4 años del atentado contra Cristina. 4 años de impunidad.
— Partido Justicialista (@p_justicialista) September 1, 2026
La Justicia sigue sin investigar a los autores intelectuales, a los que idearon y financiaron el ataque.
Es el pueblo argentino el que necesita conocer la verdad de lo que pasó ese día: quiénes, cómo y por qué intentaron… pic.twitter.com/Uqgb8UCCL2
Basta repasar las redes sociales, o sentarse a conversar un rato entre compañeros, militantes o simplemente gente que suele votar al peronismo para constatar que hay una mezcla de confusión, interrogantes e indignación por el voto del bloque de senadores del PJ a los pliegos de jueces propuestos por Milei y en especial al de aquellos que provienen de Comodoro Py y estuvieron en aquella tristemente célebre juntada del Lago Escondido, como Yadarola. Más todavía cuando la votación se produjo en las vísperas de un nuevo aniversario del atentado contra Cristina, y cuando desde el mismo peronismo y sus representantes institucionales (o al menos la mayoría de ellos) se viene hablando del "lawfare" y la persecución contra dirigentes y militantes propios, en especial con la propia Cristina; injustamente condenada y proscripta.
Se escucharon pocas justificaciones de la movida, casi ninguna de los propios senadores, y todas ellas con argumentos insostenibles: que la correlación de fuerzas en el Senado impedía evitar que los pliegos fueran finalmente aprobados (argumento con el cual el bloque debería haber acompañado todas las leyes inicuas aprobadas por éste gobierno, pero dignamente no lo hizo), o que no tiene sentido pelearse con los jueces (lo que tiene un aire de familia con la "autodepuración" de la que hablaba Santiago Cafiero), pero entonces dejemos de hablar de persecución judicial, si terminamos legitimando a los perseguidores. En el fondo, la indignación de muchos tiene que ver con que el futuro que se abre en lo inmediato en el país va a reclamar -necesariamente- pelearse con poderes mucho más poderosos que un entramado de jueces venales, que solo sirven como instrumentos de esos otros poderes; y lo sucedido siembra dudas sobre la voluntad real del peronismo de acometer esas peleas.
Las volteretas dialécticas que se puedan ensayar para justificar -desde un presunto pragmatismo o la necesidad de no hacer olas para garantizar un posible triunfo electoral el año que viene- algo difícil de entender nos remiten a las mismas cuestiones que en su momento analizábamos en esta entrada, en otros tiempos de derrota y repliegue popular como fueron los del macrismo. Decíamos entonces: "Tentación en la que muchos dirigentes del peronismo con Menem a la cabeza cayeron, en nombre del pragmatismo político y del deseo de "ganar como sea", porque el peronismo es un partido de poder", olvidándose para que se tiene el poder; al menos si uno se dice peronista. Y en nombre de ese pragmatismo vaciado de sentido (pero no inocuo en términos políticos) desde el peronismo y en su nombre se corporizó el mayor ensayo intentado hasta hoy -hasta esta restauración oligárquica que nos gobierna- de demoler concienzudamente la Argentina peronista; con tanta eficacia como las peores dictaduras pergeñadas desde el gorilismo más o menos explícito, o incluso más. La astucia del régimen -que nunca renunció al imperativo de hacer desaparecer al peronismo, ni lo hará- le permitió comprender que lo que no pudo quebrar era más útil si se lo intentaba asimilar.".
"Lo que denota la trascendencia política que tiene hacia el conjunto de la sociedad argentina la disputa al interior del peronismo, y allí que siempre sea este movimiento el campo de ensayo de todos los intentos de seducción, cooptación y divisionismo; muchas veces facilitados desde adentro. De ese marasmo neoliberal que lo dejó reducido a un conjunto de tolderías polìticas comarcales (haciéndole perder su sentido nacional, y aun continental), condenadas a la esterilidad política y sin capacidad de incidir decisivamente en el rumbo del país, lo rescataron los gobiernos de Néstor y Cristina. Con los errores y las limitaciones propias de toda experiencia política en tanto experiencia humana, el kirchnerismo volvió a colocar al peronismo en el rumbo de sus mejores tradiciones históricas, aquéllas que remiten a sus propósitos fundacionales y a su justificación ante la historia: no hubo en ese sentido después de los del propio Perón en la concreta experiencia histórica argentina, gobiernos más peronistas que los de Néstor y Cristina.".
En un tiempo tan prolongado como el que transcurrió desde la muerte de Perón hasta la proscripción de Cristina, al peronismo no le faltaron problemas: intentos de desmembramiento y concreciones de diásporas, cuestionamientos a la conducción, no acatamiento de sus decisiones o dificultades para establecer una aceptada por el conjunto, falta de política unitaria frente a los grandes dilemas de la realidad, provincialismos funcionales a la derrota (electoral y política), debates internos no saldados y -sobre todo- no asumir en plenitud la cuestión de la disputa del poder, más allá de la dimensión específicamente electoral que exige periódicamente articular alianzas, instalar candidaturas o diseñar estrategias para intentar captar votos.
Y así y todo, el peronismo es lo más parecido a una fuerza política nacional organizada y vertebrada en torno a un conjunto de ideas y con presencia territorial significativa en todo el país, que le queda a la democracia argentina para contraponer al modelo del poder económico. Pensemos si no en el resto del espectro: las dificultades de la izquierda para expandirse (por defectos propios y porque la sociedad no termina de verla como la opción para canalizar el desencanto: la salida parece ser siempre por derecha) o los progresismos varios (como el socialismo y otras tibiezas similares), que ni siquiera ensayan ya construcciones de "terceras vías", como si no pudieran reaccionar a la perplejidad de comprobar que la sociedad sigue polarizada, y lo está más cada día.
O los provincialismos de diverso cuño (desde los originarios hasta los resultantes de desprendimientos del peronismo, el radicalismo y sus cruces y amalgamas), autolimitados a administrar mecanismos de supervivencia de sus situaciones comarcales con absoluto desinterés de lo que pasa en el resto del país, y sin otro norte que usufructuar las migajas del extractivismo de los recursos naturales estratégicos, cuyo dominio les reconoció la funesta reforma constitucional del 94'; o fungir de voceros y gestores de negocios de los sectores dominantes, sean las petroleras, las mineras o el complejo agroexportador.
Que decir de la UCR: que su deriva antiperonista es tal que pasó de conducir la Unión Democrática en 1945, a ser el furgón de cola (incluso sin integrarse formalmente al tren en algunos casos) de cuanto ensayo gorila se ha orquestado desde el 2007 para acá, para cerrarle el paso al peronismo en su fase kirchnerista, o para empiojarle las cosas cuando le toca gobernar, aunque levante banderas que en un tiempo fueron suyas. Se sabe que de las fuerzas de la derecha (se llamen UCD, PRO, La Libertad Avanza o el sello de ocasión) nada se puede esperar en términos de construcción democrática, porque están para otra cosa, que es precisamente lo contrario: usufructuar los rituales de la democracia y sus instituciones para ponerlos al servicio de la construcción del modelo colonial, dándole un baño de cierta legitimidad.
De allí la importancia de la disputa al interior del peronismo, y los movimientos que del desenlace de esa interna se derivan hacia la sociedad, el poder económico y el sistema político: o lo convierten -como dijimos en aquella entrada que antes citamos- en una fuerza estabilizadora del orden oligárquico, o en una fuerza transformadora de la realidad, con posibilidades reales y concretas de llevar a cabo esas transformaciones. Porque como hemos dicho antes, el peronismo no ha sido superado en términos dialécticos como idea de lo que el país puede ser (porque lo fue), y de allí su persistencia, que explica a su vez la del odio gorila que intenta -una y otra vez- enviarlo al archivo de la historia.
Pero tampoco ha sido superado hasta ahora como posible y concreto contrapeso democrático real al desborde del capitalismo desbocado que se lleva puesto todo a su paso; como se puede comprobar constatando un hecho verificable: cuando no gobernó el peronismo desde el 2015, nuestra democracia fue más pobre en términos de reconocimiento de derechos ciudadanos y políticas que garantizasen su vigencia efectiva, y nuestras instituciones políticas se vieron más pisoteadas y degradadas; en contra de la leyenda negra del autoritarismo peronista que construyó el relato de la Argentina gorila.
Por esa razón, la domesticación e integración del peronismo dentro del orden dominante es por un lado una traición a su sentido y justificación históricos (lo que lo condena a la esterilidad, como advertía Cooke), y por el otro una contribución más a la erosión de una democracia ya debilitada por los límites que le impone el poder económico. Un peronismo así castrado de su potencialidad transformadora no hace más que alimentar el vacío de representación que nos trajo a Milei; y en ese contexto se podrá ganar una elección (más por defecto y crisis del modelo anarco-capitalista que por virtudes propias), pero solo para perder el gobierno como ya pasó en la experiencia del "Frente de Todos".


