LA FRASE

"EL QUE NO QUIERA QUE LO DEPORTEN, QUE SE VAYA A VIVIR A NORUEGA." (FERNANDO NIEMBRO)

jueves, 2 de abril de 2015

MALVINAS, HOY Y ACÁ, TODOS LOS DÍAS


Para una semblanza de lo que ha significado históricamente la causa Malvinas para los argentinos, y para tener en claro la verdadera naturaleza del conflicto que sostenemos con el imperio británico, esta excelente columna de Jorge Taiana en La Nación de hoy nos ahorra bastante el trabajo; por su claridad y precisión, política y conceptual.

Pero más allá de la dimensión histórica del conflicto y su proyección actual (con una nueva escalada bélica del imperialismo inglés, para resolver sus propìos problemas internos) Malvinas tiene para los argentinos múltiples rostros, y ha atravesado diferentes etapas en nuestra transición democrática.

Primero que nada los rostros de los soldados, los que fueron y están entre nosotros y los que no volvieron pero viven en el recuerdo y el agradecimiento que se ganaron; y en los derechos que conquistaron (aspecto en el cual ésta ha sido también -sin dudas- una década ganada), y por los que aun siguen peleando.

Soldados que fueron víctimas del clima de desmalvinización de nuestra restauración democrática, donde el recuerdo del conflicto quiso borrarse de la memoria colectiva, quizás porque -comprensiblemente- se lo ligaba a la dictadura y sus crímenes, en una atmófera marcadamente anti-militarista.

Luego vino en los 90' una desmalvinización planificada, acorde con un país que pareció asumir plenamente (incluso con aceptación popular) su condición colonial, a cambio del "privilegio de pertenecer" al primer mundo: es lógico que un país tal no sienta como pérdida la amputación de parte de su territorio, a manos del invasor imperial.

Afortunadamente andando los años de democracia pudimos comprender -al menos la gran mayoría de los argentinos- que los ex combatientes habían sido tan victimas de la dictadura como los desaparecidos; una verdad de puño que sólo se empeña en ignorar una justicia ciega, que ensancha a diario con sus fallos el abismo que la separa del pueblo llano.

Pese a todos los intentos de desmalvinización, la inmensa mayoría de los argentinos comprendimos que lo que late en el corazón de la causa Malvinas (una de las pocas cosas que nos unía, más allá de banderías políticas o clases sociales) sigue estando allí, tan perdurable como lo es la presencia inglesa en nuestras islas. 

Y no es casual que la sociedad se haya "remalvinizado" en estos años, rodeando cada vez más de afecto y calor popular al recuerdo y el homenaje a quienes combatieron en las islas, y teniendo cada vez más claro que significa Malvinas; y cuantas Malvinas tenemos al alcance de la mano, todos los días.

Como lo apunta bien Taiana, en la lucha por la defensa de nuestros recursos naturales, tanto como en el afán por afianzar nuestra autoestima como país o gestar las bases para construir un Estado más sólido capaz de integrar hacia adentro, mientras reclama hacia afuera por los derechos que nos corresponden.

Porque también hay Malvinas en la necesidad (y en la decisión) de "recuperar" territorios abandonados a su suerte en los años en los que imperaba "la mano invisible del mercado", y se habían decretado inviables zonas enteras de la Argentina: cada vez que se tienden rutas, líneas de alta tensión o gasoductos, o se construyen escuelas, hospitales, viviendas o cloacas, estamos ganando en soberanía tanto como si las islas hubieran vuelto efectivamente a nuestro territorio. 

Del mismo modo que la aventura bélica de la dictadura estaba destinada al fracaso, no tanto por cuestiones estratégicas o específicamente militares, como por el marco político en el que fue concebida (como el manotazo de ahogado de un régimen en retirada, que buscaba perpetuarse en el poder usurpado); hoy vuelve a abrazar con entusiasmo la causa Malvinas un pueblo más cohesionado socialmente, que recuperó derechos perdidos en el menemato desmalvinizador, y disfruta de una democracia más amplia e inclusiva; cuyos límites se han ido extendiendo en forma constante todos estos años, comprendiendo a cada vez más argentinos dentro de sus alcances.

Y una juventud que piensa, se expresa en el espacio público y se vuelca a la participación y el compromiso político tiende un puente de afecto con aquéllos que eran jóvenes hace 33 años, y se vieron lanzados al horror de la guerra cuando sus preocupaciones inmediatas estaban seguramente puestas en otras cosas.

Claro que los ingleses -en el afán de retener para sí el fruto de su rapiña histórica- prefieren ignorarlo, y seguir tratando a la Argentina como si aun gobernara Galtieri, favorecidos -por cierto- por muchos argentinos que califican a este gobierno como una dictadura; en una banalización del mal rayana en la estupidez.

Del mismo modo que para plantarnos firmes en nuestro reclamo por Malvinas, tenemos que levantar el ancla que representa una cipayería disfrazada de intelectualidad (de gran influencia en los años de la desmalvinización alfonsinista); que nos propone "comprender la mirada del otro" (en éste caso los kélpers y su absurdo reclamo de autodeterminación); y que en realidad no objeta la decisión de la dictadura de intentar recuperar las islas por la fuerza, sino lisa y llanamente continuar reclamando por nuestra soberanía; un concepto que les parece pasado de moda, o propio de los regímenes autoritarios.

La disputa por la apropiación de sentido de Malvinas (para hacerla una causa de todos los argentinos, con múltiples proyecciones hacia el interior de nuestra construcción democrática) supone un ejercicio de praxis política imprescindible para alcanzar cualquier objetivo de grandeza que nos propongamos como pueblo.

Y es una disputa que hay que dar a diario, más allá del resultado diplomático del conflicto, y de cuanto tarden las islas irredentas en ser efectivamente reintegradas a nuestra soberanía.


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