LA FRASE

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viernes, 13 de mayo de 2011

CRISTINA CONDUCE, LOS DEMÁS ACOMPAÑAN (MOS)

Por Raúl Degrossi
El discurso de Cristina el jueves en José C. Paz fue sin dudas el hecho político más importante de la semana, y ha revuelto el avispero hacia afuera y -fundamentalmente- hacia adentro del dispositivo político oficialista.
En rigor Cristina venía reiterando ya en sus últimas apariciones públicas apelaciones a la sensatez de los reclamos sindicales; la novedad en este caso está dada porque vinculó los hechos a su candidatura a la reelección, que fue en definitiva lo que provocó el cimbronazo.
Así vistas las cosas, la respuesta de la presidenta fue de manual: hoy lidera cómodamente las encuestas, sin opositores de relieve a la vista (todos los días se decanta uno nuevo, y los que siguen en pie tienen dificultades crecientes para cerrar alianzas redituables electoralmente), con una valoración positiva en crecimiento sostenido de su imagen y de su gestión; lo que colocaría a cualquiera en su posición en condiciones de imponer condiciones, o reclamar mayor autonomía para decidir.
En el documento de presentación de la Corriente Kirchnerista de Santa Fe decíamos que el panorama político nacional por un lado despeja la incertidumbre electoral, pero por el otro alienta un triunfalismo excesivo que tiende a provocar una simplificación de la lectura de la realidad política, al par que se verifica el desplazamiento de los conflictos políticos al interior de la coalición oficialista. El debate (falso) peronismo versus progresismo, el rol de Moyano y del sindicalismo, los realineamientos del aparato del PJ que en muchos casos tensionan la coherencia del proceso son muestras de ello; a lo que hay que agregar que está por verse si Cristina reemplazará en su totalidad el rol que cumplía Néstor Kirchner como eje articulador del dispositivo político oficial, y en tal caso si lo hará con las mismas características.
Precisamente el discurso presidencial pone de relieve dos aspectos centrales: el rol del sindicalismo en la construcción política oficial (aunque algún análisis simplista reduzca el debate a la figura y los métodos de Moyano), y la decisión explícita de Cristina de tomar o no para sí ese rol vertebrador del espacio que cumplía Néstor; decisión que sería no sólo racional en términos políticos, sino la única sensata en el actual contexto.
Es Cristina la que ordena el espacio, y no al revés, como parecen pretender algunos, y no me refiero exclusivamente a la dirigencia sindical; y posiblemente sea allí donde la ausencia de Néstor se sienta más.
Pero cuidado con hacer análisis de trazo grueso propios de Morales Solá y los restantes plumíferos de la derecha, que se frotan las manos esperando que en el kirchnerismo choquen los planetas y estalle todo en pedazos, provocando una brutal reconfiguración del mapa político.
Así como el discurso de Cristina el jueves no debe leerse en clave de debilidad -algo así como el “no me atosiguéis” de Isabelita- sino de fortaleza de su liderazgo, creo que, lejos de poner realmente en tela de juicio su candidatura, está lanzando implícitamente su reelección y marcando la cancha hacia el interior del kirchnerismo, tal como lo señalan con acierto aquí Mendieta, y acá Gerardo.
Por eso en esta ocasión el mensaje estuvo dirigido a la propia tropa, cuyos apresuramientos sectoriales pueden poner en riesgo el objetivo primordial: el triunfo en octubre y la reelección de Cristina, la única garantía de la continuidad y profundización del proceso iniciado el 25 de mayo del 2003.
Aun a riesgo de igualar en la invectiva conflictos sindicales de distinto origen, promovidos por encuadramientos gremiales muy distintos entre sí, como los de los docentes y petroleros de Santa Cruz, o los protagonizados por los camioneros de Moyano. Y también al riesgo de que la apelación a la cordura en los métodos de protesta gremial, sea asumida por los sectores gremiales no oficialistas como un acicate para obrar en sentido contrario.
Porque eso seguramente sucederá, en otro intento de socavar el ánimo de Cristina y resquebrajar su vínculo con la sociedad, y al desafío habrá que responderle con kirchnerismo de manual: tolerancia a la protesta social, capacidad de arbitrar en el conflicto social e iniciativa política.
Pero la respuesta exige además reducir las posibilidades de recibir heridas autoinflingidas por fuego amigo, y en esa clave la advertencia presidencial es una apelación a la sensatez de Moyano y la dirigencia de la CGT; que no pueden dilapidar por torpeza el terreno que han sabido conquistar por méritos propios, más allá de que además expresan a la fuerza social gestada por las transformaciones impulsadas por el kirchnerismo desde el 2003.
Todas las demás cuestiones (el armado de las listas electorales, la discusión por la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas) pueden y deben debatirse internamente con absoluta franqueza y libertad, sin regalarles titulares a Clarín y La Nación para que se regodeen; y sin perder de vista el objetivo principal.
Sobre todo porque hay buenas razones para reclamar: es indiscutible que los trabajadores tienen derecho a la participación política, y si eso es así, ¿si no fuera en las listas oficialistas, en cuáles?
Del mismo modo, el proyecto de Recalde para reglamentar el artículo 14 bis de la Constitución es sumamente sensato y va claramente en la dirección de las líneas transformadores del modelo que gestionara Néstor y ahora conduce Cristina; diferir la discusión a las paritarias de cada sector -como parece haberlo sugerido la presidenta- sería un error porque no todos están en condiciones de imponerlo en esa instancia, o no tienen una contraparte gremial fuerte para oponer a los empresarios. Justamente allí radica la virtud de consagrarlo por una ley del Congreso.
Pero en todo caso esos son matices; el correcto ordenamiento de la discusión pasa por entender que, si hoy hay un sindicalismo fuerte en torno al que se nuclea una fuerza social creciente de trabajadores, es por virtud de las políticas desplegadas desde el Estado a partir del 25 de mayo del 2003; y si la construcción política que condujo y conduce ese proceso tiene una mayor solidez que sus opositores, es en buena medida porque en ella confluyen la mayor parte de los trabajadores argentinos y sus organizaciones, en la más tradicional prosapia peronista.
Del mismo modo, así como no puede concebirse un peronismo (y el kirchnerismo es la modalidad de expresión que hoy lo conduce) sin trabajadores (fantasía que aletea las cabezas de algunos del propio espacio, que no se llevan bien con la negritud y su dirigencia), tampoco existen para los laburantes garantías de que logrado desde el 2003 para acá se conserve, o se consiga lo que aun falta, si Cristina no es reelecta.
Y eso es justamente lo que apunta Cristina en su discurso, y nadie podrá decir que no se ha ganado el derecho de hacerlo, en buena ley y por méritos propios. Y entre todos los que componemos el espacio -deponiendo desconfianzas y postergando apetencias en pos del objetivo- tendremos que ayudarla a suplir aquéllo en lo que Néstor destacaba.

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