LA FRASE

"EN REPUDIO A LOS DESPIDOS EN PEPSICO HEMOS DECIDIDO SUSPENDER LOS SNACKS EN LAS REUNIONES DEL CONSEJO DIRECTIVO DE LA CGT." (HÉCTOR DAER)

miércoles, 10 de agosto de 2016

MACRI Y LA SOMBRA DE DE LA RÚA


La elección de medio término del año que viene es de esas elecciones que -en cualquier circunstancia- resulta crucial para apuntalar a un proyecto político (y permitirle incluso soñar con su perduración más allá del mandato original), o para marcar el punto inicial de su declive.

Mucho más tratándose de elecciones legislativas y de un gobierno que carece de mayoría propia en ambas Cámaras del Congreso, y hasta acá se viene apoyando en los pactos con la “oposición responsable” más incluso que en la fuerza propia. Como diría alguno, la disyuntiva para Macri de fortalecerse políticamente, alejando el fantasma de De La Rúa. 

De La Rúa, que habiendo obtenido un rotundo triunfo en primera vuelta en las elecciones intentó por todos los medios sostener con respirador un modelo agonizante como la convertibilidad (culminando el intento con la convocatoria a Cavallo), y durante su caótica gestión fue ofrendando autoridad y legitimidad a cada paso, ante los factores del poder “real”: blindaje, Megacanje, Banelco a los senadores del PJ para aprobar la flexibilidad laboral aconsejada por el FMI, corralito.

Del deterioro económico vino la crisis política, y no tuvo ni capacidad personal para capearla, ni estructura política que lo sostuviera. Detalle no menor: la ostensible levedad con que la UCR “banca” hoy al gobierno de Macri guarda un notorio aire de familia con el modo en el que empezó a tomar distancia con el de De La Rúa, hasta terminar soltándole la mano cuando la crisis decantó en estallido social. No parecen los radicales gente muy dispuesta a ponerle el pecho a los gobiernos propios.

Así vistas las cosas, Macri viene hasta acá muy parecido a De La Rúa, en parte como consecuencia de su pésima lectura del resultado de las elecciones: leyó un ajustado triunfo por algo más de dos puntos en segunda vuelta y con un capital electoral en parte “prestado” y una legitimidad construida en tres instancias sucesivas (PASO, primera vuelta y balotaje), como una victoria canónica y contundente, que le habilitaba un cheque en blanco para hacer lo que se le antojase.

Y en consecuencia y ya en el gobierno, olvidó que buena parte de su campaña consistió en desalentar los miedos que podía generar el cambio, y por eso prometía “mantener lo bueno y cambiar lo malo”: el tarifazo es el ejemplo más contundente (pero no el único) de esa mala lectura; que supuso desplegar políticas solo tolerables socialmente en una situación de crisis terminal, que obviamente no era el caso del país en diciembre del año pasado.

Quizás para evitar un final similar al de De La Rúa y aprovechando la fragmentación opositora (que hoy es una ventaja, pero si la cosa se complica, se puede transformar en un contratiempo en el futuro: la multiplicación de interlocutores, al inifinito) avanzó con gestos “kirchneristas” para ampliar las bases de su “gobernabilidad”: plata (o promesas de) a los gobernadores a cambio de apoyos en el Congreso, plata a los gremios (o promesas de) para las obras sociales a cambio de paz social, o mejor dicho, acompañamiento sindical a la pérdida de poder adquisitivo de los salarios; pieza clave -como se dijo acá- de todo el plan económico.

Lo que busca es convencer al “círculo rojo” de su capacidad para meter en cintura a los posibles focos de conflicto, y garantizar la “pax política” para que empiecen a llegar las inversiones, y ahí aparecen las restricciones concretas del ensayo: al igual que cuando quiere disfrazarse de “keynesiano” (en una admisión implícita de que las políticas neoliberales de “equilibrio” solo producen recesión) Macri en su fuero íntimo -y no tan íntimo- no renuncia al ajuste, y lo que en realidad quiere es comprometerlos a todos en él; que es lo que exige en definitiva el “círculo rojo”.

El “déficit cero” y la “responsabilidad fiscal” puestos en la mesa de la discusión con los gobernadores por el reparto de los fondos son el equivalente de las “paritarias por las metas de inflación futura” en la de los sindicatos, para hacer borrón y cuenta nueva con la brutal transferencia de ingresos en perjuicio de los trabajadores perpetrada hasta ahora, en nombre de “la mejora de la competitividad y la productividad”.

Lo que termina haciendo que a las inconsistencias propias del plan económico (que no cierra por ningún lado, como decíamos acá), se sumen las restricciones políticas y sociales: si algo dejan en claro las protestas contra el tarifazo es que un ajuste es socialmente inviable, y electoralmente fatal; y por más acuerdos cupulares que pueda cerrar el gobierno si el descontento con su gestión crece, las contrapartes (gobernadores, sindicalistas) verán reducidos su margen de maniobra para cumplir con sus compromisos.

Llegado éste punto Macri no puede volverse a equivocar en la lectura de la situación: así como De La Rúa creyó que desechaba la idea de debilidad política que transmitía pegando un puñetazo en la mesa de Grondona, no puede sobreactuar fortaleza insistiendo en un ajuste económico social y políticamente inviable; y los gestos de autoritarismo político y la persecución de opositores (tal lo señalado acá) no hacen sino acelerar el desgaste a mediano y corto plazo.

La encerrona con la que Macri se está encontrando ya es que no tiene demasiado margen económico para ensayar un giro “keynesiano” (por las restricciones que sus propias medidas le crearon) ni tampoco está claro que lo quiera hacer; y se le reduce el margen para "ser Kirchner" en lo político ampliando su base política de sustentación original (pactando con gobernadores y CGT), porque cada uno de los potenciales “nuevos” aliados tiene su propia lógica (sindical, política, electoral) que atender.

Del mismo modo que si profundiza el ajuste genera resistencias sociales y rompe puentes con la política (bien dicen que el peronismo te acompaña hasta la puerta del cementerio, pero no entra), y si abandona su hoja de ruta original para “hacerse el keynesiano” corre el riesgo de perder el apoyo de sus mandantes reales; que empezarían a desconfiar de su capacidad real de controlar el proceso.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo komparto.
Sil.