LA FRASE

"LA DEMORA EN LA APROBACIÓN DEL NUEVO ACUERDO CON EL GOBIERNO ARGENTINO TIENE QUE VER CON LOS PROCEDIMIENTOS INTERNOS DEL FMI; NO ESTÁ RELACIONADA EN MODO ALGUNO A LA CARTA DE ESE TAL MORENO." (CHRISTINE LAGARDE)

lunes, 23 de abril de 2018

ALIANZAS


El ácting radical y de Carrió haciendo como que se ocupaban de intentar frenar los tarifazos no se lo puede creer ni siquiera el voto propio que está a las puteadas por esa razón, al que quisieron calmar con la pantomima: un par de días antes tuvieron que actuar como lo que son (oficialistas) y rajarse de la sesión especial pedida por la oposición para frenarlos; así como salieron de la Casa Rosada con la revolucionaria propuesta de mantener las tarifas, pero pagar las facturas en cuotas y con intereses.

Macri les respondió como lo que es: el que tiene la sartén por el mango, porque es el dueño de los votos de “Cambiemos”, los que tiene hoy y los que conserve en el futuro; y por la misma razón también le ordenó a Vidal que saliera a bancar públicamente el ajuste, cuando hasta ahora se venía haciendo la boluda.

Macri recibió a Cornejo, el presidente de la UCR, con Aranguren a su lado, como para que no quedaran dudas de que lo respalda (los radicales ya olvidaron que acercaron su nombre para el gabinete, de la mano de Sanz) y que el verdadero gestor de los tarifazos es él, el ministro simplemente los ejecuta. Así quedaron claros los límites de la coalición de gobierno, y el rol que ocupa cada uno hacia su interior, por lo menos para el que la conduce.

Pensar que Macri podía abandonar los tarifazos porque se lo pidieran los radicales o Carrió es un absurdo, propio de radicales como son todos (ella incluida), al fin y al cabo: son parte esencial del programa económico del gobierno, y del plan de negocios del presidente y sus amigos, socios, parientes y testaferros.

A veces se rechaza por simplista o conspirativa la idea (esbozada entre otros por Moreau) de que el macrismo es básicamente un plan de negocios, orquestado por un grupo de vivos que vinieron a la política y la conducción del Estado para montar sus propios quiosquitos para llevarse todo lo que puedan, mientras puedan. Se pone por contraste al experimento amarillo en un contexto refundacional de la derecha en el país, para volver a la Argentina no ya anterior al kirchnerismo, sino al peronismo del 45’.

En nuestra opinión, no hay contradicción entre una cosa y la otra, pues ambas cosas son ciertas: Macri llegó para ejecutar un plan que pivotea en tres o cuatro sectores considerados los motores del despegue del país, y de los negocios de los CEOS, al mismo tiempo. Estos últimos serían los honorarios que percibe el directorio por parte de los accionistas dueños de la empresa/país, por llevarla en la dirección querida por ellos.

Sobre la base de que la inversión extranjera sería -junto con las exportaciones- el motor del crecimiento (una idea compartida incluso fuera de Cambiemos, y de allí los apoyos de parte del peronismo y del massismo a las leyes troncales del modelo como el acuerdo con los fondos buitres, o el régimen de contratos PPP), el gobierno viene apostando a unos pocos sectores, que son los que tienen dinámica de crecimiento desde el 2015, o reglas de juego más favorables para el capital: el campo privilegiado, la banca, el sector financiero y los fondos de inversión, las “energías renovables” y las tradicionales, el petróleo y la minería, y no mucho más: hasta la construcción que fue impulsada para ganar las elecciones de medio término hoy es dejada en manos de la “participación pública privada”, un esquema de rapiña ya fracasado (al menos desde la perspectiva pública) donde se lo ensayó.

Para impulsar ese modelo Macri fue tomando desde el primer día medidas que iban en contra de las políticas troncales del kirchnerismo: arreglo con los fondos buitres, reconexión a los mercados de deuda (para aceitar la entrada de dólares que puedan salir como fuga de capitales, evaporando del país el excedente de los negocios del bloque dominante), dolarización de los precios de la comida (con la devaluación y quita de retenciones en combo) y de la energía (tarifazos y liberación del mercado de los combustibles); y además un generosísimo blanqueo de capitales sin la obligación de traer al país la plata fugada a base de la evasión impositiva.

Si posando la lupa en los jugadores importantes de cada uno de esos sectores (petroleras, bancos, fondos de inversión, pooles de siembra, exportadoras, energéticas, constructoras o desarrolladoras inmobiliarias) se encuentra como denominador común al presidente, su familia, sus socios actuales, pasado o futuros y sus posibles testaferros, no es pura casualidad: el plan está diseñado para que eso suceda, con una simbiosis absoluta entre el Estado que orienta el desarrollo según un determinado modelo productivo, y sus beneficiarios concretos; que están de los dos lados del mostrador. 

Incluso aunque las políticas generales para cada sector (como sucede con el petróleo y el gas) no produzcan los resultados esperados o prometidos, los negocios sí se concretan: ventajas de tener el privilegio de estar del lado del que se fijan las reglas, y al mismo tiempo de los que se benefician con ellas. De allí que los conflictos de intereses no son un accidente o un daño colateral no deseado del modelo, sino la consecuencia natural de la lógica con que éste está planteado: lo que es bueno para los negocios privados, necesariamente "debe" ser bueno para el país.

Y si en algunos de esos sectores mimados por el modelo se venían pagando salarios altos, hay que meter mano para bajarlos: acuerdos de flexibilización laboral para petroleras y mineras, guerra declarada a los bancarios de Palazzo obligando a los bancos (como si hiciera falta) a deprimirles sus salarios en términos reales; y para los demás casos (metalúrgicos, camioneros, automotrices) la receta incluye apertura de las importaciones, suba de las tasas de interés, reducción del consumo vía salarios deprimidos y tarifazos, y “reducción de los costos de la logística”.

En esto último -es decir, la baja de los costos laborales, objetivo crucial del plan- los aliados formales del PRO y de Macri en “Cambiemos” (radicales y lilitos) no solo no han puesto reparos, sin que se han ofrecido gustosos a colaborar, con proyectos de “democratización sindical” y denuncias judiciales contra dirigentes gremiales, para todos los gustos.

Si hubo una presunta “rebeldía” en los aliados del gobierno con el tema tarifas fue -como se dijo- una puesta en escena para conservar el voto propio que se está yendo descontento, y preservar así las quintitas institucionales conseguidas: los radicales las provincias y municipalidades que gobiernan y sus escaños en el Congreso, Carrió su banca, la chequera de los pasajes de avión y la obra social; , además de la visibilidad en los medios. Lo demás -escarceos con los operadores judiciales de Macri incluidos- es puro cotillón para la gilada.

Pero cuidado: queda claro que lo que se vendió como un acuerdo patriótico para salvar a la república, las instituciones y al  país de convertirse en Venezuela, es un rejunte basado en estrictas razones de conveniencia recíproca: todos permanecerán con los pies en el plato, en tanto eso les reporte más beneficios que sacarlos.

Puesto a elegir entre aliados, Macri les acaba de dejar en claro que prefiere a los que tienen más años de recorrido (e intereses en común) con él, que los que se sumaron luego de la convención de Gualeguaychú. Aun confía en su crédito personal abierto con sus electores, para anteponerlo y reducir los daños electorales del ajuste; e incluso a estas alturas debe estar pensando la “venganza”, con candidatos propios en las provincias y municipalidades que desplacen a los radicales, y le permitan afirmar su liderazgo en la coalición.

Hasta acá lo que se puede ver desde afuera, sin necesidad de correr los cortinados. Fuera de eso, al gobierno le entró la bala del tarifazo, como antes le había entrado la de la reforma previsional; y se vio obligado a explicar cosas que no quería explicar, y a sostener lo indefendible, y eso en política nunca es gratis, más tarde o mas temprano se termina pagando.

Porque el asunto no son los costos que puede pagar la coalición que gobierna hacia adentro o con sus propios votantes por ejecutar su programa, sino con el resto, en  especial con los apoyos aleatorios que le dieron la victoria en el balotaje: si hay un sector al que no se lo puede defraudar ofreciéndole un horizonte de progreso en campaña para pedirle un perpetuo sacrificio en el gobierno, es a la clase media; donde la disociación entre los valores que se pregonan y los que se practican suele ser grande.

Lo hemos dicho antes y los reiteramos: el gobierno es lo que es, lo que muestra y lo que hace; y eso que es, hace y muestra no incluye a todos: el país de Macri no alcanza en términos económicos y sociales para todos los argentinos, ni siquiera para la mayoría; y más tarde o más temprano eso tiene que tener su reflejo electoral.

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