Momento "Se nos llenó el culo de preguntas". https://t.co/jAZghTo23f
— La Corriente K (@lacorrientek) August 11, 2026
Un gobierno de derecha llega al poder creando expectativas de grandes cambios que -esta vez sí- darán resultados, y sacarán al país del atraso y la decadencia. Fracasa estrepitosamente, salvo en la puntual atención de intereses bien concretos, que son los que impulsan sus políticas.; y su fracaso abre la puerta a un nuevo gobierno popular, que llega en escenarios cada vez más condicionados por el contexto: el retroceso en términos de calidad de vida de la población es cada vez más profundo que la experiencia anterior, y el margen de maniobra del gobierno para ensayar otras políticas es cada vez menor.
De la lectura de ese cuadro de situación (sin profundizar demasiado en sus causas) nacen intentos conciliadores, ya desde el mismo diseño de las alianzas, la arquitectura electoral, las estrategias de campaña y hasta la selección de los candidatos: se asume que el único camino posible es ir con pies de plomo, postergar definiciones y cambios estructurales para no malquistar a los que realmente mandan, y se lo explica desde teorizaciones sobre el posibilismo y las correlaciones de fuerza; como en campaña se trató de capturar un imaginario centro social, eludiendo las polarizaciones.
En ese contexto y sumando las restricciones reales existentes, el gobierno popular parece condenado de antemano al fracaso, porque el poder económico (sin ninguna autocrítica por el fracaso de su ensayo anterior) toma cualquier intento de conciliación como agitar una bandera blanca de rendición, y actúa en consecuencia, jaqueando al gobierno para reducir aun más su margen de decisión y asegurarse que no pueda siquiera rozar sus intereses.
Y así como la derecha fracasa en su intento de estabilizar por la vía democrática el consenso social en el sostenimiento de un proyecto que convenga a sus intereses (aunque estos sean rápida y convenientemente atendidos por los gobiernos del palo), para las experiencias nacional-populares el fracaso es doble: no consiguen resultados electorales que les permitan estabilizarse políticamente, ni tampoco garantizar la atención de los intereses objetivos y concretos de su base electoral, cuya reparación de los estragos de las política neoliberales es siempre tardía, incompleta o escasa.
Para peor, no toda la dirigencia alcanza a percibir que lo primero es consecuencia directa de lo segundo; todo lo cual crea la plataforma ideal para que la derecha vuelva a utilizar a discreción sus armas de seducción masiva y sus dispositivos de construcción de sentido (adaptados en sus modos y plataformas de lanzamiento a los tiempos y la tecnología disponible) para volver a ganar en elecciones libres (al menos del fraude tradicional, y por ahora).
Una vez vuelta al gobierno (porque al poder no lo sueltan nunca) volverán a plantear que el modelo no solo es el correcto sino el único racionalmente posible, que los que fallaron fueron los circunstanciales ejecutores y que es necesario ir más rápido y a fondo, sin ninguna concesión a gradualismos y acuerdos políticos. Por el contrario, reclaman una Moncloa criolla que integre a los márgenes del régimen a parte de los formalmente opositores, para consensuar políticas de Estado (es decir, las que convienen a sus intereses) a largo plazo.
Y como siempre sucede con la derecha cuando gobierna, empieza arrasando todo a su paso, y postulando la idea de que resignar derechos, salarios, consumo, empleos, tejido productivo o condiciones objetivas materiales de existencia son sacrificios imprescindibles para garantizar un futuro venturoso; para lo cual poco importa si en el camino debe traicionar engañosas promesas, o peor aun, cumplirlas. Prodigan en cada oportunidad un revival del Rodrigazo para consagrar una cada vez más injusta distribución del ingreso social, mientras fustigan al populismo irresponsable e inflacionario.
De ese modo (y con la correlativa e imprescindible decisión de reprimir con dureza todo atisbo de protesta social) logra recrear la confianza de los mercados, con los efectos aparejados: ingresan capitales especulativos de corto plazo que facilitan políticas de estabilización sobre la base de una apreciación cambiaria, lo que a su vez facilita financiar consumos superfluos de su base electoral y atesoramiento en divisas, al mismo tiempo que la fuga de capitales de los sectores con mayor capacidad de generar excedentes.
Los demás efectos del modelo (que siguen al dólar barato como la sombra al cuerpo) son conocidos: destrucción de la economía real, caída del salario y del empleo, profundización del deterioro de los indicadores sociales; y engrosan el largo catálogo de las advertencias electorales previas de una parte de la población, desoídas por otra, concientemente o no.
Cuando los límites concretos del modelo de valorización financiera y fuga (con sus variantes en el tiempo, acordes a los procesos de acumulación del capital) están a la vista (es decir, cuando se acaban los dólares, o se empieza a percibir que no alcanzan para todos), la derecha pasa rápidamente y sin escalas de la confianza plena en la hegemonía a largo plazo, a la incertidumbre democrática, la suba del riesgo país y los problemas de confianza en la duración de la tolerancia social al ajuste.
Allí comienzan -otra vez- los intentos de imaginar alquimias que les permitan sostener el modelo cambiando sus circunstanciales ejecutores, y las presiones sobre el campo nacional-popular para asegurarse que una eventual alternancia política no lo modifique en lo esencial, y sus intereses no se vean afectados. Pero como dirían los árabes, confía en Alá pero ata tu camello: en cada proceso intentan reforzar aun más las cadenas de la servidumbre, y asegurarse que un eventual gobierno nacional popular no pueda modificar el status quo, ni aunque quisiera hacerlo: RIGI, CIADI y demás siglas conocidas o inventadas para la ocasión.
El modelo es siempre inviable bajo sus propios términos, tanto que termina -invariablemente- explotando más por mano propia, que por la resistencia social que genera a su paso: los capitales golondrinas vuelan, las inversiones prometidas jamás terminan de llegar, y cada fracción de capital (nacional y extranjero) se abalanza con avidez sobre los despojos del país, para intentar llevarse su parte, volviendo a dejar tierra arrasada; para la llegada -en un marco de descontento social, crecientes necesidades insatisfechas y desencanto democrático que acorta lo límites de la paciencia- de otra experiencia de signo nacional-popular.
Que si no toma debida nota de las experiencias anteriores, y no asume en toda su implicancia la cuestión del poder (que supone necesariamente conflicto, puja distributiva y afectación de intereses) está condenado de antemano a repetirlas, y reiniciar el ciclo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario