LA FRASE

"EN ÉSTE PAÍS NO SE PUEDE TENER MENTALIDAD EMPRENDEDORA Y ARRIESGARSE EN LA BÚSQUEDA DE NUEVAS OPORTUNIDADES DE NEGOCIOS PORQUE ENSEGUIDA TE DESTRUYEN CON LA MÁQUINA DE IMPEDIR." (JOAQUÍN BENEGAS LYNCH)
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martes, 24 de junio de 2025

EL DILEMA DE MORDISQUITO

 

Ese extraordinario filósofo social que además componía tangos memorables que fue Enrique Santos Discépolo intentaba explicarle el peronismo a "Mordisquito" (el opositor imaginario que usaba de bochín en sus charlas radiales) en la forma más sencilla y clara posible, en base a los principios de causa y consecuencia, o si se prefiere, acción y reacción: en las iniquidades del régimen preexistente había que buscar las causas profundas del peronismo, su origen, su razón de ser y por ende, su justificación histórica.

Desnudaba así la que aun hoy (80 años después) sigue siendo la principal falacia del pensamiento gorila, tanto que por estos tiempos la repite Milei: si la Argentina era un país próspero, una potencia mundial y sus habitantes gozaban de un nivel de vida envidiable, ¿Cómo fue, entonces, posible el peronismo? O para ser más precisos: ¿Cómo fue necesario?

Apelando a la polisemia del lenguaje, en las causas (reales, profundas) del origen del peronismo, hay que buscar su causa, es decir su propósito, razón de ser y sentido: mientras subsistan la injusticia, la explotación, el enfeudamiento colonial del país, la degradación de su condición soberana, existirá el peronismo; porque como decía Discépolo, no lo trajimos nosotros, sino que fueron ellos. O como decía Eva, "Si el pueblo fuera feliz y la patria grande, ser peronista sería un derecho. En nuestros días, ser peronista es un deber,...". Y vaya si hoy siguen siendo esos "nuestros días", con tantas tareas inconclusas, y tan urgentes.

El peronismo subsiste porque es más que una entidad política o una definición electoral de millones de argentinos: es una empresa de reparación nacional aun pendiente, que si se llamó así fue para graficar en el lenguaje la inmensidad histórica de Perón, el hombre que vio lo que muchos otros no vieron, hasta que lo tuvieron frente a sus narices aquel 17 de octubre. Y si a más de 50 años de su muerte esa empresa pendiente se sigue identificando con su nombre, es simplemente porque no ha sido superado en sus causas, que son -como dijimos- su causa.

El peronismo representó y representa en la memoria histórica de muchos argentinos, la democratización del goce de la que hablan Daniel Santoro y Pedro Saborido, o el Technicolor de los días felices tal como lo definía el mismo Discépolo en sus monólogos con Mordisquito. Y esa evocación de la memoria social es nostalgia pero también presente y esperanza de futuro, gracias a la experiencia kirchnerista: eso, y no otra cosa, es lo que verbalizan los testimonios de los que por estos días ganaron las calles en defensa de Cristina, y allí hay que buscar las razones de la persistencia de su liderazgo político, social y hasta emocional sobre muchos argentinos.

El gorila odia, pero nunca disfruta, ni siquiera cuando gana o consigue lo que quiere, que siempre es que nosotros -sencillamente- dejemos de existir. Por contraste y como decía Jauretche, "La multitud no odia, odian las minorías, porque conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor.". Lo que ocurre es que en esos casos y salvo los privilegiados de siempre, perdemos todos, incluso muchos de ellos, y así el ciclo vuelve a empezar, como en 1945: queriendo enterrar al peronismo, lo están sembrando, y en alguna parte de sí mismos lo entienden, y eso los enfurece más.

El peronismo es -como lo definiera José Pablo Feinmann- una obstinación argentina, mal que les pese a muchos que vienen pronosticando su fin desde Vernengo Lima en el 45' hasta Escribano en el 2003, y todos los hoy se repitieron en el vaticinio, después de conocerse que la Corte confirmaba la condena y proscripción de Cristina.

La furia y su odio de la Argentina anti-peronista no son más que la extroversión encendida de su profunda pobreza espiritual: de metas (limitadas a que nosotros no existamos más y desaparezcamos del paisaje), de épicas y de héroes: pasaron de Carrió a Lanata a los arbolitos o las cuevas que les vendían dólares, Nisman, Vicentín, el fiscal Luciani o la misma tobillera de Cristina. Antes se habían esperanzado con Braden, Rojas y Aramburu, Videla y -como no- hasta con Alfonsín. Para colmo de (sus) males, en muchos casos (como pasó con los "cabecitas negras", la metáfora de Rojas sobre el perro y la rabia, y está pasando con la tobillera de Cristina), lo que ellos lanzan como anatema de humillación, nosotros se los devolvemos como orgullosa afirmación de identidad, y demostración de tozuda persistencia en seguir existiendo, pese a todo. 

Por eso les molestan Cristina, el balcón y la alegría del pueblo cuando sale, aunque ella esté presa y muchos de nosotros angustiados por el presente y el futuro del país: esa alegría es esperanza para nosotros, y perturbación para ellos, porque no son felices (nunca lo son) y no soportan que otros lo sean, o sueñen con serlo. Tanto que ya ni siquiera fingen en que creen en los derrames como creyeron con Cavallo y Menem, ni en "mantener lo bueno y mejorar lo malo" como decían que creían con Macri, y por eso directamente votaron al que prometió destruirlo todo, porque para ellos "todo" era el peronismo y lo que representa en términos de legado histórico, y creyendo que ellos zafaban, y no iban a caer en la volteada. Y en el peor de los casos, su sufrimiento sería un precio bajo a pagar por conseguir el oscuro objeto de su deseo: un mundo y una vida sin peronismo, ni peronistas.

Leonardo Favio (que entendió al peronismo como pocos) decía que se hizo peronista porque no se puede ser feliz en soledad. Los gorilas desconocen esa dimensión social de la felicidad, aunque a veces parezca que comparten con otros sus motivos de satisfacción, porque ellos -a la inversa de Favio- solo pueden ser felices (y a veces ni eso, o les dura poco) si otros no lo son, porque los subleva la felicidad ajena. Sobre todo si es la nuestra, como pasa hoy, con Cristina y el balcón. 

Decía Evita en "Mi Mensaje" hablando de la oligarquía: "Con ellos no nos entenderemos nunca, porque lo único que ellos quieren es lo único que nosotros no podremos darles jamás: nuestra libertad.". Parafraseándola, diremos nosotros: lo único que podemos darles a los gorilas para contentarlos, es dejar de existir. Y en tanto nosotros nos obstinemos en persistir existiendo, nunca serán felices, e intentarán por todos los medios y como casi único objeto de su existencia en términos políticos, que nosotros desaparezcamos.

El problema -que nos tiene hace 70 años en esta situación de empate hegemónico que está en la raíz de todos los males del país- es que entonces se les aparece en toda su magnitud el dilema que Discépolo le planteaba a Mordisquito: la única forma de hacernos desaparecer es la que nunca intentaron, que es superarnos, haciéndonos innecesarios en términos históricos, políticos y sociales.

martes, 17 de diciembre de 2019

APUNTES PARA LA MILITANCIA


Nueve meses atrás, en abril de este año, cuando ya vislumbrábamos que era posible vencer al macrismo y desplazarlo del gobierno, decíamos en ésta entrada: "Ante la posibilidad real y concreta de que el peronismo vuelva a gobernar en el país a partir de diciembre, podemos dar por seguro que las vocecitas chillonas reaparecerán, en todo su volumen: sería iluso pensar que se llamarán a silencio, luego de haber metido la pata votando como votaron, o ante la incontrastable evidencia de que "su" gobierno, el que ellos eligieron, hizo todas las cosas que le molestaban del kirchnerismo, pero peores.

También sería iluso suponer que la sola circunstancia de un cambio de gobierno producirá como por arte de magia la solución de todos los problemas del país, la grandeza de la patria y la felicidad del pueblo, esos apotegmas sencillos pero contundentes del peronismo. Es seguro que entonces y montado en esas circunstancias, volverá el coro de las vocecitas chillonas. 

Con más fuerza si es necesario tomar medidas drásticas para lidiar con lo que hoy ya podemos saber que será una pesada herencia que nos dejara otro experimento neoliberal fallido, como por ejemplo restringir el acceso a las divisas o controlar las importaciones, por decir algo: es de manual que al que con "su" gobierno" no podía comer asado ni comprar leche, con el nuestro volverá a reclamar porque falta té de Ceylán. Es parte de nuestro folklore.

¿Qué hacer entonces, con esta gente y sus vocecitas chillonas que volverán a quejarse para ser -como acostumbran- el centro de nuestra atención? En 1951, en otro contexto histórico, el inolvidable Discepolín les dedicó un montón de charlas en un ciclo radial que se llamó "Pienso y digo lo que pienso", convencido de que no podría convencerlos. Emprendiendo lo que él mismo juzgaba una empresa destinada al fracaso, desde el principio.

Pues se nos ocurre que lo que hay que hacer con las vocecitas chillonas es, lisa y llanamente, ignorarlas: valga la experiencia horrenda del macrismo para aprender que hay que elegir las peleas que dar, conservando las energías para las que realmente valen la pena. Que se conviertan en parte del paisaje, como el zumbido de los mosquitos en verano, o el viento. Acaso eso -que los ignoremos- sea lo peor que podamos hacerles. Vamos a tener muchas otras cosas más importantes que hacer.".

Pues bien, nueve meses después estamos en el punto que preveíamos entonces: envalentonados por la remontada que pegaron de los resultados de las PASO a las cifras de su derrota (porque perdieron, aunque no se den cuenta, o hagan como que no) en la primera vuelta, y espoleados por los cambios en las retenciones que pusieron en alerta a las patronales del campo, ya están llamando a los cacerolazos y cortes de ruta; como si entre diciembre del 2015 y éste mes que transitamos no hubiera pasado nada, y estuviéramos en el 2008.

Y frente a ese reseteo de ellos, a nosotros se nos hace muy difícil evitar la tentación de subirnos a la pelea dialéctica con ellos, en las redes sociales, en el trabajo o en las reuniones familiares o con amigos. Pero seamos inteligentes, y aprendamos de la experiencia: una cosa es movilizarnos y salir a la calle en defensa de nuestro gobierno si las circunstancias lo exigen, la otra es gastar energías discutiendo con la pared, o lo que es lo mismo, con alguien que no está dispuesto a moverse un centímetro de su modo de pensar; porque lo que le molesta no son las políticas del nuevo gobierno, sino el resultado electoral, y la mera existencia de ese gobierno.

Si algo marcó el reciente proceso electoral es, precisamente, la existencia de la famosa "grieta", y el absurdo de pretender cerrarla como por arte de magia, dejando la vida (y el capital y la legitimidad políticos que conseguimos en las urnas el 27O), en el intento. Tenemos cosas más urgentes que atender, como decíamos hace ya nueve meses.

Y el primero que lo ha entendido es el propio Alberto y por eso, más allá de su temperamento y lenguaje conciliador, avanza por donde debe avanzar, a la hora de repartir las cargas en el esfuerzo para salir de la crisis. Allí hay que concentrar la atención: mientras se aumenten retenciones y Bienes Personales, o se recargue con un impuesto la compra de divisas para viajar o las compras con tarjeta en el exterior, o los bienes declarados en el blanqueo, para financiar aumentos en las jubilaciones, las pensiones o la AUH, estaremos bien; digan lo que digan las vocecitas chillonas. Que no son más que el coro ruidoso de los sectores silenciosos que los mueven (porque para eso disponen de los medios), para que chillen en defensa de sus intereses, que son los realmente afectados.

Cuando el conflicto por las retenciones móviles del 2008 culminó con nuestra derrota en el gobierno por la traición de Cobos, ellos creyeron tocar el cielo con las manos; y luego de fracasar en la movida destituyente contra Cristina ensayaron con éxito en las legislativas del año siguiente el experimento de colar los "agrodiputados" en sus listas, y el copamiento del Congreso con el "Grupo A" en el 2010.

Sin embargo, apenas un año después fueron impiadosamente derrotados por el 54 % de Cristina, por una razón muy sencilla: una cosa es concitar adhesiones sociales transitorias de terratenientes de maceta, y otra muy distinta es estabilizar a largo plazo y en condiciones de democracia abierta, un proyecto político que contempla los intereses de -como mucho- el 15 % de la sociedad; y que para consolidarse debe agredir fuertemente los intereses y las condiciones materiales y objetivas de existencia del resto.

Que fue ni más ni menos que lo que le pasó al macrismo en estos cuatro años, y por eso perdieron y tuvieron que dejar el gobierno, cuando pensaban (ellos y muchos otros) que venían a sentar las bases de una larga hegemonía. Si el gobierno de Alberto está siendo coherente con su programa electoral y con el mandato que recibió de la ciudadanía, seamos inteligentes nosotros para defenderlo, haciendo hincapié en esa circunstancia, y no en la réplica al coro de vocecitas chillonas, que no es lo que importa.

El absurdo teórico (que cometen ellos) de pretender que el que ganó las elecciones siga aplicando el programa del que las perdió, se traduce en la vida cotidiana en la más absurda pretensión de que el que no le alcanza para llegar a fin de mes, o para poder comer todos los días, tenga que solidarizase con millonarios panzones, gente con todos los problemas acuciantes resueltos cuyo mayor dilema es vacacionar en el exterior, o fugadores seriales de capitales, con activos en el exterior. 

Hay allí dos mundos tan lejanos, como la distancia que separa la Luna, de la Tierra. Y nuestra meta debe ser hacerlo visible, para los que están acá, en la Tierra, con los problemas de todos los días. Es de ellos de los que nos tenemos que ocupar, no de los que prefieren seguir viviendo en la Luna.

miércoles, 30 de octubre de 2019

¿QUÉ HACER CON EL 40 %?


Con ese comportamiento de manada que tanto critican y sin embargo, tanto practican, desde el domingo empezaron a aparecer en las redes sociales comentarios del tenor del que encabeza el post; de gente que nos anuncia que después de la derrota de Macri (porque Macri perdi ¿sabían?) cancelan toda beneficencia o solidaridad con los pobres, o gente necesitada de cualquier cosa.

Nos avisan que no van a donar más comida, van a quemar la ropa vieja en lugar de donarla, y en cualquier momento empiezan a sabotear la colecta “Más por Menos”, o a no dejar limosna en las iglesias, “porque el Papa es peronista y kuka”. “Que le vayan a pedir a Albertítere y a Cristina”, sería el lema.

Al mismo tiempo otros empezaron a hacer circular una bizarra petición para pedir la “independencia” de la Argentina de las provincias en las que ganó el macrismo el domingo, que por supuesto “son las que producen y mantienen al resto”; como si estuviéramos en 1880. Y prometen resistencia civiles intransigentes frente a lo que creen será una dictadura, o un gobierno de ocupación.

Como a las damas de la Sociedad de Beneficencia que chocaron con Evita, les gusta la caridad pero les repele la justicia social: no quieren quedarse sin ese pequeño acto de satisfacción moral de sentirse superiores a alguien porque le dan un paquete de arroz, mientras le dan lecciones sobre como manejar su vida para salir de la pobreza, o a quien tienen que votar y a quien no.

Quieren conservar ese “plan de ahorro” para ganarse un espacio en el cielo, en lugar de -ponéle- pagar impuestos para que el Estado los administre y redistribuya la riqueza, o conceda derechos, en lugar de limosna: ese es todo el origen de su odio visceral al peronismo, y todo lo que representa. Sin ir más lejos, eso es más o menos lo que decía De Angeli cuando no era senador sino piquetero agrario: “A mí dejáme la plata en el bolsillo, que la redistribución de la riqueza la hago yo, como quiero y a quien quiero”.

Beneficencia versus justicia social, la Argentina agraria versus el conurbano vago, “el medio país que trabaja para mantener a la otra mitad”, el Estatuto del Peón versus la invitación al asado o el regalo de un pantalón viejo del patrón: manejan el combo completo del ADN gorila, con hilos conductores que atraviesan generaciones.

También dijimos varias veces que, más allá de los avatares que sufriera el macrismo político y cual fuera su suerte en las elecciones, subsistiría en el país el macrismo social, que se expresó en ese 40 % que votó a Macri el domingo, pese a su desastroso gobierno; y que es al mismo tiempo el sector social más sobrerepresentado en las redes sociales, en los medios, en la preocupación discursiva de los políticos, es el ideal aspiracional que todos quieren alcanzar, y el sujeto al que todos le hablan, lo lisonjean, lo quieren seducir.

Y decimos “todos” porque no son pocos los de acá, de este lado de la grieta que piden escucharlos, contenerlos, tomarlos en cuenta, oír lo que tienen para decirnos, como si no lo supiéramos porque ellos mismos se ocupan de hacérselo saber al país en cadena nacional y parados arriba de un banquito moral, aunque tengan cuentas de Twitter con 100 seguidores.

Acaso ya sea hora de que se enteren que no son los más importantes de la sociedad, ni valen más que otros, ni de cerca; ni tampoco son los más urgentemente necesitados de la mano de un Estado al que, por otro lado detestan. Tenemos muchas otras cosas mucho más urgentes que hacer que discutir o tratar de persuadirlos, y mejores modos de emplear el tiempo y el esfuerzo que estar atentos a sus veleidades y caprichitos de gente que no entiende como funciona eso de la democracia, donde cada uno vale un voto, y el que más junta es el que gana, y el que decide el rumbo.

No podemos diluir nuestra identidad en la búsqueda de ganar aprobaciones que nunca llegarán, hagamos lo que hagamos, y dejar en el camino los compromisos políticos y morales que asumimos con los que nos votaron. Porque eso es lo que tendríamos que hacer para que nos acepten o toleren, y ni siquiera así tenemos garantías de que lo hagan.

Hace un tiempo y previendo en cierta manera estas cuestiones, decíamos acá: "Ante la posibilidad real y concreta de que el peronismo vuelva a gobernar en el país a partir de diciembre, podemos dar por seguro que las vocecitas chillonas reaparecerán, en todo su volumen: sería iluso pensar que se llamarán a silencio, luego de haber metido la pata votando como votaron, o ante la incontrastable evidencia de que "su" gobierno, el que ellos eligieron, hizo todas las cosas que le molestaban del kirchnerismo, pero peores.

También sería iluso suponer que la sola circunstancia de un cambio de gobierno producirá como por arte de magia la solución de todos los problemas del país, la grandeza de la patria y la felicidad del pueblo, esos apotegmas sencillos pero contundentes del peronismo. Es seguro que entonces y montado en esas circunstancias, volverá el coro de las vocecitas chillonas. 

Con más fuerza si es necesario tomar medidas drásticas para lidiar con lo que hoy ya podemos saber que será una pesada herencia que nos dejara otro experimento neoliberal fallido, como por ejemplo restringir el acceso a las divisas o controlar las importaciones, por decir algo: es de manual que al que con "su" gobierno" no podía comer asado ni comprar leche, con el nuestro volverá a reclamar porque falta té de Ceylán. Es parte de nuestro folklore.

¿Qué hacer entonces, con esta gente y sus vocecitas chillonas que volverán a quejarse para ser -como acostumbran- el centro de nuestra atención? En 1951, en otro contexto histórico, el inolvidable Discepolín les dedicó un montón de charlas en un ciclo radial que se llamó "Pienso y digo lo que pienso", convencido de que no podría convencerlos. Emprendiendo lo que él mismo juzgaba una empresa destinada al fracaso, desde el principio.

Pues se nos ocurre que lo que hay que hacer con las vocecitas chillonas es, lisa y llanamente, ignorarlas: valga la experiencia horrenda del macrismo para aprender que hay que elegir las peleas que dar, conservando las energías para las que realmente valen la pena. Que se conviertan en parte del paisaje, como el zumbido de los mosquitos en verano, o el viento. Acaso eso -que los ignoremos- sea lo peor que podamos hacerles. Vamos a tener muchas otras cosas más importantes que hacer." Tuit relacionado: 

lunes, 8 de abril de 2019

LAS VOCECITAS CHILLONAS



Quien mas quien menos, todos tenemos uno, o varios: parientes, amigos, vecinos, compañeros de trabajo. Esa gente a la que hasta hace tres años escuchábamos quejarse todo el día, todos los días. Por lo general, quejarse de cosas "que tienen repuesto", o en las que a nadie -en realidad- se le va la vida: la falta de vasitos de Starbucks o de toallas femeninas, el "cepo" para comprar dólares, las cadenas nacionales, el "Fútbol Para Todos".

Cosas que a juzgar por lo que decían o (más importante aun) como lo decían, les resultaban intolerables. Por ahí se convertían en parlantes humanos y reproducían todo el día el zócalo de TN del momento, y así renovaban el temario de la queja eterna: el INDEC, los "superpoderes", el Consejo de la Magistratura, la corrupción, Nisman, que el Congreso era una escribanía del Ejecutivo, que Milani te espiaba con la SUBE.

Se quejaban tanto y tan fuerte, haciendo tanto ruido, que a veces impedían oír otras quejas, acaso más fundadas, seguramente menos estruendosas; como las de los que -por caso- tenían realmente derecho a quejarse por lo que aun faltaba: más empleo, mejor remunerado, en blanco, mejores jubilaciones, mejores servicios públicos, acceso a la vivienda. Y como el blanco de la queja es el oído del que la escucha, muchas veces les prestábamos más atención a ellos, que a los que realmente la merecían.

El coro de las vocecitas chillonas no es un fenómeno nuevo, ni mucho menos: es tan viejo que ya lo retrató Discepolín en sus inolvidables charlas con Mordisquito, el "contrera" imaginario, que se quejaba porque faltaba manteca, o té de Ceylán. Son esas vocecitas chillonas que parecen incomodarse, siempre aun en medio de transformaciones positivas para el país, que incluían a muchos de sus hijos, hasta entonces olvidados o relegados.

Más aun: se incomodan especialmente entonces, porque creían estar quedando afuera, o perdiendo algo, cuando en realidad, también ganaban. El problema era que no ganaban solos, o que se acortaban ciertas distancias "invisibles" cuyo acortamiento juzgan intolerable; y no pueden evitar sentir que lo que les dieron a otros, se los sacaron a ellos; porque nunca se les ocurre pensar que en realidad hay otros (de los que nunca se quejan) que son los siempre les sacan todo, a todos, ellos incluidos.

Cuando gobiernan ellos, como pasa desde el 2015, no solo no se quejan, sino que se enojan con los que se quejan, "porque se olvidan como estábamos antes", sin que nunca te terminen de explicar bien como era ese "antes" que tan a mal traer los tenía, tanto que no quieren volver allí, bajo ningún concepto: "prefiero comer polenta todos los días, con ta de que no vuelvan. Tampoco te explican nunca como es que ese "antes" pierde en la comparación con este presente, plagado de penurias.

Y no solo se enojan con los que se quejan, sino que los convocan al sacrificio, al esfuerzo, porque "si no ponemos el hombro todos, esta país nunca va a salir adelante". Ellos, por supuesto, siempre están en el bando de los que ponen el hombro, tanto que es como si se sintieran Atlas, sosteniendo el mundo sobre sus hombros; mientas otros disfrutan de lo que ellos mantienen con su esfuerzo. Son "la mitad del país que trabaja y produce, para mantener a la otra mitad".

La imagen, por supuesto, es falsa y exagerada: no existe tal cosa como dos mitades iguales así delimitadas, y si existiera, sería al revés. Porque lo que suele pasar con frecuencia con estos personajes es que su contribución real al país es más bien escasa, en no pocos casos nula, y siempre pero siempre, muy por debajo de lo que ellos perciben que es. 

Porque los que la pelean de verdad, los que en serio se ponen sus vidas y las del país al hombre, nunca alardean ni se quejan, ni siquiera cuando (como ahora) la estén pasando realmente mal. Y pese a que suelen ser los primeros que la pasan mal cuando la mano viene negra (como pasa ahora) son a los que menos se los escucha quejarse, o acaso lo hagan en voz baja, y queden tapados -otra vez- por el coro de vocecitas chillonas.

Vocecitas de gente que -por regla general- se lleva mal con el peronismo, esa encarnación argentina de la bestina negra del populismo, porque a diferencia de ellos (que se quejan porque les falta algo hasta que a todos nos falta algo, y ahí nos invitan a no quejarnos y esforzarnos), el peronismo nunca convoca al sacrificio, sino -como dicen Santoro y Saborido-a la democratización del goce: a disfrutar, pero disfrutando todos, no unos pocos, los de siempre. Que son los que se quejan. Por supuesto que si uno les recuerda esto, le echarán en cara el pan negro de Perón o sus equivalentes en otros tiempos, memoriosos como son para la anécdota y la minucia.

Y cuando al peronismo le toca gobernar, trata de hacer realidad esa premisa de "democratizar el goce", en la medida de sus capacidades y de las posibilidades que brinda el contexto;  y acaso por eso -simplemente por tratar de avanzar por ahí- se explique su permanencia y su vigencia en la política argentina.   

Ante la posibilidad real y concreta de que el peronismo vuelva a gobernar en el país a partir de diciembre, podemos dar por seguro que las vocecitas chillonas reaparecerán, en todo su volumen: sería iluso pensar que se llamarán a silencio, luego de haber metido la pata votando como votaron, o ante la incontrastable evidencia de que "su" gobierno, el que ellos eligieron, hizo todas las cosas que le molestaban del kirchnerismo, pero peores.

También sería iluso suponer que la sola circunstancia de un cambio de gobierno producirá como por arte de magia la solución de todos los problemas del país, la grandeza de la patria y la felicidad del pueblo, esos apotegmas sencillos pero contundentes del peronismo. Es seguro que entonces y montado en esas circunstancias, volverá el coro de las vocecitas chillonas. 

Con más fuerza si es necesario tomar medidas drásticas para lidiar con lo que hoy ya podemos saber que será una pesada herencia que nos dejara otro experimento neoliberal fallido, como por ejemplo restringir el acceso a las divisas o controlar las importaciones, por decir algo: es de manual que al que con "su" gobierno" no podía comer asado ni comprar leche, con el nuestro volverá a reclamar porque falta té de Ceylán. Es parte de nuestro folklore.

¿Qué hacer entonces, con esta gente y sus vocecitas chillonas que volverán a quejarse para ser -como acostumbran- el centro de nuestra atención? En 1951, en otro contexto histórico, el inolvidable Discepolín les dedicó un montón de charlas en un ciclo radial que se llamó "Pienso y digo lo que pienso", convencido de que no podría convencerlos. Emprendiendo lo que él mismo juzgaba una empresa destinada al fracaso, desde el principio.

Pues se nos ocurre que lo que hay que hacer con las vocecitas chillonas es, lisa y llanamente, ignorarlas: valga la experiencia horrenda del macrismo para aprender que hay que elegir las peleas que dar, conservando las energías para las que realmente valen la pena. Que se conviertan en parte del paisaje, como el zumbido de los mosquitos en verano, o el viento. Acaso eso -que los ignoremos- sea lo peor que podamos hacerles. Vamos a tener muchas otras cosas más importantes que hacer. 

lunes, 23 de diciembre de 2013

DISCEPOLÍN



Un día como hoy, hace 62 años, se apagaba la existencia de Enrique Santos Discépolo, Discepolín como se lo conoció; uno de los más grandes creadores de la cultura popular y -por que no- uno de los más finos intérpretes de la realidad que le tocó vivir.

Un hombre apasionado que supo transmitir su pasión existencial a todo lo que hacía, desde sus geniales creaciones en la música, el cine o el teatro (que forman parte ya del acervo cultural de nuestro pueblo), hasta su compromiso político con el peronismo, en aquellos tiempos en que la movilización popular del 17 de octubre abría paso a un país que ya ni sería el mismo; aunque algunos quisieran retroceder el reloj de la historia.

Discépolo fue un vate popular, y también un artista consagrado, que supo de as mieles del éxito, pero que nunca -como decía Evita- se dejó robar el alma que traía de la calle.

Que sufrió en carne propia por su compromiso político,en los meses finales de su vida y con su salud ya minada, el odio y el desprecio de sus colegas, que hasta ayer lo adulaban. 

El destierro en vida en su propio círculo social, como luego les tocaría padecerlo tras la caída de Perón a otras figuras de la época (hace poco nos dejó una, la inolvidable Nelly Omar); por el simple (y tremendo) pecado de haber adherido al peronismo.

El odio gorila (ése mismo que hoy reclama diálogos y consensos) les negaba el reconocimiento que largamente se merecían quiénes -como Discepolín- habían hecho extraordinarias contribuciones en lo suyo, simplemente por haber expresado una posición política.

Algo para recordar hoy, cuando muchos impostan sufrimientos y persecuciones inexistentes, jugándolas de víctimas para vender un libro más, o tener otro punto de ráting.

A propósito de eso, el audio de apertura (una de las charlas radiales de "Pienso y digo lo que pienso") fue grabado en 9 de noviembre de 1951, sobre el filo de la veda electoral de los comicios del domingo 11; en los que por primera vez votarían las mujeres, y Perón sería reelecto con casi el 63 % de los votos.

Según nos cuenta Norberto Galasso en su biografía del poeta, la noche anterior cerró su campaña la fórmula de la UCR con un acto en plaza Constitución y Balbín (el candidato presidencial) criticó a Discépolo; al que acusó de "haberse vendido a la dictadura peronista para convertirse en su vocero".  

En respuesta, Discepolín decía: "Reuniste a un pueblo para hablarle de mí, no tenías otra cosa que decir. ¿Vendido yo? ¡Inocente!. Si sabés que comprarme a mí es un mal negocio. Desde que nací hasta ahora vivo de mí y de mis obras. Por fortuna -o por desgracia- no hay nadie que pueda ayudarme. Sólo mis obras y el pueblo...no hay gobierno que pueda darle más éxito o menos éxito a una canción mía, a una obra mía, a una película mía.

Tengo el orgullo de mi independencia. Lo que yo le debo a esto gobierno es mucho más de lo que vos te creés. Le debo, desde mi soledad, la enorme dicha que goza el pueblo, el rumbo firme que lleva y el porvenir que vislumbro."     

Discépolo no fue sólo un hombre comprometido políticamente, sino sobre todo un poeta y creador excepcional; pero su genio aplicado en función de lo que entendió como un deber de la hora (la defensa del proyecto político al cual adhería, y que estaba transformando el país) dejó también su rastro, en aquellas charlas radiales tituladas "Pienso y digo lo que pienso".

Y a Mordisquito, aquél contendor imaginario del poeta, nos lo podemos cruzar a diario en el trabajo, el barrio o las reuniones sociales; y lo escuchamos replicado hasta el infinito en radio, televisión y diarios.

La tremenda actualidad de la pintura de época de Discepolín es una prueba más de su genio; el que le hizo ganar un lugar permanente en el panteón de los destacados de la cultura popular; más importante aun que el lugar que se había ganado -y que muchos pretendieron negarle- en el Olimpo de los consagrados.

viernes, 23 de diciembre de 2011

DISCEPOLÍN

Se cumplen hoy 60 años de que se apagara la vida de Enrique Santos Discépolo, uno de los más grandes íconos de la cultura popular argentina, un auténtico vate del pueblo.

Incorporado con sello indeleble a la historia del tango, la poesís y el teatro nacional con creaciones maravillosas que lo han trascendido hasta hoy; Discepolín es también un profundo pensador político y social dentro del campo popular, y una de las más emblemáricas figuras del primer peronismo.

Precisamente de entonces (y de pocas semanas antes de su muerte) rescatamos este audio de "Pienso y digo y lo que pienso", aquél ciclo que el poeta protagonizara en radio en la campaña electoral de las elecciones de 1951 que consagrarían nuevamente a Perón, y que ha pasado a la historia como "Las charlas de Mordisquito", el imaginario "contrera contra el que apostrofaba  Discepolín.

Conmueve comprobar la actualidad que conservan sus palabras hoy, 60 años después, lo que no es más que otro modo de corroborar el genio discepoliano.

sábado, 9 de julio de 2011

LAS CHARLAS DE MORDISQUITO


Enrique Santos Discépolo es una de las figuras de la poética argentina mas popularmente difundidas, conocidas al nivel del vulgo en cuanto a su producción, y frecuentemente citado como una especie de filósofo o sicólogo social de barrio; fundamentalmente a partir de letras como “Yira Yira” o “Cambalache”.

Sin embargo, como muchas víctimas del aparato que gobierna la superestructura cultural en nuestro país, la complejidad de su obra es ignorada, o extraída por completo del contexto social y político en que se desarrolló, lo que sin dudas es un medio eficaz para privarla de lo sustancial de su contenido, en la medida en que éste no sirve a los fines de la perpetuación de ese aparato.

Así nos han presentado a Discepolín como el poeta de la desesperanza, el narrador de la permanente náusea argentina que -con clarividencia y hace ya muchos años- nos advirtió nuestro destino como país y sociedad, dejándonos abandonados en la soledad de la angustia y la desesperación, en la cual ninguna construcción social o colectiva (y por ende política) es posible; filosofía existencial que se expresa en tangos como "Cambalache" y "Yira yira". 

Esta imagen, ciertamente funcional a un determinado modo de pensar y construir la Argentina, se corresponde con el Discépolo de aquellas obras que mencionamos, que es el de la “Década Infame” que se abrió en el país a partir de 1930; la Argentina del "fraude patriótico", del pacto Roca-Runciman y las Juntas reguladoras, del Banco Central privatizado, de los barrios de casas de latas y de la "Villa Desocupación" en el puerto de Buenos Aires.
Pero de Discépolo se nos oculta su otro rostro: el de la Argentina que se abre a partir del 45’, con un proyecto político al que el poeta adhiere fervorosamente, junto a otros hombres de la cultura nacional de su generación, como Homero Manzi, Cátulo Castillo, Alberto Vaccarezza, Leopoldo Marechal, Arturo Jauretche o Raúl Scalabrini Ortiz, cada uno con su visión y su mayor independencia o compromiso militante.

A ese Discépolo debemos obras como Cafetín de Buenos Aires (1948) donde la desesperanza da paso a la nostalgia y al culto de la amistad; pero por sobre todas las cosas de entonces son “Las charlas de Mordisquito”, denominación con la que se popularizó un ciclo en realidad denominado "Pienso y digo lo que pienso".

Eran una serie de programas en radio donde el poeta dialogaba (en realidad monologaba) imaginariamente con un opositor al gobierno de Perón, un “contrera” como se les decía por entones (lo de “gorilas” vendría después del golpe del 55’), que a veces era identificado como radical,  pero que en realidad entraba dentro de la categoría mas genérica de “ellos” o “ustedes”, lo que denotaba que la política era una cuestión de definición individual pero también colectiva, porque esa definición implica la necesaria existencia de un “nosotros”.

Anticipándose en su monólogo a las quejas de Mordisquito, que le reseñaba todas las críticas de la oposición al peronismo, Discépolo le contestaba con una encendida defensa del proceso social que este encarnaba (más que del gobierno en sí) y, en su encendido oficialismo, no dejaba de intentar que su contendor reflexionara sobre el pasado pero al mismo advirtiese que ese proceso, de ascenso social y crecimiento colectivo, también lo comprendía aunque lo criticara y lo combatiera.

Lo único que exigía a cambio era que admitiera que “otros” (los postergados de antes y de siempre) vivieran su alegría por un país que siempre sintieron como propio, pero que por primera vez los incluía.

En estos tiempos tan raros que vivimos los argentinos, mas de una vez, seguramente, a los que las han vivido o a quienes hemos leído sobre eso, nos han venido a la mente aquéllas épocas del primer peronismo, con un gobierno que puede que cometa (y cometerá seguramente) muchos errores (sobre todo en la relación con vastos sectores de las clases medias) pero que también, al igual que entonces, es blanco de los más fuertes ataques por sus aciertos.

También parece que la película se repite en la “oposición”, que olvida que “segundas partes nunca fueron buenas” , y desde ya que las cosas no son exactamente iguales que entonces (en la historia nunca lo son del todo), y que mucho agua ha corrido bajo el puente, en el país y en el mundo.

Lo que sí se parece (y nos habla de una deuda no saldada) es el clima de enfrentamiento, de crispación, de bandos irreconciliables y de escaso espacio para el diálogo y la argumentación, para el reconocimiento de razones mutuas, y no me refiero a lo que vivimos durante el conflicto con las patronales agropecuarias: “el gobierno y el campo”, cuya puesta en paridad era en sí una desmesura conceptual mediática.

Nos referimos concretamente a vastos sectores de las capas medias de la sociedad (fundamentalmente urbanas) con un presunto nivel de cultura formal, pero en rigor presa fácil del discurso mediático, de las zonceras de lugar común que se construyen en los espacios que la política deja libres y sobre los que ese discurso machaca.

Esos sectores, cuya relación con el peronismo ha sido históricamente conflictiva, advirtieron en su momento  en el conflicto con “el campo” una válvula de escape para expresar su descontento y a veces su resentimiento contra él, y parece curioso que mientras nostros por momentos dudamos acerca de si el rumbo que el proceso abierto en el 2003 va a tomar es el correcto, esos sectores no se engañan y lo critican acerbamente en todo aquello que (con olfato e intuición certera) les huele a peronismo, populismo, estatismo, negrada y todo lo que se les parezca.

Entonces salen del arcón de los recuerdos caracterizaciones, estigmas y consignas que, como todas, nublan el razonamiento, obstruyen el análisis y construyen un discurso forjado a fuerza de titulares de los diarios, encabezados de los noticieros televisivos y pantallas (y cerebros) divididas y editadas.

Frente a esto la respuesta no es (como a veces ensayamos nosotros mismos) un discurso igualmente blindado, lo que no significa ceder en aquello en que no se debe ni se puede, sino avenirse a explicar mejor lo que se quiere, reconociendo que es dificultoso hacerlo en un contexto cultural ampliamente desfavorable y con un estilo de construcción y -sobre todo- conducción política difícil de modificar.

Ese es el desafío, porque dentro de ese inmenso conglomerado de pelotudos hay muchos que lo son menos, porque también hay pelotudos de este lado, y porque muchos aterrizaron en tan poco edificante club por ignorancia, prejuicio, desorientación o deformación cultural, pero no son “genéticamente” pelotudos.

Es decir no se trata por caso de “ir al rescate” de gente como Lanata o Caparrós, sino de muchos de los papanatas que miran sus programas o leen sus libros, y encima en muchos casos se creen “progres” y con el manual de Tennembaum en la mano le toman lecciones de progresismo al gobierno.

Hay por supuesto, núcleos duros e irreductibles de opinión (y de intereses) que hace bien el gobierno en identificar como enemigos, debiendo simultáneamente darse una estrategia para desactivar su influencia en la conformación de la opinión pública, que de cuenta de algunas profundas contradicciones internas e incoherencias que tienen, como se está haciendo desde hace un tiempo con las patronales agropacuerias; sin ir más lejos.

Pero los más de los amplios sectores de la clase media -y no pocos sectores populares captados por el mismo discurso.- son “recuperables”, claro que la tarea requiere de paciencia y de convicción, de una tolerancia que resulta muchas veces difícil (porque es obvio que no hay contrapartida), de una constante refutación de lugares comunes grabados a fuego a golpes de radio, televisión, mails y blogs. Y es importante “recuperarlos” porque los necesitamos para hacer un país mas justo y solidario, y porque no podemos cometer el error de regalárselos a los que bregan por una republiqueta sojera para pocos.


Y es en esa tarea que nos pareció adecuado rescatar las charlas de “Mordisquito”, en las que Discepolín monologaba apostrofándole a Mordisquito sin dejarle responder, usando el monopolio de los medios que tenía el peronismo que no se los facilitaba a los sectores de la oposición política. En estos tiempos, eso sería impensable, con Canal 7, Encuentro, CN23 y algún que otro medio solos no alcanza para amordazar a las otras voces.

Hablando en serio, hoy la cosa parece ser al revés: los “Mordisquitos contreras” de toda laya y pelaje tienen el virtual monopolio de la palabra escrita, radial y televisiva, y aun electrónica, y claman censura (y cosas peores) para los que nos atrevemos a no pensar como ellos.

Por eso hoy hay que dejarlos hablar, escucharlos (¡que más remedio nos queda!) y, con paciencia y saliva, intentar hacerlos pensar “agarrándolos de la lengua”, es decir tomando como punto de partida no lo que nosotros pensamos, sino lo que ellos mismos dicen constantemente, de modo de pinchar los globos y desinflar las vejigas que hinchan constantemente, pero que parece que no tienen más que aire.

Los dejamos con un video con el audio de "Pienso y digo lo que pienso", donde Discepolín explica estas cosas mejor que nosotros, y no vayan a creer que fue grabado esta semana: