LA FRASE

"RECIBÍ UNA AMENAZA DE BOMBA EN LA BASE MILITAR DONDE VIVO; AL FINAL ESTOY MÁS SEGURA CUANDO VOY A COMER SOLA AL MC DONALD'S." (MARÍA EUGENIA VIDAL)

sábado, 21 de mayo de 2016

GESTOS DE AUTORIDAD


En la decisión más anunciada de todo su gobierno, finalmente Macri vetó totalmente la ley anti-despidos sancionada por el Congreso; con un trámite express que no dejó ni que se secara la tinta en el original; para dar un “gesto de autoridad”, y transmitir una señal de “gobernabilidad” a los mercados.

Con un discurso absolutamente encuadrado en las premisas tradicionales del más tradicional y rancio liberalismo económico: el Estado no tiene nada que hacer en las relaciones entre el capital y el trabajo en particular, y en la economía en general. Salvo “crear confianza” para que lleguen las inversiones, que crearán empleo: es decir, seducir al capital, restringiendo toda forma de protección de los trabajadores.

La aplicación al mundo del trabajo de la idea del “derrame”, expuesta de un modo tan crudo que ya torna bizarra (más que bizantina) la discusión sobre si estamos ante una “nueva” derecha, o la misma, vieja y reaccionaria de siempre.

La ley afecta las relaciones de poder al interior de cada empresa, por un acto del Estado, y por eso el presidente empresario vetándola restablece la autoridad “natural” en el capitalismo: la del patrón que despide cuando y como quiere, incluso sin invocar razones; sin tener que arrepentirse ni dar marcha atrás, ni sufrir por ello penalidades adicionales.

Con la gestualidad del veto y con lo que dijo al anunciarlo Macri adscribe a otra idea central del neoliberalismo: la verdadera autoridad del Estado y de sus funcionarios consiste siempre en tomar medidas impopulares, y estar dispuesto a defenderlas a como dé lugar: el manual del perpetuo ajuste se ofrece así como la única racionalidad posible ante los desvaríos populistas.

Dicho esto, que da el contexto político e ideológico de la decisión, no tiene demasiado sentido analizar sus fundamentos, de por sí contradictorios: la emergencia ocupacional vetada por Macri regiría en el segundo semestre, justo cuando el propio gobierno anuncia que -mágica y milagrosamente- repuntará la economía, lloverán las inversiones y se crearán miles de empleos, con lo cual la medida que vetó sería en todo caso inocua.

Macri tomó su decisión y habrá que pedirle cuentas de lo que de ahora en más ocurra, no sólo si en el segundo semestre no se llega a la tierra prometida: cada despido o suspensión que se produzca en lo sucesivo y no solo en el Estado, será su exclusiva responsabilidad; aunque sean los empresarios los que los formalicen. Por cierto: ahora la reactivación prometida será “dentro de un año”, como dijo el presidente, retrasando la llegada de la felicidad, otra vez.

No menos importancia tienen el lugar y el contexto elegidos por Macri para anunciar el veto: en Cresta roja (¿acaso la única “reactivación” de fuentes de trabajo que puede exhibir su gobierno, de allí que repita la visita?), escenario de la primera y más brutal represión de su gobierno a la protesta social, más específicamente de trabajadores que habían perdido sus empleos. ¿Otro gesto recordatorio de la autoridad?

Y un día después de que el Consejo del Salario aumentara el subsidio por desempleo, mientras se veta la doble indemnización, y los Repro que administra el ministerio de Trabajo se reducen casi a su mínima expresión: claro gesto de que no solo no hay preocupación por preservar el empleo, sino que se induce al desempleo, tanto que en lugar de pagarlo los empresarios de su propio bolsillo lo haremos entre todos, con la plata de nuestros impuestos.

El veto generará el previsible aplauso empresarial, y habrá que ver cual es la respuesta del sindicalismo que se movilizó el 29 de abril: decíamos acá que desde que el Congreso aprobó la ley la pelota estaba en su campo, y a ellos les tocaba la próxima jugada.

Macri parece empeñado en querer diferenciarse de De La Rúa dando “muestras de autoridad”, pero las razones y contenido del veto lo emparentan bastante con el Menem de “ramal que para, ramal que cierra”; pese a que -a diferencia del riojano- se empeñe en negar un ajuste que ya es evidente y cuyos resultados están a la vista para el que los quiera ver; desde trabajadores y jubilados, a Pymes, clubes de barrio, teatros y centro culturales.

En campaña Macri coqueteaba con una supuesta “rebeldía” frente a las presiones de un “círculo rojo”, que nunca terminaba de definir; y que cuando balbuceaba algo al respecto, poco tenía que ver con el real: el poder económico y mediático que gobierna el país, a través suyo.

A poco más de cinco meses intensos de gestión, se lo puede juzgar por los hechos sin temor a equivocarse, analizando que presiones resistió y a cuáles cedió, con quiénes y -sobre todo- para quiénes gobierna; lo que implica también tener en claro en quiénes (además de los votos que le dieron su legitimidad de origen) descansa su autoridad y la disfrutan, mientras otros la padecen.

Más allá de lo que haya dicho Macri al anunciarlo, el veto a la ley tiene exactamente el mismo sentido que tuvieron los despidos seriales en el Estado al inicio de la gestión: que los empresarios sepan que hay luz verde para despedir, si lo creen necesario. Los meses venideros nos dirán como fue leída, pero los 800 despidos en el Renatea del día previo (mientras la ley viajaba del Congreso a la Rosada) van en el mismo sentido: no se echó a cualquier trabajador al azar, sino a los responsables de verificar que no se explote ni negree a otros trabajadores.

Sin embargo, el mensaje que el veto quiere transmitir sobre la gobernabilidad contrasta con la realidad del Congreso mientras se discutía la ley, y la absoluta tibieza de la defensa del gobierno que ensayaron los legisladores de “Cambiemos”: tirando el achique para dejar en off side a la oposición, absteniéndose en la votación mientras que en Senadores votaron en contra, y el presidente y ellos mismos anunciaban que la ley tenía destino final de veto.

De La Rúa -de quien Macri intenta diferenciarse, como dijimos- también quiso dar “muestras de autoridad” pegando puñetazos en la mesa de Mariano Grondona; y en un país que se incendiaba quiso tener un “gesto de autoridad” declarando el estado de sitio, una especie de veto a la protesta social que había ganado las calles. Ya sabemos como terminó la historia.

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