La ocasión puede ser cualquiera en estos dos años y medio: la ley bases, la reforma laboral, los acuerdos con el FMI, el intento de moción de censura contra Adorni, el pago a los fondos buitres o el súper RIGI: las frases hechas se repiten en cada oportunidad: "No van a poder caminar por la calle", "La historia los juzgará", "El pueblo les va a pedir cuentas".
Por supuesto y como bien sabemos, nada de eso pasa, ni pasó tampoco durante el gobierno de Macri, cuando al igual que ahora asistíamos todos los días a una nueva ignominia, a una nueva entrega de la riqueza nacional o al enésimo cercenamiento de algún derecho. De lo que resulta que esas frases hechas que solemos repetir en estos casos no son más que una expresión de catarsis por el agobio, sin demasiado correlato con la realidad.
Podrá decirse que la sociedad -o buena parte de ella- no reacciona frente a lo que está pasando en el país porque está despolitizada, o porque tiene urgencias más concretas que atender, como llegar a fin de mes, pagar las cuentas o conservar su empleo. Se podría contestar -con justeza- que la solución a esos dilemas solo puede venir de la política, como es la política (o una forma concreta de ella) la que los trajo.
Y también se podría acotar que en realidad la sociedad nunca está despolitizada, sino politizada en distintos sentidos, según los momentos históricos: el "Que se vayan todos" del 2001 fue una forma (infantil y simplista) de politización, como vivimos otra en los años kirchneristas, y como el desencanto democrático que nos trajo a Milei es otra forma de politización.
O que el gorilismo y su persistencia (más incluso que el propio peronismo) como identidad política y social determina y condiciona atavismos y comportamientos patológicos, pero lo cierto es que detrás de todo eso y del consenso social pasivo al saqueo del país y el despojo de sus habitantes hay una idea (brumosa pero la hay) del país que quieren, y una más clara aún, del que no quieren. Para simplificar se podría decir que es ése país que durante décadas expresó el peronismo, al menos en las mejores versiones de su tradición histórica.
Por otro lado tampoco podría decirse que exista estrictamente un vacío de representación, que detone el hartazgo social contra el sistema político: los que votamos en contra de éste gobierno y lo que representa (o a favor de otro modelo e idea de país) no podemos decir que nuestros representantes en el Congreso nos hayan defraudado violando su mandato electoral. Son senadores y diputados, no comandos de la Guardia Republicana ni combatientes de las organizaciones armadas de los 70': participan de las discusiones, denuncian, argumentan, votan en contra de la casi totalidad de las iniciativas del gobierno...y pierden.
Y pierden porque más allá de que pueda existir la Banelco (ahí están casos como Kueider para comprobarlo), lo que está funcionando todas las semanas en el Congreso es la Moncloa del 70 % de las que nos hablaba Larreta: los que acompañan sistemáticamente las iniciativas del gobierno es porque comparten su orientación y contenido, o porque saben que en rigor las impulsa el círculo rojo y no quieren confrontar con intereses tan poderosos, o por la suma de los dos factores. Lo que nos lleva otra vez a la cuestión del vacío de representación: si la sociedad (o buena parte de ella) no les exige rectificaciones a sus representantes, es porque -de un modo u otro- buena parte de ella entiende que están haciendo lo correcto, aunque a nosotros nos parezca horrible.
Tampoco podemos cometer nosotros el error de crear el vacío de representación donde no lo hay (o no está tan claro que lo haya), o contribuir al clima anti-político (en el que los poderosos intereses que sostienen a Milei podrían medrar con más facilidad aun de lo que lo están haciendo), sosteniendo que las instituciones no sirven para nada, que el Congreso está de adorno y cosas similares. Entre otras cosas, porque la consecuencia lógica de ese discurso es la impotencia política, y la abstención electoral, que ya de por sí viene batiendo marcas históricas en las últimas elecciones; y porque ese discurso de la anti-política cala más hondo en los sectores sociales que fluctúan con su voto de una elección a otra, que tanto acompañaron a Cristina como a Milei dependiendo de su situación personal, o su percepción de cual podía ser la solución a sus problemas.
Menos podemos caer en el error del internismo, porque no se pueden reducir los términos de la disputa política (aun la interna, en el propio campo de pertenencia) a la cuestión de los liderazgos, armados y candidaturas; a menos que algunos nos estén distrayendo con eso para no discutir cosas más importantes: se puede sospechar que la cosa viene por ahí cuando todos hablan del discurso de Máximo Kirchner en Parque Lezama, pero ninguno dice nada -ni siquiera para decir si está o no de acuerdo- con lo que dijo respecto a la imprescindible reestructuración de la deuda externa (incluyendo la contraída con el FMI) para superar la crisis.
Que no es otra cosa que lo que venía diciendo Cristina antes de que la privaran de su libertad y sus derechos políticos, invitando -sin mayores resultados, habrá que decirlo- a debatir esas cuestiones. Por eso pedir por su libertad no es un planteo político excluyente de todos los demás, sino su síntesis más acabada: porque ella hablaba de lo que -en su ausencia forzada- nadie o casi nadie parece querer hablar (y allí si podría hablarse de vacío de representación); aunque no se ahorren dardos en la disputa minúscula. Y otros prefieren poner el acento en los lazos familiares (con un discurso idéntico al del sistema de medios dominantes que operan como intelectualidad del régimen), antes que en la coherencia política del discurso.

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