LA FRASE

"DIGAN LO QUE QUIERAN SOBRE LAS PROTESTAS EN ESTADOS UNIDOS, PERO ALLÁ NADIE PINTÓ EL CABILDO." (MIGUEL BOGGIANO)

jueves, 10 de octubre de 2019

EL RIVAL TAMBIÉN JUEGA


Cuando Cristina decidió correrse de la candidatura presidencial y elegir para esa responsabilidad a Alberto Fernández estaba claro lo que buscaba: un corrimiento hacia el centro de la propuesta política para ampliar los bordes de la coalición opositora mientras ella misma daba un paso al costado, y sumar el apoyo de fracciones del electorado que podían tener resistencias hacia ella.

Y al mismo tiempo, disuadir de antemano ciertos movimientos reflejos de hostilidad abierta de los factores del poder económico, buscando alguien más conciliador que, al mismo tiempo que fuera capaz de tender puentes con sectores políticos que se habían alejado del kirchnerismo o confrontaron con sus gobiernos (algo que ella misma ya había empezado a hacer), no hubiera protagonizado choques sonoros con esos factores no institucionales de poder.

Con los resultados de las PASO a la vista, está claro que la estrategia fue correcta, y que AF era la persona adecuada para desempeñar ese rol, en el que además cree. El asunto es no suponer que simplemente por la conjunción de esos factores, los demás jugadores del partido dejan de jugar, o de operar con su lógica habitual, que suele ser la de sus propios intereses; y para ejemplificar lo que decimos tomemos algunos hechos que han sucedido en las últimas horas.

Por ejemplo el espinoso asunto de la deuda, verdadera piedra en el camino con la cual el futuro gobierno volverá a tropezar, en un contexto que no es el mismo del 2003 que habilitó los canjes: Alberto expresó su interés en evaluar una salida “a la uruguaya” reprogramando vencimientos, sin hacer quitas del capital y eventualmente negociando los intereses, a partir de ofertas que recibió en ese sentido de algunos de los más importantes fondos de inversión tenedores de bonos argentinos. Esos mismos fondos, según cuenta acá Burgueño en Ambito, ofrecen no cobrar sus cupones durante cuatro años (todo el mandato del futuro gobierno), a condición de que no haya quitas del capital, y de rediscutir los intereses, obviamente que al alza en éste caso (nadie dejará de cobrar por esperar más tiempo para hacerse con su dinero).

Mientras tanto, los diarios dan cuenta de que los fondos buitres están mirando con atención la evolución de la situación de la deuda argentina para hacerse con oportunidades de “entrar” al negocio de comprar títulos depreciados por un default que muchos dan por descontado, por la agudización de la carencia de divisas. Y no solo los fondos especulativos: acá cuentan que nada menos que el Citigroup alerta a sus clientes que los bonos argentinos podrían ser un mejor negocio si el país entra en default, porque a una caída inicial del valor le seguiría un rebote posterior, como consecuencia del despegue de la economía: un implícito reconocimiento a la estrategia exitosa que siguió el kirchnerismo en 2003, luego de encontrarse con la deuda defolteada.

Por más buena voluntad que quiera exhibir el candidato, para disipar los temores del mercado o evitar un golpe especulativo entre su casi seguro triunfo el 27O y la asunción del gobierno, los demás juegan, y juegan fuerte. Por otro lado, si pueden esperar cuatro años sin cobrar, bien podrían aceptar una quita: no se trata de gente que esté juntando las monedas para llegar a fin de mes.

Otro tanto pasa con la idea de retocar el impuesto a los Bienes Personales, bajo la idea (correctísima) de que la crisis la paguen los que más se beneficiaron con ella: bastó que Alberto deslizara la idea para que le saltaran a la yugular, con todos los argumentos imaginables, y más: desde que desalentaba la inversión, hasta que demostraba con esa idea que no está dispuesto a equilibrar las cuentas por el lado de un ajuste aun mayor de los gastos del Estado. Hasta recibió “fuego amigo”, si es que a Martín Redrado se lo puede calificar como “amigo”.

Y sin embargo, la idea es sensatísima, y provee una fuente de recursos concreta para que el Estado puede afrontar sus compromisos (entre ellos, el pago de la deuda), sin infringirle más sufrimientos a los sectores que han sido duramente castigados en estos años por las políticas de Macri: vemos acá en Ambito como el equipo de la diputada Fernanda Vallejos hizo tres proyecciones distintas del posible ingreso de fondos consecuencia de cambios en Bienes Personales, que van desde restituir las alícuotas vigentes al 2015 que el macrismo redujo (con la colaboración indispensable de la “oposición responsable”, hasta triplicarlas en el caso de bienes radicados en el exterior, exteriorizados a través del blanqueo de capitales aprobado al principio del gobierno de Macri, con las mismas “ayudas” opositoras.

¿Acaso no se dijo entonces que se habilitaba un blanqueo generosísimo para “ampliar la base tributaria y no presionar siempre sobre los mismos”, y para que “los que más tienen más paguen”? Pues bien, ahora es el momento de demostrar que era cierto, pero somos pesimistas al respecto: la clase social a la que Macri expresó políticamente impulsó y aprovechó el blanqueo para resolver sus chanchullos cuando en otras jurisdicciones fiscales les empezaban a cerrar el cerco, y solo aceptaron pagar el módico impuesto excepcional para poder entrar, casi como una contribución de campaña a “su” gobierno, para que financiara la “reparación histórica” a un sector de los jubilados, parte esencial a su veza de su núcleo duro de votantes.

No van a estar muy dispuestos que digamos a hacer una mayor contribución de carácter permanente, menos por bienes que blanquearon pero dejaron en salvaguarda fuera del país, porque el propio blanqueo se los permitía. A menos, claro está, que se los obligue a hacerlo; que para eso están el Estado y la política.

Y queda para el final el plan contra el hambre lanzado por Alberto el lunes en Agronomía, que es un capítulo importante de la idea más amplia del pacto social: allí elogió la idea del CEO de Syngenta, Antonio Aracre, de que las empresas productoras de alimentos donen el 1 % de su producción: el hombre es generoso con lo ajeno, porque la empresa que conduce no produce alimentos; y casi al mismo tiempo que entusiasmaba al candidato del FDT con esa idea, Nidera (controlada por Syngenta) despedía a 70 trabajadores de su planta en Miramar, provincia de Buenos Aires: en lo inmediato, su contribución a la paz social que el país necesita no estaría siendo mucha que digamos.

Otra de las presencias estelares en el acto del lunes fue la de Daniel Funes De Rioja, presidente de la COPAL, uno de los vices de la UIA y eterno abanderado de la lucha por la rebaja de impuestos, el achicamiento del Estado y sus funciones y la flexibilización laboral: sobre este último tópico recordemos la aclaración tajante de Matías Kulfas (posible ministro de Economía del nuevo gobierno), respecto a que el tema no fue parte de las conversaciones preliminares del pacto social, cosa que por el contrario el presidente de la central fabril, Acevedo (de una alimenticia, para más datos) daba por sentado y acordado.

Pues bien, acá en El Cronista dan cuenta de que los empresarios del sector de las alimenticias están en alerta por la idea esbozada en el plan contra el hambre de “garantizar la mesa de los argentinos”, regulando el precio de los alimentos básicos de la canasta familiar: ya están pidiendo que se tengan en cuenta sus “costos reales”, y que si para lograr ese objetivo deben sacrificar parte de sus márgenes de rentabilidad, se los compense con rebaja de impuestos, con lo cual el sacrificio real sería del Estado, es decir de todos nosotros. Como en la reciente eliminación de IVA que dispuso Macri para algunos productos, sin lograr por eso frenar la inflación.

Colofón de todo lo dicho: para la foto de las reuniones y los titulares de los diarios, todos parecen estar dispuestos a poner su parte para salir de la crisis, y dicen estarlo. Pero cuando se le ponen nombres concretos a las soluciones, si estas rozan sus intereses, le empiezan a sacar el culo a la jeringa. Una constatación que no debería ser una limitante para la acción de la política, sino un elemental cuadro de la situación en el que hay que moverse, para no pifiarla.

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