LA FRASE

"EN ÉSTE PAÍS NO SE PUEDE TENER MENTALIDAD EMPRENDEDORA Y ARRIESGARSE EN LA BÚSQUEDA DE NUEVAS OPORTUNIDADES DE NEGOCIOS PORQUE ENSEGUIDA TE DESTRUYEN CON LA MÁQUINA DE IMPEDIR." (JOAQUÍN BENEGAS LYNCH)
Mostrando entradas con la etiqueta revisionismo histórico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta revisionismo histórico. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de julio de 2015

REVISANDO MIRADAS



Cristina y Evo inaugurarán mañana el monumento a la Coronel Juana Azurduy Bermúdez, patriota del Alto Perú que encabezó allí, junto a su marido Manuel Padilla, la lucha independentista del Virreinato del Río de la Plata.

Y pese a las críticas y resistencia por el emplazamiento en el lugar donde se encontraba el de Cristóbal Colón, ello no es otra cosa que plasmar la mirada revisionista del análisis histórico. Hija de un blanco y una chola, Juana ha sido y es símbolo de liberación. Murió indigente y recién cien años después de ello se recuperaron sus restos. Este gobierno impulsó la reivindicación nacional de su figura, que hoy tiene un merecido reconocimiento con este monumento en el que se la ve con su mirada hacia el territorio que supo liberar.

viernes, 9 de diciembre de 2011

ZAPATERO A TUS ZAPATOS


Por Raúl Degrossi

Este asunto del Instituto Dorrego viene dando tela para que todos se metan a opinar.

Dije todos, y no cualquiera, porque Noé Jitrik (que escribe esta nota del martes en Página 12) no es cualquiera:  es uno de nuestros más grandes estudiosos de la literatura nacional, y universal.

Sin embargo pareciera que -metido a opinar de historia, y a defender a los cenáculos académicos que se sintieron amenazados por el decreto de Cristina- comete un par de errores, como por ejemplo hacerlo sin haber leído (como él mismo lo dice) los fundamentos del decreto.

En efecto y como señala Jitrik, Adolfo Saldías (1849-1914) fue el iniciador de la escuela del revisionismo histórico en la Argentina; sobre todo a partir de su monumental "Historia de la Confederación Argentina", publicada en tres tomos entre 1881 y 1887, originariamente llamada "Historia de Rosas y su tiempo".

Para concluir su monumental obra, fue decisivo para Saldías acceder a numerosa documentación hasta entonces oculta o desconocida (como los ejemplares de la Gaceta Mercantil o el Archivo Americano, publicaciones oficiales de los tiempos del Restaurador), pero sobre todo a los archivos personales del propio Rosas, exiliado en Southampton; donde moriría el 14 de marzo de 1877.

Mal pudo entonces ser Rosas -como dice Jitrik- quien le diera a Saldías (que comenzó a escribir su obra en 1878) acceso a sus papeles: fue su hija Manuelita, que vivía en Londes luego de la muerte de su padre, y a quien el historiador conoció por intermedio de Antonino Reyes, ex edecán del Restaurador.

Precisamente fue en Londres, en casa de Máximo Terrero (el esposo de Manuelita), donde Saldías pudo acceder al archivo personal de Rosas, y consultar y copiar sus documentos; muchos de los cuáles le fueron luego obsequiados por Manuelita como muestra de gratitud por la reinvindicación de su padre que hizo el historiador con su obra.

Y al igual que en el caso de los papeles de Rosas (ejemplo que pone para demostrar la supuesta coexistencia pacífica de liberales y revisionistas, o las fronteras difusas entre ambos, en el pasado, que rebatiría el argumento del decreto para crear el Instituto), se equivoca también Jitrik cuando dice en el artículo que Mitre (por quien Saldías profesaba gran admiración) lo alentó en su obra.

Todo lo contrario: cuando le mostró los borradores requiriendo su opinión dirimente (el fundador de La Nación era el patrón de la vereda en temas historiográficos, y lo seguiría siendo por décadas, al menos para la academia), por toda respuesta Mitre se los devolvió, y le respondió a través de una carta, publicada en "La Nación" el 19 de octubre de 1887, y que dio que hablar a todo Buenos Aires.

En las primeras páginas de su obra decía Saldías: "... estoy habituado a ver cómo se derrumban en mi espíritu las tradiciones fundadas en la palabra autoritaria que, atando el porvenir al presente, echan al cuello de las generaciones un dogal inventado por el demonio del atraso. Pienso que aceptar sin beneficio de inventario la herencia política y social de los que nos precedieron, es vivir de prestado a la sombra de una quietud que revela impotencia.". Y termina con estas palabras: "He escrito lo que tengo por verdad a la luz de los documentos, y lo que pienso que es conveniente se sepa para ejemplo y experiencia".

En la carta Mitre le decía a Saldías -entre otras cosas-: "He pasado parte del día y casi toda la noche leyéndolo", "Es un libro que debo recibir y recibo, como una espada que se ofrece galantemente por la empuñadura; pero es un arma del adversario en el campo de la lucha pasada, y aun presente, si bien más noble que el quebrado puñal de la mazorca que simbolizaría, por cuanto es un producto de la inteligencia".

Y contestando al prólogo de la obra, le descarga: "Si por tradiciones partidistas entiende usted mi fidelidad a los nobles principios porque he combatido toda mi vida, y que creo haber contribuido a hacer triunfar en la medida de mis facultades, debo declararle que conscientemente los guardo, como guardo los nobles odios contra el crimen que me animaron en la lucha".

En la carta de Mitre no habla el historiador sino el político que combatió a Rosas, y construyó una historia a la medida de su posición política; aunque tuviera que sacrificar para eso el rigor científico o el soporte documental.

En toda la carta no hay una sóla crítica de Mitre a la heurística de Saldías, ni a sus métodos de investigación, no se rebate ningún hecho o conclusión: es una negativa rotunda a revisar la historia; de un asombroso parecido con la que hoy exhiben Romero, Sarlo o Halperín Donghi.

Esa postura de Mitre ante la historia le valió en su momento estas certeras palabras de Alberdi: "En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales Mitre, Sarmiento y Cía., han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la Revolución de Mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras ellos tienen un Alcorán, que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie o caudillaje. Belgrano no es el Belgrano que Dios hizo; el veradero y auténtico Belgrano es el Belgrano hecho y compuesto por Mitre. El San Martín de Samiento, es el auténtico, el genuino y verdadero San Martín, no el que resulta de sus propios hechos registrados en la historia"

Y continúa la cita (que corresponde a los "Escritos póstumos") con estas palabras del tucumano, que parecen escritas hoy: "La historia no es un patrimonio de todo el mundo. No todos tienen el derecho de contarla o escribirla al menos que no sea conforme a los tipos históricos grabados por los liberales oficiales. Sus textos son un código de verdad histórica; refutarlos es violar la ley, invertir el orden público: es un crimen de Estado; y el disidente, un profano, un criminal.".

Volviendo a Jitrik, lejos estuvo entonces Mitre de alentarlo a Saldías como él dice: la filípica condenó al por entonces ascendente historiador, al virtual ostracismo; al punto de forzarlo a cambiar el título de su obra: el nombre de Rosas estaba sepultado todavía por los odios de su vencedores, consagrado en la maldición de Mármol: "ni el polvo de tus huesos, la América tendrá".

Uno de los argumentos centrales del artículo (no hay por qué pelearse entre revisionistas e historiadores tradicionales, porque el padre del revisionismo escribió su obra magna con documentos que le dio Rosas, mientras era alentado por Mitre), se basa en dos errores, no menores.

Errores que se suman a que Jitrik repite la falacia de que la Universidad de Buenos Aires fue clausurada en época de Rosas, falacia desmentida por Ernesto Quesada (el continuador de la obra revisionista de Saldías) ya en 1898.

Lo que sucedió (un pequeño detalle que se le escapó al amigo Jitrik) fue que el gobierno de Buenos Aires se vio forzado a reducir el presupuesto de la Universidad por el bloqueo francés de 1838 (que lo privaba de las rentas de aduana, que eran su principal recurso), y desde entonces, por el casi permanente estado de guerra en que se encontraba la Confederación Argentina, incluyendo otro bloqueo del puerto (en este caso anglofrancés), a partir de 1845.

Jitrik, que se manifiesta adherente al gobierno de Cristina, podría haberle preguntado por qué le da tanta relevancia a la evocación de la Vuelta de Obligado.

Así que en este caso bien vale para el amigo Jitrik (que ha decidido sumarse a la polémica por la revisión de la historia) aquello de zapatero a tus zapatos.

Sin embargo en materia de discusiones sobre lo que se debe y no se debe estudiar de la historia argentina, nada supera al Ministerio de Educación de Santa Fe, como se puede ver acá:


Ni historiografía liberal, ni revisionismo histórico, ni historia social: no enseñamos historia y punto.

Todo sea por contribuir a la pacificación de los espíritus. 

miércoles, 30 de noviembre de 2011

NUESTRO HISTORIADOR MÁXIMO


La creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico sigue  dando que hablar a los que Jauretche llamaba "papagayos intelectuales", y que Hernán Brienza denomina "patovicas de la cultura" en ésta excelente nota publicada por Tiempo Argentino.

El lunes era la inefable Betty Sarlo (el tero de la oligarquía como dice Gerardo Fernández), tildando a la iniciativa de "arcaica y peligrosa", y demostrando que de revisionismo histórico sabe tanto como nosotros de crítica literaria. 

La diferencia está en reconocer la propia ignorancia, y no meterse en el río cuando uno no sabe nadar.

Dice allí Sarlo (y lo pone en duda Hernán Brienza): "Comparados con una página de Tulio Halperin Donghi (nuestro historiador máximo según las más variadas opiniones), diez libros revisionistas actuales suenan tan sencillos como una canción alpina.".

Y hoy aparece en la misma tribuna de doctrina un ternero (hijo de una vaca sagrada de la historiografía tradicional) como Luis Alberto Romero, protestando porque -con la creación del Instituto- el Estado trataría de imponer su propia épica, quien dice en su columna (a propósito de los afanes revisionistas del Instituto): "A los historiadores siempre nos asombra este permanente descubrimiento de lo ya sabido. Personalmente, hace cincuenta años ya aprendí todo eso con Enrique Barba y Tulio Halperín Donghi." .

La verdad es que esta gente es curiosa: Sarlo omite decirnos a los lectores a quienes corresponden "las más variadas opiniones" que coinciden en señalar a Halperín Donghi como "nuestro historiador máximo", del mismo modo que omite señalar al menos uno de los que considera "libros revisionistas actuales"; al menos para quitarnos la duda sobre si sabe de lo que está hablando, o no incluye en la categoría a los coppy paste de Lanata.

Romero ensaya una curiosísima idea de la ciencia, según la cual el conocimiento es conquistado de una vez y para siempre, al punto que el permanente descubrimiento de algo lo asombra, porque es "ya sabido", y no por cualquiera, sino por los historiadores, y más precisamente, por él.

Con lo que evidencia que no sólo le molesta la invasión de advenedizos (según él los ve) a un coto cerrado y reservado a determinados cenáculos académicos (más concretamente: la UBA y el Conicet), sino que no parece estar atento al proceso actual de divulgación popular de la ciencia.

Con toda seguridad, no se ha sentido interesado por visitar Tecnópolis, o ver algún programa en el canal Encuentro, no señor: el conocimiento (como bien señala Brienza en su nota con el recuerdo del mito de Prometeo) es algo reservado a los dioses del Olimpo de la historia.

Y en ese Olimpo todos estos papagayos parecen coincidir en quien sería Zeus, el dios supremo: Tulio Alperín Donghi, el encargado de renovar metodológicamente a Mitre, para llegar -por esas curiosidades de la ciencia, que nos son vedadas al común de los mortales- prácticamente a las mismas conclusiones sobre el proceso histórico argentino que el fundador del diario en el cual Sarlo y Romero son columnistas.

Halperín Donghi es así no sólo "nuestro historiador máximo", sino el único de quien se puede aprender lo que vale la pena aprender; los demás son meros divulgadores, o en todo caso han tenido una que otra obra merecedora de que se le eche una ojeada.

Pues bien, nuestro Zeus del Olimpo de la heurística y la hermenéutica escribió esto en "La Democracia de masas" (Editorial Paidós, pág. 82 y s.s.):

"El 16 de junio -cinco días después de la desafiante procesión de Corpus- estallaba un alzamiento apoyado sobre todo por la marina de guerra. Luego de horas de combate en torno del edificio del Ministerio de Marina y de un bombardeo y ametrallamiento aéreo del centro de la capital por los revolucionarios, el gobierno pudo sofocar el reducido núcleo insurgente; esa noche, tras una concentración convocada por la Confederación General del Trabajo cuando aún duraban las acciones aéreas, las iglesias del centro de Buenos Aires fueron incendiadas; no resulta difícil comprender que, luego de ver caer a su lado a las víctimas del fuego rebelde, alguno de los manifestantes hayan visto en estos incendios una justa venganza; aun así, la espontánea cólera de una muchedumbre por otra parte raleada por la prudencia no basta para explicar la uniforme eficacia que la operación mostró en todas partes: al día siguiente otras muchedumbres comenzaban a recorrer, heridas en sus sentimientos piadosos (a veces algo improvisados), los templos cuyos muros calcinados dejaban ver -eliminados por el fuego los agregados de épocas más recientes y prósperas- los ladrillos pacientemente amontonados por los albañiles del setecientos." .

A ver si se entiende: "nuestro historiador máximo" está relatando uno de los hechos más criminales de la historia argentina (el bombardeo de una ciudad a cielo abierto, en tiempos de paz, por militares sublevados contra un gobierno constitucional), que se cobró cientos de vidas de argentinos, y no sólo no lo condena enfáticamente -supongamos que el ángulo objetivo que debea guardar el historiador no le permite esos deslices emocionales-, sino que soslaya justamente su costado más relevante: la intentonta golpista fue para matar a Perón, y en el camino se segaron las vidas de cientos de argentinos.

Las víctimas solo entran en el relato de Halperín Donghi desde el ángulo de la cólera espontánea de los que los vieron caer; y les dedica menos espacio en el párrafo y en el relato de los acontecimientos, que a  "los ladrillos pacientemente amontonados por los albañiles del setecientos" de los templos incendiados en respuesta a la masacre.

El historiador puede interpretar de diferente manera los hechos, incluso puede (a partir de su propia visión) jerarquizar a unos sobre otros, asignándoles una mayor influencia en el análisis de un determinado proceso.

Lo que no puede hacer es omitirlos, ignorarlos, como si no hubieran sucedido.

Y no se diga que Halperín Donghi tenía desprecio por la vida humana: apenas dos páginas después, en la misma obra, dedica todo un párrafo a la muerte del médico comunista Juan Ingalinella, sucedida en Rosario a manos de la policía santafesina.

¿Puede alguien con tamaña falta de ecuanimidad, provocada tan sólo por su profundo anti peronismo, ser considerado "nuestro máximo historiador"?

Seguramente es por cosas como ésas que Sarlo, Romero, Hilda Sábato y demases se resisten con tanto énfasis a que se rediscuta y revise la historia argentina: porque no sólo se trata de esclarecer los hechos del pasado para extraer enseñanzas para el presente y el futuro, sino que -en esa tarea- habrá que levantar (apelando otra vez a la palabra de Jauretche en "Los profetas del odio") algunas togas impolutas de ciertos figurones de la cultura "oficial"; que no es justamente la prohijada desde el Estado.                           

lunes, 28 de noviembre de 2011

LA HISTORIA Y LOS RELATOS


Por Raúl Degrossi


Más allá de si es un acierto o no poner al frente del organismo a Pacho O´Donnell, siendo que lo forman otros historiades de la talla de Hugo Chumbita, es interesante (y reveladora) la reacción del diario de Magnetto, y de algunos historiadores "de la academia", como Hilda Sábato, que opina en la nota.

Como tan bien lo señalara Arturo Jauretche, en la Argentina se hizo una verdadera "política de la historia": la falsificación de la historia no fue una simple disputa académica (que por lo demás nunca fue tal, en tanto la historia novelada del mitrismo fue científicamente superada hace más de un siglo), sino una pedagogía política puesta al servicio de un "relato" (palabra que ahora molesta a Clarín), el de los vencedores de Caseros.

Cuando Cristina dice en Obligado que al país le fue como le fue porque en Caseros ganaron los que ganaron, y lo compara con lo que pasó en EEUU con la guerra de Secesión, no sólo revela que es una lectora fiel de Jauretche: da en la tecla de una de las claves fundamentales de nuestro desarrollo histórico.

Nada indicaba que las cosas tuvieran que ser -forzosamente- como fueron, pero en cierto modo el desarrollo de la Argentina posterior al 3 de febrero de 1852 tuvo que ver con una matriz mental -plasmada en la Constitución de 1853-, y con un complejo de inferioridad mental inducido, donde todo rasgo identitario de afirmación nacional -como el combate de Obligado- fue escrupulosamente borrado de la historia argentina: las "Bases" de Alberdi lo dijeron con claridad, no era tiempo de héroes de la espada, sino del comercio.

En trazos gruesos, allá triunfó la visión industrialista, proteccionista, de un país desarrollado a partir de un mercado interno, que derrotó a la economía de plantación y monocultivo, sustentada en la mano de obra esclava, y que producía algodón para los telares ingleses. Acá -aunque Rosas mismo fuera ganadero, representada quizás a la fracción más auténticamente emprendedora de su clase- sucedió todo lo contrario.  

El despotismo turco (la expresión es del mismo Alberdi) ejercido por Mitre en la edificación del relato de la Argentina oficial (concebida como la única posible) presidió algo más que la versión de la historia del país que la clase dirigente propagaba: generó el trasfondo cultural desde el cual el país era interpretado, y que a su vez permitía mantener en estado vegetativo las energías que podían otorgarle un destino distinto que el de la feliz granja colonial del imperio.

El revisionismo histórico abrió grietas en ese muro (construído por décadas por Mitre, Groussac y sus herederos, a izquierda y derecha) en el plano de la investigación historiográfica, pero no logró cuajar sus ideas en un proyecto político hasta el advenimiento del peronismo: en el radicalismo de Yrigoyen el recuerdo de la "verdadera historia" era más bien una percepción personal del Peludo, que un credo ideológico del partido; que en buena medida tributaba al programa de la Constitución de 1853, cuyo cumplimiento escrupuloso exigía a los arquitectos del fraude electoral.

Andando el tiempo hasta hoy, estos tiempos de recuperación del debate político que vive la Argentina (aun con la tosquedad promedio que se ve en el abordaje de los temas) reactivan el interés social y político de la disputa por el relato; y si no que lo diga el mismo Clarín, que desde su colosal despliegue de medios fue construyendo una plataforma de ideas que vendió (con éxito, por cierto) como la expresión del sentido común del argentino promedio, cuando no eran más que el camuflaje de la defensa de sus propios y concretos intereses.

De uno y otro lado de la disputa, se zigzaguea en asignarle o no relevancia política a esa disputa por el sentido, y se pasa de considerarla un día trascendental y dirimente, a irrelevante en términos políticos al siguiente.

Pero lo cierto es que la disputa existe y está planteada; y la discusión por lo que fuimos como país (nuestra historia), no es sino un capítulo más de la disputa de lo que queremos ser; y esa tensión explica las reacciones exacerbadas que generan iniciativas como la creación del instituto del que habla la nota.

No escaldado aun por el estruendoso fracaso de su intento por incidir en el plano electoral que reveló el resultado del 23 de octubre, el diario de los dueños de Papel Prensa (otro ejemplo claro de los beneficios concretos que trae el ocultamiento y la mistificación de la historia) alza la guardia toda vez que además, cree amenazado su "relato" del devenir político nacional; aunque no tenga -como su socio La Nación- la misión de ser el albacea testamentario de la herencia de Mitre.

Y en ese tren, nunca le faltarán aliados en apariencia progresistas y bien intencionados como Hilda Sábato, de esa generación de historiadores que tributan a Tulio Halperín Donghi y José Luis Romero; los máximos exponentes del aggiornamiento metodológico y de expresión del viejo mandarinato mitrista.

No se trata -como con fingida ingenuidad plantea Hilda Sábato- de que determinados personajes históricos hayan o no sibo abordados por la academia en los últimos años; si no existe en muchos de esos abordajes la real intención de revisitar la historia argentina con seriedad científica, pero con el intento de aportar a la comprensión y la construcción del país real.

De lo contrario se obvia un detalle central: la historia es la política del pasado, y las categorías que aplicamos al presente (factores de poder, intereses en disputa, climas de época) no sólo le caben a ese pasado para entenderlo cabalmente como objeto de disección científica, sino para entender en que medida proyecta sus líneas al presente.  

Porque cuando se insiste en revisar la historia (no sólo y ya no tanto desde una pura perspectiva académica o científica, sino de su proyección política y social), en rigor lo que se plantea es una disputa por el sentido; y es allí donde a algunos les molesta sobremanera que ciertas verdades indiscutidas por año, sean cuando menos puestas en duda: algo parecido a lo que sucede en cierto periodismo como Lanata, que gozó hasta hoy de un prestigio que se reveló en buena parte inmerecido.

El peso de las diferentes tradiciones históricas e historiográficas (esos "relatos", con las comillas que prefiere Clarín) en los alineamientos y tomas de posiciones de la discusión política cotidiana es algo no frecuentemente dimensionado en su justa medida; y algo que (si se lo profundizase) brindaría claves de comprensión de muchos hechos políticos que -a primera vista- parecen incomprensibles, o carentes de toda lógica, como por ejemplo la divisoria de aguas que se dio durante el conflicto por las retenciones móviles. 

Cualquiera sea la incidencia que se le asigne a la construcción de un relato en las determinaciones políticas de una sociedad, cierto es que un movimiento político se consolida en el rol gravitante del sistema (como le pasa al kirchnerismo) cuando logra en cierto punto imponer el propio.

Alguien dirá: si la economía no funcionase correctamente y produjese resultados que se pueden medir, la credibilidad del relato se vendría abajo, si es que alguna vez estuvo en alto, o determinó los comportamientos políticos de la sociedad; y muy probablemente estará en lo cierto.

Tanto como que los procesos políticos requieren de elementos ordenadores, propios del discurso político, que le dan coherencia y sentido a sus acciones, y crean una cierta mística social en torno a ellas: es allí donde el kirchnerismo se ha revelado eficaz, particularmente en determinados sectores (como los jóvenes); y en algunos casos más allá de sus propias realizaciones concretas en cada plano.

Y eso es percibido por los "dueños" de la historia (que como decía Rodolfo Walsh, son los dueños de todas las demás cosas) como un peligro potencial, con lo que se llega al absurdo que se cuestiona la supuesta (o real) intención de construir un relato histórico "oficial" (urdido desde el aparato del Estado), en nombre de un pluralismo que jamás ha existido, menos en la lectura de la historia política argentina.

Y tan cierto es que la historia se resignifica en clave política presente, que el temor es que el 54,11 % de Cristina (construido a partir de hechos palpables de gestión) termine validando políticamente un relato histórico que cuestiona muchos de los supuestos culturales centrales de más de un siglo y medio del devenir de la Argentina, y se convierta a su vez en la plataforma de desarrollo de fases más progresivas de un proceso de cambio.

Lo que se dice una disputa un poco más compleja y trascendente que la visión que alguna escuela historiográfica puede tener de tal o cual personaje de la historia argentina. 

Actualización: Demostrando donde hay en realidad "pensamiento único" y "transmisión en cadena", en el diario que Mitre dejó de guardaespaldas (como decía Homero Manzi) reaccionan indignados historiadores cama adentro de la oligarquía como María Sáenz Quesada, y la infaltable opinión de Betty Sarlo, que como siempre (o casi siempre) le erra como a las peras, y mezcla todo, pongámosle Jorge Abelardo Ramos con los hermanos Irazusta; lo que confirma su pertenencia (gustosa, habrá que decir) al panteón de las vacas sagradas del liberalismo.