En el prólogo a "Los profetas del odio", Arturo Jauretche transcribió una carta privada que le había escrito a Ernesto Sábato a partir de una publicación del escritor llamada "El otro rostro del peronismo".
Decía entonces el autor del "Manual de zonceras argentinas": "Lo que movilizó a las masas hacia Perón no fue el resentimiento, fue la esperanza. Recuerde Ud. aquellas multitudes de octubre del 45', dueñas de la ciudad durante dos días, que no rompieron una vidriera y cuyo mayor crimen fue lavarse los pies en Plaza de Mayo, provocando la indignación de la señora de Oyuela, rodeada de artefactos sanitarios. Recuerde esas multitudes, aun en circunstancias trágicas y las recordará siempre cantando en coro -cosa absolutamente inusitada entre nosotros- y tan cantores todavía, que les han tenido que prohibir el canto por decreto-ley.".
La cita viene a cuento de las escenas de inmenso dolor popular que acompañaron la muerte del "Indio" Solari, pero bien podrían valer para otras circunstancias en que miles de personas se lanzan a las calles, por motivos diversos, sean los festejos del Bicentenario, la muerte de Evita o cada una de las marchas del "Ni Una Menos".
Sin importar el hecho convocante o la organización o espontaneidad de la convocatoria, cada vez que eso sucede, la respuesta de la Argentina gorila es siempre la misma: una mezcla de sorpresa con miedo a posibles desmanes, más indignación de antemano porque pudieran suceder, e indignación a posteriori, cuando comprueban que no sucedieron; y eso les impidió validar sus prejuicios.
Porque la presencia masiva del pueblo en la calle siempre hace aflorar sus prejuicios, y les sale fácil la descalificación: cuando no cuestionan la espontaneidad, la crítica es a los motivos, pero siempre hay una mirada denigratoria de aquellos que deciden ponerle el cuerpo a lo que creen que vale la pena; sea para duelar, celebrar, reclamar o agradecer: molesta el pueblo, y molesta su presencia en el espacio público, que lo hace visible de un modo tal que no se lo puede ignorar, o hacer como si no existiera.
Y el prejuicio y el desprecio hacia el pueblo y lo popular los lleva a que no puedan simplemente ignorarlo y dejar que cada uno se movilice cuando quiera y por lo que quiera, ni mucho menos los lleve a tratar de entender por que lo hace. Aunque sobren los papagayos que ensayen las lecturas más variadas sobre quien se beneficia o se perjudica en cada oportunidad que muchas personas salen a las calles, como pasó ahora con la despedida al líder de Los Redondos.
Aunque hay sobradas evidencias de que a ese mismo pueblo -al que critican y del cual desconfían- lo pueden manipular con eficacia y lo han hecho, logrando por ejemplo que voten en contra de sus propios intereses y velen por los suyos como un ejército de reserva de los privilegiados innumerables veces, siempre les afloran los prejuicios, que son la expresión externa de su miedo interior: que alguna vez, por algún motivo (que no comprenden ni quieren comprender) esa gran bestia temida decida cobrarse revancha por las injusticias de que los han hecho víctimas.
El pueblo, la gente común, en la calle, movilizada en masa por algo que ellos no comparten ni comprenden los inquieta, porque les recuerda que hay cosas que no controlan, y porque además de que (como dice Capusotto) se creen los dueños de un país que detestan y de la gente que vive en él, en el fondo de su conciencia saben que le están haciendo daño y siempre dudan de cuanto podrán soportarlo las masas sin reaccionar. Aunque no por eso desistan de seguir haciéndolo, ni se moderen.
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