Hemos dicho muchas veces que en toda su historia el peronismo ha sido siempre un territorio en disputa, la última de ellas acá. Una disputa que no se termina de saldar porque hay debates postergados, lo que no implica que no haya definiciones: sus últimas tres últimas candidaturas presidenciales fueron ofertas de paz al régimen (más allá de la paternidad de cada una: el conjunto de la dirigencia autopercibida como peronista las acompañó, con disidencias marginales), con armado políticos y electorales amplios, en los que los sectores menos dinámicos y más componedores terminaron ganando posiciones, y definiendo rumbos cuando al PJ le tocó gobernar.
En ese contexto, la actitud del conjunto del peronismo frente a la situación personal y política de Cristina dice bastante sobre su predisposición a aceptar las condiciones de la disputa política en el país impuestas por ese régimen, o cuestionarlas; disyuntiva que se traslada al programa de gobierno, y a los límites de toda construcción política alternativa al régimen imperante. De allí que la discusión sobre el rol y el lugar que ocupe Cristina en el futuro (en las condiciones objetivas impuestas por el aparato de persecución sobre su figura) exceden con creces la cuestión del liderazgo, que por supuesto en el peronismo tiene siempre una relevancia trascendental: pasó con el propio Perón -en otro contexto, claro- y se repite hoy con CFK.
Supone también discutir el lugar de la experiencia kirchnerista en el devenir histórico del peronismo, básicamente si es algo que merece reivindicarse para rescatar sus logros y profundizarlos al tiempo que se encaran las tareas que dejó pendientes; o si se intenta dejarlo atrás, como un pecado de adolescencia que un peronismo pensado como garante del orden no debe volver a cometer. De más está decir que la respuesta al interrogante determina el programa y la estrategia política, y por carácter transitivo, el futuro del peronismo y su rol en el futuro del país
Si dos veces en una década hubo sectores del peronismo dispuesto a donar gobernabilidad a las derechas gobernantes y apostaron a "acompañar el clima de época" sin importar la profundidad de los virajes, es indicativo de algo más que simple oportunismo pragmático, para conservar posiciones conquistadas. Significa que hay diferencias ideológicas, cada vez más difíciles de ocultar bajo generalidades como "mantener lo bueno y corregir lo malo": esas ambigüedades deliberadas dejémoslas para el macrismo, y como solía decir Perón, no nos estemos echando la suerte entre gitanos.
Y las conversiones pragmáticas de pragmáticas de ocasión de los buscapinas como Pichetto o los que se le arrimaron a Kicillof porque lo ven presidenciable -que van y vienen de los dos lados de la grieta, pero siempre proponiendo superarla- solo dilatan el problema, en lugar de resolverlo: pasó con el FDT y puede volver a pasar, si se repiten los métodos y las estrategias. Néstor decía unidad si, pero no para bajar banderas; y la última unidad hasta que duela nos dolió más a nosotros que a ellos.
El peronismo en su conjunto tiene que metabolizar la experiencia kirchnerista y decidir, como dijimos, que lugar le dará, que no puede ser negarla como si nunca hubiera existido, o darla simplemente por superada, sin más trámite, como si mágicamente hubieran desaparecido las circunstancias históricas que le dieron origen: esa sería repetir la lectura -y el error- que el gorilismo ha hecho históricamente del peronismo, y repite hoy.
Vistas las cosas con la perspectiva del tiempo, queda claro que (como sucede en toda coalición policlasista como las que históricamente encarnó el peronismo) hubo muchos que estuvieron en el kirchnerismo a disgusto, aun desempeñando roles estelares: a algunos les molestaban o preocupaban determinados aspectos (como la política de derechos humanos), y a otros, otros, como las disputas con Clarín, los sectores del campo privilegiado o las relaciones en general con el establishment económico.
Pero ocurre que esos temas son los que constituyeron la identidad del kirchnerismo y el liderazgo social de Cristina vigente aun hoy, desde el poder y el despliegue de políticas públicas concretas (como el primer peronismo), pero también en el conflicto (como el peronismo de la resistencia post 55'): el kirchnerismo fue (es) la experiencia histórica de peronismo que les tocó vivir a muchos argentinos, como lo fue en su hora el menemismo (muchos atravesaron ambas), y eso impactó en como definieron su relación con la tradición política que representa el movimiento creado por Perón.
Estas son cuestiones que parecen omitir los que -por toda solución, o estrategia principal- proponen depurar al peronismo de progres, pero no tienen problemas en tender puentes con los herederos de la UCD, o reivindican a Menem porque fue peronista; y después se sorprenden de la persistencia del kirchnerismo -al que tantas veces dieron por terminado-, o de su propia irrelevancia, que los obliga a ir a tocarle el timbre a Cristina, una y otra vez.
Hay ahí una disputa -sin resolver- no con la historia, sino con el sentido último del peronismo. Y alguna vez habrá que saldarla.

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