LA FRASE

"A MACRI YO NO LO CONOCÍA, ME LO PRESENTÓ DANIEL SANTORO." (DANIEL VILA)

sábado, 25 de mayo de 2019

OCULTANDO EL CISNE NEGRO


El tenebroso episodio de la masacre de San Miguel del Monte conmociona, pero también debería llamar a la reflexión, desde más de un ángulo posible. El primero y más obvio, la apremiante necesidad de la democracia argentina de saldar una de las deudas más pesadas de su transición post dictadura: la definitiva democratización de las fuerza policiales y de seguridad, para adaptarlas a mínimos estándares compatibles con la vigencia de los derechos y garantías constitucionales.

Un tema que abordamos en extenso acá en su momento, y respecto del cual nos remitimos a lo dicho.

Sin embargo, esa deuda que ha sido transversal a todos los gobiernos (con ensayos de saldarla nunca llevados a fondo, para ser justos) se vio gravosamente aumentada como la deuda externa en el actual gobierno; en el que las políticas de gatillo fácil de las fuerzas policiales cuentan no solo con la anuencia o la vista gorda del poder político, sino con su beneplácito y encomio: los policías bonaerenses que provocaron la muerte de los cuatro jóvenes no fueron más que otros Chocobares, convencidos de que lo más adecuado es disparar primero, y preguntar después.

Que Macri no los haya recibido en la Casa Rosada como a Chocobar obedece más a la conmoción social que provocó el caso, que a sus deseos íntimos, o sus convicciones sobre cual sea la mejor política en materia de seguridad. Sin embargo y al igual que con tantos otros casos de gatillo fácil, la red mediática de construcción de sentido social cerró rápidamente filas en defensa de los asesinos, culpabilizando a las víctimas: hubo al respecto episodios ciertamente bochornosos, pero para nada sorprendentes.

Todo eso crea un caldo de cultivo propicio para que, sumado a discursos tenebrosos como el de Patricia Bullrich sobre la portación de armas, los Chocobares que abundan en las fuerzas de seguridad provinciales y federales se sientan impunes, y más que protegidos, estimulados a resolver las cuestiones siguiendo su propio criterio, y con la estricta lógica de las armas.

Pero en éste caso en particular hay otro costado que nos interesa resaltar acá, porque habla de las miserabilidades de la política y del periodismo cómplice, que no repara en que en el medio de todo quedaron truncadas vidas humanas, para peor con mucho camino por recorrer: por mucho que se recalque la responsabilidad del gobierno nacional y en particular de Patricia Bullrich en la instalación de un discurso irresponsable en la materia, no puede dejarse de lado que la responsable política directa de los policías que dispararon sobre los pibes de Monte es la gobernador de Buenos Aires, María Eugenia Vidal.

Y no solo por una cuestión de dependencia funcional de los policías asesinos, sino porque jamás hizo el más mínimo gesto público para diferenciarse de las brutalidades de Macri y Bullrich en materia de políticas de seguridad, y por el contrario las avala; usufructuando políticamente los beneficios del discurso “manodurista”: entre las numerosas (pero nunca enumeradas) “mafias” que Vidal dice estar combatiendo nunca figura la policía corrupta y de gatillo fácil, y no ha mostrado -a diferencia de la imagen pública que quiere proyectar- la más mínima sensibilidad con las víctimas de la violencia institucional, que hoy exhibe en el país y en su provincia registros más propios de una dictadura, que de un gobierno democrático.

Tanto como la de Macri o Bullrich y más, la responsabilidad de Vidal en los hechos de San Miguel del Monte es inocultable, y por eso son muy burdos y evidentes los intentos de buena parte del periodismo (incluyendo a algunos de este lado de la grieta, como el “Gato” Sylvestre) por disimularla, o lisa y llanamente esconderla.

Y este nos parece un dato político no menor en estos momentos, en los que se barajan todo tipo de rumores sobre el desistimiento de Macri de su intento de reelección, para declinar la candidatura del oficialismo en María Eugenia Vidal: más allá de lo que se opine al respecto (al menos acá somos escépticos), es ostensible el esfuerzo del “círculo rojo” por preservarla de lo que puede transformarse en el “cisne negro” que recaiga sobre su figura y dinamite parte del diferencial electoral que -dicen, seguimos siendo escépticos- tiene sobre la de Macri, para mejorar las chances del oficialismo. O para tentar a esa parte de la oposición (Massa, Lavagna, Alternativa Federal) que estaría dispuesta a acompañarla, si decidiera dar el salto, o si alguien lo decidiera por ella.

Al menos para nosotros (y creemos que para muchos) Vidal es tan siniestra como Macri, si no más; porque puede mostrar un rostro “amable” y un origen de clase que no genere rechazo, como el visible garca que es el presidente, y que denota en cada gesto y palabra. Y no representaría ninguna diferencia política en relación al presidente: tiempo atrás dijo para quien quisiera oírla que seguiría su misma política económica, y si algo demuestra la masacre de Monte es -entre muchas otras cosas- es que si de credenciales democráticas y apego a los derechos humanos y las garantías constitucionales hablamos, María Eugenia Vidal viene tan flojita de papeles como Mauricio Macri.

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