LA FRASE

"PARA ANALIZAR SI REALMENTE HABÍA NECESIDAD Y URGENCIA PARA QUE EL PRESIDENTE DICTARA EL DNU 70 EN 2023 NOS VAMOS A TOMAR TODO EL TIEMPO QUE SEA NECESARIO." (HORACIO ROSATTI)
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lunes, 3 de agosto de 2026

LO DE ANTES

 

En esa sección fija de algunos medios como El Destape o C5N en que entrevistan a gente en la calle interpelándola sobre su situación personal y como ven la del país, es frecuente que aparezca un "antes" como necesaria referencia: "antes podía hacer tales cosas y ahora ya no puedo", o de otro lado, "lo voté porque con lo de antes ya no se podía seguir", o peor aun: "lo volvería a votar para no volver a lo de antes". Y ese "antes" nunca es nominado, ni cuando juega como impreciso pasado mejor a este presente de oprobio, ni cuando se agita como fantasma atemorizante que justifica cualquier cosa, en especial decisiones electorales irracionales y perjudiciales para los propios intereses.

El fenómeno no es casual: es consecuencia de un proceso incesante de demonización de la experiencia kirchnerista (porque de ella se habla vamos, a menos que se crea que "antes" era en los tiempos de Liniers), en el que buena parte de la sociedad termina haciendo concesiones al recorte del debate democrático, y a la participación política. Un proceso en el que -para algunos- la condena y proscripción de Cristina e incluso su previo intento de asesinato son justificables, como la cosa más normal del mundo. Y una idea que en un punto parecen compartir algunos de los "nuestros", cuando se niegan a decir con todas las letras que su exclusión de la participación política es una afrenta a la democracia; o que no debe usarse como bandera de campaña porque no suma, espanta votos, divide, resta o es funcional al gobierno.

Y sin embargo la agenda real que el país discute (o debería discutir, abriéndose paso en el mar de sandeces) pasa de uno u otro modo por la valoración de la experiencia kirchnerista y su legado: ahí anda el gobierno ufanándose del superávit energético, los récords de producción de Vaca Muerta y el crecimiento de las exportaciones de hidrocarburos mientras el presidente se pasea con el mundo con el mameluco de YPF; la empresa que Cristina recuperó para el país en 2012 en una decisión estratégica (y Milei quiso privatizar en el inicio de su gobierno) y el yacimiento que puso en valor haciendo la curva de aprendizaje y las primeras inversiones en la explotación de los no convencionales con la petrolera recuperada para el Estado; a lo que debe añadirse el gasoducto construido con parte del producido del impuesto a las grandes fortunas, proyecto presentado por Máximo Kirchner en el Congreso.

O la cuestión de la deuda externa y la injerencia del FMI en nuestros asuntos internos y en el diseño de la política económica: Néstor había terminado con el problema en su gobierno y Cristina no les pidió un peso y tuvieron que cerrar su oficina en Buenos Aires; hasta que Macri, Caputo (dos veces) y luego Milei los trajeron de vuelta (y para ser justos, Alberto y Guzman los resucitaron como interlocutores válidos) y aquí estamos: Milei la trae a Kristalina para que supervise en persona las garantías de cobro de la deuda desde los pozos de Vaca Muerta, y nadie en la política argentina dice que debe hacerse con ellos, mientras ellos nos dicen que hacer con todo, desde el sistema previsional hasta el mercado laboral. O casi nadie: las únicas excepciones fueron Cristina (en el gobierno de Alberto y ahora) y Máximo, que vienen planteando discutir nuevas reglas de juego para la reestructuración de una deuda impagable, sin obtener respuestas ni siquiera desde el campo del peronismo.

Por citar otro tema de actualidad, la extranjerización de la tierra que está planteando el gobierno bajo el eufemismo de la "inviolabilidad de la propiedad privada": en el 2011 cuando Cristina la planteó impulsando la ley que hoy Milei y Sturzenegger quieren derogar dijeron que era una venganza contra el campo por la derrota en el conflicto por la 125, o una muestra de chavismo. Desde los tiempos de la revuelta agrogarca, los miembros de la Mesa de Enlace hablaban de "agricultura con agricultores" y promover el arraigo, y hoy marchan por caminos separados: la Federación Agraria rechazando el proyecto de Milei y la Sociedad Rural defendiéndolo, mientras se arroga ser la encarnación misma de los valores patrióticos y la argentinidad. El kirchnerismo, en cambio, sigue en el mismo lugar que estaba en 2011: defendiendo elementales normas de cohesión nacional e integridad territorial. 

Lo mismo podría decirse de la crisis de financiamiento del sistema científico, tecnológico y las universidades: ¿Cuántos de los que reclaman por ello al gobierno de Milei están dispuestos a reconocer que están exigiendo volver (aunque no lo digan, o prefieran hacer como que no lo saben) al compromiso público del Estado contenido en la ley de financiamiento educativo aprobada durante el gobierno de Néstor Kirchner? 

Otro tanto vale para los subsidios a las tarifas de los servicios públicos para hacerlos accesibles a todos como un mínimo indicador de calidad de vida y dignidad humana: ahí andan discutiendo la derogación de la ley de zonas originada en una iniciativa (otra vez) de Máximo Kirchner, como si las familias, los comercios y las industrias no estuvieran padeciendo ya los efectos de los tarifazos en sus ingresos y en la viabilidad de sus emprendimientos. O la crisis de la infraestructura pública, la distribución de la renta agraria diferencial o el costo de los alimentos: algunos (muchos) están haciendo lobby a favor de la eliminación de las retenciones, mientras reclaman al mismo tiempo (con otro nombre por supuesto) por la reposición del fondo sojero y la federalización de la obra pública, y Julio De Vido sigue preso, y le inventan una condena nueva todas las semanas. 

Pasamos de un tiempo en que le hacían a Cristina cinco paros generales por Ganancias y se le reclamaba aprobar la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas que es letra muerta en la Constitución desde 1957, a la aprobación casi sin resistencia sindical de una reforma laboral que nos vuelve a los tiempos de la encomienda, la mita y el yanaconazgo, y la mayor presión de la CGT al gobierno se dirige a salvar las contribuciones sindicales extraordinarias pactadas en las paritarias. Para peor, si lo primero se exponía como ejemplo de la desviación del kirchnerismo de los cánones del peronismo original al enfrentarse con la columna vertebral del movimiento, hay quienes hoy ensayan piruetas dialécticas y discursivas para -de un modo extraño- echarle la culpa de lo segundo; pese a ser la mayor expresión de oposición a las políticas del gobierno, en las instancias institucionales creadas por la Constitución, y dependientes de la voluntad popular.

Tiren de la piola de cualquiera de los temas listados o propongan otros, den el debate, anímense, sin caer en las etiquetas y las descalificaciones a priori. Y en el peronismo háganse cargo del ciclo kirchnerista sin complejos, sin culpas, sin concesiones al enemigo, su discurso y sus intentos de delimitar el campo de disputa y el horizonte de las transformaciones posibles. No se trata de reclamarle a la sociedad agradecimientos perpetuos (ya expresados por otro lado en las elecciones presidenciales de 2007, 2011 y 2019), sino de exigir sinceridad en los términos de la disputa política, sin aceptar exclusiones o proscripciones arbitrarias, o el ocultamiento de un período de la historia argentina rico en realizaciones y complejidades, como si no hubiera existido (como quisieron hacer en sus tiempos con el peronismo original); y seguir fingiendo normalidad.

O más importante aun, se trata de que alguien agarre las banderas y las lleve adelante, aunque no nombre a los que las impulsaron originariamente, y que por eso fueron perseguidos, estigmatizados y caricaturizados; pero nunca rebatidos con argumentos, y menos aun, superados en términos dialécticos. ¿O de dónde creen que surgió el vacío de representación política que nos trajo a Milei?

"Lo de antes", ese significante vacío que pretende tapar el sol con la mano, confronta con "lo nuevo" y no solo desde el discurso del experimento libertario: ¿O acaso no nos hablaron de "nuevas canciones", que nunca podemos terminar de escuchar? Cuando se reivindica la experiencia kirchnerista hay desde algunos sectores una velada (y no tanto) crítica a la nostalgia como expresión de agotamiento de una propuesta política: una conclusión que en sus tiempos hubiera sido impiadosa con la resistencia peronista. 

Pero resulta que "lo nuevo" (al menos en la versión oficial, no contrastada con otra alternativa que supere el registro de la indignación y la crítica) es volver a ser el granero del mundo como propuso el presidente en la Rural, convertirnos en un enclave colonial extractivista con franjas enteras del territorio nacional excluidas de la soberanía efectiva del Estado argentino y permitir que los extranjeros se queden con todo sin restricciones, encadenarnos al FMI y su perpetuo manual de iniquidades, o regir el mundo del trabajo por las leyes civiles, como en los tiempos del Código de Vélez. Es decir, un museo repleto de novedades.

lunes, 29 de junio de 2026

"NO VAN A PODER CAMINAR POR LA CALLE"

 

La ocasión puede ser cualquiera en estos dos años y medio: la ley bases, la reforma laboral, los acuerdos con el FMI, el intento de moción de censura contra Adorni, el pago a los fondos buitres o el súper RIGI: las frases hechas se repiten en cada oportunidad: "No van a poder caminar por la calle", "La historia los juzgará", "El pueblo les va a pedir cuentas".

Por supuesto y como bien sabemos, nada de eso pasa, ni pasó tampoco durante el gobierno de Macri, cuando al igual que ahora asistíamos todos los días a una nueva ignominia, a una nueva entrega de la riqueza nacional o al enésimo cercenamiento de algún derecho. De lo que resulta que esas frases hechas que solemos repetir en estos casos no son más que una expresión de catarsis por el agobio, sin demasiado correlato con la realidad.

Podrá decirse que la sociedad -o buena parte de ella- no reacciona frente a lo que está pasando en el país porque está despolitizada, o porque tiene urgencias más concretas que atender, como llegar a fin de mes, pagar las cuentas o conservar su empleo. Se podría contestar -con justeza- que la solución a esos dilemas solo puede venir de la política, como es la política (o una forma concreta de ella) la que los trajo.

Y también se podría acotar que en realidad la sociedad nunca está despolitizada, sino politizada en distintos sentidos, según los momentos históricos: el "Que se vayan todos" del 2001 fue una forma (infantil y simplista) de politización, como vivimos otra en los años kirchneristas, y como el desencanto democrático que nos trajo a Milei es otra forma de politización.

O que el gorilismo y su persistencia (más incluso que el propio peronismo) como identidad política y social determina y condiciona atavismos y comportamientos patológicos, pero lo cierto es que detrás de todo eso y del consenso social pasivo al saqueo del país y el despojo de sus habitantes hay una idea (brumosa pero la hay) del país que quieren, y una más clara aún, del que no quieren. Para simplificar se podría decir que es ése país que durante décadas expresó el peronismo, al menos en las mejores versiones de su tradición histórica.

Por otro lado tampoco podría decirse que exista estrictamente un vacío de representación, que detone el hartazgo social contra el sistema político: los que votamos en contra de éste gobierno y lo que representa (o a favor de otro modelo e idea de país) no podemos decir que nuestros representantes en el Congreso nos hayan defraudado violando su mandato electoral. Son senadores y diputados, no comandos de la Guardia Republicana ni combatientes de las organizaciones armadas de los 70': participan de las discusiones, denuncian, argumentan, votan en contra de la casi totalidad de las iniciativas del gobierno...y pierden.

Y pierden porque más allá de que pueda existir la Banelco (ahí están casos como Kueider para comprobarlo), lo que está funcionando todas las semanas en el Congreso es la Moncloa del 70 % de las que nos hablaba Larreta: los que acompañan sistemáticamente las iniciativas del gobierno es porque comparten su orientación y contenido, o porque saben que en rigor las impulsa el círculo rojo y no quieren confrontar con intereses tan poderosos, o por la suma de los dos factores. Lo que nos lleva otra vez a la cuestión del vacío de representación: si la sociedad (o buena parte de ella) no les exige rectificaciones a sus representantes, es porque -de un modo u otro- buena parte de ella entiende que están haciendo lo correcto, aunque a nosotros nos parezca horrible. 

Tampoco podemos cometer nosotros el error de crear el vacío de representación donde no lo hay (o no está tan claro que lo haya), o contribuir al clima anti-político (en el que los poderosos intereses que sostienen a Milei podrían medrar con más facilidad aun de lo que lo están haciendo), sosteniendo que las instituciones no sirven para nada, que el Congreso está de adorno y cosas similares. Entre otras cosas, porque la consecuencia lógica de ese discurso es la impotencia política, y la abstención electoral, que ya de por sí viene batiendo marcas históricas en las últimas elecciones; y porque ese discurso de la anti-política cala más hondo en los sectores sociales que fluctúan con su voto de una elección a otra, que tanto acompañaron a Cristina como a Milei dependiendo de su situación personal, o su percepción de cual podía ser la solución a sus problemas. 

Menos podemos caer en el error del internismo, porque no se pueden reducir los términos de la disputa política (aun la interna, en el propio campo de pertenencia) a la cuestión de los liderazgos, armados y candidaturas; a menos que algunos nos estén distrayendo con eso para no discutir cosas más importantes: se puede sospechar que la cosa viene por ahí cuando todos hablan del discurso de Máximo Kirchner en Parque Lezama, pero ninguno dice nada -ni siquiera para decir si está o no de acuerdo- con lo que dijo respecto a la imprescindible reestructuración de la deuda externa (incluyendo la contraída con el FMI) para superar la crisis.

Que no es otra cosa que lo que venía diciendo Cristina antes de que la privaran de su libertad y sus derechos políticos, invitando -sin mayores resultados, habrá que decirlo- a debatir esas cuestiones. Por eso pedir por su libertad no es un planteo político excluyente de todos los demás, sino su síntesis más acabada: porque ella hablaba de lo que -en su ausencia forzada- nadie o casi nadie parece querer hablar (y allí si podría hablarse de vacío de representación); aunque no se ahorren dardos en la disputa minúscula. Y otros prefieren poner el acento en los lazos familiares (con un discurso idéntico al del sistema de medios dominantes que operan como intelectualidad del régimen), antes que en la coherencia política del discurso.

domingo, 17 de mayo de 2026

LA CONTINUACIÓN DEL ALBERTISMO POR OTROS MEDIOS

 

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lunes, 11 de mayo de 2026

LECTURA RECOMENDADA

 

"En los últimos días, a raíz del encuentro del Peronismo Federal, reapareció en el debate interno del peronismo una definición económica que genera una tensión evidente con la tradición doctrinaria del justicialismo. Sostener que el progreso social depende primordialmente del orden macroeconómico, que el equilibrio fiscal constituye la condición previa del crecimiento estable y que la distribución sólo puede venir después de la generación de riqueza implica establecer una jerarquía de prioridades en la que la estabilidad ocupa el lugar de principio ordenador.".

"Para nosotros, la estabilidad macroeconómica no es un asunto secundario ni un objetivo prescindible. En una economía como la de Argentina, atravesada recurrentemente por inflación, tensiones cambiarias, restricción externa y fragilidad fiscal, ningún proyecto de desarrollo puede sostenerse en el tiempo sin cierto orden monetario, fiscal y externo. El problema, por lo tanto, no pasa por discutir si la macroeconomía importa o no importa. La cuestión decisiva es otra y remite al modo en que se construyen las condiciones de esa estabilidad. Allí aparece una diferencia sustantiva. La mirada del peronismo federal sostiene que primero debe alcanzarse el equilibrio, luego consolidarse el crecimiento y recién después mejorar la distribución. La tradición justicialista plantea una secuencia distinta. No niega la necesidad de una macroeconomía ordenada, pero entiende que el orden durable no surge simplemente del ajuste de variables contables, sino de una economía que amplía su capacidad de distribuir, producir, invertir, exportar, recaudar y generar empleo. En esa concepción, es el desarrollo el que crea las condiciones materiales de una macroeconomía consistente.".

"Ese punto es central porque también supone una determinada concepción del crecimiento. El desarrollo no aparece como un proceso espontáneo ni como el resultado automático de los incentivos del mercado. Requiere orientación política, planificación estratégica y un Estado capaz de ordenar prioridades, identificar sectores dinámicos, coordinar inversión e infraestructura y articular las capacidades productivas nacionales. Desde esa perspectiva, reducir al Estado a la mera administración contable del equilibrio fiscal o a la búsqueda de un balance cero implica vaciarlo de su función histórica como agente de transformación económica.  En la experiencia histórica del justicialismo, el Estado nunca ocupó el lugar de simple administrador del equilibrio. Su función fue impulsar la transformación de la estructura económica para ampliar las bases materiales de la acumulación y del bienestar social. Desde esta perspectiva, el crecimiento no constituye un fin en sí mismo, ni tampoco un fenómeno que pueda reducirse a la mera recuperación de indicadores agregados. Debe formar parte de un modelo nacional de desarrollo que vincule la distribución del ingreso, la expansión productiva, la transformación estructural, la ampliación del empleo y el fortalecimiento de la soberanía económica.".

"Además, la idea de que primero hay que crecer y luego distribuir remite a una lógica ajena a la tradición justicialista. Es, en esencia, la vieja teoría del derrame. La pregunta de fondo es otra: ¿de verdad la sociedad argentina no genera riqueza suficiente para sostener niveles salariales dignos? Un país con capacidad agroindustrial, energética, minera, tecnológica e industrial no enfrenta un problema primario de generación de riqueza, sino de apropiación y distribución de esa riqueza. También conviene recordar que el salario no es una consecuencia pasiva del crecimiento; es una de sus condiciones. El poder adquisitivo de los trabajadores dinamiza el mercado interno, estimula la producción, amplía la inversión y fortalece la recaudación. La inversión social, lejos de ser un mero gasto, tiene efectos multiplicadores concretos sobre la actividad económica. Por lo tanto, no es crecer para distribuir, sino distribuir para crecer.".

"La experiencia histórica del justicialismo es contundente en este punto. Ninguno de sus grandes planes de desarrollo tuvo como objetivo principal alcanzar primero el equilibrio fiscal para después, eventualmente, mejorar los salarios. Ocurrió exactamente lo contrario: la expansión del empleo, la recomposición salarial, el fortalecimiento del mercado interno, la diversificación y expansión de las exportaciones y la ampliación de derechos fueron los motores del crecimiento. El peronismo no nació para administrar prolijamente las cuentas de una economía desigual; nació para transformar la estructura productiva y social de la Argentina. Por eso, si hoy el debate consiste en elegir qué va primero, la respuesta doctrinaria sigue siendo la misma: primero la justicia social.".

"La discusión entre “crecer para distribuir” y “distribuir para crecer” remite a dos tradiciones distintas dentro de la teoría económica acerca de la relación entre acumulación y distribución del ingreso. La primera, asociada a la economía clásica y retomada luego por buena parte de la teoría neoclásica, parte de la premisa de que la condición inicial del crecimiento es la ampliación del excedente económico y la formación de capital. En La Riqueza de las Naciones, Adam Smith vinculaba la expansión de la riqueza con la acumulación y la profundización de la división del trabajo, mientras que David Ricardo colocó el problema distributivo en el centro de la dinámica económica al advertir que una mayor presión salarial podía reducir la masa de beneficios y, con ello, afectar el ritmo de acumulación. En el siglo XX, esta lógica reapareció en los modelos de crecimiento de Roy Harrod y Evsey Domar, donde la expansión sostenida depende de una tasa suficiente de ahorro e inversión. Bajo esta perspectiva, primero debe crecer el producto, elevarse la productividad y consolidarse la formación de capital; sólo después la economía genera las condiciones materiales que permiten mejorar la distribución.".

"La tesis de “distribuir para crecer”, en cambio, se inscribe en la tradición de la demanda efectiva desarrollada por Michal Kalecki y sistematizada por John Maynard Keynes. En este enfoque, la distribución del ingreso no constituye simplemente un resultado del proceso económico, sino una variable que incide directamente sobre su propia dinámica. Kalecki mostró que la participación de salarios y beneficios condiciona el nivel de producción y empleo, mientras que Nicholas Kaldor profundizó el análisis de los efectos distributivos sobre el consumo, el ahorro y la inversión. La literatura poskeynesiana contemporánea reformuló este debate en términos de regímenes de crecimiento wage-led y profit-led a partir de los aportes de Amit Bhaduri y Stephen Marglin.".

"En términos generales, la economía argentina presenta rasgos más próximos a un régimen wage-led que a uno estrictamente profit-led, dado el peso decisivo del mercado interno y del consumo privado en la determinación del nivel de actividad. La experiencia histórica muestra que, aun en etapas de elevada apropiación del excedente por parte del capital, una porción significativa de ese excedente no se tradujo en inversión productiva doméstica sino en formación de activos externos. Por eso, afirmar que “no se puede distribuir la riqueza que no se genera” sólo constituye una verdad parcial: en economías como la argentina, una mejora en la participación salarial puede ser, ella misma, uno de los motores del crecimiento. Lo que no puede sostenerse mecánicamente es que el simple aumento del producto garantice por sí solo una recomposición distributiva posterior.".

"La discusión sobre el gasto público suele quedar atrapada en una simplificación contable que lo reduce a un problema de déficit o superávit, empobreciendo el debate económico. Desde la perspectiva justicialista, su significado depende de la función que cumple dentro de una estrategia de país: el gasto no es un fin en sí mismo, sino la herramienta para transformar la estructura productiva. No todo gasto produce los mismos efectos ni todo recorte tiene iguales consecuencias. La cuestión de fondo no es cuánto gasta el Estado, sino hacia dónde orienta ese gasto, sobre qué sectores interviene y qué capacidades colectivas fortalece o debilita.".

"En este sentido, es vital distinguir crecimiento (aumento cuantitativo de la actividad) de desarrollo (transformación cualitativa, autonomía tecnológica, justicia distributiva, composición del empleo, más asociado a la calidad de vida) porque no son conceptos equivalentes. El crecimiento puede ser coyuntural, por ejemplo por el impulso de un ciclo externo favorable o por el descubrimiento de nuevos recursos naturales (Ejemplo Vaca Muerta). Pero el desarrollo requiere de un Estado que planifique y coordine el proceso de acumulación. La inversión pública en infraestructura, energía, transporte, educación, salud, ciencia y tecnología no sólo dinamiza la actividad presente; también modifica las condiciones estructurales de la economía, reduce costos sistémicos, eleva la productividad y amplía el horizonte de decisiones de la inversión privada. Estos “gastos” obviamente pondrán en tensión de alguna forma el orden fiscal. El desafío es gestionar esas tensiones de forma de lograr establecer un camino hacia el desarrollo con el mayor orden macro posible. De nada sirve invertir la secuencia.".

"Históricamente, el peronismo no construyó orden macroeconómico mediante la retracción estatal, sino a través de una inversión pública estratégica. Durante el primer peronismo (1946-1955), la inversión alcanzó picos cercanos al 30% del gasto total (Gráfico 4) y, entre 2003 y 2015 se triplicó su peso respecto al PIB, orientándose en infraestructura, energía y ciencia (Gráfico 5). Esta inversión no es “gasto improductivo”; es la creación de las capacidades materiales que reducen costos y amplían el horizonte de la inversión privada.".

"Entonces, el peronismo enfrenta hoy una encrucijada que no se resuelve con pericia contable, sino con la recuperación de su audacia histórica para transformar la realidad. Pretender que el equilibrio fiscal y el orden macroeconómico se conviertan en los nuevos dogmas que ordenen nuestra doctrina implica aceptar el lenguaje de la ortodoxia, ese mismo que siempre quiso reducirnos a administradores prolijos del ajuste. Si asumimos que la justicia social es un objetivo postergable, algo que sólo podrá alcanzarse cuando primero cierren los balances, estaremos renunciando a la razón de ser de un movimiento que nació para demostrar exactamente lo contrario. La dignidad del pueblo no es el premio final del crecimiento, es su condición de posibilidad.".

"En esta misma línea, pretender que la macroeconomía sea una ciencia de laboratorio es negar que en realidad es un terreno de disputa por la apropiación y el destino del excedente. Si el justicialismo deja de utilizarla para ampliar derechos, fortalecer el salario real y robustecer el mercado interno, corre el riesgo de verse desdibujado, de dejar de representar sus ideales y valores doctrinarios, y de transformarse en un administrador de las desigualdades. El desafío del presente no pasa por administrar mejor la escasez, sino por reconstruir una estrategia nacional capaz de orientar la riqueza social hacia el crecimiento con justicia distributiva. Y eso no es otra cosa que el desarrollo económico.".

Completo acá.

viernes, 13 de marzo de 2026

LUGARES

 

Hemos dicho muchas veces que en toda su historia el peronismo ha sido siempre un territorio en disputa, la última de ellas acá. Una disputa que no se termina de saldar porque hay debates postergados, lo que no implica que no haya definiciones: sus últimas tres últimas candidaturas presidenciales fueron ofertas de paz al régimen (más allá de la paternidad de cada una: el conjunto de la dirigencia autopercibida como peronista las acompañó, con disidencias marginales), con armado políticos y electorales amplios, en los que los sectores menos dinámicos y más componedores terminaron ganando posiciones, y definiendo rumbos cuando al PJ le tocó gobernar.

En ese contexto, la actitud del conjunto del peronismo frente a la situación personal y política de Cristina dice bastante sobre su predisposición a aceptar las condiciones de la disputa política en el país impuestas por ese régimen, o cuestionarlas; disyuntiva que se traslada al programa de gobierno, y a los límites de toda construcción política alternativa al régimen imperante. De allí que la discusión sobre el rol y el lugar que ocupe Cristina en el futuro (en las condiciones objetivas impuestas por el aparato de persecución sobre su figura) exceden con creces la cuestión del liderazgo, que por supuesto en el peronismo tiene siempre una relevancia trascendental: pasó con el propio Perón -en otro contexto, claro- y se repite hoy con CFK.

Supone también discutir el lugar de la experiencia kirchnerista en el devenir histórico del peronismo, básicamente si es algo que merece reivindicarse para rescatar sus logros y profundizarlos al tiempo que se encaran las tareas que dejó pendientes; o si se intenta dejarlo atrás, como un pecado de adolescencia que un peronismo pensado como garante del orden no debe volver a cometer. De más está decir que la respuesta al interrogante determina el programa y la estrategia política, y por carácter transitivo, el futuro del peronismo y su rol en el futuro del país

Si dos veces en una década hubo sectores del peronismo dispuesto a donar gobernabilidad a las derechas gobernantes y apostaron a "acompañar el clima de época" sin importar la profundidad de los virajes, es indicativo de algo más que simple oportunismo pragmático, para conservar posiciones conquistadas. Significa que hay diferencias ideológicas, cada vez más difíciles de ocultar bajo generalidades como "mantener lo bueno y corregir lo malo": esas ambigüedades deliberadas dejémoslas para el macrismo, y como solía decir Perón, no nos estemos echando la suerte entre gitanos.

Y las conversiones pragmáticas de pragmáticas de ocasión de los buscapinas como Pichetto o los que se le arrimaron a Kicillof porque lo ven presidenciable -que van y vienen de los dos lados de la grieta, pero siempre proponiendo superarla- solo dilatan el problema, en lugar de resolverlo: pasó con el FDT y puede volver a pasar, si se repiten los métodos y las estrategias. Néstor decía unidad si, pero no para bajar banderas; y la última unidad hasta que duela nos dolió más a nosotros que a ellos.

El peronismo en su conjunto tiene que metabolizar la experiencia kirchnerista y decidir, como dijimos, que lugar le dará, que no puede ser negarla como si nunca hubiera existido, o darla simplemente por superada, sin más trámite, como si mágicamente hubieran desaparecido las circunstancias históricas que le dieron origen: esa sería repetir la lectura -y el error- que el gorilismo ha hecho históricamente del peronismo, y repite hoy.

Vistas las cosas con la perspectiva del tiempo, queda claro que (como sucede en toda coalición policlasista como las que históricamente encarnó el peronismo) hubo muchos que estuvieron en el kirchnerismo a disgusto, aun desempeñando roles estelares: a algunos les molestaban o preocupaban determinados aspectos (como la política de derechos humanos), y a otros, otros, como las disputas con Clarín, los sectores del campo privilegiado o las relaciones en general con el establishment económico.

Pero ocurre que esos temas son los que constituyeron la identidad del kirchnerismo y el liderazgo social de Cristina vigente aun hoy, desde el poder y el despliegue de políticas públicas concretas (como el primer peronismo), pero también en el conflicto (como el peronismo de la resistencia post 55'): el kirchnerismo fue (es) la experiencia histórica de peronismo que les tocó vivir a muchos argentinos, como lo fue en su hora el menemismo (muchos atravesaron ambas), y eso impactó en como definieron su relación con la tradición política que representa el movimiento creado por Perón.

Estas son cuestiones que parecen omitir los que -por toda solución, o estrategia principal- proponen depurar al peronismo de progres, pero no tienen problemas en tender puentes con los herederos de la UCD, o reivindican a Menem porque fue peronista; y después se sorprenden de la persistencia del kirchnerismo -al que tantas veces dieron por terminado-, o de su propia irrelevancia, que los obliga a ir a tocarle el timbre a Cristina, una y otra vez.

Hay ahí una disputa -sin resolver- no con la historia, sino con el sentido último del peronismo. Y alguna vez habrá que saldarla.

lunes, 2 de febrero de 2026

CLIMA DE ÉPOCA

 

La traición a las banderas históricas del peronismo que encarnó Menem en sus dos gobiernos contó con el acompañamiento de buena parte de la dirigencia política y sindical del movimiento fundado por Perón. Y todos los que protagonizaron aquel intento por desmantelar las bases de la Argentina peronista lo justificaron diciendo que los tiempos habían cambiado, y había que adaptarse al nuevo clima de época.

Era el momento de la caída del muro de Berlín y con él de los socialismos reales del este europeo, el triunfo del capitalismo parecía avasallador y definitivo y el "clima de época" (así nos decían) se expresaba en las políticas del Consenso de Washington: retiro del Estado de la economía y las actividades empresariales e incluso de su rol regulador, privatizaciones y apertura indiscriminada, flexibilización laboral, liberación de los flujos de capital, globalización financiera.

La idea de adaptarse al clima de época volvió con fuerza durante el gobierno de Macri (cuando ya se daba por definitivamente terminada a la experiencia kirchnerista) para desaparecer al poco tiempo cuando su intento de reelección fracasó luego de que lo hiciera su gobierno, que también se imaginaba abriría un ciclo de derecha perdurable; y está presente nuevamente hoy en el peronismo colaboracionista con el régimen de Milei, que le aporta apoyos decisivos en el Congreso, e incluso se da el lujo de disimularlo como una rebeldía contra el liderazgo de Cristina, como acaba de hacer con una cobardía mayúscula el minúsculo gobernador de Salta.

Es el resurgir -una y otra vez- de la idea de reducir al peronismo a una copia vernácula del PRI mexicano (sin reparar en el destino final que tuvo el original): una maquinaria de poder puramente pragmática y carente de ideología, que justifica sus cambios de piel en -justamente- "saber adaptarse al clima de cada época" para conservar el poder. Por cierto: hoy esa idea ni siquiera alcanza a vertebrar (como se soñó en vano en otros tiempos por algunos) un peronismo nacional post-kirchnerista, y apenas alcanza para retener ciertas situaciones comarcales, sin una visión del país en su conjunto y escaso interés por construirla: ahí va el "cordobesismo" -último intento en ese sentido- rumbo a la extinción y con riesgo de perder en el propio terruño, devorado por su experimento de construir un peronismo antiperonista.

Tanto se habla de ello, que alguna vez habrá que discutir que se entiende por clima de época, como se lo mide, que supone y si hay un solo clima para cada época, o existen climas superpuestos en una misma. Porque la experiencia histórica indica que lo que se suele llamar así sospechosamente coincide como dos gotas de agua en el rumbo, las políticas, las decisiones y los modelos políticos, económicos y sociales que se aplican en su nombre, con intereses muy concretos y muy poderosos.

Algo de todo esto insinuó Milei en Davos cuando en medio de sus ensoñaciones teóricas decretó la muerte de Maquiavelo, es decir de la política entendida como conflicto y como dilema moral: el capitalismo (o anarco capitalismo en su versión práctica desplegada en el gobierno) no solo habría demostrado ser más eficiente sino más justo, y más aceptable moralmente; y por ende es irracional resistirse a su avance. Jeffrey Epstein podría decir un par de cosas al respecto, y de hecho lo están diciendo sus archivos, pero en definitivas la idea no es más que la revisitación de Fukuyama y su sentencia sobre el fin de la historia, justo cuando el propio autor original la está matizando.

En tiempos de Perón -por ejemplo- cabría preguntarse quien supo leer mejor el clima de época: el propio Perón dándole cauce político y soluciones concretas a la naciente clase obrera industrial, o la dirigencia de los partidos políticos tradicionales reunida en la Unión Democrática que -en tiempos de Bretton Woods primero, y el plan Marshall después- proponía reemplazar el tutelaje del león británico por el del imperialismo yanqui, de la mano de su mismísimo embajador; y planteó el dilema nacional en términos del conflicto europeo. Y lo decimos porque para Perón su lectura del clima de época no supuso un jardín de rosas, exento de conflictos: no es necesario recordar como terminó aquella primera experiencia del peronismo en el gobierno.

Un dilema padecido afrontó -muchos años y dictaduras y fracasos democráticos después- Néstor Kirchner, que eligió no subirse a la ola anti-política del "que se vayan todos" (clima de época del final del modelo de la Convertibilidad), y muy por el contrario decidió reivindicar el rol de la política y el del Estado, como el modo para salir de la crisis. Y los resultados electorales, políticos, económicos y sociales -así como las tensiones resultantes de esa decisión, continuada y profundizada por Cristina- los podemos ver aun hoy, aunque quieran que nos olvidemos de lo primero, y reduzcamos los segundos a los modos de la dos veces presidenta, cosa que -por supuesto- hoy con Milei dejó de ser un asunto de primer orden. 

Como pasó con Perón y su derrocamiento, proscripción y exilio, la estadía forzada de Cristina en San José 1111 y el torpe intento de poner fin a su carrera política a través del aparato judicial es consecuencia directa e inmediata de esa lectura que hizo el kirchnerismo del "clima de época". Lo que nos lleva a suponer que para muchos la muletilla -más que solo una muestra de pragmatismo- es un burdo intento de teorizar la claudicación política o el abandono de las banderas históricas del peronismo, pero conservando el usufructo de la franquicia.

En ambos procesos históricos -el peronismo original y su encarnación kirchnerista- se adoptaron decisiones que eran respuestas inmediatas a demandas urgentes de la sociedad de su tiempo (si nos atenemos a la expresión usual, se respondió al "clima de época"), pero también se hicieron cosas que nadie (o muy pocos) pedían, porque había que hacerlas; demostrando así que no todo en política es inmediatismo ni seguidismo compulsivo de las encuestas y los focus group: está la dimensión de lo ético y lo justo, que debe atenderse aunque no reditúe en lo inmediato beneficios electorales, así como la mirada estratégica de largo plazo, el diseño y construcción de un proyecto de país o los contornos y límites concretos pensados para el ejercicio democrático, más allá de los cambiantes humores sociales de un momento dado; por lo demás medidos usualmente de modos como mínimo cuestionables.

Con frecuencia prestamos tanta atención y dedicamos tanto tiempo a lo accesorio (como los modos de comunicación política o de producción de sentido) que, con todo y su importancia, nos llevan a olvidarnos de lo principal: las sociedades (todas), sin importar su estratificación particular en clases o como se perciban al respecto sus integrantes, son en esencia escenarios de múltiples conflictos de intereses en pugna por imponerse; el Estado (más allá de su tamaño y roles concretos) es siempre un territorio en disputa y la política es (aun por defecto) la representación de intereses y el arbitraje entre ellos.

De allí que cualquiera sea el "clima de época" imperante o lo que se entienda por tal cosa, el diseño de una propuesta opositora al régimen de vergüenza y saqueo que nos desgobierna no puede perder de vista estas premisas, más allá incluso de candidaturas, diseños electorales o estrategias de campaña. Para adaptaciones más o menos acríticas al "clima de época" el régimen se basta a sí mismo, y no nos necesita a nosotros.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

EL DEDO Y LA LUNA

 

Como si no hubiéramos visto demasiadas cosas antes de las elecciones, vinieron más después; como por ejemplo el presidente convocando a la Rosada a 20 gobernadores para tantear su apoyo a las reformas estructurales que piensa impulsar, comenzando por la laboral; para a los dos días de la juntada, rajar del gabinete a los funcionarios que presentó en la reunión como interlocutores privilegiados de su gobierno con los gobernadores. El pacto del 70 % del que hablaba Larreta revisitado, con expresa exclusión del kirchnerismo y todo sector del peronismo considerado no asimilable. 

Las exclusiones en un punto son lógicas (de allí que no se entienden algunas quejas por haber sido marginados del convite): si se piensa impulsar una reforma laboral que tiene como eje central el recorte brutal de los derechos a los trabajadores (actuales y futuros), hay que empezar por marginar de la discusión a lo que ha sido su tradicional canal de expresión política. Y al mismo tiempo, como el drama del proyecto neoliberal en la Argentina ha sido siempre conseguir estabilizarse y lograr consenso social extendido en el tiempo, también se trata de reconfigurar un peronismo a la medida del régimen, con la inestimable cooperación de algunos "compañeros".

Cosa que es todo menos novedosa, de allí que no deba sorprender que la referencia de Toto Caputo respecto a como debería reorganizarse el peronismo (depurándose del kirchnerismo) se parezca de modo escalofriante a lo que planteaba Videla en plena dictadura bajo el eufemismo de la "democratización" del movimiento fundado por Perón, y a lo que por estos mismos días dijo Sáenz, el gobernador de Salta; preocupado por sacarse de encima a Cristina, Máximo y la Cámpora, para acto seguido elogiar los cambios en el gabinete de Milei, y reprenderlo a Macri por sus críticas, como si fuera más libertario que el propio presidente.   

En el documento que sacó pocos días después de las elecciones, Cristina dejaba planteadas dos alertas: el riesgo de fragmentación del peronismo y el campo nacional y popular y los intentos de cooptación de sus dirigentes, y la renovación de la persecución judicial orquestada desde el poder económico contra aquellos dirigentes que no renunciaran a defender los intereses populares. Desde entonces (y apenas pasaron días, menos de una semana), los gobernadores de Tucumán y Catamarca dejaron entrever que apoyarán la reforma laboral que impulsa el gobierno, y le plantaron a Kicillof una denuncia penal por presunto vaciamiento del IOMA, la obra social de los estatales bonaerenses.
 
Mientras tanto, buena parte del peronismo sigue en la luna, y mirando el dedo, discutiendo cual debería ser el mecanismo para armar las listas cuando faltan dos años para la próxima elección nacional, no se sabe y ni siquiera se intuye si para entonces subsistirá el mecanismo de las PASO (que ya no se aplicó en las de éste año), o los candidatos deberán ser elegidos por los partidos, mediante internas tradicionales donde solo votan sus afiliados. Ni hablar que no sabemos que país (o sus despojos) quedará para entonces. 

Dicho esto porque hasta acá las críticas a Cristina son precisamente por esas cuestiones: como elige a los candidatos que conforman las listas, o cuan sectaria es ella, la Cámpora o Máximo. No se han escuchado -al menos hasta acá- que se planteen diferencias programáticas, o sobre el modelo que el peronismo propondrá al país. Cosas sobre las que (por otra parte) CFK viene pidiendo sentarse a discutir, en todos los tonos posibles y desde 2020 y en pleno gobierno del FDT; hasta ahora sin mayores resultados ni correspondencia, dentro y fuera del peronismo.

Se le cuestiona a Cristina el dedo que eligió a Scioli y Massa (cuando se perdió) y el dedo con Alberto, cuando se ganó; con lo cual lo primero que se podría decir es que si la crítica es esa, se pone en entredicho la del sectarismo: si algo tienen en común los tres, es que ninguno era de su círculo íntimo, ni de la Cámpora, ni nada parecido. Tampoco queda claro si la crítica apunta al elegido o al resultado, es decir como plantear que si hubiera elegido a otros en lugar de Scioli en 2015 o Massa en 2023 (cuando además Grabois planteó su candidatura en el marco de las PASO), los resultados de las elecciones hubieran sido distintos.

El gobierno de Alberto (el peor error de Cristina en toda su trayectoria política) y la fallida experiencia del FDT son un buen ejemplo de como no alcanza con discutir métodos de armado de las listas y selección de los candidatos, si se deja pendiente o se barre bajo la alfombra la necesaria discusión del proyecto de país que se les quiere proponer a los argentinos: la "unidad hasta que duela" que se construyó entonces salteándose ese paso terminó en que la unidad nos dolió más que nada a los que lo votamos, y a nuestra base electoral; y las consecuencias (Milei incluido) las estamos pagando hasta hoy, porque nos las factura la sociedad.
 
Lo que supone que el problema del peronismo y de las fuerzas del campo nacional y popular es bastante más complejo que una cuestión de dedos: para modernizaciones cosméticas ya tuvimos en los 80' la renovación peronista, que terminó en el menemismo y proveyéndole cuadros de gobierno como Grosso, Manzano o De La Sota. El propio Menem venía de allí, y no fue puesto por el dedo: accedió a la candidatura presidencial ganándole una interna a Cafiero, y luego fue dos veces elegido como presidente por los argentinos.

Y en los últimos 30 años (es decir desde que en 1995 Menem obtuvo su reelección, en nombre del PJ), el peronismo nunca pudo ganar una elección presidencial, salvo que el nombre de Cristina (que no podrá ser candidata a nada en 2027) estuviera en la fórmula; lo que marca que el problema no es de dedos o sectarismos (al menos no solo ni principalmente de eso), sino de volúmenes políticos. Como dice Cristina en su documento citando a Churchill, para comprender la política es necesario haber leído la historia, y en éste caso estamos hablando de la más o menos reciente, no es necesario remontarse al congreso de Tucumán; a menos que se quiera ir por el atajo fácil de echarle también a ella la culpa de que en 30 años no hayan surgido otros liderazgos en el peronismo, capaces de construir "electorabilidad" entre los argentinos. 

El peronismo pierde elecciones cuando en lugar de mirar para afuera (es decir, a la sociedad, empezando por los millones de argentinos que dejaron directamente de ir a votar porque descreen e la democracia) se la pasa mirando todo el tiempo para adentro, para la interna minúscula de dedos, candidatos y listas, y pasándose facturas. Ahora (como se dijo antes, con las próximas elecciones a dos años vista) las prioridades son otras: resistir la segunda etapa de reformas del régimen colonial que nos gobierna, y empezar a discutir un modelo alternativo para plantearles a los argentinos, para que nos vuelvan a elegir.

Cuando se salde esa discusión, se podrá hablar de candidaturas y métodos, y no al revés. De lo contrario -como se dijo en un momento, aunque en otro sentido- el candidato será el proyecto, como pasó con Scioli, Alberto y Massa; tres apuestas del peronismo (no solo de Cristina, aunque ahora algunos reversionen la historia) a la conciliación con un régimen que nos quiere presos, muertos o desaparecidos. Un modo -más que un dedo- de construcción política que solo pudo conducir (como condujo) a la derrota electoral dos veces, y a la de decepción en el gobierno que germinó nuevas derrotas, la restante.

Lo que no deja de sorprender es que en éste contexto (que comprende la actualidad y la historia reciente) muchos en el peronismo (coincidiendo en esto con la línea política del régimen y sus expresiones políticas, económicas y mediáticas) supongan que el problema es Cristina. Tuits relacionados:

viernes, 19 de septiembre de 2025

APOSTILLAS

 

miércoles, 18 de junio de 2025

GORILAS EN LA NIEBLA


Cuando se conoció que la Corte Suprema confirmaba la condena contra Cristina y su proscripción electoral y política, decíamos nosotros en ésta entrada: "El régimen (no ya el gobierno de la marioneta presidencial, que es solo su fachada) ha abierto una caja de Pandora al sacar del escenario electoral al principal elemento ordenador de la política nacional de los últimos 20 años, en un contexto de apatía política y anomia ciudadana, con una crisis económica cuyas manifestaciones sociales cualquiera puede comprobar a diario en carne propia, y a las puertas del estallido de otra burbuja financiera de endeudamiento y fuga de capitales.".

Y lo que vino pasando en los días posteriores nos dio la razón: nadie -ni en el oficialismo ni en la oposición- parece saber bien que va a pasar, o por donde decantará el proceso; que no es ni más ni menos que la reedición de lo que Cooke definiera como el empate hegemónico: ni el régimen pude terminar de estabilizarse consiguiendo legitimidad política, ni el campo popular alcanza la fuerza suficiente para desplazarlo, bastándole la que posee (y a veces) para resistirlo e impedirle avanzar.

Poco importa determinar con exactitud si todas las fracciones de la derecha (incluyendo la que formalmente gobierna) acordaron el momento de confirmar la condena de Cristina, pero lo que sí está claro es que subestimaron la reacción popular antes (viniendo como veníamos de un proceso persistente de apatía ciudadana traducida en el elevado ausentismo electoral), y ahora tampoco aciertan a predecir su profundidad y prolongación en el tiempo.

Allí hay que encontrar las causas de la paranoia y el miedo que se ha desatado entre los papagayos mediáticos del régimen, que hasta 10 minutos antes gastaban a cuenta -por enésima vez- de la extinción definitiva de Cristina y del kirchnerismo/peronismo, y ahora comprueban con preocupación que no hicieron más que despertar al gigante invertebrado; y después de atizar cotidianamente el odio, descubren que tienen que empezar a mirar por arriba del hombro, todo el tiempo. 

Mientras los opinólogos de toda laya nos venden un museo de novedades y llaman a ponerles nombres nuevos a cosas viejas, las dos tradiciones políticas que dominan la sociedad y la política argentinas desde hace 80 años (el peronismo y el antiperonismo) se muestran revividas y marcando el tono de época. Tanto que el gorilismo social le quiere marcar los tiempos al político y judicial, como cuando después del levantamiento de Valle pedían "Aramburu dales duro".

Tanto miedo tienen a la reacción popular que están pidiendo poco menos que una versión actual del Decreto 4161, para prohibirle a Cristina el balcón, que los saca de quicio y les saca la ficha de su gorilismo, por una razón muy sencilla: desde el de la Casa Rosada el 17 de octubre del 45' al de la Gaspar Campos después del primer retorno de Perón al país, el balcón es la escenografía visual por antonomasia de los fracasos de la Argentina gorila en sus intentos por erradicar definitivamente al peronismo de la escena nacional.  

Como pasó en aquel 17 de octubre y después de la caída de Perón en la resistencia peronista, hay en la reacción popular por la condena y proscripción de Cristina un mix de espontaneidad y organización, de respuesta emocional y de pura lógica racional instrumental de salir en defensa de quien los defendió dignificándolos, y protegió sus intereses. Y también como entonces hay dirigentes y estructuras (políticas, sociales, sindicales) que están a la altura de las circunstancias y otros que no, pero el proceso se les impone, forzosamente. 

También como en los tiempos posteriores al golpe fusilador y del "No me olvides" nacen y se multiplican formas de resistencia hormiga para recordar -una vez más y por si hiciera falta- que los pueblos no olvidan a quien no los traiciona, que no nos han vencido, que acá estamos, dispuestos a vencer, y que la lucha se debe dar en todos los frentes sin excluir ninguno, pero en especial poniendo el cuerpo en la calle, para que no nos puedan invisibilizar ni ignorar, ni (con perdón de la palabra), desaparecer. Y que como dijo Cristina, vamos a volver.

Por eso el gobierno -en tanto instrumento formal del poder real, hoy más que nunca- es el primer interesado en no perder el control de la calle y por eso despliega un operativo represivo en la madrugada en las inmediaciones de la casa de Cristina para desalojar a la militancia, aumenta por decretazo las facultades represivas de la Policía Federal para reprimir la protesta social e intentó por todos los medios evitar que la movilización multitudinaria para acompañar a Cristina a Comodoro Py se produjera; y cuando no lo logró implantó de hecho el estado de sitio requisando colectivos y militarizando las calles, para atenuar su impacto.

La condena contra Cristina cayó sobre una realidad, para modificarla, pero no en el sentido deseado por el poder real: gobernaban ellos a través de quien solo pudo ser el resultado del desencanto de buena parte de la sociedad con los resultados de la democracia, y esperaban consolidarse legitimándose por el vaciamiento de esa democracia, traducido en el elevado ausentismo electoral, en especial entre los sectores populares. 

La reacción popular contra la proscripción de Cristina es porque sacan de la oferta electoral a quien -en medio de ese oscuro panorama- mejor asumió el desafío central de la política, que es representar, por lo que la disputa que se abre a partir de entonces no es por la libertad de Cristina, por sus derechos políticos o por el derecho de parte del pueblo a votarla: es por el sentido último de la democracia y su intensidad medida en términos de reparación de injusticia y reducción de desigualdades. 

Y dentro de esa lucha general, va implícita la lucha por la dimensión de las libertades públicas amenazadas, el estado de derecho vulnerado groseramente y la recuperación del consenso democrático que hoy está indudablemente quebrado. Tuit relacionado:

viernes, 13 de junio de 2025

DEFENDER A CRISTINA ES DEFENDER EL SALARIO

 

En "Peronismo: filosofía política de una persistencia argentina" y analizando las miradas que sobre el peronismo se hicieron desde la izquierda, transcribe José Pablo Feinmann la opinión de Milcíades Peña cuando dijo: "El peronismo no modificó la estructura tradicional del país, es decir las relaciones de propiedad y la distribución del poder existentes. Sindicalización masiva e integral del proletariado fabril y de los trabajadores asalariados en general. Democratización de las relaciones obrero-patronales en los sitios de trabajo y en las relaciones ante el Estado. Treinta y tres por ciento de aumento de la participación de los asalariados en el ingreso nacional. A eso se redujo la "revolución peronista"." (las comillas son originales de Peña, y tienen un claro sentido despectivo).

Y agrega Feinmann por su parte: "¿Treinta y tres por ciento de aumento en la participación de los asalariados en el ingreso nacional? Milcíades, hoy, eso, sería más que el Palacio de Invierno." Decimos nosotros: visto el peronismo desde las clases dominantes, entonces también lo fue; tanto que haberlo hecho le valió a Perón varios intentos de golpe y magnicidio durante su mandato, el bombardeo de una ciudad abierta e indefensa provocando la muerte de civiles inocentes, su derrocamiento, exilio, proscripción y pérdida hasta de sus haberes como militar retirado, la penalización del uso de su nombre, la calumnia y la difamación, la persecución judicial, el robo, ultraje y ocultamiento del cadáver de Evita, y el impedimento para volver al país durante 17 años.

Para el pueblo argentino, la osadía del peronismo de poner en cuestión el reparto de la torta -y modificarlo- significó la cárcel, la persecución, los fusilamientos de junio del 56', la prohibición de votar a quien querían votar y, antes que nada, retroceder en aquello en lo que con Perón había avanzado: la redistribución del ingreso, entre otras cuestiones, pero esa es la central, porque es la que hace a lo que el propio Perón llamaba la víscera más sensible. Y no solo de los trabajadores, sino también de los empresarios.

Ni siquiera el segundo peronismo, el del retorno de Perón al país, caotizado por la interna, mereció paz del sistema: el golpe del 76' puso en marcha un plan de exterminio sistemático para que a nadie se le ocurriera en el futuro repetir la experiencia. Y también para moldear definitivamente una sociedad post peronista donde no exista memoria ni registro de su experiencia histórica. Es decir, el mismo plan de los "libertadores" del 55', el mismo que ensayó Macri y el mismo que hoy vehiculiza Milei, como simple marioneta de los dueños del país. 

Si alguno encuentra en lo relatado hasta acá semejanzas o pertinencia y aplicación a lo que le está pasando a Cristina, es porque la hay: haber conducido durante 12 años y medio de gobierno al punto más alto de participación de los trabajadores en la distribución del ingreso nacional, les valió a Néstor primero y a Cristina después la persecución mediática y judicial que ni siquiera se detuvo ante sus hijos, el ultraje de haber revisado sus casas hasta taladrando las paredes buscando bóvedas y fortunas ocultas, la privación de su jubilación de ex presidenta y un intento de asesinato en vivo por televisión, hasta culminar en vergonzosa condena confirmada esta semana por la Corte, que terminará con ella presa y posiblemente vejada mediáticamente, para solaz de la Argentina gorila, que tolera -y aplaude, y vota- corrupciones reales. 

Valga el relato histórico de ambos procesos - el del peronismo original y el de su fase kirchnerista- para poner en contexto las críticas a su naturaleza reformista (dicho esto con sentido despectivo, como lo decía Milcíades Peña), que no se puede siquiera discutir si se oculta el dato esencial: la naturaleza intrínsecamente criminal del poder económico en el país, o como decía Walsh, nuestra oligarquía temperamentalmente inclinada al asesinato.

La dicotomía o la antinomia peronismo-antiperonismo tiene ya 80 años de persistencia en el país, no tanto porque sea un intento de parte del peronismo de simplificar la explicación de los problemas del país y la causa de todas sus convulsiones políticas y sociales, sino porque -como decía Cooke- es la forma argentina en que se expresa la lucha de clases, aunque el peronismo no se haya definido nunca como clasista y aunque la divisoria a un lado y otro de la línea no se corresponda siempre con la ubicación de clase de cada uno, cualquiera sea el criterio que se adopte para definir y delimitar a éstas.

Si gobierna el peronismo y resulta fiel a su sentido histórico, la participación de los trabajadores en la renta crece, y cuando gobiernan el antiperonismo (cualquiera sea el sello de ocasión que adopten), decrece. Y esos son datos constatables, no una simple opinión. Por eso Menem fue el único peronista que les gustó a los gorilas, tanto que lo votaron.

Datos tan constatables que hay que buscar allí el origen de todas nuestras convulsiones políticas, y los límites concretos que el poder real de la Argentina ha definido hace tiempo para nuestra democracia post dictadura. En todo caso lo que hizo la experiencia peronista reciente en su fase kirchnerista fue recordárnoslo, al retomar la senda histórica del primer peronismo. Cuando el peronismo es más fiel a sí mismo (como pasó con Néstor y Cristina), más enfurece a la Argentina gorila. 

Para el poder real, la democracia es un juguete con el que nos permiten distraernos, siempre que respetemos el manual de instrucciones para su uso: hay cosas (como el bolsillo) con las que no se jode; o dicho de otro modo: la democracia (como el peronismo) es esa fiesta que se tenía que terminar porque era insostenible, de la que tanto nos hablaron.

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