RECIBIMOS UN CORREO: ”Era 1969, tenía 8 años. De él recuerdo dos cosas: el Cordobazo y la llegada norteamericana a la luna. Las dos las ví por tv y con atención, pero sólo el primero me marcó a fuego. Trabajadores protestando con el apoyo del estudiantado y contra la dictadura de la Revolución Argentina. Trabajadores y estudiantes ganando la calle y siendo reprimidos, eso era algo que lo viví como real. Lo otro me parecía más fantasioso y me atrapó tanto como Viaje a las Estrellas o Perdidos en el Espacio, lo ví como algo de ciencia ficción. En casa se comentaba el tema del “hombre en la luna”, pero de lo que se hablaba era del Cordobazo.
Año 1970. Aparece Montoneros en forma más que visible, lo secuestran a Aramburu y lo ejecutan días después. Empiezan a ser conocidos Abal Medina, Ramus, Capuano Martínez, Mazza, Arrostito, Firmenich... Los afiches con sus caras y con la leyenda “buscados” aparecen en las paredes de todo el país. Tenía 9 años. Mi padre respondía a mis preguntas, que iban direccionadas a la fusiladora, Perón, Evita, la CGT, por qué el exilio…
Año 1972, el 22 de agosto fusilan a los presos en Trelew y recuerdo ver al marino Sosa por TV, dando explicaciones inexplicables por lo ocurrido. Nadie le cree. Días después, concurro al primer acto político en Santa Fe: homenaje a los caídos. Tengo presente al papá de uno de los asesinados (Jorge Ulla) -a quien yo conocía-, hablando ante cientos de personas. El lugar no sé qué era, por calle 1° de Mayo pasando una o dos cuadras al norte de la Plaza San Martín. Muchos jóvenes asistieron y cantaban consignas contra Lanusse.
16 de noviembre de 1972, recuerdo la transmisión nocturna con la salida del vuelo que trae a Perón a la Argentina. Tengo presente al periodista Sergio Villarruel (padre de Claudio y de Darío Villarruel) transmitiendo desde España. Al día siguiente, recuerdo el famoso paraguas de Rucci y Perón levantando ambos brazos, así como el desfiladero de peronistas (en su mayoría jóvenes), desfilando por la puerta de la casa de Gaspar Campos.
En ese año 1972, tenía 11 años, la edad de Casey. Iba a la escuela Belgrano del barrio Sur de Santa Fe, a la que, entonces, las familias tradicionales mandaban sus hijos a la primaria, donde el peronismo “no tenía prensa”. Es el año que volvió Perón y me recuerdo junto a Tito y al Cabezón D., peleando contra el resto. Y peleando contra el resto a veces, eran piñas pero, casi siempre, la discusión verbal. En ese entonces éramos peronistas contra el tándem radicales—antiperonistas. O sea, tres contra el resto del mundo, al menos en nuestro grado.
Y escuchándolo a Casey, me acordé de nosotros. Y, obviamente, el discurso tenía que ver con lo que recibíamos de escuchar a los adultos, pero transformado. Pero había diferencia, piénsese que no existía internet y la tv era limitada a un par de canales con horarios reducidos. No era tan popular como lo fue luego. Y digo transformado porque si bien, en mi caso, heredé el peronismo de mi padre, nunca lo ví como él. Ni a los 11 años ni hasta que tuve 18 que fue cuando murió. Pero sí es cierto que en la mesa se hablaba de política, como ocurrió desde 2003, en que se recuperó el interés por lo público, porque se recomprendió que lo público nos atañe, nos es propio. Y Casey tiene hoy esa posibilidad y la aprovecha. Absorbe todo lo que lo circunda y forma su opinión, su criterio que podrá tener más o menos profundidad. Seguramente no podemos pedirle que piense como un adulto de 20 o uno de 50, pero a opiniones oídas y leídas, este niño le lleva ventaja a unos cuantos. Por lo menos no lo hace por dinero, como vos: Lanata”
