue una maniobra premeditada y largamente planificada de antemano.