LA FRASE

"SI FUERA POR MÍ ME QUEDABA A VIVIR EN ISRAEL, PERO SE TERMINABA EL CESE DEL FUEGO Y TAMPOCO ERA CUESTIÓN DE TERMINAR CABECEANDO UN MISIL IRANÍ." (JAVIER MILEI)

jueves, 23 de abril de 2026

PARA LA VUELTA

 


Con la vertiginosidad de los tiempos históricos en la Argentina -y con el peso de los intereses comprometidos en el sesgo de los análisis- no fue debidamente sopesada en toda su importancia estratégica la decisión de Néstor Kirchner de cancelar toda la deuda de la Argentina con el FMI. Significó -ni más ni menos- que sacarse de encima su nefasta influencia en la política (sí, no solo en la economía) argentina desde 1956, y ganar márgenes de autonomía en el diseño y ejecución de las políticas económicas.

Que esa decisión haya coincidido con el mayor ciclo ininterrumpido de crecimiento económico y mejora de todos los indicadores sociales desde los tiempos del primer peronismo (cuando Perón se negó a ingresar al FMI) no es casualidad, sino causalidad: un país dependiente para liberarse debe empezar por remover los factores que lo mantienen en la situación de dependencia, y el organismo surgido de los acuerdos de Bretton Woods para diseñar una arquitectura financiera internacional a la medida de la hegemonía de los Estados Unidos, es uno de ellos; y no de los menos importantes.

Cosa que fácil -más fácil incluso- de comprobar por la negativa, constatando como le fue al país cuando sus gobiernos uncieron su destino (y el nuestro) a los dictados del Fondo, y admitieron su rectoría en el diseño de nuestras políticas económicas y sociales. Como sucedió con Macri, cuando tras agotarse otro nuevo ciclo de endeudamiento externo (también volviendo en eso sobre los pasos virtuosos de los gobiernos kirchneristas) inaugurado con la capitulación ante los fondos buitres, el recurso del FMI apareció en 2018 en modo prestamista de última instancia, para brindar el puente de salida a la fuga de capitales, y financiar el fallido intento reeleccionista del contrabandista calabrés. 

Vuelto al gobierno el peronismo bajo la sigla del "Frente de Todos", la génesis del fracaso de lo que fue una exitosa salida electoral del desastre macrista estaba ya en la retórica de Alberto y Guzmán tratando de convencernos de que el Fondo había cambiado su enfoque, y pasaba a ser bueno y comprensivo: cuando se habla de que Cristina y el kirchnerismo duro sabotearon ese gobierno, es preciso recordar que fueron ellos quienes entonces -no con el diario del lunes y el resultado puesto- se opusieron a un nuevo acuerdo con el FMI y lo rechazaron en el Congreso, previa renuncia de Máximo a la titularidad del bloque en Diputados. El tiempo les dio la razón, pero ya era tarde: las vacilaciones posteriores del gobierno (derivadas de ese error conceptual inicial) terminaron pavimentando el camino de Milei, mucho más que cualquier reyerta interna del FDT.

Un Milei que como candidato despotricaba contra el Fondo, y señalaba que acudir a él era un síntoma de fracaso de la política económica, pero que ya como presidente ejecutó (y ejecuta) el set de políticas que recomienda invariablemente el FMI a todos los países -sin medir situaciones ni reparar en contextos- desde siempre, con el mismo resultado: crisis económicas, y no pocas veces, institucionales. Incluso la variante libertaria cortó con un tajo de la motosierra la polémica entre el gradualismo o el shock en la velocidad de un ajuste que siempre se nos presenta como imprescindible para crecer, optando clara y explícitamente por la segunda alternativa, con los resultados conocidos.

Pero el Milei presidente también chocó -como lo hizo Macri- con los límites que impone la realidad al experimento neoliberal cada vez que se lo ensaya, e incluso antes que Macri tuvo que acudir a pedir la escupidera al FMI para resucitar al muerto. Tan muerto que no le alcanzó con los 20.000 millones de dólares del Fondo (pedidos por el mismo Caputo al que la burocracia del FMI hizo eyectar de su cargo en 2018), y tuvo que acudir al Tesoro de los EEUU en la víspera de unas elecciones que pintaban horribles para su intento de consolidación política. Que la maniobra le haya salido bien le dio sobrevida política más no económica al ensayo libertario, como se puede comprobar por estos días.

Además de su enfoque conceptual erróneo, dogmático e ideologizado que, como dijimos, prescinde de contextos y situaciones concretas, el FMI -que parece inmune a sus propios fracasos- ni siquiera es capaz de hacer que los gobiernos que le son afines ideológicamente como el de Milei, cumplan las propias metas absurdas a las que se obligan; y se ven obligados (por razones políticas además del absurdo de las premisas en términos estrictamente económicos) a dispensárselas una y otra vez, pero haciendo como que conservan validez. Pasó y pasa con el nivel de reservas, el del tipo de cambio, la tasa de inflación y todas las variables que ellos mismos consideran fundamentales para consolidar cualquier política económica, pero que jamás consiguen poner en caja aplicando las políticas que recomiendan.  

Los planes del Fondo -acá y en todos lados- están destinados al fracaso de antemano porque se basan en conseguir dos cosas completamente imposibles: que las economías crezcan adoptando políticas de ajuste y recesivas, y que esas políticas se consoliden con consensos políticos cuando en la práctica significan pérdida de derechos, empleos y salarios, y, en general, empeoramiento de las condiciones materiales y objetivas de existencia  para la mayor parte de la población de los países en los que se aplican.

Tanto con Macri (cuyo intento de reelección financiaron violando su propios estatutos y la legislación interna argentina) como con Milei (de cuyo gobierno son parte en la práctica y en consecuencia, corresponsables del fracaso), el FMI se comportó y comporta como un actor político, y como tal debe ser tratado por un futuro gobierno popular. Sin caer en el contrasentido de respetar como si fueran las Sagradas Escrituras una institucionalidad (la de Bretton Woods y su carta orgánica) que ellos mismos violan sin pudor cada vez que lo creen necesario;y que se basa en un orden internacional (el emergente de la Segunda Guerra Mundial) que sus propios gestores originales (los Estados Unidos) están haciendo volar por los aires, en estos mismos momentos.

Lo contrario sería ser más papistas que el Papa, volver a tropezar -otra vez- con la misma piedra, y sentar las bases para una nueva frustración que allane el camino para la vuelta de una derecha que ha fracasado y destruido el país, cada vez que le tocó gobernar. Sería bueno empezar a escuchar a nuestros dirigentes (en especial a los que han expresado la intención de ser candidatos) sobre éste tema crucial, uno de los que pone en juego el futuro del país y de cualquier gobierno que suceda al de Milei. 

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