LA FRASE

"LOS ARREPENTIDOS DE HABERLO VOTADO AL INGENIERO MACRI NO TIENEN QUE DIRIGIRSE A MÍ JUZGADO, SINO A LA CASA ROSADA, O EN SU DEFECTO A LA CÁMARA NACIONAL ELECTORAL." (CLAUDIO BONADÍO)

miércoles, 16 de mayo de 2018

DE LA REVOLUCIÓN DE LA ALEGRÍA AL GRAN ACUERDO NACIONAL


Varias veces dijimos acá que la crisis que enfrenta el gobierno de Macri devino de económica, en política: el nuevo experimento neoliberal iniciado en diciembre del 2015 se fue encerrando solo en un laberinto en el que para salir, debería convertirse en otra cosa distinta de lo que es, y desandar el camino de todas y cada una de las medidas troncales que tomó para llegar a éste punto: levantamiento del cepo, eliminación de restricciones al flujo de capitales y a la disponibilidad de las divisas, tarifazos, desregulación financiera, dolarización de precios sensibles, eliminación y rebaja de retenciones.

Como no hará nada de eso (por el contrario, presiona por ejemplo a los senadores opositores para bloquear la ley que retrotrae los aumentos de tarifas) porque perdería sus apoyos reales cuando le está siendo brutalmente retaceado en de los mercados de deuda, se habilitó a sí mismo un solo camino: perseverar en el error profundizando la huella marcada, y de esa decisión devino el pedido de escupidera al FMI; que solo puede significar (aunque Dujovne se empeñe en decir lo contrario) lo que siempre ha significado: ajuste, recesión, redistribución regresiva del ingreso, pérdida de salarios, consumo y derechos y mayores tensiones sociales.

Lo que supone que así como algunos hablan del fin de un gradualismo económico que en los hechos no existió nunca, lo que verdaderamente ha terminado es el sueño del gradualismo político; es decir, la ilusión de estabilizar, en un régimen de democracia abierta, el consenso social mayoritario en torno a un proyecto de exclusión que no consulta los intereses de las grandes mayorías  nacionales, porque ha sido diseñado para y por las minorías del privilegio.

Hay por supuesto un intento de ampliar las bases políticas del costo, y de allí el llamado a un "gran acuerdo nacional" (que pasión por la semántica gorila tienen estos pibes), comprometiendo a una parte de la oposición (la considerada "racional") en el apoyo al programa que inevitablemente se sigue del timbreo a las puertas del Fondo: ajuste aun más profundo que el que ya se ha descargado en estos dos años y medio.

Para esa empresa en la que se embarcan por estas horas los herederos de Lanusse, no les han de faltar los Paladinos oportunos: el primero de ellos, Pichetto, que se desvela desde el triunfo de Macri en el balotaje por lograr que lo sienten en representación del peronismo a la mesa de la Moncloa del ajuste; y les acaba de hacer un guiño posponiendo el debate del proyecto contra las tarifas. Allá él (un virtual cadáver político con nada por perder) y los que lo sigan en la idea, si quieren hipotecar su futuro político. 

Hasta acá el macrismo administró políticamente el hastío de muchos sectores de la sociedad con el kirchnerismo para ganar en el 2015, y el temor "al retorno del populismo" en las elecciones del año pasado; en las que al mismo tiempo ganó gracias a una dosificación de medidas populistas con timming electoral: préstamos Argenta, créditos hipotecarios accesibles, salarios nuevos con las paritarias un poco más flexibles que el rígido cepo actual, suspensión temporánea de los tarifazos. En fin: condiciones irrepetibles hacia el futuro, a menos que existiera un cambio radical del modelo económico que no resulta posible ya, con este gobierno.

Así como la economía argentina se enfrenta, una y otra vez, al problema de la restricción externa, la derecha que gobierna tiene frente a sí por primera vez el desafío de administrar la escasez: hasta aquí vino gobernando el distrito más pequeño y rico del país en un contexto de crecimiento económico del país, y luego pasó a gestionar el país usufructuando la “pesada herencia·” del desendeudamiento kirchnerista, para tomar agresivamente deuda y financiar la fuga de capitales, y la sed de dólares de buena parte de sus votantes. Esa canilla se cerró, y ya no estará disponible.

En ese marco y luego de varios días de ausencia con los que el dispositivo oficial intentó preservarla del incendio, reapareció María Eugenia Vidal con el rostro ajado y adusto con el que se la ve en la imagen de apertura; claro indicador de los tiempos que vive el país, y sobre todo el gobierno.

Fuere que el macrismo haya decidido que la opción es “Macri o el abismo” de cara a las próximas presidenciales y en consecuencia nadie pueda bajarse del Titanic antes de que se estrelle compartiendo su suerte hasta el final, fuere porque apelan a su carta ganadora para que su electorado digiera el ajuste que se viene, lo cierto es que la gobernadora de Buenos Aires tampoco podrá seguir disfrutando ya de estar “angelada” o blindada contra los problemas, las críticas y los cuestionamientos; ni tiene frente a sí una “mafia” imaginaria que combatir (aunque insista con el discurso anti kirchnerista), porque a la real (la de los fugadores seriales del país y los especuladores del exterior que están provocando la corrida del dólar) es sabido que no puede ni quiere enfrentarla.

Vidal dijo ayer en la radio del grupo Clarín (lo que en sí mismo es todo un mensaje) que no hay propuestas alternativas entre el ajuste, o el retorno del kirchnerismo: la oposición no podría haber pedido mejor eslogan en torno al cual organizar su campaña; y la enunciación es de un nivel de torpeza tal que muestra que a la maquinaria duranbarbista (también experta en gestionar la abundancia, pero con pocos antecedentes en hacerlo con la escasez) le entraron las balas, y no termina de comprender el nuevo contexto.

Así puestos los términos de la disyuntiva, es de una claridad comparable al “Braden o Perón”, o tan clara como era la cosa en el balotaje del 2015, pero un gobierno de la derecha después, con la “campaña del miedo” confirmada, e incluso superada en sus peores pronósticos.

La derecha esperaba llegar al poder por las urnas en el último balotaje, en medio de una crisis terminal del modelo kirchnerista que nunca se produjo, y por eso hubo que inventarla: el famoso “estuvimos a punto de convertirnos en Venezuela, pero pudimos desactivar la bomba a tiempo” fue el reemplazo que encontraron de apuro; porque al no existir la crisis, no pudieron descerrajar un ajuste brutal desde el primer día como hubieran deseado, para servir a los intereses que representan.

Dos años y medio después (con ese ajuste en cuotas, en ese tiempo) se encuentran frente al mismo dilema, pero desde el gobierno: si Menem pudo hacer lo que hizo porque Alfonsíin tuvo que irse seis meses antes del poder en medio de la inflación, y si de la convertibilidad se pudo salir con una megadevaluación porque De La Rúa se fue en helicóptero, hoy por hoy no hay margen social y político para un mega ajuste bajo la amenaza de que si no se hace, vuelven los años donde al menos el empleo, el salario y el consumo estaban asegurados; algo que hoy muchos argentinos no pueden dar por sentado, ni mucho menos.

Sea que Macri vaya por su reelección, o que por su desgaste lo reemplace Vidal como una lavada de cara del modelo, serán los candidatos del ajuste: esas son las condiciones en las que se jugará el partido de ahora en más, y nada indica que vayan a cambiar, y está en la oposición acertar con la estrategia adecuada para capitalizar el descontento social, y (lo más importante) ofrecer una salida.

Y en ese marco, hay que calmar ciertas ansiedades emocionales que exigen que Cristina se pronuncie sobre la crisis, cuando hasta acá su silencio (excepto en el ámbito institucional del Senado) pone mucho más nervioso al gobierno, que la torea para subirla al ring con Vidal, en una pelea en la que no conviene entrar: que la gobernadora de Buenos Aires y el oficialismo en general peleen contra su propio fracaso en el gobierno y no contra presuntos fantasmas del pasado; y veamos como les va y que tienen para ofrecerle a la sociedad, que no sean sangre, sudor y lágrimas.

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