LA FRASE

"QUIERO ACLARAR QUE NO SOY YO EL POLÍTICO FAMOSO CON EL QUE ESTÁ SALIENDO LUCIANA SALAZAR." (ROBERTO LAVAGNA)

lunes, 22 de julio de 2019

REMANDO EN DULCE DE LECHE


Después de la derrota en las presidenciales del 2015, escribimos acá una serie de posteos ensayando una explicación de las razones por las que la mayoría de los argentinos decidieron elegir a Mauricio Macri como presidente, con el título “Cosas que explicamos mal”. Referían a distintas políticas públicas desplegadas (con mayor o menor acierto) durante los gobiernos de Néstor y Cristina que, no obstante haber mejorado objetivamente las condiciones de vida de millones de personas, encontraron algún punto de resistencia social en un caso, o no fueron percibidas como algo que estuviera en riesgo con un cambio político en el país; aspecto este último al que -dijimos entonces- contribuyó el error del kirchnerismo de plantear que ciertos cambios eran “irreversibles”, cosa que la realidad y el gobierno de Macri se encargaron de desmentir rotundamente.

Por supuesto que también contribuyó a la derrota la incapacidad que tuvimos para entender que la situación del país ya no era la misma del 2003, cuando había que salir del infierno de la crisis de la implosión de la convertibilidad, y en consecuencia existían nuevas demandas sociales que debían ser expresadas; error sobre el que el macrismo pivoteó con eficacia con aquello de “no vas a perder nada de lo que te dieron, y vamos a estar cada día un poco mejor”. En apretada síntesis y sin que el orden signifique su mayor o menor importancia, estas fueron algunas de las cuestiones que, desde esa óptica, planteamos entonces:

* La necesidad de garantizar la accesibilidad a los servicios públicos esenciales (luz, gas, agua potable, cloacas) mediante tarifas razonables que se pudieran pagar, lo que implicaba sostener un sistema de subsidios financiados con recursos públicos; que constituían por un lado salario indirecto, y por el otro, un alivio a los costos de producción de las empresas.

* La importancia del desendeudamiento externo del país como factor para ganar grados de autonomía en el diseño de la política económica, y liberar recursos para destinarlos a otras necesidades más acuciantes en términos sociales y productivos.

* La reparación de los estragos causados por las políticas neoliberales en tiempos pasados a través de una política previsional cuyo objetivo principal fuera ampliar el nivel de cobertura del sistema, por encima de la tasa de sustitución del haber de los trabajadores activos por la jubilación o pensión; aunque luego se enfocara con éxito este otro aspecto a través de la ley de movilidad.

* La necesidad de garantizar una fuerte inversión pública en salud y educación, garantizando el acceso a los medicamentos y las vacunas, un piso mínimo de atención en el sistema público y en los demás efectores, así como mejoras en los salarios docentes y la infraestructura escolar, mientras se intentaba garantizar la igualdad de posibilidades en el acceso a las nuevas herramientas aplicables al proceso educativo.

* La defensa de la industria nacional y el trabajo de los argentinos administrando el comercio exterior para hacer frente a la amenaza de las importaciones provenientes de otras economías con las que no podríamos competir en forma abierta; y la importancia de garantizar un control del Estado sobre el acceso a las divisas y el uso que de ellas se haga, en un país con restricción externa y estructura productiva desequilibrada como el nuestro; y en el que es necesario promover un entramado industrial más profundo y diversificado, evitando caer en la primarización de la producción y las exportaciones.

Al día de hoy y por la actualidad que tiene el tema, agregaríamos la importancia de defender una legislación laboral y de protección social de avanzada en América Latina, que hizo de la Argentina uno de las países más cohesionados y menos injustos de una región injusta; herencia del peronismo bajo constante embate de las propuestas de corte flexibilizador, como en estos momentos.

Hecho el repaso, no hace falta ser muy agudos para advertir que en todos esos temas hemos retrocedido en forma brutal en estos años de macrismo, sin que la resistencia social hasta estado a la altura de las circunstancias; aunque también es cierto que de no mediar la oposición de los núcleos más activos de nuestra sociedad, el retroceso hubiera sido aun mayor: lo que la derecha no ha avanzado en este tiempo en la búsqueda de sus objetivos es porque no se lo permitimos, no porque no lo hubieran intentado.

No se trata de expresar ahora el lamento de una vanguardia iluminada incomprendida por una sociedad a la que le mejoró la vida, porque además esas políticas públicas del kirchnerismo (que retomaron las mejores tradiciones del peronismo) tuvieron rotunda convalidación popular en dos elecciones presidenciales, y colocaron en la tercera al candidato del FPV con chances ciertas de pelear la elección.

De lo que se trata es de entender hasta que punto sigue pesando entre nosotros e influyendo en las condiciones del debate política, la herencia de la dictadura y el menemismo, que nos legaron más de una generación de argentinos que no percibieron esas ideas fuerzas en su existencia cotidiana; o se acostumbraron a vivir con su contracara, y natualizarla. De allí que al defender algunas ideas parecemos remando en dulce de leche, hablando de un país que no existe y -peor aun- que no puede ni debe volver a existir, tales son las premisas del discurso de la derecha que han ganado el sentido común incluso de muchos que nos votan.

Esto determina que aun hoy, cuando estamos ante la evidencia de otro fracaso estrepitoso del neoliberalismo y muchos argentinos vuelven a reclamar del Estado y de la política que los salven de sus propios errores (como los tomadores de créditos UVA), la insolidaridad está a flor de piel, incluso más allá del núcleo duro de votos del macrismo. Y es posible que -como sucedió en el 2001- apenas la cosa mejore un poco y saquen la cabeza del agua, vuelvan a ser seducidos por las ideas de la “meritocracia”.

Todos conocemos gente que piensa que estuvo mal “jubilar a gente que no aportó” o pagar la AUH, que considera un símbolo de progreso y ascenso social tener una prepaga y mandar a los hijos a la escuela privada (allí impacta fuerte la frase de Macri de “caer en la pública), que quiere poder comprar cosas importadas aunque desaparezcan industrias y puestos de trabajo; o que supone que las leyes laborales no están para protegerla, sino que le impiden ganar más, o tener un mejor trabajo, y que el sindicalismo es uno de los mayores responsables de los problemas del país. Incluso personas que eventualmente votarían por Alberto y Cristina piensan así.

Porque como hemos dicho muchas veces, es tan posible la victoria electoral sobre el macrismo, como la subsistencia -aun en caso de lograrlo- del “macrismo social”, esa base sobre la que fue posible construir el experimento amarillo, y que muy posiblemente en un futuro gobierno y ante las primeras dificultades que sin duda se presentarán como consecuencia de las enormes restricciones creadas por el macrismo (que sí deja una “pesada herencia”), otra vez crea que la solución pasa por aplicar las mismas ideas que crearon el problema.

Seamos concientes entonces, que como dijimos, en estas (y otras) cuestiones estaremos siempre (o al menos por un buen tiempo) remando en dulce de leche, siendo “contraculturales” -si se nos permite la expresión-, pero hay que persistir en hacerlo; porque de lo contrario negaríamos nuestra razón de ser, y más tarde o más temprano, nos convertiríamos en lo que combatimos. Lectura relacionada recomendada: esta excelente nota de Ricardo Aronskind sobre los desafíos de la oposición más allá de ganar las elecciones, y sobre todo si lo logra.

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