LA FRASE

"EL DOMINGO QUE VIENE ME VOY MÁS AFILADO, EN CUANTO ME QUIERAN CORTAR PORQUE ME PASÉ DEL TIEMPO LO CAGO DE UN BALAZO AL MODERADOR, Y LISTO." (JUAN JOSÉ GÓMEZ CENTURIÓN)

martes, 20 de agosto de 2019

LA HORA DE LAS REVELACIONES



No son pocos los que por estas horas se asombran de la velocidad con la que se degrada la experiencia macrista, en todos los planos, tras la contundente derrota en las PASO: periodistas hasta ayer adictos y operadores del régimen que pegan violentos garrochazos o volteretas en el aire, empresarios del grupo de whatsapp coordinado por Marcos Galperín (empezando por el propio CEO de "Mercado Libre") que tocan el timbre de las oficinas de Alberto Fernández, internas en el seno del poder y cuestionamientos al propio Macri que trascienden en público, Jaime Durán Barba huyendo del país como rata por tirante, cambios en el gabinete a las apuradas.

Como telón de fondo de la descomposición del gobierno y como su consecuencia directa, la crisis económica y social que se agudiza, y los interrogantes sobre el futuro institucional del país (despejado ya el horizonte electoral), y la posibilidad de que Macri termine su mandato en tiempo y forma, con una mínima dosis de paz social.

Sin embargo y si se prestaba atención a los elementos estructurales del proceso más allá de las "novedades de la era" (la incidencia de los medios, las nuevas técnicas comunicacionales utilizadas para la estrategia política y electoral), los factores que derivaron en este penoso final estaban presentes ya cuando Macri se impuso a Scioli en el balotaje del 2015; encabezando una despareja coalición de partidos que formalizó el funcionamiento conjunto de hecho de las fuerzas políticas anti-peronistas que la conformaron, como núcleo duro de la oposición al kirchnerismo hasta ese momento, y durante los gobiernos de Néstor y Cristina.

Como el que gana siempre tiene razón, rendidos ante la evidencia del triunfo de Macri muchos prefirieron concentrar su atención más en las razones de su éxito, que en el proyecto político, económico y social al servicio del cual ese éxito se iba a poner. Eligieron intentar entender por qué Macri había ganado (lo que ciertamente era importante), más que poner la lupa en lo que efectivamente iba a hacer, con el triunfo asegurado; de allí que hasta teorizaran y escribieran libros sobre la era de hegemonía macrista que se avecinaba, con una eficacia en el logro de sus objetivos que cumplirían al fin la profecía de Halperín Donghi: la agonía final de la argentina peronista.

Existiera o no una cosa tal como "una nueva derecha moderna y democrática", de lo que nunca existieron dudas (al menos para nosotros) es que Macri venía para gerenciar el mismo proyecto de siempre de las minorías del privilegio; un proyecto en el que tenían cabida ¿el 5, el 10, el 15 %? de los argentinos, y el resto estábamos de más. Y que además era insustentable a mediano plazo por donde se lo mire; como finalmente el tiempo se encargó de demostrar.

Es decir entonces que la "nueva" derecha, arribada ahora al poder por el voto mayoritario,  afrontaba el mismo dilema que la "vieja" que tenía que apelar al fraude y los golpes de Estado: como relegitimarse políticamente para construir una larga hegemonía en el poder institucional, mientras despojaba a las grandes mayorías nacionales de sus derechos, y las hacía retroceder en forma constante en sus niveles de vida, consumo y condiciones materiales de existencia.

Para conseguir eso, se nos dijo todos estos años que bastaba con el aparato de alienación cultural, el blindaje mediático, la apelación al discurso del odio y agitar el miedo al retorno del fantasma populista. Pero lo cierto era entonces y terminó siendo estruendosamente después, que el sesgo de clase de la coalición de gobierno era demasiado ostensible como para poder ocultarlo de la vista de todos, todo el tiempo. Tanto, que los resultados electorales hicieron que el gobierno y sus principales figuras se terminaran refugiando en el discurso en los estrechos límites de su clase; como Carrió apelando al "voto esquí" y aclarando -por si hiciera falta- que no les estaba hablando a los pobres.

Un clasismo -el del gobierno- palpable en su discurso, en sus medidas y en los apoyos que recogió, el de Macri fue antes que todo y primero que nada, un gobierno que ejecutó la revancha de una clase social por los avances de la década larga del kirchnerismo; porque nunca hay que perder de vista que lo que para nosotros pudo ser insuficiente, para ellos es siempre intolerable. Tanto es así que el Macri auténtico, el que no está mediado por el coacheo duranbarbista, en la tarde del lunes posterior a la elección decidió culparnos a nosotros del desmadre final de la economía por votar como votamos, y darnos un castigo aleccionador dejando volar el dólar. 

Recordemos hoy, desde esta perspectiva, cuantas veces nos dijeron que estábamos mal, por haber estado bien; tratando de hacernos sentir culpables de los males del país, por acceder a cosas, derechos, consumos, que no nos estaban permitidos. Y tengámoslo muy presente en los difíciles meses por venir, los de la descomposición final del régimen: aunque parezca que "oyeron la voz de las urnas", lo único que van a hacer es intentar anudar sus últimos negocios antes de irse; mientras la crisis se agudiza al compás del  creciente vacío de poder.

Los desbordes siquiátricos que abundan por estas horas en el oficialismo (de los que Carrió es solo la exponente mayor, lejos de ser la única) no son sino los modos con que esa clase lidia con sus inconvenientes para comprender una realidad que los desborda, y sobre todo, se les resiste. Una vez más, volvemos al principio: si se mira hoy el desagradable espectáculo de la descomposición final de lo que fue "Cambiemos" (tanto, que ni siquiera logró llegar a las elecciones bajo la misma sigla), lo que se ve estaba allí ya en el 2015.

Es decir, y sin que el orden implique mayor o menor importancia, las fragilidades de la coalición política triunfante en el 2015 estaban tan a la vista, como las del modelo de valorización financiera que terminó estallando como se preveía: la UCR como una estructura política vacía, que hace ya 25 años (en el Pacto de Olivos y la reforma constitucional del 94') pactó ser institucionalizada como oposición, renunciando a intentar ejercer el poder; la Coalición Cívica como poco más que una corte de eunucos políticos que festejan los desbordes paranoides de Carrió, y el PRO como una extensión política de SOCMA, una sociedad con un solo socio (Macri); de la que en todo caso algunos (Larreta, Vidal) intentarán ahora no desprenderse de acciones que nunca tuvieron, sino presentar sus currículums en otro lado, para sobrevivir después de la liquidación.

También estaba en el 2015 y seguirá estando (y más aun, pretendiendo influir) una clase empresaria de una espantosa mediocridad cultural y enanismo político, que sigue pensando que el problema central del país son los impuestos, el gasto público y las leyes laborales; sin más perspectiva cierta de desarrollo que apostar a tres o cuatro enclaves de actividades primarias privilegiadas por sus ventajas comparativas, y sin más horizonte futuro que maximizar ganancias vía evasión impositiva o posiciones dominantes en el mercado, para fugarlas del país. Y un golpe de mercado en curso que apunta más a disciplinar al próximo gobierno (como en el 89'), que a arrancarle más concesiones al que está formalmente en el poder, pero no está en condiciones políticas de garantizarles nada.

Desde el otro lado, nosotros, en la victoria, no tenemos que perder de vista estas cuestiones centrales; porque esas fuerzas seguirán alineadas, y la derecha social vivita, coleando y espoleada por el odio y -ahora- la frustración; mientras sus representaciones en las distintas fracciones del capital apuestan en esta instancia (como ya lo hicieron antes, en el menemato) al entrismo y la cooptación del nuevo gobierno; bajo la bandera de la necesidad de "cerrar la grieta". En eso están Galperín, tocando el timbre de las oficinas de Alberto Fernández, o Magnetto, exhibiendo con orgullo que se sentará en la primera fila a escucharlo en las jornadas que todos los años organiza Clarín en el MALBA.

En un contexto difícil, donde un eventual gobierno del "Frente de Todos" (que debe apostar a ganar en octubre por un margen más amplio aun, si fuera posible) deberá andar con pies de plomo desde el principio, Alberto Fernández deberá tratar de mantener unida la coalición política y social que lo está llevando al triunfo; y si algo enseña la desastrosa experiencia macrista es que el único modo de conseguirlo, es asumir la representación plena de sus intereses, sin concesiones. Tuits relacionados: 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mas que en 2015, esto ya se veía en 2013, pero a veces no alcanza con saber, había que padecerlo

Anónimo dijo...

La gorda cloaca está desbordando. Apesta. Traje a rayas en breve.