Hace exactamente un año atrás, cuando se cumplieron los 80 años de aquel emblemático 17 de octubre que parió al peronismo, decíamos en ésta entrada: "Hubo entonces, hace 80 años, trabajadores emergentes como sujeto político y como clase, tal vez sin plena conciencia de ello, pero que la fueron adquiriendo en el camino cuando el fracaso de las opciones políticas tradicionales para interpretarlos y representarlos los llevó a construir el suyo propio, y abrazar el que les ofreció Perón. Alguien podría encontrar allí un paralelismo con los tiempos presentes, en los que los despojos sobrantes de la crisis de la sociedad salarial organizada en torno al trabajo registrado y sindicalizado vieron algo parecido en un experimento de la más cruda y reaccionaria derecha predemocrática; y sin embargo hay una diferencia sustancial, que tiene hoy importancia crucial: aquellos trabajadores que coparon la plaza reclamando por la libertad de Perón no se quedaron solamente en si situación individual o de clase, sino que coreaban también "Patria Sí Colonia No", vinculando inescindiblemente sus reclamos de clase con el destino del país en su conjunto.".
"Y fue tan clarividente esa vinculación que aun hoy, 80 años después, sigue teniendo más vigencia que nunca; tanta que en estos tiempos neocoloniales los amos imperiales y las clases dominantes (principales y subordinadas) reclaman explícitamente una reforma laboral que retorne al país a los tiempos del pre-peronismo, para consolidar definitivamente el destino que tienen trazado para la Argentina, que no es otro que el que los trabajadores rechazaron aquel primer 17: una granja proveedora de materias primas, con mano de obra barata y sin derechos. También hoy, como entonces, está secuestrado y excluido de la participación política plena el liderazgo popular (entonces Perón, hoy Cristina), y por los mismos intereses; demostrando la coherencia histórica de las oligarquías en dejar de lado todos los escrúpulos morales o institucionales para cumplir sus fines, apelando a todos los medios a su alcance, sean un embajador, un Secretario del Tesoro, un presidente yanqui, una comparsa de políticos con olor a naftalina como lo fue la Unión Democrática, su versión actual conocida como "Provincias Unidas", o un clown bizarro vendido como un outsider del sistema político tradicional como Milei.".
"No se podía disociar entonces (y los trabajadores que mojaron sus pies en la fuente no lo hicieron) la lucha por la defensa de los derechos de quienes viven de su trabajo, de la disputa por la construcción soberana de un país digno de llevar ese nombre, frente a los intentos coloniales de los imperios, con la imprescindible colaboración del cipayaje vernáculo.".
Y agregamos ahora: tampoco se los puede disociar hoy, porque el proyecto del obraje de la Forestal y de los fusilamientos de la Patagonia es en su esencia el mismo que el de la economía de enclave del RIGI y el Súper RIGI, en tanto ambos exigen y reclaman la sumisión colonial del país, como condición de posibilidad.
Desde que aquellas líneas fueron escritas, la situación no ha hecho sino empeorar: se aprobó la reforma laboral esclavista y sus efectos ya se están haciendo ver en la economía real con el aumento de los despidos que eran su consecuencia natural, prevista y deseada; para forzar negociaciones salariales a la baja y la aceptación de condiciones cada vez más precarias de trabajo.
En el plano político, la crisis de representación se ha agudizado, con la mitad del padrón electoral absteniéndose de ir a votar, el liderazgo del movimiento nacional proscripto e inhabilitado para competir y en lugar de un nuevo Día de la Lealtad surgen brotes de vandorismo cada vez más explícitos, proponiendo si no la superación de ese liderazgo (para lo que no les da la talla a la mayoría), su olvido; contribuyendo así a la ilegitimidad que diseñó el régimen; así como en aquel día hace 81 años hubo quienes se negaban a movilizarse por la libertad de Perón por decían que otro coroneles no iban a faltarles. Lo que nos lleva a otra similitud con aquellos tiempos: la defección de las burocracias sindicales para encauzar, conducir y representar las aspiraciones de los trabajadores.
En aquel 17 inaugural se hablaba (desde las izquierdas) de heteronomía y alienación de la conciencia de clase de los obreros que salieron a la calle a pedir por la libertad de ese coronel del Ejército que los supo escuchar, en lugar de expresarse a través de los partido que -se suponía- mejor iban a defender sus intereses. Hoy el concepto mismo de clase trabajadora está puesto en cuestión, muchos de los trabajadores votan a sus propios verdugos y gana terreno en toda la sociedad la apatía y el descreimiento político, mientras que la dirigencia sigue en buena medida moviéndose con los cánones tradicionales de la praxis electoral, como si nada hubiera cambiado.
En aquel entonces los cambios económicos que se estaban dando en el país con el proceso de industrialización sustitutiva nacido al calor de la guerra tenían correlato en el mundo del empleo, pero no en el de los derechos de los trabajadores ni en su representación política; y precisamente eso fue lo que Perón supo ver y condujo a aquel 17 de octubre que terminó de alumbrar al peronismo como identidad política.
Hoy y no solo aquí sino en todo el mundo, el proceso es inducido, controlado y dirigido de modo tal que los mismos cambios que excluyen a millones de personas del goce de los beneficios de la sociedad moderna no generen reacciones políticas eficaces para cuestionar el orden impuesto por el capital; que por otro lado ha encontrado el modo de generar en todas partes -y la Argentina no es la excepción- alternativas políticas que contribuyan a reforzar su predominio y sus privilegios; aunque en el proceso hayan tenido que vaciar de contenido y sentido a la democracia para garantizarlo.
Muchas cosas han cambiado desde aquel 17 de octubre de 1945 acá y en todas partes, pero lo esencial del conflicto que entonces se saldó en las calles y las plazas a favor de los trabajadores, sigue estando presente. Está en la inteligencia y sensibilidad de la dirigencia política de las fuerzas populares saber interpretar los parecidos y las diferencias, para actuar en consecuencia con la capacidad de torcer el destino que otros escribieron para nosotros.
Pero además de eso, algo es seguro: hoy como entonces, para que las cosas cambien sigue haciendo falta que el subsuelo de la patria se subleve.
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