LA FRASE

"PODRÁN DECIR LO QUE QUIERAN DE MI MANDATO COMO GOBERNADOR, PERO DURÓ EL DOBLE QUE LA PRESIDENCIA DE PINEDO." (FELIPE MICHLIG)

miércoles, 19 de agosto de 2026

MILEI, STURZENEGGER Y EL GOBIERNO DE PAPEL

 

El gobierno de Milei son varios en uno, actuando en planos simultáneos y superpuestos: hay un gobierno "real"; que es el que planifica, orquesta e impulsa las medidas estructurales que verdaderamente importan, como el DNU 70, la ley de bases, el RIGI, la reforma laboral, la ley de glaciares o los enjuagues financieros de Caputo. O lo intenta, como con la fallida ley de extranjerización de la tierra, o la del manejo del fuego.

Es el gobierno del círculo rojo local y sus terminales en el exterior, tanto con poderes económicos multinacionales como con el eje de los Estados (EEU e Israel) que corresponden al alineamiento internacional que postuló Milei desde el principio, y es uno de sus principales puntales de apoyo. De ese gobierno Milei es simplemente el mascarón institucional, que debe utilizarse para guardar las formas de la democracia, aunque se degrade su sustancia.

Después hay un gobierno de los negocios, con grupos empresarios que -como lo han hecho en todos los gobiernos- rondan como aves de rapiña sobre los activos públicos y los "mercados regulados" atentos a quedarse con su tajada del desguace del Estado, con trampas que los pongan a resguardo de los avatares políticos y la encrucijada del cuarto oscuro. Y dentro de éste, el circuito de las mordidas para la caja chica (en comparación), en el que descuella la hermanísima presidencial, pero en el que abundan los descuidistas. 

Desde el grupo Clarín con la compra de Telefónica a los Neuss, pasando por Vila, Manzano, Filiberti, los belgas de Jan De Nul (que volvieron a quedarse por otros 30 años con la hidrovía) o los Saguier (dueños de La Nación) manoteando Tecnópolis, todo y cada uno de ellos están en lo suyo aprovechando la oportunidad (y provocándola) a través del oportuno contacto con alguna de las terminales del entramado libertario. Allí -más que en hipotéticas diferencias sobre las tácticas políticas a seguir- hay que buscar el origen de las supuestas internas en el gobierno con las que nos entretienen los medios como si fuera un culebrón televisivo de la tarde.

Luego está el gobierno de las boludeces para consumo de la gilada que se engloban bajo el rótulo de "batalla cultural", mundo en el que Milei (un gran alérgico al trabajo constante y el estudio profundo) se siente claramente más a gusto: las discusiones bizantinas a las que nos quieren llevar todo el tiempo como la baja de imputabilidad penal de los menores, el cobro a los extranjeros en los hospitales o expulsarlos del país por cualquier pretexto  o impedirles ingresar a las universidades, las peleas libertarias contra el lenguaje inclusivo, los feminismos, las políticas de género o por la denominación del día del niño. 

No es que no se trate de temas importantes (el alguno casos son indudablemente pavadas descomunales), sino que son abordados de un modo bizarro por gente muy limitada culturalmente (el presidente el primero), y que pone en ellos el origen de todos los males del país, con un simplismo abrumador. El gobierno "real" deja hacer allí a Milei y su claque para mantenerlos entretenidos, a condición de que se mantengan el rumbo y los negocios; y también porque comprenden que de un modo extraño así trata de contener a su base electoral original, frente a los efectos nocivos de las políticas de su gobierno; al mismo tiempo que distraen de lo esencial (que es el saqueo del país y el despojo de sus habitantes), en una típica maniobra de carterista.

En lugar de decir lo obvio -que el rey está desnudo, tiene mal olor porque no se baña y evidencia severos trastornos mentales y de conducta- le sostienen la ilusión de que estamos en presencia de un líder visionario, una especie de influencer mundial en la batalla cultural de la ultraderecha con el progresismo, la cultura woke y el socialismo y las izquierdas. Por allí (y alguna oportuna gestión de negocios) se explica la agenda internacional del presidente, que no es mucho más que una gira mundial en busca de premios bizarros en cónclaves de derecha más exóticos aun. 

Y finalmente está el gobierno de papel, el de las cosas impracticables o sencillamente delirantes que corporiza Federico Sturzenegger, que además de hacer de actuario recopilador de las demandas puntuales del poder económico, es sobre todo experto en encontrar un problema allí donde existía hace ya mucho tiempo una solución: barcos que naveguen nuestros ríos sin el auxilio de prácticos, medicamentos que se vendan sin ningún tipo de controles, coros de niños que deben desaparecer porque ponen en riesgo el equilibrio fiscal, camiones cada vez más pesados para rutas cada día más destrozadas y una larga lista de ideas surgidas no ya de la demanda social (aunque ciertamente siempre habrá público ávido de idioteces en la Argentina libertaria), sino de las conversaciones de Fede en sus círculos sociales.

Sturzenegger remeda para nuestros tiempos aquella figura grotesca de Rivadavia, "el hombre que se adelantó a su tiempo" en la célebre definición de Mitre, sobre la que hiciera blanco Jauretche en su "Manual de zonceras argentinas": el reformador en el papel de una sociedad que no entiende ni quiere entender, el ensayista de las soluciones problemáticas que deja prolijamente sin atender todos los problemas reales, que demandan respuestas urgentes.

Todos estos gobiernos existen, como se dijo antes, simultáneamente; y aunque todos ellos no tengan la misma importancia ni dimensión política y social, tienen algo en común: todos son nocivos para el país y para la inmensa mayoría de sus habitantes. Y está claro que hasta acá no han funcionado los remedios institucionales que contempla la Constitución para casos extremos, mayormente porque casi ni se intentaron; fuera por aquello de la "correlación de fuerzas", o por el miedo al brulote del golpismo. Porque motivos y causales sobran, y se multiplican todos los días.

Tampoco está claro que se consiga ponerles remedio a tantos males con nuestro voto en las elecciones del año que viene (de hecho casi la mitad del padrón viene pensando consistentemente que no, y de allí su ausentismo), si el pronunciamiento popular no consagra tanto un modelo verdaderamente alternativo, como la decisión de dar las peleas que haya que dar para cambiar las cosas, mientras se enfrenta la urgencia de reparar las consecuencias de tanto desatino, que son muchas. Y sin perder nunca de vista quienes dieron -y dan- su apoyo decisivo al experimento porque conviene a sus intereses, con todo lo que supone, incluidos (por acción u omisión) sus aspectos más bizarros.

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