LA FRASE

"ESO DE IRSE A VIVIR A UNA BASE MILITAR LO INVENTÉ PRIMERO YO." (MARÍA EUGENIA VIDAL)
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sábado, 16 de noviembre de 2024

PARA LA VUELTA

 

Si alguna vez nos toca volver a ser gobierno, hay errores de la fallida experiencia del "Frente de Todos" que no podemos volver a repetir. Empezando por la selección del candidato: nunca más tibios componedores puestos con la idea de "cerrar la grieta", y ofrecerles la paz a los que nos quieren muertos.

Otro asunto relevante es no volver a armar un mero rejunte electoral, sino definir claramente de antemano para qué queremos volver, es decir cuales serían las bases de un eventual plan de gobierno, y el propósito político central: simplemente administrar la crisis que seguramente heredaríamos, o intentar de una buena vez transformar las cosas, para no vivir de crisis en crisis. 

Y finalmente tampoco volver a repetir la experiencia de indultar al pasado, perdonándoles a estos hijos de puta todos sus latrocinios y estropicios que condicionan al país y sus habitantes por los siglos de los siglos, como pasó con la deuda contraída por Macri con el FMI. Basta de "unidad para que duela", y pasemos a la unidad para que les duela a ellos.

El concepto aplica también a las privatizaciones que Milei está intentando llevar a cabo aun en contra de la opinión del Congreso, porque quedaron expresamente afuera de la ley de bases, como es el caso del Banco Nación o Aerolíneas Argentinas. Desde ya que habrá que ir pensando también en nuestros propios DNU 70 y ley de bases, para no perder el tiempo; los que deberían incluir -necesariamente- la derogación de ese mega DNU, y de la ley de bases con el nefasto RIGI.

Una actitud responsable de la actual oposición (y eventualmente gobierno en el futuro), al menos de la que reivindique los valores del peronismo y del campo nacional y popular, debería ser advertirles claramente, por todos los medios y en todos los tonos posibles, a eventuales inversores, que cualquier negocio concertado en contra de la legislación vigente en el país (incluso la que ello mismos han dictado en éste gobierno) será desconocido, y dejado sin efecto. 

Otro tanto vale para cualquier canje de deuda concluido al amparo del DNU 946 (ver más info acá), venta de acciones o activos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de ANSES o cualquier venta de bienes del Estado concretada en el marco del DNU 950 (ver al respecto esta nota en El Cohete a la Luna).  

Sin contemplaciones, y si no les gusta. hagan juicio, que al fin y al cabo es lo que saben hacer, como lo comprueba el caso de la expropiación de YPF; en el que vienen discutiendo hace 12 años si el Estado argentino puede o no ejercer una facultad que le otorga la Constitución Nacional.

Para lo cual además habría que ir advirtiendo ya, desde ahora, que en caso de ser gobierno el país abandonará la jurisdicción del CIADI y denunciará los TBI de inversión firmados en los 90' durante el menemato, por ser claramente perjudiciales para el país. Cosa que por cierto debimos haber hecho hace rato, y quedó entre los principales pendientes de la década ganada.

Como dicen, el que avisa no es traidor, y cuentas claras conservan amistades. 

lunes, 18 de enero de 2021

¿FELIPE SUEÑA CON LA REVOLUCIÓN?

 


Ojalá el anuncio del canciller Solá se concrete en alguna decisión trascendente, y no quede nomás en eso, un anuncio más, y van. Porque si para algo sirvieron los tratados bilaterales de inversión que florecieron como hongos en los 90', es para que el país perdiera soberanía jurídica, y a cambio de presuntas inversiones extranjeras, aceptara cualquier cosa.

Con el necesario e imprescindible complemento de la aceptación del tribunal arbitral del CIADI, con sede en Washington y dependencia del Banco Mundial, la cual la Argentina materializó a través de la Ley 24353 de 1994; algo que muchos países del continente -como Brasil- no hicieron, aun bajo gobiernos que instrumentaron políticas neoliberales.

Cada vez que se quiere tomar medidas contra empresas extranjeras radicadas en el país porque no cumplen con contratos o concesiones otorgadas por el Estado (la nación, las provincias), o se niegan a acatar las leyes argentinas, pende como una amenaza la espada de Damocles de apelar a los TBI (tratados bilaterales de inversión), o acudir a litigar al CIADI.

Hace mucho tiempo atrás, cuando Cristina había obtenido su segundo mandato con el 54,11 % de los votos y a propósito de las principales materias pendientes que le quedaban al kirchnerismo,  decíamos en ésta entrada: "El artículo 71 del mismo convenio constitutivo del CIADI contempla que los países firmantes lo pueden denunciar, y en un plazo de seis meses, la denuncia provoca que ya no se les aplique la jurisdicción del cuestionado tribunal. Si bien el artículo 72 deja a salvo la subsistencia de la jurisdicción del CIADI para los casos de empresas e inversores ingresados al país antes de la denuncia, nos permitiría evitar que en el futuro tengamos otros laudos similares, máxime considerando el altísimo grado de extranjerización de vastos sectores de nuestra economía.".

El "despegue" del "cepo" a la soberanía jurídica que representan los TBI y la jurisdicción del CIADI solo fue concretado -en tiempos kirchneristas- con la Ley 26737, que fijaba límites a la adquisición de tierras en el país por parte de extranjeros. Su artículo 11 estableció (aun rige) que "A los fines de esta ley y atendiendo a los Tratados Bilaterales de Inversión (TBI) suscriptos por la República Argentina y que se encuentren vigentes a la fecha de entrada en vigor de esta ley, no se entenderá como inversión la adquisición de tierras rurales, por tratarse de un recurso natural no renovable que aporta el país receptor.".

De paso y hablando de la ley de tierras: al igual que ocurrió con el blanqueo de capitales o la ley de medios, Macri la modificó -desnaturalizándola- por el Decreto 820/16, que aun está vigente y no ha sido derogado.

Revisar y en su caso denunciar los TBI, salir de la jurisdicción del CIADI, son parte de un amplio abanico de temas pendientes para introducir en el país cambios estructurales, cortando lazos de dependencia jurídica y económica, que no requieren de una reforma constitucional; algo políticamente inalcanzable en las circunstancias actuales.Y se podría hacer si existiera la decisión política, sin tanto "posibilismo" paralizante que se detiene ante la más mínima constatación de una correlación de fuerzas desfavorable. 

Otro ejemplo -conocido por todos- es el de la Ley 21526 de entidades financieras, aprobada por Videla y Martínez de Hoz en 1977, y que aun hoy rige en el país con pocos cambios, la mayoría durante el menemato, y para empeorarla. El propio kirchnerismo, que en 2012 avanzó sobre la Carta Orgánica del Banco Central para terminar con el absurdo de la "autonomía" e imponerle el mandato múltiple (y no sólo el de "cuidar el valor de la moneda"), amagó un par de veces con el tema, sin llegar a concretarlo.

Otro tanto ocurre con el régimen de las inversiones extranjeras: como decíamos en la entrada que citamos, además de los TBI, rige aun en el país la Ley 21382 de Videla y Martínez de Hoz, "empeorada" también por el menemismo en los 90' con la Ley 23697. 

Dijimos entonces: "...la Ley 21.382 reservaba algunos sectores de la economía en los que la llegada de inversiones extranjeras estaba sujeta a autorización del gobierno (cito tres: empresas de servicios públicos, energía y medios de radiodifusión), y permitía en ciertos supuestos restringir o suspender la remisión de dividendos al exterior, por ejemplo por problemas en la balanza de pagos; y la Ley 20.575 (del último gobierno de Perón) a la que reemplazó) fijaba un plazo mínimo de permanencia en el país de las inversiones para que se pudieran remitir utilidades al exterior, y un tope a éstas, obligando a reinvertir parte de las ganancias en el país . La reforma introducida en 1989 (Ley 23.697) hizo tabla rasa con todos esos límites, incluso con la trampa de introducir la absoluta libre disponibilidad de las utilidades para que las empresas extranjeras las remitieran a sus casas matrices...".

Como se ve, nadie está pidiendo (como sería necesario) que vuelva el IAPI, o regresar a la Constitución de 1949. Se trata de reformas que pueden instrumentarse ya, mañana, juntando los votos en el Congreso, por leyes comunes, no de emergencia, ni de delegación legislativa en los términos del artículo 76 de la Constitución. Es cuestión de elegir una -aunque sea para empezar, vieron- y animarse; a ver si es cierto que volvimos mejores, y no simplemente para hacer la plancha, y administrar la crisis.

A menos que a éstas cuestiones se refiera el presidente cuando dice que hay sectores del FDT que soñamos con una revolución.

miércoles, 1 de marzo de 2017

TARDE PIARON


Leíamos días pasados en El Cronista: "En medio del viaje presidencial a España para captar capitales, un equipo interministerial trabaja en un nuevo modelo de tratados bilaterales de inversión que minimice el riesgo de que el país pierda juicios ante tribunales externos por eventuales demandas. Quiere eliminar la promiscuidad de árbitros que son juez y parte. La tarea oficial implica también clausurar los pleitos abiertos durante los años pasados con empresas extranjeras que demandaron indemnizaciones ante el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones (Ciadi), ya que los TBI menemistas habilitaron la jurisdicción extranjera para resolver potenciales pleitos entre inversores y estados. El tema es tan sensible y clave que se acaba de formar un equipo interdisciplinario para tratarlo, integrado por representantes de la Procuración del Tesoro, Banco Central, Cancillería y el Ministerio de Producción. Su misión es pulir una fórmula legal que permita atraer capitales extranjeros pero menguando la vulnerabilidad estatal ante sus exigencias.

Acá uno de los primeros principios que rigen las modificaciones en los TBI (tratados bilaterales de inversión) que se dispone a firmar Argentina de ahora en más: Derecho a regular El Estado puede producir normas en defensa del interés público que no van en detrimento de un tratado de inversión. Es una idea que inmediatamente se asocia a otra que fue muy discutida en los juicios que el país ya cerró ante el Ciadi, defendiendo la pesificación de tarifas de servicios públicos y su eventual congelamiento. Los cambios en los contratos firmados con las privatizadas tras la Emergencia Económica del 2002 son los que fundaron la mayor parte de los reclamos de los accionistas extranjeros que integran los consorcios adjudicatarios. Excluir o especificar la condición de trato justo y equitativo. Ese mandato, normal en todos los acuerdos de inversión, dio muchas veces lugar a inverosímiles reclamos de firmas inversoras contra los países en los que se radicaron, ya que es un enunciado demasiado vago. Sobre esa plataforma, los inversores pueden reclamar hasta por "defraudación de expectativas", aunque éstas no estuvieran específicamente fundadas en sus contratos. 

Especificar expresamente que el inversor debe cumplir con las leyes del Estado parte del tratado bilateral. El ejemplo más básico es el de tributar según la legislación local: los inversores foráneos tienen que pagar todos los impuestos que correspondan a las distintas jurisdicciones involucradas en su actividad. Según las nuevas pautas, someterse a la jurisdicción local implicará que las empresas tienen que agotar todas las instancias internas del país en el que están instaladas para resolver algún problema, antes de apelar a tribunales externos. Este punto resultó medular en todos los arbitrajes a los que tuvo que someterse Argentina en los últimos años, después de sus intentos infructuosos de exigir que las discusiones con las privatizadas se resolvieran en los tribunales argentinos. A priori, éstos resultarían más benévolos que los foráneos respecto a los intereses locales." (las negritas son siempre nuestras)

Si el problema es litigar en el CIADI, la solución es muy sencilla: se retira la adhesión al tribunal que nuestro país hizo por la Ley 24.353 durante el gobierno de Menem, y listo.Ver al respecto más info acá y acá. Pero la cosa es más compleja, porque el propio gobierno de Macri a través de la Ley 27.328 de "participación pública privada y su Decreto reglamentario 118/17 aceptó expresamente las condiciones que ahora dice querer cambiar, para -supuestamemte- favorecer la "lluvia de inversiones" del extranjero.

Así por ejemplo esas normas declara inaplicable a los contratos que firme el Estado bajo el “régimen de asociación pública-privada” de toda la normativa pública que rige sus contratos, en especial la Ley de Obras Públicas 13.064, la ley de concesiones de obra pública 17.520 y el reglamento de contrataciones aprobado por el Decreto 1023/01. Para esos contratos en particular regiría en primer lugar lo que las partes pacten entre sí, y en segundo término y supletoriamente el Código Civil y Comercial. Pero hay más:

* Contemplan una garantía a favor de los contratistas privados de repago íntegro del financiamiento que hubieran tomado para el desarrollo del proyecto al que corresponde el contrato en caso de rescisión anticipada del mismo (lo que supone una eventual asunción de deuda financiera privada por el Estado), garantía extensiva al repago íntegro de las inversiones no amortizadas más una razonable utilidad esperada en el desarrollo del proyecto, es decir una especie de “rentabilidad garantizada” a priori. 

* Permiten expresamente la indexación de los precios de los contratos sin las salvedades de la Ley 24.283 que establece el principio del “realismo económico” (según el cual a la hora de indemnizar por un bien o derecho no se puede pagar más que lo que éste vale en el mercado en ese momento); y excluye expresamente los límites de la Lley de Expropiaciones 21499, lo que permitiría que en caso de rescisión de los contratos se pague a los contratistas privados lucro cesante, daños que no sean consecuencia inmediata y directa del hecho generador de la rescisión, el mayor valor que los bienes adquiriesen como consecuencia de la obra a ejecutarse o las mejoras efectuadas con posterioridad a la declaración de utilidad pública de un bien determinado.

* Excluyen la posibilidad de pesificar obligaciones contraídas en moneda extranjera que establece el artículo 765 del Código Civil y Comercial (CCyC), y la aplicación de la Ley de Responsabilidad del Estado 26.944; de modo tal que la responsabilidad de las partes se rige primero por lo establecido por ellas en el contrato, y luego por el CCyC. De este modo también en materia de responsabilidad admite indemnizar lucro cesante a los contratistas privados, aun como consecuencia de actividad lícita del Estado (por ejemplo una ley que cree un impuesto determinado).

* Prevén que las partes pueden pactar resolver sus diferencias a través de tribunales arbitrales, que pueden ser del exterior; cuyos laudos arbitrales no puedan ser impugnados ante los tribunales argentinos; lo cual es de capital importancia porque además establece el derecho del contratista a mantener el equilibrio económico financiero del contrato en cualquier circunstancia, por ejemplo si el Estado devalúa la moneda o dispone cambios en su política económica.

* Eximen a los contratistas de los riesgos contractuales derivados del “hecho del príncipe” (por ejemplo un defáult o una devaluación), fuerza mayor, caso fortuito, alea económica extraordinaria del contrato y extinción anticipada del contrato; y deja abierta la puerta para que se pacten en los contratos garantías de ingresos mínimos garantizados para la contraparte privada.

Más información al respecto, acá.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

PROMESAS SOBRE EL BIDET


En el esquema económico original del macrismo la idea de "abrirnos al mundo" supone que la inversión extranjera es el motor principal del despegue de la economía, consigna planteada con bastante simplismo y mucho de voluntarismo sobre como está funcionando hoy realmente ese mundo al que queremos abrirnos: recesión, excedentes de producción de los países industrializados que buscan ser colocados en los emergentes y periféricos, alzamiento de barreras proteccionistas para protegerse de los productos importados producidos a precios de dúmping, debilidad consecuente de los flujos del comercio internacional. 

Incluso el gobierno promovió un agresivo cambio en el esquema de las relaciones exteriores y el alineamiento e inserción internacional del país que va más allá de los propios ritmos de la reestructuración internacional: los tratados TTP y acuerdos de libre comercio -por caso- que entusiasman al gobierno de Macri son objeto de dudas y cuestionamientos en los propios Estados Unidos, su supuesto impulsor principal.

De ese voluntarismo y error de diagnóstico surgieron los sucesivos fracasos de los ensayos intentados hasta acá para provocar la "lluvia de dólares" prometida" el levantamiento del "cepo", el arreglo con los fondos buitres y últimamente el blanqueo; del que ya casi ni se habla. De hecho, la circunstancia de que su lugar en las primeras planas de los diarios lo ocupe el "mini Davos" organizado por el gobierno de Macri para atraer inversores extranjeros da cuenta de ese fracaso.

Del foro de inversores se promete lo mismo que se prometió antes de los otros intentos: que ahora sí vendrán las inversiones, y la economía empezará a despegar. Lo que hasta acá vino (y así como vino se va) son inversiones financieras de corto plazo, en especial a partir de la liberalizacion del mercado cambiario, la eliminación de todas las restricciones al movimiento de capitales, la desregulación del mercado financiero y el agresivo proceso de re-endeudamiento externo.

Que vengan por el canal productivo inversiones de la misma o parecida magnitud es -en cambio- bastante dudoso en un país en que por las políticas del gobierno se está destruyendo el mercado interno (que explica fácilmente las 3/4 partes de la demanda agregada) a partir de la caída del empleo, los salarios y el consumo.

Los que quisieran invertir aquí para producir bienes que se exporten hacia los mercados del mundo necesitan bastante más que la eliminación de las retenciones, o la apertura irrestricta del comercio exterior: requerirán mayores niveles de "competitividad", lo que supone eliminar regulaciones laborales tendiendo a la flexibilización, mayores beneficios impositivos y una devaluación del tipo de cambio. 

Esta claro que hasta acá el "trabajo sucio" (en palabras de Prat Gay) que vino haciendo el gobierno no fue suficiente para atraer las inversiones productivas, ni siquiera ante la posibilidad de girar libremente y sin ningún tipo de restricción utilidades a sus casas matrices: para eso es imprescindible previamente generar esas utilidades.

Ignorante al contexto mundial como al principio, el gobierno insiste ofreciendo beneficios para tentar al capital: desmantelamiento de la ley de medios y de "Argentina Digital", extensión a cinco años del plazo a los exportadores para liquidar las divisas, reformas a las regulaciones del mercado de capitales tendiendo hacia la banca off shore, y flexibilización de la registración y control de las sociedades extranjeras; tendiendo a convertir al país (o a la CABA) en una virtual guarida fiscal.

Puestos a pensar que más puede prometer Macri para atraer inversiones, no es difícil advertir que al gobierno no le queda demasiado margen para seguir otorgando franquicias impositivas por los números del déficit fiscal, a menos que supla el agujero con más endeudamiento. Sin embargo, esta última alternativa también parece estar tocando su techo, en tanto es el propio gobierno nacional el que está frenando ahora los pedidos de autorización de las provincias para contraer nuevas deudas.

Un punto clave de los pedidos de los inversores será seguramente el desmontaje de la protección que establecen las normas laborales vigentes en el país, que lo hacen "no competitivo" en términos internacionales. Un planteo que encontrará más resistencias reales fuera que dentro del propio gobierno, que comparte el diagnóstico de los potenciales inversores.

Así es muy posible que a la ley de "primer empleo" frenada en el Congreso por la negativa opositora se le sume algún intento de flexibilidad laboral más amplia, si las condiciones políticas lo permitieran; para lo que sería imprescindible la cooperación no solo de algún sector de la oposición (con o sin Banelco), sino también del sindicalismo.

También los inversores pedirán seguramente un acceso irrestricto a las compras y contratos del Estado (en especial las obras públicas y grandes proyectos de infraestructura) soslayando restricciones como las del "compre argentino", en un ensayo de los TTP aunque estos no se pongan jamás en practica: si habitualmente se sienten habilitados a pedirlo, con más razón lo harán cuando tratan con un gobierno permeable a esos requerimientos; como ha demostrado serlo el de Macri al modificar por decreto la ley de tierras o promover el régimen de "asociación público-privada" que debate el Congreso o que ya ha ensayado por DNU con las empresas que invierten en energías no renovables. 

Otro requerimiento habitual suele ser el de "seguridad jurídica", para el que tampoco Macri se ha mostrado perezoso: al control progresivo de la Corte Suprema (que le está otorgando la luz verde para el tarifazo) y en rosca con ésta, del aparato judicial, se suma la ofensiva en conjunto con un sector del PJ y Massa para desplazar a Gils Carbó; con varios dictámenes "anti-empresas" en su haber, desde aquél célebre contra el acuerdo de Clarín con sus acreedores del extranjero que habilitó la fusión de los cables.

Por supuesto que todo lo dicho no hace ceder la afirmación del principio: la posibilidad de que vengan inversiones no depende sólo de lo que prometa el gobierno de Macri, ni éste está en condiciones de cumplir con todas las promesas que haga, y aun sorteadas ambas restricciones, no está garantizado que permitan encontrar la luz al final del túnel de la recesión.

Peor aun cuando a un diagnóstico errado se le suma una apelación a la inversión extranjera sin el contexto de un plan integral de desarrollo estratégico, en el cual el Estado lejos de marginarse dejando librado todo a las fuerzas del mercado, sea un actor principal orientando, regulando y asumiendo el peso de la inversión, cuando sea necesario.

En ese marco y así como no hay "derrame social" de los beneficios del crecimiento probable, hipotético y futuro que siempre promete el neoliberalismo, tampoco lo hay hacia el interior del entramado productivo de las inversiones que pudieran llegar a venir; como por ejemplo desarrollar cadenas de proveedores locales: el "desarrollismo" de Macri se limita al apellido del ministro del Interior.

Los inversores seguramente vendrán, verán, estudiaran y decidirán que hacen, pero si el gobierno "tiene éxito" es muy probable que en el camino queden las mismas víctimas que viene dejando con el resto de sus políticas: los trabajadores, las Pymesy la industria nacional "no competitiva", con las consecuencias sociales, económicas y políticas que todos conocemos.

domingo, 17 de abril de 2016

UN PRIMER PASO HACIA LOS TTP


En relación a la principal noticia de tapa de La Nación del viernes, leíamos en la nota principal: "...la carpeta de alrededor de 10 hojas circula por despachos clave de la Casa Rosada desde hace semanas. Contiene una lista de proyectos de infraestructura que abarca obras sanitarias, rutas, centrales eléctricas y hospitales, entre otras cosas. Son los principales lineamientos de un megaplán que la administración de Mauricio Macri tiene previsto anunciar tras el pago a los denominados fondos buitre y constituye una de sus mayores apuestas para ensayar un intento de reactivación económica en el segundo semestre del año. Su realización depende, en parte, de un paso difícil de anticipar: la aprobación en el Congreso de un nuevo régimen de inversión en obras públicas con garantías para el sector privado. El Gobierno considera esa herramienta como un mecanismo fundamental para cubrir un tercio de las inversiones en obras con las que Macri espera transitar su mandato. Una fuente que participa de la mesa chica de discusión puso una cifra a esas ambiciones: hasta US$ 40.000 millones en cuatro años. Semejante premio esconde un escollo difícil de sortear: para atraer a los inversores de otros países, una parte del Gobierno recomienda resolver las eventuales disputas en tribunales extranjeros, sin pasar por la justicia local. Aunque la semana próxima el país saldrá del default, el equipo de Macri reconoce que el tendal de contratos rotos que dejó la crisis de 2001 le imprimió al país una mala fama entre los organismos financieros que no se borrará sólo con el voto de confianza del mercado al Presidente. Por eso trabajan en alternativas para disminuir la eventual discrecionalidad que pueda tener el país en caso de conflictos con los inversores. Si se trata de una cuestión comercial o financiera, siempre que una parte sustancial de la inversión haya provenido del exterior, una parte del grupo de trabajo recomienda renunciar de manera expresa al fuero contencioso administrativo y tributario para dirimir la disputa en un tribunal internacional, por ejemplo el Ciadi. El organismo fue la sede de centenas de juicios contra el Estado tras la crisis de 2001. Un funcionario que vio la última versión reconoció que dejaba abierta la puerta para dirimir conflictos fuera del país. El proyecto estaba casi listo a fines de marzo, a tal punto que la Jefatura de Gabinete pensaba presentarlo al Congreso en los días siguientes. Se trataba de un documento que había hecho el estudio Cassagne a pedido de Horacio Reyser, secretario de Relaciones Económicas Internacionales..." (las negritas son nuestras)

A medida que se avanza hacia la resolución efectiva del conflicto con los fondos buitres (en el cual el gobierno ha cifrado todas las esperanzas de reactivación económica) se le empiezan a ver las patas a la sota: la "lluvia de inversiones" que sería consecuencia del acuerdo (argumento que también sedujo a buena parte de la oposición para votarlo en el Congreso) viene con trampa, por ejemplo el establecimiento de un régimen especial por el cual las eventuales diferencias que surjan de los contratos (supongamos por construir una ruta) no se resolverán en el país, ni aplicando la ley argentina.

Al mismo tiempo el país está saliendo a tomar una abultada deuda para pagarles a los buitres, con legislación de Nueva York y jurisdicción de sus tribunales. Si eso se justificaba (o pretendía justificar) en que se trata de la principal plaza financiera del mundo, que un contrato de obra pública siga el mismo rumbo no tiene demasiada justificación visible; máxime cuando el país ya tiene vigentes tratados bilaterales de inversión con EEUU y la mayoría de los países de la UE que aceptan la jurisdicción del CIADI para la protección de inversiones.  

A menos que se trate de una estrategia del gobierno para ir metiendo de a poco y en cuotas los TTP o tratados bilaterales de libre comercio que impulsa el gobierno de EEUU, de los que dábamos cuenta acá; y que justamente consisten en eso: una abdicación total de la soberanía del país, resignando aplicar su legislación y la actuación de sus tribunales para los conflictos derivados de contratos que -a diferencia de los bonos de la deuda- se ejecutarán íntegramente en el país.

Como el artículo no lo aclara, pero el día anterior el mismo diario se quejaba en su editorial de "las rigideces" de nuestra legislación laboral, cabría preguntarse si por ejemplo un conflicto laboral de una empresa extranjera con sus empleados argentinos se resolverá en el CIADI, y poir un laudo arbitral que aplique las leyes laborales de otro país. 

Por si el retorno a los 90' fuera poco, el "asesoramiento calificado" en la materia lo aporta el estudio Cassagne, uno de los principales artífices de las privatizaciones menemistas (la de la generación, transporte y distribución de electricidad, sin ir más lejos) de los dos lados del mostrador: como funcionario primero, y como asesor de las empresas concesionarias, después. 

Cuando el proyecto aterrice finalmente en el Congreso, habrá que actitud toman los opositores "responsables" (Bossio, Massa, Urtubey, Pichetto) que levantaron la mano para validar el pacto buitre, con el argumento de que era la puerta de entrada a fondos del exteriores para hacer inversiones en obras de infraestructura.

sábado, 19 de marzo de 2016

EN QUE OCUPA SU TIEMPO LIBRE EL SECRETARIO DE COMERCIO BRAUN


Sobre la inminente visita de Obama, leemos en El Cronista: “El primer sherpa PRO en desembarcar en suelo estadounidense para allanar el camino de regreso de los Estados Unidos a la Argentina fue Miguel Braun, el actual secretario de Comercio. En febrero pasado, y a lo largo de cuatro días, una conferencia en el Atlantic Council fue la excusa perfecta para iniciar el solapado roadshow a la caza de inversiones en áreas que el actual Gobierno busca fomentar e interesan al país del Norte: agroindustria, energía limpia y comunicaciones.
Como carta de presentación, Braun comentó en sus rondas uno de las movidas que el Gobierno negocia impulsar en el Mercosur para tejer acuerdos de libre comercio con bloques y países, entre ellos, los EE.UU. Se trata de flexibilizar la regla del consenso homogéneo hacia una de mayorías con la ayuda, en principio, de Paraguay y Uruguay. Música para los oídos de Washington que, frustrado su ensayo de un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) hace una década, se abocó a tejer acuerdos de naturaleza similar, pero formato bilateral, con la región.” (las negritas son nuestras)
No leyeron mal, no hay error: en momentos en los que en el país se más que duplicaba la tasa mensual de inflación como consecuencia de medidas tomadas por el gobierno de Macri (devaluación de la moneda, eliminación de las retenciones), el Secretario de Comercio Interior -o sea, el responsable oficial de hacer algo al respecto y defender los derechos de los consumidores argentinos, a los que está abandonando sistemática y planificadamente- andaba de gira por los EEUU comprometiendo el ingreso del país a los tratados de libre comercio que impulsa el gobierno yanqui; incluso ofreciéndose a fracturar el bloque regional del MERCOSUR.
Ayer nomás el mismo funcionario decía que “Se han alineado las estrellas para avanzar hacia un acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea (UE). Todos los países por distintas razones están muy interesados en avanzar, es algo que no se daba previamente”, dijo ayer el secretario de Comercio, Miguel Braun. El funcionario se reunió en Bruselas con representantes de la UE para avanzar en la elaboración del mega acuerdo de libre comercio del Viejo Continente con el Mercosur. Las partes tienen que hacer concesiones, Argentina está dispuesta a hacerlas”...”
Se sabía -y las noticias lo confirman- que el triunfo de Macri en las elecciones implicaba -entre otras cuestiones- un drástico giro en la política exterior del país, y una vuelta a las “relaciones carnales”. Lo que probablemente no sea tan conocido son las implicancias concretos que eso trae aparejadas.
A poco más de 10 años del rechazo al ALCA en la cumbre de Mar del Plata, la Argentina de Macri está emitiendo señales inequívocas de ingresar al área de las nuevas iniciativas estratégicas con que la administración Obama (y quien quiera que lo suceda en la Casa Blanca a partir de enero del año que viene) pretende reemplazar aquel fallido intento, pero a una escala global.
En efecto, en octubre del año pasado EEUU sucribió con un grupo de países que representan el 40 % del PBI mundial (entre ellos y de la región, México, Chile y Perú) el TTP (Tratado Trans Pacífico), una iniciativa tendiente a contrarrestar la reciente influencia de China en el área del Pacífico y desde allí, a América Latina. Sobre este punto recordemos los dichos del propio Macri sobre su idea de revisar los acuerdos firmados por la Argentina con el gigante asiático en el gobierno de Cristina.
Los TTP y sus correlativos TPI (el acuerdo entre EEUU y la Unión Europea) y TISA (acuerdos sobre servicios, fundamentalmente financieros y de comunicaciones) son básicamente un conjunto de prerrogativas y privilegios a obtener por las grandes corporaciones empresariales estadounidenses en sus inversiones en el exterior; a cambio de algunas supuestas concesiones recíprocas a los países firmantes para colocar sus exportaciones en los EEUU, accediendo al sistema de preferencias del país del norte.
La mención que hizo Braun a Paraguay y Uruguay (en el contexto de buscar una alianza con ellos para negociar por fuera del MERCOSUR el ingreso a los TTP) es relevante porque ambos participaron de las rondas de negociaciones impulsadas por la administración Obama; y de hecho Paraguay aun continúa participando, aunque no ha firmado los acuerdos. Uruguay se retiró por la fuerte oposición interna de sectores del gobernante Frente Amplio a las tratativas impulsadas por Tabaré Vázquez.
Los TTP son una verdadera caja de Pandora que abrirían una serie de peligros muy concretos para el desarrollo económico y social de los pueblos de América Latina, en un momento en el que los procesos populares abiertos en la primera década del siglo afrontan amenazas políticas y económicas; en un ciclo internacional de caída de los precios de sus principales productos exportables, inducido también desde los mismos EEUU.
Los países que firmen los tratados acceden a crear instancias supranacionales de resolución de las controversias con las empresas norteamericanas (algo parecido al tristemente célebre tribunal arbitral del CIADI), pero también a establecer un “derecho de los tratados” que se aplicaría a esas controversias, por encima de la legislación nacional en materia impositiva, laboral (bienvenida flexibilización), ambiental o en general, de cualquier regulación pública que limite el despliegue del capital privado.
Se comprometen por ejemplo a permitir el acceso indiscriminado de las compañías norteamericanas a las compras estatales (adiós regímenes como el de “compre nacional” o similares), a respetar las patentes medicinales con exclusividad para la producción de medicamentos por un lapso de hasta 12 años (adiós leyes de prescripción de genéricos, e intentos de producción pública de medicamentos) y a liberalizar absolutamente todas las normas sobre servicios financieros, comunicacionales y uso y transmisión de datos por Internet; o eventualmente a permitirle a las compañías yanquis acceder a la propiedad de medios audiovisuales en sus respectivos territorios (adiós a las regulaciones de la ley de medios que sobrevivieron a los decretazos de Macri). Para más información, ver éste interesante artículo de Atilio Borón de diciembre pasado.
Amenazas concretas al empleo y los derechos de la población del país que firme el tratado, a su desarrollo industrial y desenvolvimiento autónomo, a sus recursos naturales: el viejo cuento del imperialismo colonialista, con nuevos ropajes y negociado en el más absoluto secreto; para rehuir el escrutinio y debate públicos.
¿O acaso se sabe que alguien le haya preguntado al gobierno de Macri que piensa al respecto, qué compromisos está asumiendo en nombre del país, qué instrucciones ha dado a su Secretario de Comercio Interior y por qué razón es ese funcionario quien conduce las negociaciones y no -por ejemplo- la cancillería?
Como dato de color, no solo para ver que onda hay con el ingreso de la Argentina a los TTP es que viene Obama al país. La misma nota de El Cronista dice que “Obama traerá sus propias preocupaciones a la Casa Rosada, algunas de ellas recogidas en el capítulo argentino sobre Clima de Inversiones 2015 del Departamento de Estado. Allí se hace particular énfasis en cuán extendida se encuentra la piratería y el contrabando en el país, desde la violación de copyright hasta la existencia de La Salada, "el mercado negro más grande de Sudamérica" y la venta ambulante en las calles. Cuestiones en las que ya trabaja el gobierno de Macri para satisfacer a su invitado. ” (la negritas son nuestras)
Ya sabemos entonces a pedido de quien el gobierno porteño la está emprendiendo contra los manteros de Caballito.

lunes, 28 de enero de 2013

SEGURIDAD JURÍDICA


Cualquiera con un mínimo conocimiento del mundo de las relaciones internacionales sabe que el lenguaje predilecto de las cumbres y documentos internacionales, es el de la ambigüedad; lógica consecuencia de las diferencias políticas y de todo tipo que existen entre los países y bloques regionales o continentales, y el caso de la cumbre CELAC-Unión Europea celebrada en Chile, no fue la excepción.

Esa ambigüedad expresa además que esos documentos son menos compromisos jurídicos firmes y concretos que los Estados asumen (los que en todo caso aparecen en otras instancias de desarrollo del derecho internacional), que pronunciamientos de naturaleza política que dan cuenta de lo que los Estados están dispuestos o no a ceder ante otros Estados, en la compleja trama de las relaciones internacionales.

Aun así, cada palabra que se pone o se saca es meticulosamente analizada porque existen sobreentendidos comunes entre todos los que discuten, sobre lo que cada uno entiende por un término específico; en éste caso "seguridad jurídica", que fue al parecer uno de los motivos de más controversia en la cumbre; como da cuenta acá Clarín, con la rusticidad habitual de suponer que todo el mundo gira en torno a lo que haga o deje de hacer el kirchnerismo; luego de decirnos el resto del año que la Argentina como país, y su gobierno, están aislados del mundo y son irrelevantes.

Del mismo modo y con un análisis sesgado desde lo ideológico (como también lo hace acá La Nación), se pretende plantear las posiciones argentinas en la cumbre como una ocurrencia exclusiva de Cristina y un "eje del mal" que integrarían los países del ALBA (Venezuela, Ecuador, Bolivia), obviando el hecho de que también fueron apoyadas por Brasil, que siempre es colocado en el estante de los "países serios".

Para los europeos la "seguridad jurídica" tiene un significado claro: una vez establecidas las reglas de juego que los favorecen, no deben cambiarse y muy por el contrario, los demás Estados (en especial los subdesarrollados o periféricos) deben garantizar su vigencia, más allá de los cambios políticos que puedan producirse.

Apertura a la radicación de inversiones extranjeras, libertad absoluta para la remisión de dividendos y utilidades, reconocimiento pleno de marcas y patentes, seguridades sobre que no existirán planes de expropiación o nacionalización de empresas o sectores de la economía, eliminación de barreras arancelarias o para-arancelarias, libre acceso a las empresas extranjeras (en éste caso europeas) a las compras y contrataciones públicas, libre disponibilidad de divisas y remisión de utilidades: eso es la seguridad jurídica para ellos, que están en el polo desarrollado del mundo; aun con todos los problemas que atraviesan.

Usufructuando al máximo las estructuras gestadas a partir de los Acuerdos de Bretton Woods de 1944 (el FMI. la OMC, el GATT), y los instrumentos y herramientas que se fueron perfeccionando después, incluso con el despliegue mundial de las políticas neoliberales: el tribunal arbitral del CIADI, los tratados bilaterales de inversión con prórroga de jurisdicción y los acuerdos bilaterales (entre países o bloques de países) de libre comercio; entre los más relevantes.

Y aprovechando también hacia adentro (para proteger sus propias economías) todas las herramientas de proteccionismo económico disponibles, sin ruborizarse; algo perfectamente lógico por otra parte, y que sólo puede desconocerse por deshonestidad intelectual, o por desconocimiento de las reglas de juego con las que funciona la economía internacional, aun en tiempos de globalización.

Esa contradicción aparente del planteo de los países desarrollados (liberales en su política de inversiones y comercio hacia afuera, rígidamente proteccionistas hacia su interior) no es tal si se repara en que, sin ataduras ideológicas de ningún tipo (aunque las promuevan para los demás), persiguen el mismo objetivo, apelando a diferentes instrumentos: defender sus propios intereses.

Más aun en un contexto como el de la actual crisis, en el que tratan por todos los medios de hacer lo que siempre hicieron: sustentar en el aprovechamiento de los recursos y oportunidades de negocios del resto del mundo, la recuperación de sus economías, algo que los planes de ajuste y estabilización que vienen desarrollando (por consejo del FMI y el Banco Central Europeo) no pueden garantizar: bajo ese contexto (además del peso de las importaciones de combustibles en la balanza de pagos) se produjo, sin ir más lejos, la decisión del gobierno nacional de recuperar el control de YPF de manos del grupo español Repsol.

Para los países latinoamericanos en cambio, la idea de "seguridad jurídica" tiene un significado y alcance bien distintos: implica virtualmente un límite a la posibilidad del diseño autónomo de políticas económicas acordes con sus propios objetivos y necesidades nacionales; que no implican cerrarse al mundo (algo imposible de lograr, por otra parte, aun cuando se planteara como meta), sino integrarse a él; pero bajo sus propios términos. 

Cuando los países desarrollados les exigen a los nuestros "seguridad jurídica" -aunque no lo digan-, les están pidiendo cercenar las posibilidades del Estado de introducir regulaciones económicas que puedan afectar a sus capitales invertidos aquí; algo que, considerando el alto grado de extranjerización de nuestras economías, sería suicida aceptar, en términos de posibilidades de desarrollo.

La idea de "seguridad jurídica" está atada además al diverso modo como funcionan los sistemas políticos en Europa y en América Latina; y las también diferentes posibilidades que tienen de generar cambios.

Las convulsiones económicas y financieras que azotan a Europa desde el 2008 se suceden sin solución de continuidad, aun bajo un panorama político que marca derrota de los oficialismos y triunfos opositores en muchos países; que cambian así de gobiernos pero no de políticas: los desencantos que generan en algunos la socialdemocracia europea o los gobiernos socialistas sólo pueden atribuirse al desconocimiento de la naturaleza de esos sistemas de representación.

Que funcionan sobre un sustrato ideológico común (que viene siendo hace más de 20 años el del pensamiento neoliberal), pero por sobre todas las cosas, asfixiados por núcleos de intereses como los del sistema financiero; que ese sistema político no se atreve a desatar, cualquiera sea el signo de los gobiernos.

En América Latina por el contrario, (y en un proceso no exento de marchas, contramarchas y contradicciones) subyace la posibilidad de cambios gestados desde el sistema político y bajo reglas democráticas, que cuestionen la hegemonía intelectual del neoliberalismo; y los intereses fortalecidos en cada país durante la implementación de políticas basadas en esa hegemonía.    

Cambios que están sujetos en sus posibilidades de concreción a las contradicciones que existen al interior de los bloques regionales (Unasur, Mercosur, CELAC), como consecuencia de las diferentes estructuras productivas de los países (la mayor o menor dependencia del comercio exterior, la diferente gravitación del mercado interno, la disponibilidad de recursos naturales críticos), y de las contradicciones ideológicas y de intereses que cada uno de ellos tiene en su interior. 

No es casual que el proceso de crecimiento económico con mejora de los indicadores sociales que evidencian la mayoría de los países de América Latina en la primera década de este siglo, se haya dado en el contexto de decisiones estratégicas de política exterior, como el rechazo a la ampliación del ALCA en la cumbre de Mar del Plata de 2005, o a la ingerencia del FMI en el diseño de las políticas económicas.

Pretender explicarlo simplemente por una mejora de los precios relativos del intercambio comercial, o un ciclo de alza de los precios de los productos que nuestros países exportan, es un reduccionismo que desconoce como se imbrican las relaciones entre la economía y la política.

Las reservas que la Argentina (entre otros países) hicieron en la Cumbre de Chile a los reclamos europeos por mayor "seguridad jurídica" están vinculadas además a decisiones troncales de la política económica nacional, claves en el actual contexto de crisis: la reforma a la carta orgánica del BCRA ampliando sus potestades de regulación del sistema financiero, la expropiación de YPF y el control de los planes de inversión de las petroleras que operan en el país, los controles cambiarios y a los movimientos de divisas o los límites puestos a la distribución de utilidades a los capitales extranjeros radicados en el país (con mayor o menor precariedad, según las herramientas jurídicas disponibles en cada caso), serían lisa y llanamente imposibles si accediéramos a garantizar plena "seguridad jurídica" conforme nos reclaman.

En ese contexto es muy probable (como señalábamos acá) que se plantee en el ámbito de la CELAC un proyecto para que los países de la región que aun la reconocen (lo que no es el caso de Brasil, por ejemplo) denuncien la jurisdicción del tribunal arbitral del CIADI, o que el gobierno de Cristina presente un proyecto en el Congreso denunciando los tratados bilaterales de inversión firmados en la década del 90'.

Lo que no sería, ni más ni menos, que hacer lo que los propios europeos hacen: aplicar los instrumentos que se juzguen convenientes en cada caso, para defender mejor los intereses de sus respectivos países; aunque tengan que sacrificar valores supuestamente sagrados como la "seguridad jurídica".