LA FRASE

"SI UN PERRO DE LA GENDARMERÍA MUERDE A UN DIPUTADO, HABRÁ QUE TOMAR COMO CRITERIO DE VERDAD LO QUE DIGA EL PERRO, A MENOS QUE SEA VERBITSKY." (PATRICIA BULLRICH)

martes, 6 de junio de 2017

CUALQUIERA, MENOS CRISTINA. O SEA, CRISTINA


“Las inversiones no vienen porque quieren esperar a ver que pasa con las elecciones”. “¿Qué puede pasar si gana Cristina?. “Cualquiera, menos Cristina, dicen los empresarios” o similares, son latiguillos que circulan por los medios a diario, y no hacen sino reafirmar la centralidad política de Cristina, y su condición de única alternativa opositora real al macrismo: así de simple, y así de complejo. Y la certeza de los ajenos deja en off side a las dudas de algunos de los ¿propios? que sostienen que no debe ser candidata, porque es funcional a los planes del gobierno.

La anécdota trasciende largamente a la propia Cristina, y la disyuntiva que nos quieren imponer (“Cambiemos” o el retorno del populismo, y por ende del caos) remite a la vieja discusión sobre la relación entre la democracia y las lógicas corporativas; o la disputa entre el poder formal que debe revalidarse periódicamente mediante elecciones, y el poder real exento de ese requisito; lo que le otorga una ventaja inigualable.

Un poder que logró instalar a uno de los suyos en la Rosada, pero es conciente de la provisoriedad de las cosas, porque sabe la naturaleza excluyente de los planes que respalda, lo que le está exigiendo a Macri que haga para cumplirlos, y las consecuencias que traen aparejadas. Y si no lo saben, harían bien en mirarse en el cercano ejemplo brasileño para comprender lo que se gana tirando demasiado de la soga.

Mientras, Macri desliza la idea de que encara una “pelea” contra el “círculo rojo” no por el contenido del programa político, económico y social a ejecutar, sino por la división de tareas: que los dueños del poder económico inviertan (y si es posible no remarquen, aun cuando esta queja casi ni se escucha, al menos en público), que él se dedica a hacer política a su modo para ganar las elecciones; que por cierto hasta acá, mal no le ha ido.

Y Durán Barba sale por los medios a explicarnos la cuadratura del círculo de un presidente que ajusta y adopta una política económica impopular, pero aun así puede conservar su popularidad, y ganar las elecciones.

Desde los mismos albores de nuestra transición democrática post dictadura y los concretos disparadores de la apertura institucional (básicamente la derrota en Malvinas) están en el tapete las condiciones de posibilidad de construir una democracia autónoma de los tutelajes corporativos.

Las grandes crisis de 1989 y 2001 fueron formidables intentos disciplinadores del poder económico, para el sistema político y para el conjunto de la sociedad: sabido es que las mega crisis (casi siempre autogeneradas) predisponen más fácilmente a aceptar remedios drásticos, vendidos como los únicos racionales y posibles. Y que esos remedios conducen -invariablemente- a una drástica reestructuración de las variables, en beneficio de la tasa de ganancia del capital.

No es que los gobiernos radicales que concluyeron anticipadamente su mandato con ambas crisis hayan sido disruptores en algún sentido, sino que no estaban dispuestos en un caso (el de Alfonsín) a la “cirugía mayor” (de la que convencieron a Menem con el ejemplo aleccionador de su antecesor), y en el otro (el de De La Rúa) ya habían agotado su utilidad práctica como recambio “honesto” dentro de un mismo sistema, sin cambiar la matriz del modelo de generación, producción y distribución de la riqueza social.

En éste segundo caso la profundidad de la crisis implosionó al sistema político, que en apariencia y en la superficie logró funcionar y dar una salida “institucional”, pero en el fondo salió mas debilitado que antes; al menos si se considera el asunto desde la perspectiva de plantearse seriamente algún grado de confrontación con el poder real.

Ese contexto fue el que parió la excepcionalidad kirchnerista, que rescató al peronismo de su balcanización en sultanatos provinciales que lo llevaban a perder su dimensión nacional, y del vaciamiento ideológico neoliberal del menemato, que lo dejó al borde de perder su capacidad de representación de lo popular.

Como el intento kirchnerista de recomponer (con sus limitaciones, tropiezos y debilidades) la primacía y la autonomía de la política tuvo éxito durante por lo menos 12 años y tres mandatos presidenciales (hasta la derrota del 2015), el kirchnerismo como identidad política conserva -mal que les pese a lo que lo dieron por muerto tantas veces- protagonismo político, porque tiene vigencia social.

Hoy y gracias al kirchnerismo, ya no es la claudicación menemista la única experiencia de gobierno peronista que los argentinos de las generaciones recientes (la inmensa mayoría del padrón electoral) conocen; algo que muy astutamente ocultan del debate los “peronistas de Perón” que persisten en el vano intento de negarle entidad peronista al kirchnerismo; la experiencia más profundamente entroncada con la mejor tradición del peronismo inaugural, desde la muerte de Perón para acá.

La “crispación” y la “grieta” planteadas como tajos sociales “inventados” o “producidos” por el kirchnerismo son en realidad consecuencia de un conflicto sostenido y permanente, con esfuerzos y resultados de eficacia dispar: el conflicto entre el poder político (en manos del peronismo en su fase kirchnerista) con el poder económico, del cual el poder mediático es una parte, cada vez más importante: la del canal de transmisión de expectativas a la sociedad, para construir sentido.

Un conflicto que al defender la autonomía y las prerrogativas de las autoridades creadas por la Constitución y electas por la voluntad popular frente a los poderes fácticos a los que nadie vota (y hasta el kirchnerismo muchos no conocían siquiera), hizo más por consolidar las instituciones, que mil “abrazos” a los tribunales o cientos de cacerolazos reclamando por “justicia independiente”: para republicanos, los populistas.

El conflicto con las patronales del campo, la discusión de la ley de medios, la disputa con los fondos buitre o el intento de reformar la justicia son capítulos de esa saga, donde al argumento de la impostura (según el cual el kirchnerismo se habría creado enemigos con los que en realidad no confrontaba) grato a las izquierdas funcionales y progresismos herbívoros (no casualmente nunca comprendidos en los “cualquiera, menos...” del poder económico) se le sobrepone una realidad incontrastable: el estalibshment argentino no está preocupado (ni lo estuvo nunca) por el crecimiento de la izquierda o las impugnaciones morales de Stolbizer, ni siquiera por el resto del peronismo como sello, sino por Cristina; porque lo que ella representa la excede, y tiene que ver con la profundidad de ese conflicto del que hablamos.


El desafío es entonces ensanchar sus propios límites personales, creando en torno suyo la coalición social y política que se haga cargo del dilema, y lo traduzca en una propuesta capaz de derrotar la encerrona de que votemos como votemos, hay un solo modelo político, económico y social posible: el que impulsan los que jamás se someten a elecciones.

1 comentario:

claudio Maxl dijo...

A ver, como dijera el estadista: La unica verdad es la realidad. LAS INVERSION SE DESPLOMO DESDE Q EL CONTRABANDISTA OKUPA LA ROSADA.
http://pausa.com.ar/2017/03/retrocede-la-inversion-y-el-consumo-en-2016-el-pbi-se-achico-un-23/