LA FRASE

"¿QUÉ PARTE DE QUE EL SALARIO MÍNIMO ES MÍNIMO NO SE ENTIENDE?" (JORGE TRIACA)

domingo, 7 de agosto de 2016

EN EL CAMPO LAS ESPINAS


Que el campo está entre los principales ganadores del modelo económico macrista (junto con los bancos no caben dudas. Les eliminaron todas las trabas para exportar, les devaluaron la moneda, les eliminaron o rebajaron retenciones, les devolvieron el Renatre. Hasta el blanqueo y el “rediseño” del Procrear (orientado hacia la inversión inmobiliaria y no hacia la construcción de viviendas) parecen sonreírles.

Claro que eso no implica que dejen de llorar miseria (siguiendo su costumbre histórica) ni que todos hayan ganado por igual, o que dentro del sector no haya perdedores: ahí andan los tamberos reclamando, y otro tanto pasa con las famosas “economías regionales”: vino, pera, manzana, tabaco, algodón.

Pasa que no todas son buenas: la recesión mundial y de nuestros principales mercados golpea a las exportaciones (demostrando que el problema era mucho más complejo que retocar el tipo de cambio o sacar retenciones), el tarifazo, la devaluación que trae aparejada una burbuja financiera e inmobiliaria que termina influyendo en el precio de los campos y en los valores de los arriendos.

Lo curioso es ver como reaccionar dirigentes y productores del sector ante un gobierno “del palo”, y con un ministro que virtualmente lo pusieron ellos; pero que por lo visto hasta acá, parece condenado a replicar el fallido experimento de los “agrodiputados”, desde el Ejecutivo. Para peor, en un contexto general de conflictos de intereses ostensibles y groseros en el gobierno de los CEOS: mientras falta la manteca y los tamnberos reclaman por el precio de la leche cruda, el secretario de Comercio y los dos “coordinadores del gabinete económico” embolsan ganancias como exportadores de queso.

Todas las asimetrías existentes en el sector (en la escala y volumen de la producción, en la distribución de rentabilidades en las cadenas de valor) tienden a profundizarse aceleradamente, como lógica consecuencia de la instauración de un régimen de “mano invisible del mercado”, con retiro del Estado de la escena y de toda forma de regulación.

En ese contexto, no debería sorprender tanto la respuesta del ministro Buryaile (antes que todo, empresario él mismo) al problema de la escasez de manteca, como la ingenuidad de los productores y algunos dirigentes agropecuarios que todavía creen que -más tarde o más temprano- y con las mismas reglas de juego, las cosas cambiarán para mejor.

Hoy rigen las famosas “reglas de juego claras” que por años le reclamaron al kirchnerismo, y resulta que eran la ley del mercado, o sea la de la selva; y ya se sabe lo que pasa en la selva cuando no hay nadie que intervenga en los conflictos entre chicos y grandes.

Todos los problemas del sector se resuelven con más intervención del Estado y no con menos, en todo caso con una intervención más inteligente y precisa; y con mas decisión de ir a fondo contra ciertos núcleos de intereses, como las cadenas de supermercados o los grandes grupos exportadores.

En la enumeración de las quejas o la descripción de los problemas todos (o casi todos, para ser más precisos) en el “campo”·visible y audible parecen estar de acuerdo; sin embargo a la hora de proponer soluciones se bifurcan los caminos: es entonces cuando se mezclan la bronca por la situación y la decepción con “su” gobierno (el que mayoritariamente votaron), con el talibanismo ideológico pro mercado (reacio por principio a toda intervención o regulación pública) y la cerril negativa a considerar siquiera que pudieron haberse equivocado a la hora de meter el voto en la urna.

Ahí están sino el ejemplo de la cadena láctea, donde las propias entidades de la Mesa de Enlace están pidiéndole al Estado que arme un fideicomiso para transferir ganancias del supermercadismo a los tamberos, o sea exactamente el mismo esquema que el gobierno de Macri acaba de desarmar en el caso del aceite, disparando el precio del producto en las góndolas de los supermercados.

O el de la eliminación de las retenciones al maíz, que todos pedían antes y de la que todos se quejan ahora porque disparó los costos de producir aves y cerdos, o engordar al ganado vacuno con feedlot; aunque nadie se anima tampoco a pedir que sean reimplantadas.

Si no fuera porque con todos estos desaguisados nos terminan cagando a nosotros como consumidores, estaría para sentarse tranquilos a verlos pelearse entre ellos, con un baldecito de pochoclo como si miráramos una peli. 

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