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LA FRASE: "AL QUE HAY QUE LINCHAR ES AL PELOTUDO QUE DIJO QUE HABÍA QUE TRAERLA DE NUEVO A SILVIA FERNÁNDEZ BARRIO A LA TELEVISIÓN ABIERTA." (LUIS D'ELÍA)

domingo, 13 de mayo de 2012

KIRCHNERISMO, EL PERONISMO DEL SIGLO XXI (3º Y ÚLTIMA PARTE)


Por Raúl Degrossi

Terminamos hoy con esta serie de entradas sobre las semejanzas que advertimos entre el peronismo y el kirchnerismo; acá y acá pueden ver las dos anteriores (seguimos con la enumeración que había allí): 

7. La creencia en el importancia de contribuir a consolidar una burguesía nacional como parte esencial de la coalición policlasista:

En ambos casos, esa creencia no estuvo jamás exenta de la dosis de pragmatismo necesario para reconocer los límites de esa burguesía como clase con conciencia plena de su rol; y de la decisión de suplirla o complementarla con la acción directa del Estado en la economía cuando resultaba imprescindible para las metas trazadas.

El impulso del primer peronismo a la industria pesada en su Segundo Plan Quinquenal, y la reciente decisión del gobierno de avanzar en el control de YPF luego del fracaso del experimento Eskenazi son (siempre con la diferencia de escala de la perspectiva histórica) dos ejemplos claros en ese sentido.

Como anverso de lo dicho respecto del sindicalismo, tampoco el peronismo o el kirchnrismo se asumieron nunca como expresiones políticas anti-empresa; por el contrario: la apuesta a una economía autocentrada en un poderoso mercado interno de consumo, les brinda a éstas en los dos casos, un amplio margen de crecimiento y expansión; pero tampoco se avala el comportamiento rapaz, o por lo menos se intenta ponerle coto y promover diferentes estrategias e instrumentos para una distribución progresiva del ingreso (paritarias, subsidio a las tarifas de los servicios públicos y los consumos populares).

8. La decisión de avanzar sobre la renta agraria diferencial para promover la diversificación productiva, y sus efectos en la mayor integración de la sociedad:

En ambos casos además se trata de captarla para contribuir a financiar el Estado sobre bases más equitativas, con la clara intencionalidad política de introducir cambios al modelo tradicional de acumulación; de un modo que reflejara progresivamente en la estructura económica los intereses de la coalición social y política en que se sustentan.

La diferencia de envergadura y capacidad de arbitrio sobre el juego de las fuerzas productivas de los instrumentos escogidos en cada caso (el IAPI en el primer peronismo, las retenciones en el kirchnerismo) responde a la particularidad de cada coyuntura histórica (por ejemplo niveles previos de consolidación del poder político y del consecuente grado posible o políticamente tolerable de intervención estatal en la economía), pero no altera ninguna de las dos premisas.

9. El rechazo por parte de las instituciones y cánones de la cultura formalmente dominante, y el nacimiento de un consecuente espíritu disruptivo frente a ésta:

En tanto fenómenos políticos emergentes “inesperados”, el peronismo clásico y el kirchnerismo experimentaron el rechazo por parte del aparato formal de la cultura dominante en su tiempo (la academia, la gran prensa), al tiempo que ese mismo aparato ensayaba uno y otro intento de comprensión del fenómeno, con desparejo rigor intelectual en ambos casos y -salvo honrosísimas excepciones que no hacen más que confirmar la regla- con la utilización del bagaje conceptual tradicional; con el que intentaron -también una y otra vez- encasillarlos en los cánones conocidos, y confinarlos a las regiones del subdesarrollo político.

Esa actitud despertó el lógico rechazo en ambas etapas históricas, unidas por un arco que se inicia en el “Alpargatas sí, libros no” de las jornadas del 45’, para cerrarse en el “Clarín miente” de las jornadas del conflicto por la resolución 125, o de la discusión de la ley de medios.

Y ese rechazo se tradujo en ambos casos -como también era lógico- en un fortísimo elemento afirmador de la propia identidad política, así como en la generación de espacios propios de comunicación del lenguaje político (de la tiza y el carbón y las pintadas en las paredes, a los blogs y la cyber militancia), en una estética propia (en la que el kirchnerismo se apropia muchas veces de los íconos de la simbología del peronismo clásico, para reinterpretarlos en clave actual) y en la misma forma de expresión política, mediante la apropiación del espacio público.

Claro que muchos de los elementos señalados están presentes -en mayor o menor medida- en otras tradiciones políticas argentinas, pero probablemente en ninguna expliquen tanto su perduración en el tiempo como en el peronismo; tradición a la que sin dudas el kirchnerismo como fenómeno político tributa.

10. La comprensión del rol político que juegan los medios en la formación de la opinión pública, y en el intento de fijar la agenda de los gobiernos:

Por su contemporaneidad con la aparición de los grandes medios de masas en un caso (el peronismo clásico) y su fenomenal expansión tecnológica y de plataformas en el otro (el kirchnerismo), ambos procesos políticos prestaron especial atención al punto, porque advirtieron en los medios actores con intención clara y definida de incidir en la disputa política, probablemente primero vehículos de transmisión de una ideología concreta (la que construyó la Argentina tradicional) en los 40’ y 50’, y más tarde como conglomerados de intereses empresariales que accionan en autodefensa ante lo que perciben como amenazas emergentes del sistema político; en los tiempos modernos.

Perón fue quizás el primer político argentino en advertir la importancia de la radio como vehículo de comunicación política, y con certeza impulsó el desarrollo de la televisión desde el Estado, en base a la misma percepción. Los Kirchner -tras minimizar quizás su importancia por un tiempo- comprendieron amargamente a partir del conflicto con las patronales del campo el rol político de los medios, y los límites a los que estaban dispuestos a llegar en defensa de sus intereses.

Que la comprensión se tradujera en un intento de férreo control estatal de los medios en la experiencia del peronismo clásico, y, a la inversa, en el impulso de su democratización en los tiempos kirchneristas (coexistiendo con el apoyo a la conformación de medios afines) tiene que ver con la concreta configuración del mapa mediático en uno y otro proceso, y con la diferente maduración de la disputa cultural en la sociedad argentina y su modo de expresarse en el ágora mediática, en cada época.

Sin pretender que la descripción que he venido haciendo en éstas entradas agote el análisis del asunto, entiendo que los elementos señalados demuestran que hay profundas similitudes entre el peronismo original de los 40’ y los 50’ y el kirchnerismo; que van más allá del repaso puntual de las medidas de gobierno tomadas en uno y otro proceso; y que tienen que ver con las características de la construcción política.

Lo que no implica que sean iguales, o que para adherir al kirchnerismo haya que ser indefectiblemente peronista, y profesar incluso la liturgia propia de esa gran tradición política argentina.

Sí que la conducción del kirchnerismo, la que ha venido definiendo sus rumbos, sus límites, sus marchas y contramarchas desde el 25 de mayo del 2003 (corporizada en Néstor y Cristina) es claramente peronista, y más aun: expresión de lo mejor de la tradición política del movimiento fundado por Perón.