Cuando apareció como alternativa política el PRO (la nueva derecha moderna y democrática que nos describiera el inolvidable Natanson), su carta de presentación era que venían a ocuparse del "metro cuadrado" de proximidad de los ciudadanos: sus problemas cotidianos como tener un buen transporte público, conseguir banco para los hijos en la escuela pública, garantizar un sistema de salud pública de calidad.
La promesa venía de la mano con la ilusión de la gestión sin ideología, y planteaba que era ésta la que nos empantanaba en discusiones estériles que no conducían a nada, cuando lo que había que hacer era simplemente arremangarse y ponerse a resolver los problemas concretos que afectaban a la gente común de carne y hueso. Sabemos bien -con el paso del tiempo- que quedó de esa promesa inicial: lo mismo que los 3000 jardines de infantes que se iban a construir con la plata del "Fútbol Para Todos".
Esa idea de la "utopía gestiva" prendió también en algunos de los nuestros (por así decirlo) y perdura hasta hoy, como si la ideología fuera indiferente a la hora de encarar problemas como la pobreza, la distribución del ingreso, el acceso al mercado del trabajo, el modelo de desarrollo productivo o los sistemas de protección social; lo que está harto demostrado es una falsedad: el modo con que esos problemas se encaren no será igual según sea el sesgo ideológico de quien gobierne, ni las herramientas para hacerlo ni la distribución social de los costos que las soluciones pensadas demanden.
Y la ideología determina también y sobre todo, el orden de prioridades que se fija a la hora de listar los problemas de la sociedad, y cuáles deben ser atendidos antes que otros. Un ejemplo claro es la teoría neoliberal del derrame, que supone que primero hay que atender los asuntos de la macroeconomía para estabilizarla, y luego preocuparse de los problemas cotidianos del hombre común: una excusa -poco elaborada, a decir verdad- para posponer reclamos y soluciones, priorizando intereses que son muy claros y que nunca -pero nunca- pueden esperar.
En tiempos más o menos normales, la ajenidad y distancia de los que gobiernan con los gobernados irrita, y según convenga a sus intereses, es explotada por los medios para transmitir un discurso anti-política que socava la credibilidad de los gobernantes que no les son afines, y de las instituciones. En tiempos de crisis profunda como los que atravesamos, esa ajenidad es además inmoral y generadora de violencia social, que puede estallar de formas inimaginables.
Cuando gobernaba Cristina, toda iniciativa que trascendiera las urgencias de la cotidianeidad (como lanzar satélites al espacio o impulsar la investigación científica) era descalificada apelando al cualunquismo de decir que la gente tenía otras preocupaciones, que el gobierno desatendía. Pero en realidad esos gobiernos también se ocupaban (y antes) de lo cotidiano: construir satélites y lanzarlos al espacio no impidió pensar que había que construir cunitas y kits para los primeros meses de los recién nacidos; ni recuperar para el Estado el control de YPF hizo dejar de lado la necesidad de vivienda, y apareció el Procrear, y así podríamos citar miles de ejemplos.
Estos tipos que hoy nos gobiernan están completamente alienados de la sociedad que deben dirigir desde el Estado, tanto que pretenden que todos vivimos como ellos, con sus urgencias y sus prioridades. No hablemos ya de Milei que vive en Narnia con su agenda funambulesca de viajes al completo pedo para recibir premios bizarros: veamos a Sturzenegger celebrando la importación de autos de alta gama mientras la gente no puede subirse a un colectivo a tiempo y viajar en condiciones dignas, o a Caputo recomendando sacar créditos hipotecarios en un país donde la gente se endeuda con mutuales, financieras y usureros para comer, pagar el alquiler o la deuda con la tarjeta de crédito que reventaron en el supermercado.
Tan lejanos de la gente común y sus dilemas como si fueran no ya de otra clase social o país, sino de otro planeta. Marcianos aterrizados entre nosotros, pero votados por terrestres, con un montón de problemas sin resolver, y de los que ellos jamás se ocuparán. Sin esa circunstancia, este experimento con seres vivos que nos está asolando nunca hubiera sido posible.
Hay ahí, en la constatación de ese hecho, en esa brutal alienación de quienes gobiernan respecto a los gobernados y en su contraste (la cercanía al universo de la gente común), todo un campo para explotar en el discurso político y en las propuestas para salir de éste desastre. Y el corazón de un programa de gobierno, que venga a poner en cuestión como se distribuyen los costos y los beneficios en nuestra sociedad, sin lo cual la misma participación política carece de sentido, y la oposición a éste caos será simplemente discursiva.
Tuits relacionados:
La gente no puede pagar el alquiler y Caputo les aconseja sacar créditos hipotecarios en el Banco Nación. No hay colectivos y les dice que ahorrando tres meses se compran una moto. La ajenidad de estos tipos con la vida cotidiana del pueblo que gobiernan es absoluta.
— La Corriente K (@lacorrientek) April 8, 2026
Ya salió Sturzenegger a decir que la crisis de los colectivos la va a solucionar habilitando más low cost e importando autos de lujo?
— La Corriente K (@lacorrientek) April 8, 2026

1 comentario:
""como si la ideología fuera indiferente a la hora de encarar problemas como la pobreza, la distribución del ingreso, el acceso al mercado del trabajo, el modelo de desarrollo productivo o los sistemas de protección social; lo que está harto demostrado es una falsedad: el modo con que esos problemas se encaren"" pasa q el pro o el macri-mileismo, solo encara la distribución de la bici financiera y solo entre ls country vecins aprobads, no así entre ls q pueden ser expulsads de sus círculos. tmb pasa q ls q les dieron sus votos para sumar una mayoria llamese en las urnas tres o cuatro veces en el sxxi, son aspiracionales, no sueñan con hijs en la escuela pública sino en una de elite, y así todo lo demas, como sería la distribución equitativa de la riqueza
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