LA FRASE

"QUIERO AGRADECERLE AL CHAQUEÑO PALAVECINO POR HABERME PERMITIDO CANTAR CON ÉL "AMOR SALVAJE", Y DEDICÁRSELO A KARINA." (JAVIER MILEI)

lunes, 19 de enero de 2026

EL OCIO PRESIDENCIAL

 

No es menester hace un gran esfuerzo para advertir que Javier Milei ha pasado toda su vida estando al pedo: tan al pedo estaba que le sobraba tiempo para recorrer los canales porteños oficiando de panelista pintoresco en diversos programas, no se le conocen tareas concretas en los empleos que figuran en su currículum, estaba al pedo cuando Guillermo Francos lo conchabó en el Banco Provincia en el gobierno de Scioli, y de su trayectoria académica no es mucho lo que se pueda decir, salvo que se graduó en la universidad del garage de Benegas Lynch.

Y esa realidad no cambió cuando asumió la presidencia: en estos dos años de mandato se ha dedicado básicamente a recorrer el mundo con la nuestra para participar de convenciones funambulescas y recibir premios falopa, pasa la mayor parte de su tiempo boludeando en las redes sociales, sostiene reuniones en la Rosada o en Olivos (cuando no escucha ópera con amigochos, o mira la última película de Francella) con personajes extraños de bajo vuelo del mundo del hampa, visita los programas de streamming del palo, participa de estafas virtuales o juega a ser Elvis Presley o Sandro, o a compartir escenario con el Chaqueño Palavecino.

Al menos eso es lo que se sabe en público, y de lo que no se sabe aventuramos que no cambia la ecuación: está al pedo (muy) la mayor parte de su tiempo, aunque eso no quiere decir que no haga cosas. Sucede que no hace nada (o casi nada) de lo que se espera o supone que debería hacer un presidente acorde a sus responsabilidades institucionales; aun cuando tenga una amplia claque social que festeje que esté haciendo precisamente aquello por lo cual lo votaron; acaso también porque en un punto se identifican con él: un eterno adolescente boludón que tiene la suerte de poder hacer lo que se le canta la chota, incluso postergando sus obligaciones y sin preocuparse por las consecuencias.

Tampoco cambia el panorama porque él esté convencido de que trabaja, porque no es seguro que sepa de que se trata el asunto, ni el trabajo en general, ni mucho menos el de presidente en particular. Un ejemplo de estos días ilustrará el punto: mientras se prendía fuego media Patagonia y los afectados reclaman la urgente ayuda de su gobierno, él prefería reunirse con tuiteros oficialistas en Casa Rosada, compartir memes hechos con IA en los que aparece como un superhéroe, o lanzar sus cuentas en inglés en las redes sociales.

De hecho cuando pareció tomar conciencia de que no podía seguir haciéndose el boludo con los incendios, la mejor idea que se le ocurrió para intentar subsanarlo fue subir un meme hecho con IA  agradeciéndoles a los bomberos y brigadistas , en el que él mismo -porque su protagonismo es lo único que en el fondo le preocupa-, de traje en medio de los restos del incendio, los saludaba con un apretón de manos: un chico de 10 o 12 años con algo de manejo de las nuevas herramientas tecnológicas no lo hubiera hecho muy distinto. 

Milei no mintió cuando dijo que era el topo que venía a destruir el Estado desde adentro, pero tampoco es para pensar que conduce él mismo en persona el proceso, con pleno control todo el tiempo de su dirección y sus resultados: el DNU 70, la ley bases (en sus dos versiones: la fallida y la concretada) o las reformas que ahora discute el Congreso vienen de los grandes estudios jurídicos que asesoran a los principales grupos económicos del país, que lo recibieron en el Llao Llao al inicio de su mandato, de sus reuniones en el hotel de Elsztain en la transición antes de asumir, y otros foros del poder económico; y no de su cabeza, poco acostumbrada a los vericuetos del pensamiento concreto.

Aunque él está convencido que esas leyes y decretos y esas reformas son necesarias y correctas, eso solo significa que a diferencia de Menem (que hizo lo mismo en su momento, pero por puro pragmatismo político para conservar el poder institucional, luego del desastre final de Alfonsín), Milei es un ideólogo convencido de que sus alucinaciones teóricas pueden convertirse en un programa de gobierno viable para el país. 

Milei degrada el rol de presidente como si no le importara o lo considerara "puesto menor", pero mientras tanto sueña con su reelección y se imagina como un líder internacional de la derecha. Y en un punto disfruta ciertos privilegios que vienen con el cargo presidencial, dependiendo de las circunstancias: subido al gorilismo que lo llevó a la Rosada, sabe que para media Argentina los estándares de lo tolerable no son los mismos si el presidente no es peronista, y se aprovecha de la circunstancia, para darse algunos gustos. Otra vez: el comportamiento de un niño en transición a la adolescencia, en el cuerpo (y los deberes) de una persona adulta.

Hasta que punto esa degradación del rol presidencial (la investidura y todo lo que conlleva) es consciente, deliberada y buscada no puede saberse, pero es seguro que es funcional a los intereses del poder económico, en lo inmediato y a futuro: nada mejor para éste que instituciones degradadas, funcionarios públicos desprestigiados, investiduras y roles vaciados de sentido y una sociedad (o buena parte de ella) convencida de que no tienen ninguna función útil que cumplir, y bien podrían desaparecer, sin daño alguno.

Y de nuevo: aunque posiblemente Milei no lo sepa o comprenda del todo esa coincidencia, tampoco le importa: soportaría menos una denuncia por enriquecerse en el proceso (aunque lo haga), que la crítica de haber obstaculizado la destrucción del Estado para reconfigurar la sociedad según los deseos del poder real, que coinciden en gran parte con sus delirios ideológicos. 

Cuando deje el gobierno (porque el poder está en otro lado) quienes lo sucedan, entre los enormes destrozos que su mandato está causando al país, también tendrán que recomponer la autoridad y la investidura presidencial (como representación de la trascendencia del rol del Estado y de la dignidad democrática del voto soberano), tal como tuvo que hacerlo Néstor en su momento. Pero desde un umbral mucho más bajo aun.

No hay comentarios: