LA FRASE

"EL FALLO DE LA CORTE SUPREMA CONTRA LOS ARANCELES ME ENFURECIÓ, PERO CON BOMBARDEAR ALGÚN PAÍS SE ME PASA." (DONALD TRUMP)

lunes, 23 de febrero de 2026

DISPENSADORES DE CULPAS

 

"La federación gremial del comercio e industria de Mendoza ha pedido al presidente de la Nación la reglamentación del derecho de huelga. In cauda veneno. Entre tanto se reglamenta, pide que se prohíba su ejercicio. Lisa y llanamente, la supresión del único derecho que tienen los trabajadores para defender su salario y condiciones de trabajo. Y el pretexto no puede ser más pueril: mientras dure la situación de caída del poder adquisitivo de los salarios que provocan la situación. Es decir, mientras las condiciones sociales hacen necesario su ejercicio porque no es en la prosperidad, en la plena ocupación y en el alza del nivel de vida que los trabajadores necesitan apelar a ese recurso extremo.".

"Esta manifestación no tendría importancia si no expresara el sentir de todos los vagos de nuestra tilinguería demoliberal. Si no fuera el estado de conciencia de cuanto inútil bien vestido pasea su improductividad por el barrio Norte de Buenos Aires, de Mendoza o de Rosario, hablando de la improductividad de los trabajadores. Pregunte ahora usted quién produce lo que se produce, poco o mucho, y fatalmente llegará usted a la conclusión que los únicos productores son precisamente los obreros, los industriales de verdad, los comerciantes de verdad, en una palabra, todos los que están ajustados a una disciplina diaria y normal de trabajo y que, por lo mismo no tienen tiempo para asistir a esa reuniones donde los vagos pontifican sobre los que si trabajan son o no trabajadores.".

"Pero volvamos ahora al industrial -y estoy hablando ahora de los que producen en alguna manera y no de los que hablan de productividad sin producir nada. Preguntémosle si es cierto o no que gran número de ellos han evadido de su actividad específica las utilidades que debieron estar destinadas al perfeccionamiento industrial, hacia la adquisición de propiedades rurales, cuando no hacia el mercado negro en la adquisición de monedas extranjeras o bienes de lujo, destinados a ocultar el monto de sus utilidades. El que esté libre de pecados que arroje la primera piedra. ¿Puede decir honradamente ese comerciante o ese industrial o ese productor agrario que ha hecho lo posible por el aumento de la producción? Confiese que no. Y sea entonces más comprensivo para el que está ajustado a un horario, una disciplina de tarea, un mínimum de producción que es el caso del trabajador, cuando vaya a juzgarlo porque no pone el máximo empeño en la producción.".

"¿Tiene siquiera ese trabajador la seguridad de que ese aumento de producción que se le recaba traerá sobre el mercado las ventajas que se dice? ¿O tiene derecho, en función de la experiencia pasada, que todos callan para cargar la romana sobre un régimen que viene a ser el chivo emisario de culpas colectivas, a creer que su mayor esfuerzo, con menos salario, sólo se traducirá en nuevas evasiones, en enriquecimientos estériles, en bajas de costos, solo patronalmente útiles, pero sin ninguna incidencia sobre lo social?".   

"Recordemos, pues, que los trabajadores son hombres, como hombres son los que hacen tan estúpidos juicios sobre ellos. Si el espíritu de la vagancia predomina en el país, no ha de estar localizado en un solo sector; si predomina en el trabajo se ha de sentir también en los otros sectores. ¿Están seguros los que pontifican sobre el trabajo de los trabajadores, de haber cubierto ese mínimo, no ya para tener derecho de ser jueces sino para no desalentarlos con su mal ejemplo?. Y principiemos entonces por desenmascarar esta mentira que consiste en hablar de la improductividad del obrero, mientras los vagos, mano sobre mano, no hacen nada o hacen lo mínimo, obedeciendo al principio hedónico, desde luego, humano, de emplear el menor esfuerzo posible en su tarea. Pongamos en su lugar las cosas diciendo: los trabajadores producen menos de lo que podrían producir, pero con todo son los que más producen. ¿Puede decirse que los otros sectores de la sociedad los superan -salvo contadas excepciones- en el esfuerzo diario?". 

Los párrafos precedentes no fueron escritos ahora, a propósito de la reforma laboral que está a punto de aprobar el gobierno de Milei o los efectos devastadores de su política económica: pertenecen a Arturo Jauretche, y fueron publicados en la revista "Mayoría" en septiembre de 1959; cuando el gobierno de Frondizi aplicaba un "plan de estabilización" (entonces también les aconsejaban, como a Sturzenegger décadas después, no llamarlo "ajuste") pactado con el FMI, que incluía recortes de salarios reales y cierres de ramales ferroviarios (el plan Larkin), con represión para los que se resistieran: el plan Conintes, y la militarización de las huelgas de los ferroviarios y los trabajadores del frigorífico Lisandro De La Torre que resistían las privatizaciones y recortes.

No son de ahora las reflexiones, pero bien podrían serlo: pocas cosas han cambiado en lo sustancial desde que Jauretche lo escribiera, y sobre todo poco ha cambiado la derecha argentina en sus planes, objetivos e instrumentos de acción, sin importar la encarnadura que asuma: militar, democrática, menemista, macrista, radical o libertaria. Cambió si (y no es menor) el hecho de que buena parte de los trabajadores han perdido conciencia de clase y votan sistemáticamente en contra de sus propios intereses, o apoyan políticas que objetivamente los perjudican; por razones como las que brillantemente describe Mariano Quiroga en ésta nota de "El cohete a la Luna", cuya lectura reflexiva recomendamos.

La brutalidad cada vez más explícita de las políticas de la derecha en todos los planos se sustenta en un arsenal teórico y discursivo tan sencillo, como eficaz: consiste en crear demonios y enemigos sobre los que concentrar el odio y el resentimiento sociales para nublar el entendimiento, manipular las emociones y llevar agua para su propio molino, haciendo que las víctimas reclamen y aplaudan el hacha del verdugo.

Y simplificar los problemas, sus causas y las posibles soluciones: si se trata del delito y la inseguridad (cajón del sastre al que apelan siempre que no quieren que se hable de otros asuntos), la culpa la tienen los menores o los inmigrantes extranjeros, aunque las estadísticas lo desmientan (el prejuicio no necesita de datos, ni los confronta), y la solución es incrementar el arsenal punitivo, aunque la receta se haya ensayado miles de veces, sin éxito.

Si el problema es la inflación o que la economía del país no crece ni genera empleo sino que más bien lo destruye, la respuesta es sencilla: es culpa (la derecha siempre busca culpables para lo que no puede ofrecer soluciones) de los propios trabajadores, sus sindicatos y las leyes laborales, que les conceden demasiados derechos e incrementan el costo argentino con salarios altos. Recordemos a González Fraga en los años macristas diciendo que el problema es que alguien (el peronismo) les había hecho creer a los trabajadores que podían vivir bien, y acceder a determinados consumos.

Por ridículo que parezca el argumento, a fuerza de repetirlo logran -como plantea Quiroga- que muchos trabajadores celebren como una conquista perder derechos o si no los tienen, que los pierda otro, como condición necesaria para poder gozar de un futuro mejor; porque para la derecha (como dice el tango) siempre primero hay que saber sufrir, para después poder gozar. 

No son más que carteristas (un poco más sofisticados, y eso solo a veces) que gritan "Al ladrón" en el tren, el subte o el colectivo para distraer, y poder llevarse alguna billetera. Claro que en esos casos los pasajeros ya están advertidos del truco, y cuando el punga de ocasión lo vuelve a emplear, se llevan las manos al pantalón o aprietan más fuerte la cartera porque saben lo que sucederá. Cuanto cambiarían las cosas en nuestro país si muchos tuvieran la misma perspicacia, nacida de la experiencia, cuando se trata de no comprar buzones políticos, electorales o económicos.

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