LA FRASE

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viernes, 10 de julio de 2015

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Por Raúl Degrossi

Hace rato que Cristina desmintió -en los hechos- la teoría del "pato rengo": el presidente que -impedido de optar por una nueva reelección en el cargo-, ve licuar aceleradamente su poder político e institucional mucho antes de finalizar su mandato formal; mientras observa como el eje de la atención política se corre hacia quiénes pugnan por sucederlo.

Durante mucho tiempo incluso tanto acá en la Argentina como en otros lugares, hubo presidentes que aceptaron resignados ese rol -como si proviniera de una ley inevitable de la naturaleza-, y se dedicaron a hacer la plancha, postergando toda decisión que no fuese estrictamente indispensable, para que la tomaran los que debían sucederlo. Cosa que Cristina -por supuesto- no hizo.

Y quizás sea esa una de las razones por las que está transitando los últimos meses de su mandato con una alta imagen positiva, aceptación popular en muchos sectores de la sociedad, y aprobación mayoritaria de la gestión de su gobierno: un fenómeno prácticamente inédito en nuestra transición democrática, que tendrá proyecciones más allá de diciembre imponiendo un cuadro político novedoso, que habrá que analizar en detalle entonces.

El sistema mediático opositor no se avino fácilmente a descartar la idea del "pato rengo", y apostó nuevamente fuerte a que Cristina se transformaría en tal, en este caso apenas se conociesen los nombres de la fórmula presidencial del oficialismo, porque entonces el eje del poder real ya se desplazaría hacia allí.

Con la torpeza de no advertir que de tal modo estaban aceptando implícitamente que las chances opositoras de desplazar al kirchnerismo del poder eran escasas si no nulas, cuando se conoció la concreta integración del binomio oficialista la tesis viró en cuestión de horas: lejos de ser el "pato rengo", Cristina seguiría imponiendo condiciones más allá de su mandato, y Scioli sería apenas el ejecutor de sus decisiones; o quedaría preso de un esquema de poder diseñado desde la Rosada para condicionarlo.

Lecturas aparte, lo que está sucediendo por estas horas es que la realidad política transcurre en dos planos perfectamente diferenciados: la campaña electoral y su coreografía, y el ejercicio puro y duro del gobierno y de los atributos constitucionales del poder presidencial hasta el último día del mandato ganado en las urnas, por parte de Cristina.

Aun cuando se aceptase la tesis mediática y opositora sobre que la puja del gobierno con la corporacion judicial tiene su origen en que el kirchnerismo se está "protegiendo la retirada" ante futuras causas por corrupción (un relato simplista, que trata de ocultar como un sector socialmente desprestigiado defiende sus privilegios de casta con uñas y dientes), no por eso se puede ignorar que -en términos de disputa estricta de poder- el oficialismo se mantiene en el centro del ring, dando una pelea que -vista con una mirada más amplia que la de los clichés habituales- ensancha los límites de la construcción democrática; en beneficio del conjunto del sistema: si el partido judicial se lleva puesto un gobierno de acá en más, será porque éste lo acepte mansamente, y no por otra causa.

Por estos días Cristina completó la reforma del sistema nacional de inteligencia, una de las principales asignaturas pendientes de nuestra siempre inacabada transición democrática. Para variar, medios y opositores (que al fin y al cabo parecen ser más o menos lo mismo) miraron el dedo, cuando se les señalaba la luna.

Ignorando (quizás ex profeso) la trascendencia institucional del tema, prefirieron concentrarse en tono alarmista en la hipótesis de trabajo que la nueva normativa encomienda a los organismos de inteligencia, para investigar y analizar las maniobras de desestabilización económica y los "golpes de mercado".

Que se alarmen al respecto los medios hegemónicos (que al fin y al cabo suelen comportarse como "house organs" de los sectores capaces de desestabilizar económicamente, o provocar golpes de mercado), vaya y pase. Lo que resulta incomprensible (a menos que estemos en presencia de un caso de síndrome de Estocolmo) es que haya sectores de la oposición que reaccionen en el mismo sentido, como los radicales, que suelen aducir que sus dos últimos gobiernos concluyeron anticipadamente -precisamente- por "golpes de mercado".

Basta ver las opiniones que dejan trascender los empresarios y ciertos economistas del establishment en algunas convocatorias de estos días (como el pre-coloquio de IDEA de Rosario), lamentándose justamente del "golpe de mercado" que no fue, para concluir en que el gobierno acierta en avanzar sobre el tema; mientras utiliza sin dudar todas las herramientas institucionales que tiene a su alcance para frenar cualquier intento de corrida con el dólar, en medio de la campaña.

Y si hicieran falta más comprobaciones, ayer La Nación en su editorial de velada incitación al golpismo económico, y Bonelli en Clarín de hoy alertando (¿deseando?) que estalle una bomba económica antes de diciembre, las proveen en abundancia. 

Con la introducción de la hipótesis del "golpe de mercado" entre las líneas de trabajo del sistema nacional de inteligencia Cristina y el gobierno están dando una señal no sólo actual de que "el radar vigila", sino generando una herramienta a futuro, disponible para el que la quiera utilizar, para curarse en salud.

En esos mismos foros empresarios se destila bronca porque luego de haber metabolizado la idea de que no habría arreglo con los buitres de acá al final del mandato de Cristina, tuvieron que aceptar que tampoco habrá en ese lapso el "ajuste inevitable" que exigen siempre como único programa; sin importar si las circunstancias en las que se aplica son las mismas o cambian.

Y sin -por supuesto- asumir jamás los costos políticos que esos ajustes suponen, porque son expertos en tirar la piedra y esconder la mano, y porque para eso -suponen- está la política: para "hacer lo que hay que hacer".

Bueno, en ambos casos (buitres y ajuste) Cristina les dijo primero, y les demostró después que no, que no hay "rumbos inexorables": otra muestra contundente de que piensa retener los comandos, mientras sea ella la que está a cargo de la nave.

Por contraste, en un año electoral en el que se elige nada menos que quien ha de gobernar el país los próximos cuatro años, la oposición (o "las oposiciones", para ser más precisos) comienza un incipiente pase de facturas internos, porque los resultados de las elecciones provinciales no son los esperados, o dejan entrever que las alquimias ensayadas pueden terminar siendo infructuosas; mientras se enrieda en el principal distrito del país que gobierna en la polémica sobre si deben o no cumplirse las reglas constitucionales que imponen el balotaje, y cuanto daño les causará la campaña si se cumplen.

Todo mientras son zamarreados en público por los medios opositores por inutiles, o funcionales al kirchnerismo. Los mismos medios que luego (o lo que es peor: al mismo tiempo) emprenderán la ímproba tarea de convencer al país de que lo que se necesita es un cambio, y que esa misma oposición tildada de inútil, es la más capacitada para llevarlo a cabo.

Enfrentaremos en breve una elección presidencial en la que, más allá del vaporoso (por el modo en que se lo plantea, sin mayores precisiones) eje "continuidad versus cambio", se vota gobernabilidad; es decir ni más ni menos que la capacidad de conducir el país y sus destinos, en un rumbo determinado, si no exento de sobresaltos -lo que es políticamente ilusorio-, sí claro y definido.

En medio de un mundo que transmite día a día señales preocupantes (la crisis griega y el futuro de la Eurozona, lo que está pasando en Brasil, el posible estallido de otra burbuja financiera nada menos que en China) Cristina sigue transmitiendo gobernabilidad, al estilo k; estilo que, si pudo parecer novedoso en el 2003, se ha consolidado ya con el paso del tiempo marcando todo un modo de ejercicio del poder político.

Hay que ver como lo asume en plenitud la campaña electoral del oficialismo para sacarle el rédito a uno de sus mayores activos políticos -hasta acá sub utilizado- dándole un sentido político más preciso y rotundo a esa "previsibilidad" de la que le gusta hablar a Scioli.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Quien puede transmitir posibilidades de gobernabilidad y defensa de los intereses de la mayoría trabajadora?
¿Macri? ¿Massa? ¿Stolbizer? ¿Sanz?
Que se dejen de joder. Son todos candidatos testimoniales.Testimoniales.
Ellos lo saben y los grupos económicos también.
Estos candidatos de cuarta solo tienen como objetivo conseguir algunos cargos legislativos para sus espacios,y a las corporaciones solo les queda como esperanza el nombramiento de algún ministro permeable en el gobierno de Scioli.
Más de diez años vaticinando,conspirando, para el "fin de ciclo". Delinquiendo, desde el armado de golpes cambiarios, pasando por colaboracionistas de los fondos buitres, hasta tirar el cadáver de Nisman.
Tantos medios y tan poco resultado.
A buscar más jueces golpistas y a resucitar las cacerolas.Sigan participando.
El Colo.