LA FRASE

"LO QUE PASÓ LOS OTROS DÍAS EN LA PUERTA DE MI CASA FUE UN INTENTO DE ROBO, NADA QUE VER CON SAQUEOS Y ESAS COSAS." (EDUARDO DUHALDE)

domingo, 7 de noviembre de 2021

TWEETS POLÉMICOS

 

sábado, 6 de noviembre de 2021

¿EN QUÉ QUEDAMOS?

 

De un tiempo a ésta parte (diríamos que después de las PASO) hay un giro en el discurso oficial sobre el acuerdo con el FMI: ya no habla tanto del tema (casi nada) Guzmán y el que habla al respecto es Alberto, y "endureció" el discurso señalando que no está dispuesto a firmar cualquier acuerdo, aceptando cualquier cosa; o que está "peleando con el Fondo" y cosas similares, mientras Macri se rasca el higo. La última vez -como lo marca el tuit de apertura- fue en respuesta a la crítica de Macri por la demora en cerrarlo.

Podría pensarse que éste giro discursivo responde a la propia interna del oficialismo, y que los dichos del presidente (y el silencio de Guzmán) son una respuesta a las críticas que surgieron desde el kirchnerismo, por ejemplo en los encuentros de la Cámpora, o en algunas manifestaciones de Cristina. Hasta ahí, no habría demasiado que objetar.

Sin embargo, la cosa es un poco más compleja: si firmar un acuerdo con el Fondo en 5 minutos (como hizo Macri) significaría lo que Alberto dice, eso quiere decir que el Fondo ya no es el "bueno" y comprensivo que nos quisieron vender estos dos años, a partir de las largas tratativas de Guzmán con Giorgieva, sino que es el mismo de siempre, dispuesto a cobrar su libra de carne (léase ajuste y "reformas estructurales") a cambio de la refinanciación de la deuda. No hay -tampoco en esto- demasiados misterios al respecto.

Ni tampoco demasiadas sorpresas: hemos dicho acá muchas veces que el FMI se debe a sus mandantes, más incluso que a los límites de su propia carta orgánica, como lo comprueban las condiciones en las que le prestó 57.000 palos verdes a Macri, para financiar su reelección. Sin embargo, no solo de retórica vive el hombre, y reclama hechos: de nada sirve que el presidente le de un tono épico al discurso, si seguimos sin saber, en concreto, cuáles son las condicionalidades y exigencias del Fondo que, al día de hoy, impiden el acuerdo, y que -en teoría- el gobierno no estaría dispuesto a aceptar. 

Porque lo que hasta acá se vio es que lo que el gobierno sí hizo (por mano de Guzmán, el interlocutor de Giorgieva, y con el apoyo del presidente) es un ajuste del gasto público que es lo que siempre pide el FMI en sus planes de estabilización, y no lo decimos nosotros: lo dijo Cristina en público, más de una vez. Y fue una de las principales -si no la principal- causa de la derrota en las PASO, y desde allí para acá, no hubo cambios sustantivos en la materia, que permitan ser optimistas para las generales.

Quizás -más bien seguro- ahora esté en danza una nueva devaluación que pulverice salarios y transfiera ingresos a los exportadores, haciendo converger el dólar oficial con los "alternativos", sin que nadie acierte a explicar como en esas condiciones la deuda -que ya es impagable- sería sustentable, como prometió Guzmán y votó el Congreso por ley.

Si el gobierno está resistiendo la imposición de esas condiciones, es una decisión correcta, y hasta podría haberse convertido en un eje de campaña para entusiasmar a la militancia, a falta de cosas más concretas con las que entusiasmarla. Claro que eso exigiría dejar de hablar a media lengua, y poner sobre la mesa las exigencias concretas del chantaje para que las conozcamos todos, aunque bien podemos suponerlas porque tampoco es que tengan tanta inventiva para proponer recetas estos muchachos.

Pero si el gobierno solo las está posponiendo para después de las elecciones y pensara rendirse a ellas ante la evidencia de los resultados o aprovecharlos para imponerlas, la situación podría tornarse explosiva e incontrolable, en términos políticos y sociales. Y estas idas y vueltas discursivas deben analizarse en conjunto con otros datos de la realidad, algunos incluso anteriores a la pandemia, y otros que se proyectan al futuro.

Por ejemplo el hecho de que éste gobierno -que asumió sabiendo la pesada carga de la deuda en general, y con el FMI en particular- no planteó ya desde el vamos y antes de la pandemia, ninguna política concreta para honrar la promesa de campaña que respondía a la pregunta que aun hoy sigue haciendo Cristina, cada vez que puede: quienes y como van a pagar las deudas contraídas por el macrismo, incluyendo la del FMI.

Antes de la pandemia, la ley de emergencia votada al principio de la gestión de Alberto incluso con el apoyo culposo de lo que por entonces era "Cambiemos", no contemplaba ninguna medida al respecto; tanto es así que -por ejemplo- el llamado impuesto a las grandes fortunas vino después, como una iniciativa de Heller y Máximo Kirchner en el Congreso, que el presidente y Guzmán (por entonces ocupado en cerrar rápido los acuerdos con los acreedores privados y el FMI) terminaron aceptando casi resignados, que además tuvo carácter "extraordinario", y ni siquiera se terminó de recaudar -hoy, en plena pandemia y con la deuda como espada de Damocles- en su totalidad. Datos, no opinión.

Y hablando de datos volvamos a otros, del presente post PASO y con las generales encima: Massa habla todo el tiempo de convocar a la oposición después de las elecciones para alcanzar acuerdos, y en espejo Larreta dice que es muy difícil alcanzar algún tipo de acuerdo con el kirchnerismo y con Cristina, pero deben intentarse acuerdos que involucren al 70 % de la sociedad: o sea, que dejen afuera al kirchnerismo. Más claro, agua.  

Esa línea (política y económica) supone -más allá de lo que diga el presidente, y aun creyendo en su palabra- arreglar como el Fondo a como de lugar, aceptando cualquier exigencia y ampliando el volumen político del ajuste, para resistir el descontento social que generaría. Aunque no sea de buen tono, a una semana de las elecciones, expresarlo en esas palabras. 

Pues bien, cuando perdimos las PASO fue, en buena medida, por haber seguido esa hoja de ruta; aunque desde el "albertismo" o como se quiera llamar al círculo áulico del presidente ya estén preparando la factura para pasarle al kirchnerismo, por una nueva derrota en las generales del 14, para luego dedicarse a lo que quieren hacer desde el comienzo mismo del gobierno: convertirlo a Alberto en el Duhalde de Massa, que le haga el trabajo sucio del ajuste para prepararle el camino hacia el 2023, creando un escenario que en definitivas terminaría aprovechando Larreta; cosa que por otro lado -si juzgamos por los hechos- pareciera no quitarles demasiado el sueño. 

Eso sí: sin dejar de lado la nostalgia selectiva para seguir echándole la culpa a Cristina, la Cámpora y el kirchnerismo por la derrota de Scioli en el 2015 por -supuestamente- "haber ido a menos", pero olvidando lo que ellos hicieron entonces, y sobre todo, después, como la "oposición responsable" al macrismo, y la aventura randazzista. Tuits relacionados: 

TWEETS POLÉMICOS

 

viernes, 5 de noviembre de 2021

LA MAFIA SANTAFESINA BORRANDO PRUEBAS

 

Más cantado que Despacito o la marcha peronista, el pacto político-judicial (y mediático, como no) que gobernó Santa Fe los 12 años previos a la llegada de Perotti a la Casa Gris se llevó puesto a Marcelo Saín de su cargo como Director en el Órgano de Investigaciones del MPA, como cinco años antes se había llevado puesto a Gabriel Ganón del cargo de Defensor General, y por las mismas razones: meterse con cosas con las que esa verdadera mafia -que opera con todos los códigos de tal- decidió hace tiempo que no hay que meterse.

Saín dejó de ser ministro de Seguridad de la provincia hace más de siete meses, por lo que si el motivo fuese el fracaso en su gestión, ya estaba resuelto el problema con su salida, lo que por supuesto no supuso mejorar mágicamente los niveles de inseguridad, ni mucho menos. Tampoco lo echaron porque sus ideas sobre como mejorar la seguridad en Santa Fe fueran equivocadas, o su diagnóstico del problema estuviera errado: las leyes que pergeñó y Perotti respaldó enviándolas a la Legislatura están fondeadas en los cajones hace un año, sin siquiera haber sido tratadas en comisión, aunque fuera para rechazarlas por inadecuadas, o inservibles.

Y pensar que podemos darle entidad al argumento de sus definiciones políticas o partidarias que afectarían su independencia como funcionario juridicial es tomarnos el pelo a todos los santafesinos: en 12 años de funcionamiento del sistema acusatorio, si el MPA se ha caracterizado por algo no ha sido precisamente la eficacia en la investigación de los delitos, sino por ser una cueva de ex funcionarios radicales y socialistas de los gobiernos del Frente Progresista, que saltaron sin escalas y sin vergüenza del cargo político, a la función judicial. 

Además, como cuentan acá en Santa Fe Plus, quien deberá sucederlo en el cargo tiene un largo registro de comentarios en las redes sociales contra Perotti, Cristina, el kirchnerismo o la Cámpora, que por supuesto nunca les preocuparon; aunque inventaron un conjunto de leyes para que las sanciones a los funcionarios del MPA las aplique la Legislatura. El problema para estos mafiosos no es entonces que un funcionario judicial tenga opiniones políticas, sino que esas opiniones no coincidan con las de ellos o, peor aún, los señale con el dedo y les cuente las costillas.

Lo real y concreto es que radicales (todos, hasta los presuntamente "progres" como Palo Oliver), socialistas, PRO, "celestes" y traferristas lo echaron a Saín porque tenía razón en lo que denunció: el crimen organizado (narcotráfico, lavado de dinero, juego clandestino, trata de personas) no pudo avanzar en todos estos años en la provincia sin complicidades en las estructuras institucionales del Estado como la justicia, la policía y los poderes Ejecutivo y Legislativo. Exactamente lo mismo que denunció en su momento Gabriel Ganón, y que también le costara el cargo en los gobiernos del socialismo, por mano de los mismos verdugos de Saín: causalidades, más que casualidades.

Ninguno de los dos fue desmentido con pruebas, y lejos de eso, confirmaron sus denuncias, rajándolos de sus cargos y dejando todo como estaba cuando ellos denunciaron lo que denunciaron. Los mismos tipos que, cuando estalló el escándalo Tognoli, se indignaron porque el "Cuervo" Larroque habló de "narcosocialismo". 

Pero no son solo ellos: hay muchos culos sucios en la política santafesina, demasiados y con tanta mugre como poder; y el sistema de persecución judicial de los delitos que significó pasar de la vieja justicia de instrucción al sistema acusatorio nació podrido desde el principio, y nada se puede esperar de él, salvo el reparto de canonjías, y el prolijo borrado de toda prueba o línea de investigación que pueda comprometer a los que manejan, sobre sus propios delitos: cuando alguien rompe el cristal protector (como han hecho los fiscales que quieren indagar a Traferri), estos tenebrosos personajes quedan expuestos en su miseria, con esos culos sucios al sol, y convirtiendo a la Legislatura en un aguantadero, y el recinto que pretende darle un manto de institucionalidad, a lo que son simples aprietes mafiosos para que nadie se meta con ellos.

Cualquier parecido de la podredumbre institucional que inunda a la Legislatura y la justicia santafesinas con la mesa judicial del macrismo o Comodoro Py, no es pura casualidad: es un sistema pensado no para impartir justicia, sino para garantizarle impunidad al poder, y no solo político: no hay delito organizado en gran escala, sin complicidades en el poder económico, los bancos, las financieras, los fondos de inversión o las "fundaciones" sospechosas.

La enseñanza que debe dejar el episodio Saín (que trasciende largamente a su persona y su actuación como funcionario, cualquiera sea la opinión que se tenga al respecto) es que con la mafia (sí: una mafia que aprieta, amordaza, destierra, persigue, compra voluntades en la prensa y en los juzgados) no se discute ni de política, ni mucho menos de instituciones, ni se hacen alianzas. No les da la talla, están para otra cosa: ir presos, por ejemplo, si estuviéramos en un país y una provincia normales.     

TWEETS POLÉMICOS

 

jueves, 4 de noviembre de 2021

LA NEGACIÓN DEL KIRCHNERISMO

 

Cuando dentro de dos años los argentinos elijamos presidente se cumplirán 20 años de kirchnerismo, y todo indica que exactamente los mismos años de su negación, dentro y fuera del peronismo. Fuera del peronismo no sorprende: al igual que pasó en su hora con él, la Argentina gorila persiste en la idea de negarle entidad política, y remitirlo a los territorios de los tribunales, la justicia y el delito: no entienden ni tratan al kirchnerismo como un adversario político a vencer, sino como una asociación ilícita a encarcelar, con o sin causas o pruebas.

Pero al interior del peronismo hay también "negacionismo" de la experiencia kirchnerista, desde su mismo origen: se trataría -en ésta interpretación- de un cuerpo extraño al gen peronista (del cual algunos serían los legatarios o portadores), surgido en un contexto excepcional como la crisis producida por la implosión de la convertibilidad, y que apenas pasaran esas circunstancias de excepción, debería desaparecer, retornando todo a la normalidad del "peronismo republicano con mayor respeto social", como lo definiera el escriba de la dictadura Morales Solá.

Que el kirchnerismo no solo subsista como expresión política, sino que sea además la expresión mayoritaria al interior del peronismo (recalcamos: al interior, no al costado o aparte) a casi dos décadas de su aparición, es un hecho de magnitud tal, que debería llevar a algunos a reflexionar sobre la validez de sus hipótesis política. Lejos de eso, persisten en el error de negarlo, y en el intento de superarlo dejándolo atrás; sin por supuesto hacer lo que se requeriría a esos fines: superarlo cuantitativamente, representando ellos a los sectores e intereses sociales que hoy se sienten representados y expresados por el kirchnerismo: cualquier parecido con la actitud del gorilismo luego de 1955, no es pura casualidad.

No es casual que todos los intentos de construir, desde el peronismo, el post kirchnerismo, no sean para mejorarlo, en un sendero de transformaciones estructurales pendientes, para encararlas y profundizarlas. Por el contrario, a poco que se las analice se verá que tienen más puntos de contacto con el programa de la derecha argentina, que con el del peronismo, visto éste desde la óptica de sus mejores tradiciones históricas.

El famoso "segundo tomo" que debía escribirse luego del 54 % de Cristina en el 2011 del que hablaba entonces el Movimiento Evita fue una simple consigna, mentirosa además: naufragó en la concupiscencia con el macrismo de la mano de Carolina Stanley con la excusa de "sostener la asistencia a los sectores más vulnerables", y en la obsecuencia actual con los círculos cercanos al presidente, para sostener la administración política de la pobreza. No hay que esperar por allí revoluciones pendientes, ni asaltos al Palacio de Invierno, ni nada que se le parezca.

Que decir de la "columna vertebral del movimiento", cuyos dirigentes que conducen la estructura gremial emblemática del peronismo (la CGT) también entonces (es decir, en tiempos del macrismo, como lo habían hecho antes con el menemismo) siempre están dispuestos a poner su parte para clausurar el ciclo de la Argentina peronista entregando a los trabajadores y sus derechos, por los 30 denarios de los fondos para sostener las obras sociales que heredaron del onganiato.

Cuando Larreta habla del "pacto del 70 % de la sociedad" posterior a las elecciones, sabe de lo que habla: de una Argentina con el kirchnerismo reducido a una minoría intensa, sin capacidad de acceder al poder, ni incidir en las decisiones, un país estabilizado por acuerdos a ambos lados de la grieta, entre los que se sienten incómodos con ella, porque en realidad se perciben -al menos en el nivel dirigencial- del mismo lado.

Una Argentina y un peronismo sin kirchnerismo -y sin Cristina- no serán mejores, desde la óptica de las grandes mayorías populares, sino peores: con pérdida de derechos laborales, salario, consumo, posibilidades de movilidad social ascendente. No avanzará sobre los núcleos del poder concentrado reduciendo privilegios, para ampliar derechos. No buscará reducir la pobreza, ni mejorar la distribución del ingreso, sino en el mejor de los casos, sostener el status quo de la injusticia actual.

Y en tanto eso sea así, sucederá lo mismo que pasó con el peronismo original, entre 1955 y 1973: un país permanentemente inestable porque es estructuralmente injusto, cuyo sistema político insiste -contra toda evidencia- en negar la realidad, como si no existiera; y pretender que esos niveles de injusticia sean tolerados, con la brumosa promesa de que en algún momento, lejano e indefinido en el horizonte, las cosas -como por arte de magia, sin conflictos, sin afectar intereses, sin recortar privilegios- van a mejorar. 

miércoles, 3 de noviembre de 2021

TWEETS POLÉMICOS