James Monroe formuló la doctrina que lleva su nombre (tan revisitada en estos días) en diciembre de 1823, cuando aun faltaba un año para la batalla de Ayacucho que puso fin al dominio colonial español en América del Sur. Bolívar formuló su célebre predicción sobre las apetencias imperiales yanquis sobre América Latina en 1829, y pese a que no quieran convencer de lo contrario, poco ha cambiado desde entonces. Tanto, que en su "Estrategia de Seguridad Nacional" conocida hace poco, Trump define actualizar la doctrina de u predecesor, con un corolario que lleva su propio nombre.
En ese contexto, el objetivo norteamericano de controlar con mano de hierro el hemisferio es más viejo que mear en los portones, y persistente en el tiempo: no hay que confundir que circunstancialmente hayan centrado su interés en otros asuntos (como el Medio Oriente), con que hayan desistido de ese imperativo central de su política exterior. Y nos guste o no a nosotros (de hecho hemos tenido épocas en las que predominó en nuestra sociedad uno u otro de los sentimientos al respecto), estamos ubicados dentro de lo que ellos consideran su coto de caza exclusivo. De modo que eso constituye un condicionante geopolítico permanente a nuestra política interna (como la de todos los países de la región), que de novedoso no tiene nada.
Lo mismo vale para la tan denunciada crisis del derecho internacional y el multilateralismo. la carnicería de la Primera Mundial originó la Sociedad de Naciones y su fracaso llevó a la Segunda, y al surgimiento de la ONU, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el último intento conocido de racionalizar mediante normas e instrumentos jurídicos las disputas entre Estados, sistema hoy en crisis terminal. Sin embargo, el multilateralismo siendo la única solución civilizada para que el mundo no estalle definitivamente; tanto que cuando se lo abandona -como en estos años en los que la política del más fuerte coincide con la globalización financiera y la expansión de los flujos de capital desregulados- los conflictos no tienden a resolverse, sino todo lo contrario; de modo que tampoco hay novedades al respecto.
Si puede decirse en cambio que es más "novedosa" la crisis cada vez más aguda de la democracia como sistema político, y no es casual que se de en el marco de la crisis del multilateralismo, porque ambas tienen el mismo origen, que no es otro que el despliegue desaforado del capitalismo en su actual versión tecno-feudal. El simple hecho de que se hable mucho del desencanto democrático pero poco de los estragos que causa el capitalismo marca quienes imponen las condiciones en las que se da el debate público; enturbiado además por diversas formas de toxicidad.
La crisis de la democracia no es solo un problema de las élites políticas, que claramente no están a la altura de las circunstancias (y son consecuencia directa de ellas), sino está fundamentalmente en su base: ya no existe -al menos no como lo conocimos y estudiamos- el presupuesto democrático básico del "pueblo", entendido como el conjunto de ciudadanos que toman decisiones racionales basados en su análisis objetivo de la realidad, y votan de acuerdo con sus intereses de clase, personales, familiares o de grupo de pertenencia, concediendo premios y castigos según las acciones de los gobiernos, en forma más o menos lineal.
Y no se trata simplemente que la idea misma de la existencia de clases sociales diferentes esté en crisis, sino que está en etapa de disolución toda idea de lo colectivo que trascienda la pura subjetividad individual: el sindicato, la nación, la patria, la clase, son vistos más como una amenaza a la fortaleza del yo individual, que como una aspiración de construcción pendiente, o una herramienta para que se defiendan los que tienen más o menos los mismos intereses.
Los medios tradicionales moldeaban durante años audiencias a fuego lento hasta que la simbiosis entre su línea editorial y las ideas (y sobre todo los prejuicios) de vastos sectores sociales era total. Hoy las redes sociales, las plataformas y los algoritmos aceleraron el proceso y lo retroalimentan a diario desde las pantallas de los dispositivos móviles que la gente tiene en la mano todo el día; y el resultado son millones de personas groseramente manipuladas a diario, todo el tiempo, en todo el mundo y acerca de todo; pero al mismo tiempo más convencidas que nunca de que son libres, nadie les dice como deben pensar o sentir y deciden por sí mismas lo más conveniente para sus propios intereses. Tanto que la propia libertad ha sido vaciada de sentido, y termina siendo el nombre de nuevas formas de esclavitud y dominación, individual y social.
Ya dejó de ser un punto de debate social y político relevante si cosa tal como la verdad (entendiendo por tal los hechos concretos de la realidad y su interpretación cognitiva) existe o no: simplemente dejó de ser importante, en términos de construcción de subjetividad y sus consecuencias, como las opiniones o la toma de decisiones políticas. Tanto que explica en gran medida el éxito entre el vulgo de la inteligencia artificial: nos muestra la realidad como queremos que sea.
Y la mercadotecnia asociada a la política (que deviene así en la indispensable pantalla institucional de la manipulación capitalista) aprovecha plenamente esa circunstancia: han demostrado que se pueden implantar dictaduras de hecho (incluso elegidas) que restrinjan derechos o los violen, con tal de que se mantenga el circo electoral; y que el despliegue explícito de políticas abiertamente fascistas y métodos más fascistas aun para ejecutarlas no solo no tengan amplio e instantáneo repudio, sino que gocen de una considerable base de apoyo social, como por cierto también lo tuvieron en su hora los fascismos originales.
Con un debate político prostituido por la fragmentación y colonización de las subjetividades ciudadanas, con niveles récords de ausentismo electoral que harían innecesario el fraude (pero si es necesario se lo hace), con partidos políticos travestidos o vaciados y candidaturas que años atrás hubieran parecido bizarras o inverosímiles, y desconectando a los resultados electorales de sus consecuencias según sean estos (respetamos el resultado en términos de mandato político solo si ganan los que nos gustan), a la democracia ya solo le va quedando el nombre respecto a su idea original; y de morigeradora de las desigualdades del capitalismo pasó a ser su reaseguro institucional.
Esa es la cancha, esos son los rivales, esas son las reglas de juego del partido; y allí está precisamente la dificultad mayor de estos tiempos para hacer política democrática en clave de representación de los intereses de las mayorías y en especial, de los excluidos y postergados: alguien tiene que romper el círculo, poner el palo en la rueda y plantear la discusión y la praxis política en otros términos; porque además todo el despliegue (comunicacional, estético y de poder crudo y duro) del sistema es para tutelar los mismos intereses concretos de siempre, aunque cambien sus formas, o sus vericuetos interiores.
Oponerse eficazmente a eso intentando caminos alternativos es la única respuesta posible, aunque sea cada vez más dificultosa, y aunque signifique todo lo contrario de lo suelen aconsejar los gurúes de la pseudo ciencia política o la comunicación que siempre aconsejan la reproducción o asimilación al status quo existente; mientras se disfrazan de críticos para disimular que son parte del mismo esquema de dominación, en todo sentido.

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