El comunicado habla de la proyección internacional de la imagen argentina que genera el fútbol, pero valga para las implicancias que tiene para adentro -como uno de nuestros hechos culturales más relevantes- en la definición de nuestra identidad nacional, como se ve sobre todo en los munidales, y éste no fue la excepción. Nunca entre nosotros -menos en un mundial, menos cuando están nuestros colores en la disputa- un partido de fútbol es solamente eso: un partido de fútbol.
Por el fútbol y desde él y lo que genera pudimos ver la fuerza poderosa que genera la aifrmación de la autoestima nacional en tiempos de pensamiento colonial y -como dría Jauretche- zonceras autodenigratorias. El fútbol y esta selección nos mostraron también (en un espejo de dimensiones planetarias) de lo que somos capaces los argentinos, nuestra capacidad para superar adversidades y no rendirnos frente a ellas, el valor de lo colectivo y lo solidario frente a un tiempo cultural de exaltación de lo individual, dentro y fuera de la cancha.
Tambien nos mostró el profundo despiste del gobierno frente a todo lo popular, aquello surgido espontáneamente de la sociedad sin intervención de los algoritmos ni los dispositivos de construcción de sentido social prefabricado. Como había pasado hace poco -en otro contexto y con otro sentido- con la despedida del "Indio" Solari.
Ni que decir de la politización explícita del planeta selección con su afirmación de la causa Malvinas, frente al incomprensible y absurdo intento del gobierno de tapar el cielo con las manos, para no arruinarle a Milei su foto con Mick Jagger.
Claro que es difícil -como ha pasado antes en circunstancias similares- precisar los límites y los alcances posibles de las implicancias posibles a futuro del fenómeno que despierta el fútbol en nuestro país, en especial con la selección y en los mundiales. Y no hablamos exclusivamente de quien ha de capitalizarlo en términos políticos -algo que nuestra historia nos ha demostrado que nunca sucede, no al menos en forma lineal. Tan absurdo que hasta el gobierno de Trump les soltó la mano en la estacada.
Las proyecciones políticas y sociales a futuro del espíritu mundialista todavía están por escribirse: si la circunstancia deportiva de enfrentarnos a los ingleses en la semifinal trazó por sí misma la línea que llevaba a relacionar la disputa futbolística con Malvinas, y eso incidió -sin dudas- en el contexto social bajo el cual el Congreso se disponía a discutir la ley de extranjerización de las tierras rurales, todas las implicancias posibles derivadas de los elementos de sentido que estaban latentes y el mundial no hizo sino despertar son materia necesaria (indispensable) de la praxis política: allí todo está por escribirse, y debe hacerse si se quiere construir una propuesta superadora (no solo en términos electorales) de la vergüenza que padecemos.
Así como los valores que puso en juego y a flor de piel el derrotero de la selección en el Mundial proyectaron mundialmente la causa Malvinas y lograron postergar -al menos por unas semanas- la ley de tierras, hay que encontrar el modo de conectarlos con la defensa de la industria nacional, el programa nuclear, el desarrollo científico y tecnológico, los recursos naturales estratégicos, los salarios y derechos laborales y el derecho de las mayorías populares a una vida digna.
La construcción y la afirmación de la identidad (y vaya si el fútbol tiene cosas para enseñarnos en ese aspecto) es también la construcción de la soberanía y nuestra capacidad de autodeterminación, en todos los planos; y una gran oportunidad para una praxis política que no quede anclada en la queja y la denuncia. Imaginemos por un momento cual sería la reacción si -con base en que perdimos la final con España- alguien propusiera reemplazar a Scaloni en su cargo por un DT extranjero; y pensemos como han reaccionado frente a eso los uruguayos, los brasileños e incluso los mismos ingleses a los que nosotros dejamos afuera del partido decisivo.
¿No veríamos acaso en eso una ofensa inadmisible a nuestra identidad futbolística, nuestro modo de entender el juego y hasta la trasncendencia social y cultural que tiene el fútbol para los argentinos? Y si eso es así, ¿Por qué seguiríamos tolerando para el país lo que no admitiríamos para la selección de fútbol?

No hay comentarios:
Publicar un comentario