LA FRASE

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sábado, 11 de julio de 2015

FRANCISCO Y LA PERPLEJIDAD DE LA DERECHA



El episodio de la "cruz comunista" que le entregara Evo Morales al Papa Francisco y la tergiversación de la reacción papal (contra la evidencia que aporta el video que documentó el momento, y los discursos y gesto del Papa antes y después de ese momento) no son sino una muestra menor de la perplejidad de los sectores dominantes del país y buena parte del continente, ante el rumbo impreso por Jorge Bergoglio a su papado; y el discurso público del pontífice.

Un burdo intento de buscar cualquier mínimo resquicio para construirse un Papa a su medida, que les permita llevar agua para su molino, porque están fracasando estrepitosamente en su intento de utilizarlo como una herramienta política contra los gobiernos que vienen encarnando procesos de cambio en el continente; que era lo que esperaban ellos y -por que no decirlo- también muchos de nosotros, cuando el ex arzobispo porteño fue elegido para conducir a la Iglesia Católica.

En su nueva visita al continente del que partió para ocupar el trono de Pedro, Francisco eligió con puntillosidad jesuita los países que visitar, y los tópicos por los cuáles habría de transitar su discurso, de los que no quedó afuera ninguno de los que señalaba la corrección política.

La necesidad de un orden económico internacional más justo e inclusivo, el rechazo a la brutalidad del capitalismo financiero que oprime a los pueblos, la reivindicación de los pueblos originarios y una autocrítica por el rol de la iglesia en la conquista europea del continente, el peligro que implican los monopolios en general y en particular los mediáticos (un fenómeno común a muchos países del continente), la explotación racional y responsable de los recursos naturales y el cuidado del medio ambiente; y como no, alguna referencia a la superación de los personalismos y los enfrentamientos. Hasta se hizo espacio para reclamar el diálogo para resolver el diferendo por la salida al mar para Bolivia.

No es del caso analizar acá cuanto hay de sincero en las palabras del Papa (que en la mayoría de los termas no hizo sino reiterar lo que venía diciendo desde sus tiempos de arzobispo), o cuantos cambios concretos podrán impulsar sus palabras hacia las sociedades de América Latina; lo que supondría también analizar que grado de influencia real conserva la iglesia en el continente.

Una iglesia que es también un espacio en tensión y disputa permanente, en el sentido tanto eclesial como político del término: Bergoglio como Papa ha podido hasta acá avanzar más en las grandes líneas de su discurso político y social (lo que no es poco, considerando como venía la cosa por ese lado en la iglesia católica), que en cambios concretos hacia el interior de la propia curia, donde ya se alzan voces "rebeldes" contra su liderazgo y su impronta pastoral.

De hecho hace poco los obispos norteamericanos -cuyo apoyo fue decisivo en el cónclave que lo consagró como Papa- cuestionaron duramente su encíclica "verde" en la que alerta contra los riesgos del cambio climático, el aprovechamiento irracional de los recursos naturales y los daños al medio ambiente. 

Fiel a sus concretos apoyos económicos (que son también en buena medida los de la iglesia global) la curia yanqui alertó que en esos casos no juega el dogma de la infalibilidad pontificia que -en temas de estricta doctrina- impone a los católicos seguir a pie juntillas los criterios del romano pontífice; e incluso sugirió que la opinión papal -que sería en tal caso una más- podría fundarse en asesoramientos equivocados. 

Y en simultáneo con la gira papal por América Latina, el obispo de Tucumán aprovechaba la ocasión del Te Déum (para muchos, una rémora de los tiempos coloniales) para alzar su dedo admonitorio y desde el púlpito volver a transitar los temás más trillados del catolicismo tradicional; para impugnar a una sociedad plural y democrática que no termina de comprender, y mucho menos aceptar. 

Pero que el árbol no tape el bosque, o que el discurso antidiluviano del obispo tucumano no nos haga perder de vista la magnitud de los gestos simbólicos que prodigó el Papa en su paso por el continente, y su profunda significación política.

Que no es -como podrían suponer equivocadamente algunos- una suerte de "validación" o bendición eclesial a los procesos de cambio que se vienen desarrollando en América Latina: en todo caso la validación de esos procesos debe venir de los propios pueblos que los protagonizan, y que sostienen con su voto a los gobiernos que los encarnan y conducen.

Tampoco se trata de que incurramos nosotros en el mismo error que la derecha neoliberal y conservadora, construyendo un Papa a nuestra imagen y semejanza, o según nuestros particulares gustos políticos o sociales: Jorge Bergoglio no es Hélder Cámara, ni Carlos Mugica ni Camilo Torres, ni pretende serlo.

Pero sí ha venido con otro espíritu de apertura política al continente en el que sentó raíces la teología de la liberación y sus máximos exponentes padecieron por parte de la iglesia que hoy él conduce la censura, la persecución y la marginación.

Y se ha convertido -de hecho, y con conceptos muy claros y contundentes- en un inesperado aliado táctico para los procesos de cambio político, económico y social en América Latina; cuando muchos lo imaginaron (y reiteramos: imaginamos) decididamente en la vereda de enfrente; o cumpliendo respecto de los "populismos" latinoamericanos el mismo rol que desempeñó Juan Pablo II para los socialismos reales de Europa del este.

Este contundente hecho político es el que han percibido al unísono los gobernantes del continente, desde Cristina a Evo Morales, Maduro o Correa; y han obrado en consecuencia.

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