LA FRASE

"HICIMOS MÁS DE 16.000 REFORMAS Y SERÍAN 16.002 SI LOS KUKAS Y ZURDOS TERRORISTAS NO NOS HUBIERAN CAGADO LA LEY DE TIERRAS Y LA DEL MANEJO DEL FUEGO." (JAVIER MILEI)

sábado, 4 de diciembre de 2021

"PUJA DISTRIBUTIVA"

 

Dicen que con la nueva fórmula de ajuste de los haberes los jubilados le ganarán este año a la inflación. Dicen, ojalá sea cierto, ver para creer. De cualquier modo, un bono extra, para fin de año y las fiestas, no les hubiera venido mal.

Máxime en un gobierno del peronismo, y considerando lo que perdieron en poder adquisitivo el año pasado y los años del gobierno de Macri, sobre todo después de aquella reforma previsional impuesta previa militarización del Congreso. Ni que hablar de la necesidad de complementar los ingresos de los beneficiarios de los planes sociales.

Pero no, no habrá nada de eso según anunció la vocera del gobierno: "no entra dentro de las posibilidades" y -sobre todo- no existe la voluntad política de crear esa posibilidad, dando esos bonos. La diferencia para el bolsillo de los posibles beneficiarios puede no ser sustancial pero es mejor recibirlos que no, y para el gobierno representaría un desembolso adicional, en una economía que -dicen- está creciendo al 10 % anual y con la recaudación -dicen- creciendo 5 o 6 puntos porcentuales reales, por encima de la inflación.

O sea que el problema no es de recursos, sino de falta de voluntad política: digámoslo de una vez, el gobierno asume que tomar esa medida sería mal visto por el FMI, cuando todo indica que está a punto de cerrarse el acuerdo para renegociar el pago del préstamo que le dieron a Macri. Esa es la pura verdad, aunque le complique las chances dialécticas a Cerrutti de explicar lo inexplicable.

Desde la heterodoxia económica se habla mucho de "puja distributiva", como uno de los factores que explican nuestra historia de altas inflaciones: en la Argentina la inflación sería difícil de bajar porque aquí está exacerbada la puja distributiva, por diferentes razones. Los empresarios tratan de captar la mayor parte posible de la renta nacional (como en todos lados), y un sindicalismo organizado y extendido trata de defender la parte que les toca a sus defendidos, los trabajadores, en ese reparto.

Eso, claro está, en teoría: hace pocos días la cúpula de la CGT se reunió con el ministro de Economía para conocer de su boca los detalles del posible acuerdo con el FMI, y pedirle que no implique un ajuste que recaiga sobre las espaldas de los trabajadores. Nada que reprochar al respecto, salvo que -al menos si estamos a lo que trascendió a los medios de la reunión- no le reclamaron que haga algo para recomponer lo que los trabajadores perdieron de poder adquisitivo en sus salarios por el macrismo y la pandemia, y lo que siguen perdiendo por la inflación, en especial de alimentos.

Esto último mientras es cada vez más incierta la suerte futura en el gobierno de Roberto Feletti, al que acaban de rajar a su segunda, sin siquiera haberla nombrado. De paso: no hubiera venido mal algún comunicado de respaldo de la CGT al que está poniendo, en soledad, lo que hay que poner en defensa del bolsillo de los laburantes y los sectores populares. ¿O es mucho pedir?

Del otro lado de la "puja distributiva" -los empresarios- no hay dudas, ni deserciones: nadie resigna nada, y todos resisten cualquier intento de instrumentar regulaciones o controles de precios, eso sí: sin dejarse de manifestarse nunca preocupados por la inflación. Y en el medio está el Estado, que además asume las veces de "sindicato" de los que no lo tienen: jubilados, desocupados, trabajadores informales, beneficiarios de planes sociales.     

En un Estado peronista no debieran existir dudas sobre de que lado de la "puja" colocarse: es tan cierto que el peronismo no es anti-empresa, como que nació para expresar los intereses y deseos de los trabajadores argentinos, y sin ello carece de justificación histórica, y de destino político. 

Para gendarmes (por acción u omisión) de la rentabilidad empresaria -como le gustaba decir a Cristina- y para administradores de la injusticia en la distribución del ingreso, sobran opciones políticas. Pero esas opciones -aunque muchos funcionarios y el propio presidente lo olviden a menudo- fueron derrotadas en las urnas la última vez que los argentinos eligieron quien los gobierne.

Si seguimos privilegiando presuntos (o reales, para el caso es lo mismo) equilibrios macroeconómicos a la reparación de las injusticias, después no nos sorprendamos si las elecciones terminan como terminaron las legislativas de éste año. El que avisa no es traidor.

viernes, 3 de diciembre de 2021

TWEETS POLÉMICOS

 

NO SE GANA AJUSTANDO

 


En unos de los escasos rasgos de sinceramiento del macrismo durante y después de su gobierno, Dujovne dijo hace poco que "una de las mejores cosas" (sic) que hicieron fue dejarle al gobierno actual el presente griego del acuerdo con el FMI y la consiguiente deuda, para que se viera impedido de "hacer locuras" en la política económica.

Más allá de que el objetivo real del mega-préstamo fue facilitar la salida de los capitales especulativos del país cuando ya era evidente que el modelo de reendeudamiento colapsaba (algo admitido hace poco por el propio Macri), haber traído de nuevo al Fondo a terciar en nuestro asuntos tiene un claro objetivo político-estratégico: condicionar a futuro toda capacidad de arbitrar políticas económicas autónomas, que no atiendan de modo prioritario (si no excluyente) los intereses del capital financiero. Ese es el rol del FMI, y lo ha sido siempre.

En consecuencia, nadie desconoce el condicionante que supone la gigantesca deuda contraída por Macri con el FMI para el presente y futuro del país y su economía, y menos el kirchnerismo: la estratégica decisión de Néstor Kirchner de cancelar la deuda con el organismo a fines del 2005, tuvo precisamente la finalidad de recuperar para el país márgenes de autonomía en el diseño de su política económica. Sin esa decisión, no se pueden sencillamente explicar las mejoras en los indicadores económicos y sociales producidas durante los gobiernos de Néstor y Cristina.

Y tampoco (como lo advirtiera hace poco Cristina) nadie está planteando desconocer la deuda, repudiarla o dejar de pagarla: la discusión en todo caso es como, y cargándola sobre las espaldas de quienes. Nada más, ni nada menos: ese es el carozo del problema, del que no se habla, y -salvo Cristina- no nos hablan.

Pero de reconocer la importancia de la deuda y el peso gravitante de la relación con el FMI, a tomar la hoja de ruta del enemigo como el objetivo primordial -si no excluyente- de la gestión del gobierno del "Frente de Todos", hay un océano de distancia, y lo estamos transitando: en lo que supone una clara derrota conceptual, el gobierno entero (del presidente y el ministro de Economía para abajo, y a los costados) parecen estar exclusivamente avocados a cerrar con el FMI los términos de un acuerdo que impactará decisivamente en la vida cotidiana de los argentinos, por muchos años.

Todo el resto de la agenda (que incluye de modo decisivo revertir los indicadores negativos de distribución del ingreso, pobreza, salarios y consumos) fue dejada de lado, y hasta los esfuerzos del gobierno por lograr consensos y apoyos, están direccionados a que esos consensos y apoyos se expresen en relación con la negociación con el Fondo, y sus resultados: de eso hablan el presidente los funcionarios con la CGT, la UIA, los demás sellos de goma empresariales y de eso también quieren hablar con la oposición.

Pero todo lo que sabemos hasta acá son titulares, y expresiones de deseos y buenas intenciones: que queremos pagar pero que nos dejen crecer, que si arreglamos rápido no vamos a tener que pagar vencimientos hasta el 2026, que no arreglaremos a costa de un ajuste inviable social y políticamente, y hasta que el FMI dejó de lado algunas de sus habituales exigencias, como una reforma laboral flexibilizadora, o una devaluación abrupta del peso.

Hasta acá, puras conjeturas porque seguimos sin saber cuáles serían los términos del acuerdo, que todos (hasta "los mercados") parecen descontar que sería de firma inminente. Y en ese contexto, se habla en los círculos áulicos del presidente de otra movilización a Plaza de Mayo, para el 10 de diciembre.

Si se repasa la actualidad de la gestión desde el 14 de noviembre para acá, y aunque el presidente diga que tomó nota de lo que expresaron las urnas, no existen casi medidas de gobierno concretas, dignas de destacarse, que lo demuestren; en especial por el lado de las políticas de ingresos para los sectores populares, o la contención de los aumentos de precios en los alimentos y artículos esenciales, por decir lo más importante.

Resumiendo: los dos años de mandato que le quedan por delante a Alberto Fernández transitarán, seguramente, por un sendero de dificultades como los dos primeros, incluso aunque la situación de la pandemia mejorara, o no empeorara por la aparición de nuevas variantes del virus. Y dentro de dos años, otras elecciones pondrán en juego el poder presidencial por los cuatro años siguientes.

Lo cual supone -incluso en términos de gobernabilidad presente- tener un claro plan económico para transitar ese tiempo, en función del objetivo político de ganar las elecciones. Un objetivo que nadie, nunca, en ningún lugar, consiguió ajustando, así como no se moviliza ni se llenan plazas para un acuerdo con el FMI, o para anunciar una "economía de guerra": ya lo intentó Alfonsín en momentos en los que todavía conservaba popularidad, y ya sabemos como terminó la cosa.

jueves, 2 de diciembre de 2021

TWEETS POLÉMICOS

 

VOLVIERON TODOS

 

Como indica la imagen de apertura, ayer se cumplieron 20 años del días en que Domingo Cavallo instauraba el "corralito" durante el gobierno de Fernando De La Rúa, al que luego de eso le quedaba menos de un mes de mandato. En unos días más se cumplirán también 20 años de ese diciembre trágico, en el que el país se asomó al vacío institucional, se decretó el estado de sitio y la represión a las protestas sociales se cobró 39 víctimas; todos del piquete, y ninguno de la cacerola, porque en éste bendito país hasta la muerte es clasista.

De allí para acá pasaron la transición duhaldista, los 12 años del kirchnerismo entre el 2003 y el 2015 (con el crecimiento más extendido y sostenido que conoció la Argentina desde el primer peronismo), los cuatro años del fracaso macrista y los dos que lleva -en plena pandemia- la gestión del "Frente de Todos" encabezada por Alberto Fernández. 

A 20 años de la implosión del modelo de la convertibilidad, Cavallo (que no está preso como debiera) recorre los medios proponiendo soluciones para los problemas económicos del país -las mismas de siempre, las que condujeron al desastre hace 20 años- y vuelven a circular en los medios y las redes rumores sobre un nuevo "corralito" (que fueron una constante en los años kirchneristas), sin que nadie acierte a hacer alguna correlación entre los dos datos.

Pero no solo Cavallo asoma la cabeza como si nada hubiera pasado: López Murphy acaba de ser electo diputado por el voto porteño ("el electorado más calificado del país"), Patricia Bullrich, la del recorte del 13 %  los diputados, preside el principal partido de la oposición y recorre los medio dando cátedra sobre como gobernar, y Hernán Lombardi (el escriba de los discursos postreros de De La Rúa junto con sus hijos) además de ser dotado de fueros por acceder al Congreso, imposta indignación moral y arenga movilizaciones contra el gobierno, por cualquier motivo. 

Y así podríamos seguir, historiando la amnesia o el indulto social contra los perpetradores de aquella crisis, muchos de los cuales reincidieron en tiempos más recientes, durante el macriato. Porque de eso se trata: si no se fue ninguno, y volvieron todos, es porque como sociedad lo permitimos.

Cuando aparecen fenómenos en teoría "outsiders" de la política tradicional como Milei, es habitual analizarlos desde una perspectiva crítica con la política tradicional: si esos esperpentos tienen viabilidad electoral, es que las fuerzas nacionales y populares algo están haciendo mal, que les impide canalizar las frustraciones de la sociedad, que es el sustrato en que crecen esos fenómenos.

Sin descartar esa hipótesis, entendemos que es incompleta, y demasiado indulgente con determinados sectores de la sociedad argentina, que con tal de no votar al peronismo en ninguna de sus manifestaciones, apoyan cualquier espanto, sin medir las consecuencias, ni siquiera para sus propios intereses. Ese es el verdadero "voto ideológico" argentino si los hay, más incluso que el voto a la izquierda, y ciertamente con mayor daño social para el conjunto.  

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miércoles, 1 de diciembre de 2021

TWEETS POLÉMICOS

 

ELECCIONES: EL CASO SANTAFESINO

 


Como en buena parte del país y en especial en la franja central de las provincias más pobladas, el "Frente de Todos" perdió frente a "Juntos por el Cambio" las elecciones generales del 14 de noviembre pasado en Santa Fe, y el mapa de la provincia se tiñó de amarillo. Más precisamente en 16 de sus 19 departamentos, exceptuados Rosario, San Lorenzo y Garay, donde se ganó.

O sea pasó más o menos lo mismo que en la provincia de Buenos Aires, si de mapas y de colores hablamos. Y también al igual que pasó en otras provincias -pero no en todas- hubo una leve remontada de los resultados adversos de las primarias, recortando las diferencias.

En el caso de la elección para senadores nacionales, la lista del FDT sumó 85.900 votos más que en las PASO, y de ese modo recortó en 18.734 la diferencia con los ganadores. En diputados nacionales pasó algo parecido: se sumaron 77.846 votos más, y se recortó la diferencia en 18.416 votos respecto a la lista de JxC.

Como primera conclusión podría señalarse que el PJ y sus aliados lograron retener los votos de las dos listas que compitieron internamente en las PASO, y sumar más voluntades, también como consecuencia de un aumento en la participación electoral de la ciudadanía. Y además el margen de la derrota (por 8 y pico de puntos porcentuales) fue menor que en las PASO, y mucho menor que el producida en otras provincias como Entre Ríos (23 puntos de diferencia), Mendoza (21 puntos), o Córdoba (29 puntos con la lista schiarettista, 44 con la del FDT), siempre considerando que en todas ellas se impuso el macrismo y sus aliados. 

Desde el 2005 para acá, en elecciones nacionales de medio término, el peronismo en sus diferentes alianzas y frentes electorales perdió casi siempre (si no siempre), tanto que ese año la lista de diputados nacionales encabezada por Agustín Rossi (en plena euforia kirchnerista) obtuvo el 33 % contra el 43 % de la del Frente Progresista que encabezaba Hermes Binner. Y en 2017 otra lista (también encabezada por Rossi tras vencer en la interna a Alejandra Rodenas), perdió a manos de la encabezada por el  entonces ignoto Albord Cantard, por "Cambiemos"; aunque en las PASO había sumado más votos, contando las dos listas del PJ y aliados.

Y en elecciones presidenciales, pasó algo parecido: en el 2007 Cristina le ganaba en todo el país a Carrió por un 45 % a un 23 %, pero en Santa Fe la diferencia fue de apenas un punto: 35 % a 34 %. Y en 2011, cuanto en todo el país CFK obtuvo el 54,11 % contra el 16,87 de Hermes Binner, la diferencia en Santa Fe fue mucho menor: del 41 % al 37 %, para ser más precisos. En el 2015 y pese a haber ganado en las PASO, el FDT perdió la elección presidencial en la provincia. 

Precisiones estas que hay que hacer porque hay algunos que ahora se sorprenden de que al peronismo no le vaya bien en la invencible. Con más provecho, podrían analizar el fenómeno más curioso (aunque no sorprendente) y cercano, de la elección a concejales municipales en la ciudad de Santa Fe; en la que el peronismo no gobierna desde el 2007, y ha perdido además todas las elecciones municipales desde entonces.

Las elecciones municipales se hicieron en forma simultánea con las nacionales, pero con el sistema de boleta única de papel aprobado en Santa Fe en el 2011, y no hubo otros cargos provinciales en disputa. En la ciudad se renovaban 8 bancas del Concejo municipal, sobre un total de 17 que conforman el cuerpo.

En las PASO, las siete (7) listas internas del "Frente de Todos" que compitieron, sumaron en total 40.805 votos, quedando en segundo lugar detrás de las listas de "Juntos por el Cambio" pero superando a las del oficialista Frente Progresista del intendente Jatón. En la misma elección, las dos listas de senadores nacionales del FDT sumaron 44.093 votos, y las de diputados nacionales 43.409. Hasta ahí, nada que llamara demasiado la atención: es posible que las listas del oficialismo nacional sumaran adhesiones de quienes, en el orden municipal, optaron por otras fuerzas políticas.

Lo que merecería una reflexión más profunda, al interior del peronismo local y en todos sus sectores, es lo que pasó en las elecciones generales. Porque la lista de senadores nacionales obtuvo en la ciudad Capital de la provincia el 14 de noviembre 47.056 votos (o sea, 2963 más que en las PASO); y la de diputados nacionales 46.239 votos, es decir 2830 votos más que en las primarias.

Pero en cambio la lista de concejales alcanzó 33.144 votos, es decir nada menos que 7661 menos que en las PASO, siendo la única lista de todas las presentadas, que disminuyó su cantidad de sufragios entre una y otra elección: todas las demás los aumentaron. De resultas de la merma, el FDT descendió al tercer lugar entre las listas que competían en la elección, y solo pudo obtener una de las 8 bancas que estaban en juego.

Un tema que pasó prácticamente desapercibido en la mayoría de los análisis que se hicieron desde las elecciones para acá, incluidos los de los que se mostraron preocupados por los resultados electorales del peronismo en Santa Fe.