LA FRASE

"YO VENÍA AHORRANDO BÁRBARO HASTA QUE TUVE QUE EMPEZAR A PAGARLE HONORARIOS A LA ESCRIBANA PARA DIBUJARLA." (MANUEL ADORNI)

viernes, 2 de marzo de 2012

EL FIN DE UNA ZONCERA


Por Raúl Degrossi

El envío de un proyecto de ley para modificar la Carta Orgánica del Banco Central y la ley de Convertibilidad fue -sin dudas- el anuncio más importante que hizo Cristina en su mensaje ante el Congreso.

Seguramente los medios hegemónicos pondrán su atención en el asunto de la eliminación de las trabas legales para usar las reservas para el pago de los vencimientos de la deuda externa; volviendo así a un debate saldado hace un par de años, a favor del kirchnerismo, y en contra de las expectativas de Redrado de convertirse en autor de un best seller.  

Sin embargo el proyecto es más importante que eso, porque permitirá ponerle punto final a una zoncera digna de figurar en el célebre "Manual" de Arturo Jauretche: la "autonomía" del Banco Central.

Zoncera heredada además de los 90’, del menemismo, de la Convertibilidad y de las tristemente célebres políticas del Consenso de Washington, y que llega a extremos absurdos, como constituir al Banco en una especie de séptimo poder del Estado (el cuarto es el periodismo, el quinto el INDEC y el sexto la autoridad de aplicación de la ley de medios, como sabemos), que estaría por encima del propio presidente de la República.

Conviene recordar algo que olvidan los republicanos constitucionalistas, talibanes de la defensa de lo indefendible: la Constitución Nacional ni siquiera menciona al Banco Central en uno sólo de sus 129 artículos y 17 disposiciones transitorias.

Sólo establece en el artículo 75 (que regula las atribuciones del Congreso) que le corresponde al Poder Legislativo “Establecer y reglamentar un banco federal con facultad de emitir moneda, así como otros bancos nacionales” (inciso 6) y “Hacer sellar moneda, fijar su valor y el de las extranjeras...” (inciso 11).

Alguien podrá decir que esos incisos vienen de 1853, cuando ni siquiera se sabía que alguna vez iba a haber en la Argentina un Banco Central (creado por primera vez en 1935 a través de la tristemente célebre ley 12.155), pero lo cierto es que, en la reforma de 1994, el segundo fue dejado exactamente igual a la Constitución original, y el primero fue modificado levemente en su redacción que decía “Establecer y reglamentar un Banco Nacional en la Capital y sus sucursales en las provincias, con facultad de emitir billetes” (por entonces, artículo 67 inciso 5).

De cualquier modo, el inciso estaba directamente vinculado a la facultad de emitir moneda, tratando de que hubiera una sóla de curso legal y forzoso en todo el territorio nacional, proscribiendo las monedas provinciales que eran frecuentes cuando la Constitución se dictó (no había un Estado nacional organizado), y por eso el artículo 108 (hoy 126) estableció entre las cosas que las provincias tienen prohibido hacer -porque son exclusivas del Estado nacional- “acuñar moneda, ni establecer bancos con facultad de emitir billetes, sin autorización del Congreso federal”.

Recién con la citada Ley 12.155 y previo cierre de la Caja de Conversión, esa función de emitir moneda, pasó a ser propia del Banco Central, cuya actual Carta Orgánica aprobada por la Ley 24.144 (1992) establece en su artículo 3 que “Es misión primaria y fundamental del Banco Central de la República Argentina preservar el valor de la moneda”, incluso antes de aquélla misión primordial que le daba la Constitución al “Banco Nacional” (luego de la reforma del 94’, “Federal” como se dijo) de emitir moneda, la que recién aparece en el artículo 17 inciso a) (“Emitir billetes y monedas conforme a la delegación de facultades realizadas por el Honorable Congreso de la Nación”).

Una prueba clara del peso de las ideas del neoliberalismo (desde el monetarismo de Friedman, que nos llegó vía Martínez de Hoz, a Cavallo y la Convertibilidad) en la definición del perfil de la institución.

Por presión del propio Cavallo, la constituyente del 94’ incluyó en el inciso 19) del artículo 75, como uno de los objetivos de la política económica cuyas líneas generales debía definir el Congreso, “la defensa del valor de la moneda”, que tenía cierta lógica en un esquema como el de la Convertibilidad, y sin que señalar eso signifique que no se lo deba defender, claro.

De allí que la cuestión de las reservas del Banco Central y su vinculación con el respaldo del dinero circulante (la famosa “base monetaria”) no aparezca en la Carta Orgánica del Banco, sino en la Ley 23.928 que estableció el régimen de convertibilidad monetaria, ley cuyos artículos 1 y 2 (que establecían la libre conversión de australes -luego pesos- a dólares, el famoso uno a uno) fueron derogados en el 2002 por la Ley 25.561 llamada de Emergencia Pública y del Régimen Cambiario.

Esta misma ley (promovida por Duhalde para poder devaluar) modificó el artículo 3 de la Ley de Convertibilidad, que refiere a la actividad del Central en la compra de divisas, que originariamente decía que debía hacerlo “a precios de mercado”, y de acuerdo a la reforma del 2002 pasó a hacerlo “al precio establecido conforme al sistema definido por el Poder Ejecutivo nacional, con arreglo a lo dispuesto en el artículo 1° de la Ley de Emergencia Pública y de Reforma del Régimen Cambiario”, por la cual el Congreso le delegó esa atribución al presidente, en el marco del artículo 76 de la Constitución reformada en el 94’.

Volviendo a la autonomía del Central, la misma Carta Orgánica aprobada en los tiempos del menemismo y que se mantiene con levísimos cambios hasta hoy, establece entre otras funciones del Banco “la regulación de la cantidad de dinero y de crédito en la economía y el dictado de normas en materia monetaria, financiera y cambiaria” y que “en la formulación y ejecución de la política monetaria y financiera el Banco no estará sujeto a órdenes, indicaciones o instrucciones del Poder Ejecutivo nacional”, así como actuar como autoridad de aplicación de la Ley de Entidades Financieras.

Entre esas funciones nunca estuvo por ejemplo definir la política cambiaria (un elemento central de la política económica, como quedó evidenciado en los últimos años), a punto tal que al sancionarse la Ley 24.144 en 1992, Menem y el mismísimo Cavallo dictaron el Decreto 1860, vetando la parte del artículo 4º que decía que le correspondía al Central “Establecer” esa política, quedando como es en la actualidad, donde la ley dice que “ejecuta la política cambiaria en un todo de acuerdo con la legislación que sancione el Honorable Congreso de la Nación”, como vimos la Ley 25.561 y sus prórrogas, con delegación de facultades al presidente.

De modo que ni siquiera los creadores de la Convertibilidad (menos aun los devaluadores seriales y pesificadores asimétricos) creyeron en la zoncera de la autonomía del Banco Central tal como hoy nos la quieren vender, a lo que hay que añadir lo inherente a “la defensa del valor de la moneda”, con lo cual se habría metido el kirchnerismo en el 2005 (al pagar la deuda con el FMI) y a fines del 2009 al crear el Fondo del Bicentenario.

Como dije, la cuestión inherente a la relación entre las reservas en internacionales del Banco Central y su relación con el respaldo de la base monetaria, fue establecido en la Ley de Convertibilidad, cuyo artículo 4 dispuso que “las reservas de libre disponibilidad del BANCO CENTRAL DE LA REPUBLICA ARGENTINA en oro y divisas extranjeras, serán equivalentes a por lo menos el CIENTO POR CIENTO (100 %) de la base monetaria”, base monetaria definida por el artículo 6 de la misma ley como “la circulación monetaria más los depósitos a la vista de las entidades financieras en el BANCO CENTRAL DE LA REPUBLICA ARGENTINA, en cuenta corriente o cuentas especiales”.

Cuando Kirchner decidió en diciembre del 2005 cancelar la deuda con el FMI, dictó el DNU 1599 que modificó el artículo 4 de la Ley de Convertibilidad (creando el concepto de reservas de libre disponibilidad) y el artículo 6 disponiendo que esas reservas “de libre disponibilidad” podían aplicarse “al pago de obligaciones contraídas con organismos financieros internacionales”, lo que se hizo con el Fondo con el Decreto 1601, y el DNU anterior lo ratificó el Congreso por Ley 26.078.

El Fondo del Bicentenario fue creado por Cristina por el DNU 2010/09, simplemente agregando al artículo 6 de la Ley de Convertibilidad ya modificado en el 2005, la expresión “y al pago de servicios de la deuda pública del Estado Nacional”, dado que se incluyó a tenedores privados de bonos de la deuda, que se cuantificaban en el mismo decreto.

Aunque se creyera a pie juntillas en la zoncera de la autonomía del Central, el artículo 3 de la Carta Orgánica dice que “En la formulación y ejecución de la política monetaria y financiera el Banco no estará sujeto a órdenes, indicaciones o instrucciones del Poder Ejecutivo nacional”, pero el DNU de Cristina no refería ni a una cosa ni a la otra, sino a la cancelación de parte de la deuda pública externa; y el mismo artículo también dice que el Estado nacional garantiza las obligaciones asumidas por el Banco, con lo que queda claro que lo de la autonomía es puro cuento.

Para ver en que medida las concepciones ideológicas y de política económica afectan todo este tema, baste traer a colación lo dispuesto por el primer peronismo, que al reformar en 1949 la Carta Orgánica del Banco Central (que previamente había nacionalizado en 1946, ya que era controlado por la banca privada), a través de la ley 13.571, dispuso que el Banco debía “coordinar automáticamente su política con el gobierno bajo la subordinación del ministerio de Finanzas a efectos de financiar el crecimiento económico, distribuir la riqueza y obtener la plena ocupación de los trabajadores”, quedando además su presidencia a cargo del ministro de Finanzas.

El proyecto que se acaba de remitir al Congreso modifica los artículos de la ley de convertibilidad que tienen que ver con la relación entre las reservas del BCRA y el respaldo de la base monetaria (nada tienen que ver con la prohibición de indexar, que sigue vigente), lo que es perfectamente lógico con un esquema de flotación sucia administrada y no de caja de conversión (como lo era la Convertbilidad); y de ese modo libera reservas para el pago de deudas.

Pero al mismo tiempo se modifican las funciones del Central (artículo 3 de la Carta Orgánica aprobada por la Ley 24.14) en un doble sentido:

Por un lado, ampliando sus funciones más allá de la preservación del valor de la moneda (de allí que perdería importancia contextual el diseño del programa monetario anual, y desaparece legalmente la obligación de fijar metas de inflación), para vincularlas con los objetivos de política macroeconómica (crecimiento, empleo, inversión, crédito, distribución, demanda, ahorro) pero sin perder la independencia de criterios técnica para elegir los instrumentos que sean más idóneos para los fines perseguidos: encajes, redescuentos, limitación a la distribución de utilidades de los bancos (como se acaba de hacer), regulaciones de las operaciones financieras.

Por el otro, ampliando las facultades de regulación del BCRA y las actividades financieras sujetas a esa regulación; por lo que el proyecto (sin lugar a dudas una reforma estructural que termina con uno de los más perniciosos paradigmas de los 90') no sólo no se contrapone con una reforma de la ley de entidades financieras, sino que la complemente o puede tornarla innecesaria; mucho más que algunos proyectos bien intencionados pero voluntaristas que andaban por allí, aunque de algunos recoja elementos, como el presentado por Carlos Heller.

Habrá que ver que resulta de la discusión en el Congreso, pero ojalá que se apruebe pronto.

EXAGERACIÓN SIN PRECEDENTES


Aclaremos un punto: nadie puede estar en desacuerdo con que se construyan centros de salud, siempre que sean en lugares que verdaderamente los necesiten, y que además de construir el edificio, se los provea de personal y equipamiento adecuado para cumplir sus funciones.

Dicho esto, hubiera estado bueno que por ahí, en algún lugarcito, aunque sea en letra chiquita aclararan que del primero al último de los CAPS (Centros de Atención Primaria de la Salud) fueron y serán financiados íntegramente con las partidas del Fondo Federal Solidario (o Fondo Soja), enviadas por el gobierno nacional.

Suponiendo que en el transcurso de este año se terminen todos los que faltan, estamos hablando de 80 centros en cinco años de gobierno, a 160 millones de pesos: o sea, dos palitos por CAP, y una inversión de 32 millones de pesos por cada año de gobierno de Binner, y el primero de Bonfatti.

Durante todo ese tiempo, el socialismo habrá administrado presupuestos por un total (como mínimo) de 108.964 millones de pesos, así que destinar 160 a construir centros de salud, tampoco es como para andar haciendo tanta cáscara y hablar de "plan de obras sin precedentes": después de todo, es apenas el 0,14 % de los recursos que manejaron, o sea catorce centavitos de cada cien pesos.

Para poner las cosas en perspectiva, una sóla obra ejecutada por el gobierno nacional en Santa Fe (el Acueducto Centro Oeste) representó una inversión de 185 millones de pesos, o sea 25 más que todos los CAPS juntos.

Y si les gusta más comparar al socialismo consigo mismo, en el mismo lapso (2008-2012) habrá gastado en publicidad oficial -como mínimo- unos 343 millones de pesos; o sea más del doble de lo que gastará el gobierno provincial en construir los 80 CAPS.  

Gasto con el cual se logran titulares como el de la imagen, que se dan cuando se hace pasar como una noticia levantada por un portal, a un comunicado de prensa del gobierno.



MALA ENTRAÑA


Mirá que se habrán escuchado cosas inverosímiles tratando de justificar el acomodo de parientes y amigos en el Estado, eh, pero ésta se lleva las palmas.

¿Qué hacen entonces Cantalejo y los otros directores políticos designados por el gobierno en la EPE?

Lo que dice Ciancio, ¿no es una confesión de que no sirven ni para espiar?

Y encima el hijo es inspector de obras; o sea que se rasca el higo todo el día porque no tiene nada que inspeccionar.

jueves, 1 de marzo de 2012

EL SOCIALISMO PUSO DE PIE A LA ESCUELA PÚBLICA


A ver, adivinemos, ¿cuánto van a tardar en echarle la culpa a la nación de la falta de bancos, o en decir que no pueden comprar 70 mesas y 120 sillas porque les deben no se sabe cuantos millones y la Corte Suprema de Justicia de la Nación no se expide?

Se aceptan apuestas.  

APUNTES SOBRE EL DISCURSO


Algunas reflexiones en caliente sobre el largo (aunque todavía está lejos del récord de Chávez) discurso de Cristina al inaugurar las sesiones del Congreso.

Medido en términos de las expectativas previas creadas en torno a probables anuncios sobre YPF, nos quedamos con las ganas, porque no hubo anuncios específicos sobre el particular.

Habrá que ver si eso pasó por la complejidad que el tema tiene, por las presiones de todo tipo de que el gobierno está siendo objeto (según dicen. hasta el mismísimo rey de España ha decidido tomar cartas en el asunto) o porque el gobierno aun evalúa cuáles son los caminos a seguir para resolver el problema de la caída de la producción petrolera (algo que sí mencionó expresamente Cristina en el discurso, centrando la crítica en la principal petrolera).

Desde el punto de vista comunicacional y dejando de lado la polémica sobre la duración del discurso, es hora de pensar si no ha llegado el momento de no repasar en cada oportunidad que la presidenta habla al país los logros de gestión del kirchnerismo, para pasar de pantalla (al fin  y al cabo, el 54 % demuestra que las sociedad los reconoce) y tirar algunas puntas de lo que vendrá en adelante. 

Mención especial para la (merecida) zamarreada a Macri por el sainete de los subtes: sin dejar de entrar en algunos detalles puntuales que hacen a la transferencia, lo que Cristina marcó con absoluta claridad fue el descrédito a una forma de entender la política y la gestión de la cosa pública (el que protagoniza el niño Mauricio), como si fuera un hobby de tiempo libre de gente que no tiene nada mejor que hacer.

En ese contexto los mandobles presidenciales (traducidos como "ataques" por la prensa protectora del prospecto de esperanza blanca de cara al futuro) fueron contundentes y llenos de guiños a quienes -aun siendo opositores al gobierno nacional- tienen responsabilidades concretas de gestión en el plano provincial o municipal.

Allí el líder amarillo corre el riesgo de quedar aislado, porque es poco probable que otros dirigentes (que no sean los del PRO) se embanderen en defensa del derecho de los porteños a que el resto del país les subsidie los subterráneos.

Sobre el sistema ferroviario y la tragedia de Once Cristina reiteró lo que dijo en el acto del día de la bandera en Rosario (ahora en el contexto de la intervención a TBA) y también buscó bajarle el precio al circo mediático que están montando con los informes de la Auditoría General de la Nación y los radicales, al señalar que el órgano de control trabaja siempre con los insumos que le proveen los organismos competentes del gobierno.

No exculpa las responsabilidades del gobierno por las falencias de su política de transporte, pero ayuda a poner las cosas en contexto, del mismo modo que cuando historió lo sucedido con los trenes, en especial desde los años 90´. Lo que ahora se requiere allí son decisiones concretas, respecto al Sarmiento y -sobre todo- al funcionamiento general del sistema.    

Respecto a Malvinas, el anuncio de la rengociación de los convenios del 98´ sobre los vuelos a las islas (apuntando a aumentarlos, pero que estén a cargo de Aerolíneas) y la confesión de que el gobierno volvió sobre sus pasos (porque en su momento había pensado suspender la autorización a los vuelos de LAN desde Chile) desmiente las acusaciones de inflexibilidad que venían desde Londres, y desde el grupete local de intelectuales que abonaron acá su postura meneando los derechos de los kelpers.

En tanto se habla de "renegociación" es lógico y razonable pensar que la medida estará sujeta a alguna contraprestación por parte de los ingleses, de modo que la pelota está ahora en su campo. 

El anuncio del envío de un proyecto de reforma a la Carta Orgánica del BCRA y a la ley de convertibilidad fue el más trascendente del discurso: la definición de Cristina en torno a que lo consideraba más importante y necesario que modificar la propia ley de entidades financieras seguramente va a despertar polémicas incluso en las propias filas, como en su momento sucedió con el proyecto Recalde de participación en las ganancias.

Sin conocer lo detalles del proyecto y más allá de las consideraciones generales que hizo Cristina en el discurso, cabe suponer que el proyecto estará por un lado en la línea del que presentara la propia Mercedes Marcó Del Pont cuando fue diputada (apuntando a reforzar las atribuciones de control del BCRA sobre los bancos, y a fortalecer su intromisión en la economía real); y por el otro a resolver el dilema que plantea el famoso asunto del respaldo de la base monetaria y el concepto de reservas de libre disponibilidad (propios del esquema de convertibilidad), en atención a las dificultades que podrían plantear este año los vencimientos de la deuda.

Cristina terminó el discurso con lo que -al menos nosotros lo entendemos así- fue lo más interesante desde el punto de vista conceptual: una fortísima apelación a la política -en un discurso en el que hubo varios guiños a los opositores- para fortalecer su autonomía para fijar agenda y marcarles la cancha a las corporaciones (sin nombrarlas, se refería especialmente a Clarín y los grandes medios), y no dejarse llevar de las narices por éstas detrás de sus propios intereses.

Hay allí un espacio interesante para comenzar a transitar quizás un camino diferente entre el kirchnerismo y algunos sectores de la oposición, para por lo menos canalizar los conflictos y los debates desde la propia política, sin la interferencia distorsiva de las lógicas corporativas.

Al recordarles los resultados que cada uno tuvo en las elecciones (sobre todo, el fracaso opositor al seguir la agenda marcada por las corporaciones y los grandes medios)  Cristina les hizo un doble recordatorio: el 54 % le da a ella el derecho de marcar la agenda pública y decidir el rumbo general del país, pero eso no excluye que los opositores puedan aportar lo suyo.

Habrá que ver si el mensaje se entiende, porque sería bueno para el país.

ALTA TENSIÓN


Discusión de alto voltaje (¡cuac!, parecemos Schueri) en la Legislatura por el manejo de la Empresa Provincial de la Energía.

Y con argumentos de peso, eh: que si vos nombraste a dedo un montón de parientes (lo que es cierto), que si tu familia sacó Registros de la Propiedad Automotor (lo que también es cierto) y otras cuestiones estratégicas por el estilo.

Sin embargo, pasando en limpio el asunto quedan en claro algunas conclusiones, a saber:

1. Para que la EPE haya invertido 1022 millones de pesos en obras en los cuatro años de gobierno de Binner (como dice Cantalejo) el año pasado tendrían que haber hecho obras por 596 millones de pesos, cuando el total de "Construcciones" ejecutado por todos los organismos del Estado provincial (no sólo la EPE) era de $ 518.887.000 al 30 de septiembre del 2011; y luego en el tercer trimestre vinieron el "pedaleo" de los certificados de obra por el gobierno, y la paralización de la mayor parte de los trabajos en marcha.

2. Los porcentajes de ejecución efectiva de obras de la EPE a partir de lo presupuestado son sustancialemnente inferiores a los que menciona Cantalejo (80 a 90 %), acá pueden consultar las propias cifras oficiales, contenidas en el Presupuesto provincial 2012. 

3. La multa de CAMESSA a la EPE fue de 36 millones de pesos, pero la empresa previó recaudar 470 millones por el aumento de tarifas, o sea que -si no da marcha atrás con el tarifazo- le sobran 434 millones para hacer algo, ponéle obras; es un decir, una sugerencia.

De todos modos, la justicia federal de Rosario le hizo lugar al reclamo de la provincia, y la multa no se podrá aplicar, así que suponemos que ahora lloverán las inversiones, y todo se va a arreglar; por aquéllo de "desaparecidas las causas, desaparecerán los efectos".

4. Cantalejo admite que la EPE gira en descubierto en el Nuevo Banco de Santa Fe para pagar sueldos y comprar electricidad a CAMESSA; porque el gobierno le aspira sus partidas a través del FUCO (Fondo Unificado de Cuentas Oficiales) para otros gastos.

Con lo cual por un lado se confirma lo que dijimos acá, y por el otro, cabe preguntarse: ¿cómo hace en ese contexto para ejecutar 1022 millones de pesos en obras como dice el presidente de la empresa?

ESTO ES PRO


¿No resulta sintomático que cada vez que este muchacho anuncia que tomó una decisión, la decisión es no hacerse cargo?

Una jugada de manual (macrista): aprovecha la tragedia de Once para decir que le preocupa la seguridad de los trenes (claro: tiene miedo que le pase algo parecido, y recuerda que usó Cromagnon como trampolín para llegar al poder), le tira al gobierno nacional el fardo del servicio y -sobre todo- de decidir sobre la tarifas después que la aumentó un 127 %.

Ni siquiera se puede decir que le dé rédito en su electorado (que es lo que busca) porque los que lo votaron (cuatro veces, en dos elecciones y dos balotajes) lo votaron justamente por esta forma de entender la política: la culpa siempre está afuera, en los otros.

Por algo decía Dolina hace un tiempo que los porteños (con el riesgo de todas las generalizaciones, hablaba del porteño promedio) son -ante todo- grandes dispensadores de culpas.

Que si le retiran la custodia de la Federal, que si no le terminan las obras, que si le sacan los subsidios, que si los trenes son de hace noventa años: todas cosas que sabía hace unos meses cuando se empezó a hablar del tema, y cuando aumentó la tarifa de $ 1,10 a $ 2,50.

¿Qué cambió entonces?

La ventana de oportunidad que le creó la tragedia del Once, ni más ni menos que eso.

Pero Macri es esto, el PRO es esto, y nadie (ni siquiera el gobierno nacional) se puede llamar a engaño con estos tipos, que hacen estas cosas sabedores además que no saltan al vacío: sus electores los aplauden, y los grandes medios los protejen, porque los necesitan de cara al 2015.

Es irónico que ahora la preocupen los diez años de desinversión en el subte, cuando él mismo no cumplió ni una mínima parte de aquéllos diez kilómetros anuales de subte que prometía hacer en su campaña; como una muestra de la utopía gestionaria que transformaría la ciudad, incorporando masivamente gerentes a la gestión pública.

En la conferencia de ayer hasta mencionó que -al fin de cuentas- a los subtes los usan todos los días los habitantes (bárbaros invasores) del conurbano; como cuando se quejaba de los paraguayos y bolivianos que venían a atenderse a los hospitales porteños.

El episodio (con un desenlace previsible) debe servir para reflexionar sobre un par de cosas.

En primer lugar, que este esperpento es la gran esperanza blanca de la derecha política y económica y del estalishment argentino de cara al 2015: ¿se lo imaginan gestionando el país en medio de una crisis internacional, conduciendo la política exterior o enfrentando conflictos sociales o algo parecido a la asonada agrogarca del 2008?

La segunda es que, en una futura y eventual reforma constitucional, habrá que sentarse a pensar si -más allá de Macri y el PRO- el experimento de la autonomía porteña, tal cual está planteado, sigue teniendo algún sentido, o si debe quedar reducido a una vulgar municipalidad (como cualquiera), con problemas de escala municipal, pero también con autoridades de ese calibre.