LA FRASE

"EN ÉSTE PAÍS NO SE PUEDE TENER MENTALIDAD EMPRENDEDORA Y ARRIESGARSE EN LA BÚSQUEDA DE NUEVAS OPORTUNIDADES DE NEGOCIOS PORQUE ENSEGUIDA TE DESTRUYEN CON LA MÁQUINA DE IMPEDIR." (JOAQUÍN BENEGAS LYNCH)
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miércoles, 8 de abril de 2026

BATALLAS Y BATALLITAS

 

Quizás algunos son chicos y no se acuerdan, pero en tiempos del kirchnerismo muchas de las críticas que se le hacían al gobierno y a la propia Cristina era que por tener una mirada excesivamente ideologizada planteaba batallas culturales que demandaban energías, que eran más necesarias para encarar las soluciones concretas de los problemas del país. En la versión gorila, introducía un permanente clima de crispación en la sociedad que impedía lograr los consensos básicos para que el país despegara definitivamente: una reversión de la crítica al primer peronismo por "haber dividido a las familias introduciendo la política en la mesa familiar", o "haber desperdiciado oportunidades para conseguir el desarrollo por aplicar políticas populistas".

Las criticas de ese estilo llegaban incluso desde algunos de los "propios", que apenas tuvieron la oportunidad de poner en práctica sus ideas presuntamente superadoras (como pasó cuando le hicieron "oposición constructiva" a Macri, o cuando ocuparon posiciones relevantes en el gobierno de Alberto) dejaron en claro que las propuestas alternativas que supuestamente el kirchnerismo postergaba por sus batallas culturales, eran en realidad un retroceso y una concesión en toda la línea a los reclamos de quienes habían sido sus contendores: el campo privilegiado, los medios hegemónicos, el empresariado, los fondos buitres y el FMI, entre otros.

Sin embargo, ni siquiera entonces se decía (no al menos como argumento predominante) que el kirchnerismo vivía planteando batallas (reales o discursivas) con el ánimo de distraer sobre lo que verdaderamente estaba pasando en el país; salvo desde el lanatismo bobo (mediático y social) y en relación a los presuntos hechos de corrupción, que en su opinión deberían merecer toda la atención social, porque eran el principal problema argentino.

En estos tiempos libertarios ya es casi obvio hablar de la doble vara que rige para muchos sectores de la sociedad, los medios y la política según el gobierno sea o no peronista: cuando no lo es, la corrupción ya no es tan relevante (hasta que el experimento se agota por no producir los resultados esperados) y la "grieta", el clima de crispación o la vehemencia del discurso oficial son tolerados, hasta que uno se convierte en blanco de su ira.

Con Milei las batallas culturales (también contra enemigos simbólicos o reales) se convirtieron en el discurso oficial del gobierno en torno al cual se despliega su plan político y económico, y se habilita el despliegue de todas las formas de violencia de las que la derecha es capaz cuando detenta la conducción del Estado; desde la material (que va desde la que es inmanente a sus políticas económicas hasta el despliegue represivo y la coerción física, en constante ida y vuelta) hasta la simbólica y discursiva.

Es el libertario un gobierno que se define y quiere ser comprendido desde sus enemigos, aquellos a los que ha elegido como blancos de la diatriba encabezada por el propio presidente, más que desde sus apoyos. Aunque conceptos como "casta" y "argentinos de bien" son deliberadamente iguales de gaseosos en la definición de sus contornos, es evidente que a Milei y su recua les interesa más marcar los objetivos que quieren eliminar o sobre los que quieren dirigir la mira, sean artistas populares, discapacitados, universitarios o científicos, o el amplio género de identidades ideológicas percibidas como una amenaza (progresismo, socialismo, comunismo, kirchnerismo, lo mismo da). Y ahí aparece  otra diferencia muy marcada con los años kirchneristas: dime con quien te peleas, y te diré que tipo de gobierno eres.

Incluso cuando algún adversario circunstancial de la gestión libertaria coincide con los que afrontó en sus tiempos el kirchnerismo coincide (lo que les sirva a estos para homologarlos bajo la cómoda etiqueta de decir que en el fondo son iguales), las diferencias son nítidas: Milei la emprende contra el periodismo, pero no habla de los dueños de los medios, que son los que fijan la línea editorial, y con cuyos negocios no se mete o los facilita (acaba de entregarles la derogación del Estatuto del Periodista en la reforma laboral), y limita todo el asunto a una cuestión de sobres. Cristina planteó la ley de medios (que afectaba los intereses de los dueños de los medios) no tanto porque le molestaran sus opiniones (demostró ampliamente que podía sobreponerse a ellas en términos de gobernabilidad), sino porque entendió claramente el rol político que jugaban, y como distorsionaban las condiciones del debate y la competencia democrática y el sistema de toma de decisiones, que es propio de la sociedad representada por los partidos políticos y el sistema institucional.

Milei la emprendió contra algunos empresarios (como hace poco con Paolo Rocca o Madanes Quintanilla) desde su credo liberal del capitalismo salvaje en el que los que no son capaces de adaptarse deben reconvertirse o desaparecer, y desde el que no cree que pueda existir algo como una burguesía nacional o un desarrollo capitalista autónomo, simplemente porque no cree que exista la posibilidad (y si la hay no le interesa) de construir un país soberano, en todos los sentidos, incluyendo su propio desarrollo productivo. Cuando Cristina criticaba a los empresarios, les reprochaba que (como le pasó en sus tiempos a Perón) pese a que se les creaban desde las políticas públicas oportunidades para prosperar, se negaban a hacer su contribución al desarrollo integral del país, con inclusión social y redistribución de la riqueza. Eso sin contar que Milei los cuestiona en público, mientras les rebaja o elimina impuestos vinculados a la capacidad contributiva o el crecimiento patrimonial (como Ganancias o Bienes Personales), y les concede reformas largamente demandadas por ellos, como la laboral.

Si el gobierno libertario debe ser tomado en serio por las consecuencias sociales y económicas de las batallas reales que viene emprendiendo (contra el salario, el empleo, las condiciones laborales, el desarrollo industrial, la protección social de los más débiles, la investigación científica o el desarrollo tecnológico autónomo), no merece que perdamos ni un minuto de tiempo en prendernos en sus batallitas culturales sean reales o imaginarias. Y no solo porque -esta vez sí- distraigan energías que son necesarias para dar otras peleas más relevantes, sino porque todas las banderas que levantan son ridículas o no fueron capaces de sostenerlas y las abandonaron sistemáticamente: desde YPF en el trayecto que va de querer privatizarla al mameluco de Milei o el festejo por el fallo judicial que convalidó su expropiación, hasta el Banco Nación que siguen queriendo privatizar pero al que están desfondando con créditos privilegiados para funcionarios y legisladores, pasando por los vuelos, viajes y propiedades de Adorni, sobran los ejemplos al respecto.   

Lo que si queda muy claro -al menos para nosotros- que estas batallas a las que Milei y su gobierno nos quieren arrastrar (incluyendo penosamente el abandono de la tradición de neutralidad de la Argentina en conflictos internacionales en los que no hay en juego ningún interés nacional concreto) tienen por único y exclusivo fin distraer la atención, facilitando así el proceso de saqueo y entrega del país y en su desarrollo, posibilitar el esquema de corruptelas variadas de un conjunto de lúmpenes (empezando por el presidente, su hermana y su jefe de gabinete) que se han visto de golpe frente a la oportunidad de sus vidas de pararse para toda la cosecha, como nunca lo habían imaginado.

Si algún sentido hay que encontrarle a todos esto, es aprender de la experiencia y dejar de lado la utopía de una sociedad sin conflictos (reales, no imaginarios ni plantados para distraer), lo que sería imposible cuando es al mismo tiempo cada día más injusta y desequilibrada. No se trata de no pelear, sino de elegir con quien y por qué. Y abandonar las ideas y estrategias (y candidaturas) consensualistas, que no son más que el disfraz teórico de una nueva claudicación.

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miércoles, 17 de enero de 2024

LA DEMOCRATIZACIÓN DEL GOCE


En las charlas que daba junto con Pedro Saborido como la que pueden ver en el video de apertura, Daniel Santoro definía al peronismo como la democratización del goce; contraponiéndolo la idea de un pueblo feliz ya, ahora, en ese momento y con una mejor distribución de los bienes disponibles, a la tradición sacrificial de la izquierda, que exigía abnegación y privaciones hasta concretar los cambios revolucionarios.

Esa mirada del peronismo también se contrapone al "pobrismo", es decir la romantización del pobre, la pobreza y las privaciones: eso no es peronista, precisamente porque el peronismo es la movilidad social ascendente, el ideal de progreso, las mejoras concretas y tangibles para las mayorías populares como consecuencia de la acción y las políticas del Estado: educación, salud, vivienda, previsión social, legislación y derechos laborales.

El peronismo vino así a poner en acto esos valores e ideales que se suponían (erróneamente, porque el afán de progreso es connatural al espíritu humano) definitorios, constitutivos y exclusivos de las clases medias, y acaso por eso muchos lo odian: porque su emergencia (y su permanencia en el ethos político nacional) es un recordatorio permanente de sus propios fracasos e impotencias.

Porque el antiperonismo que glorifica al país imaginario de la oligarquía, en el que todo andaba bien y en el cual la Argentina se contaba entre las primeras potencias mundiales, sigue sin tener respuesta para una pregunta elemental: ¿como fue posible, en ese contexto, que surgiera y se desarrollara exitosamente un movimiento de redención social de los desposeídos que casi ocho décadas después subsiste, como el peronismo, principal identidad política de los excluidos en la Argentina?

Parafraseando a Discépolo en sus charlas con Mordisquito, ni siquiera Perón inventó al peronismo, sino que lo creó la necesidad de mucha gente de acceder al goce: de los derechos, del consumo, del ocio, de las expectativas, de la esperanza de futuro. Quizás la representación gráfica más visible del proceso fueran las playas de Mar de Plata -hasta entonces un reducto exclusivo de las clases pudientes- atestadas de turistas, que conocían el mar por primera vez.

En estos nuevos tiempos de revancha de clase que estamos viviendo, queda muy claro que para cierta gente, la movilidad social ascendente no es algo para todos, a lo que todos pueden aspirar; y por el contrario, el resultado electoral se terminó definiendo bajo la premisa de que el ajustado por la motosierra sería el otro. Los que -como dice Capusotto- se creen dueños de un país que detestan odian al pobre (aunque digan que les preocupa la pobreza), sobre todo cuando quiere dejar de ser pobre, o cuando empieza a dejar de serlo; y si es con ayuda del Estado y la política, peor.

En ese odio -que se puede palpar en cada declaración pública del presidente y sus funcionarios y en la prensa del régimen- ni siquiera les preocupa conservar la coherencia en el discurso: pasan en cuestión de segundos y a veces en la misma frase o conversación (o en la misma conferencia de prensa de Adorni) a decirnos que el populismo mantiene a los pobres sumidos en la pobreza para explotarlos políticamente a través del clientelismo, o los engaña haciéndolos vivir en una realidad muy por encima de sus posibilidades reales, sacrificando su bienestar futuro, y el del país.

En ese odio a todo lo que sea felicidad inmediata -o para ser más precisos, accesible- no hay ninguna muestra de sensatez de gente preocupada por el derroche de recursos valiosos en fines que no son prioritarios ni estratégicos. Hay simplemente odio a todo lo que signifique una alteración de las jerarquías sociales, que perciben como una amenaza para sus privilegios. Es simplemente odio, porque odian la felicidad del pueblo, ahora y siempre; y porque es falso que haya que sacrificarse hoy para gozar después (un consejo que ellos jamás toman): no hay olla de oro al final del arco iris, ni derrame ni felicidad alguna que surja del dolor, la pobreza y la privación. 

Por eso el "reformismo" peronista -tan vilipendiado por insuficiente desde la tradición de la izquierda- es intolerable para nuestras clases propietarias: lo que para esa izquierda es muestra de burguesismo conciliador con el capitalismo explotador, para los dueños de todo justificó en éste país bombas, torturas, fusilamientos, proscripciones y desapariciones.

El hilo conductor de ese odio constitutivo de la identidad de la Argentina gorila desde sus mismos orígenes -que se funden con los del peronismo, al que incluso preexisten- se puede ver hoy, si se repasan  los blancos concretos del ajuste, y las justificaciones oficiales para el plan de hambre y miseria: nos dicen que el problema del país son los "excesivos" derechos de alguna gente, las leyes laborales, o cualquiera de las formas que asume el goce de los sectores populares: el turismo, comprarse un auto, salir a comer afuera, comprarse ropa, mandar sus hijos a la universidad.

Por eso mientras las personas que no acceden a eso tengan necesidad de acceder, tendrán necesidad de peronismo aunque no lo sepan, o aunque los propios dirigentes del peronismo -olvidando su origen y justificación histórica- se desentiendan del problema o propongan "actualizaciones doctrinarias" para dejar de ser peronismo. Y por el eso el peronismo no puede ser nunca el administrador del ajuste, o el cómplice de él. Será otra cosa en tal caso, pero no peronismo.

Encima estos falsos profetas del sufrimiento y del ajuste de los otros, no demandan desarrollo, ni lo proclaman: el destino que imaginan para el país es colonial y extractivista, apendicular y arcaico; y para los sectores mayoritarios de su población, el destino y rol que imaginan es el de mano de obra precarizada y barata, en una economía con escala de plantación.

Intentan una y otra vez dar por clausurado el ciclo histórico iniciado en 1945, mientras perpetúan y profundizan las condiciones que le dieron origen y justificación histórica: he ahí el origen de todas las frustraciones, crisis y fracasos argentinos. No la subsistencia del movimiento político que vino a poner al país (y a su gente, que es más importante) en la modernidad. Tuit relacionado:

miércoles, 16 de noviembre de 2022

NO PASA NADA

 

Algún observador extranjero poco avisado podría mirar los medios y las redes sociales y sacar la conclusión de que en la Argentina -como decimos acá- "no pasa nada", o al menos nada realmente importante. Porque todo el tiempo estamos discutiendo pelotudeces, o cosas que, si son serias, se abordan desde el costado de la pelotudez.

Pasamos del episodio Cerrutti con las piedras por los muertos del COVID a la ministra de Trabajo explicando (palabras más, palabras menos) que piensa hacer huevo durante un mes porque hay un mundial de fútbol; pero la idiotez no es patrimonio exclusivo de los funcionarios del gobierno: recordemos que veníamos de Juez diciendo en la mesa de la embajadora cultural de Binner que la democracia en realidad es una poronga que no le mejoró la vida a nadie, y ahora lo tenemos a Macri diciendo -desde su absoluta indigencia intelectual e inimputabilidad moral- que los alemanes son una raza superior que dan pelea hasta el final.

No interesa acá diseccionar cada episodio para determinar contextos, sentidos posibles de lo que se dijo, justificaciones o condenas: lo que sí interesa es señalar los términos de chatura y mediocridad en que está planteada la discusión política en la Argentina, o para ser más precisos, la discusión entre los protagonistas de la política. Porque en el fondo de política no se discute nada.

En un gobierno que lidia -en buena medida por sus propias torpezas e inacciones- con una inflación anual que roza el 100% se entiende que ese mismo gobierno no hable de economía, pero no se entiende tanto que no lo haga la oposición. O por lo menos que no pase del registro de la indignación, que es el dominante en la discusión pública, para encender las emociones del auditorio, en la misma medida en que se apaga su razonamiento.

Una interpretación posible es que así como el gobierno no parece saber como resolver el problema (o peor aun, lo sabe pero no está dispuesto a hacerlo porque supone afectar intereses poderosos), la oposición aplicaría una receta que ya se ha ensayado muchas veces en el país, y solo agravó las cosas; y no es de buen tono que sean ellos mismos los que lo recuerden en público.

Del mismo modo de vez en cuando algún opositor denuncia que el gobierno ejecuta un ajuste en ciertas áreas del Estado, hasta que alguien le avisa que no debe levantar la perdiz porque les está facilitando la tarea futura haciendo el trabajo sucio por ellos, y se llama de inmediato a silencio; pasando de pantalla al próximo escándalo mediático o en las redes por los dichos de alguien, poco importa de que lado de la grieta: lo importante es mantener la discusión en el registro de la superficialidad, y la indignación impostada.

Lo dicho en relación con la inflación respecto al modo como el tema se discute en el país, aplica para muchas otras cosas: la administración de justicia, la pobreza, la distribución del ingreso, el mundo del trabajo y la informalidad laboral, el control de los recursos estratégicos, el rol del Estado, la educación, las políticas sociales o la política exterior. Y lo enunciado no agota la lista, cualquiera puede hacer por sí mismo la comprobación.

Todo es abordado en un registro mas típico de los programas de chimentos de la farándula (incluso en los debates en el Congreso, las escasas veces que funciona), que de una discusión política en serio de la cual la sociedad pueda sacar provecho, a la hora de definir sus opciones electorales. Otra vez: no parece que sea casual, o que solo responda a la escasa envergadura (intelectual, política) de la mayor parte de los protagonistas de los cruces públicos. 

Rascando un poco la superficie del fenómeno, se nos ocurre que en realidad, buena parte de la dirigencia política argentina (el famoso "consenso del 70%" del que hablaba Larreta) juega a pelearse en público, mientras en el fondo comparte más ideas de las que expresan, o por lo menos comparten la idea de que hay cosas con las que mejor no meterse, soluciones que ni siquiera pueden ser intentadas, intereses creados que no deben ser afectados.

Acaso la única excepción (o por lo menos la más importante) sea Cristina, y de allí no solo la atención que concitan sus apariciones en público o sus palabras (como en el acto de mañana), sino que hasta se dediquen a analizar sus silencios, tratando de meterla en el mismo barro de la insustancialidad con el que lidiamos a diario, para quitarle potencia política.

miércoles, 14 de septiembre de 2022

GRIETAS Y CONSENSOS

 

Hay una "grieta" política de la que nos hablan los medios todo el tiempo como si fuera algo nuevo en nuestra historia nacional, en un ejercicio deliberado de falsificación de esa historia -sobre todo a la hora de distribuir responsabilidades en su origen-, y de simplificación intelectual de procesos más complejos, muy conveniente para ciertos intereses. Al respecto, hace unos años atrás en ésta entrada hacíamos un breve repaso histórico, a modo de recordatorio de que la "grieta" no la inventamos nosotros, ni nació en el 2003.

En ese contexto, la violencia política en el país fue en ascenso, hasta culminar (en el sentido de la gravedad, no del fin de los episodios violentos) en el intento de asesinato de Cristina, y en nuevas amenazas de muerte contra ella. Eso, mientras la oposición niega de mil y una formas la gravedad de los hechos (intentando cuidar su quinta de votos psiquiátricos), y los medios -con Clarín a la cabeza- siguen alentando la violencia, mientras niegan toda responsabilidad en su generación, y en la proliferación de los discursos de odio.

Pero al parecer hay zonas de la realidad nacional donde la "grieta" se diluye, como la economía por ejemplo. A menos que (como decíamos en su momento acá) se asuma que la verdadera grieta, la que debería escandalizarnos a todos y movilizarnos para hacer algo para corregirla, es la injusticia y la inequidad en la distribución del ingreso, cosa que no parecería estar sucediendo. 

Porque mientras nos enteramos como las principales empresas del país la levantaron con pala en el primer semestre del año, en ese mismo período los salarios perdieron frente a la inflación y el mes pasado se desplomó el consumo, en especial de alimentos, como consecuencia de que los sueldos pierden poder adquisitivo. Frente a esos hechos contundentes, no se advierten "grietas" significativas, al menos si por tales entendemos importantes sectores políticos o sociales que se estén movilizando y exigiendo cambios en la política económica ya mismo, para ayer, para revertir la situación. 

No los hay en la oposición (compárese el tenor de sus críticas por cuestiones políticas o institucionales, o por intentos de reforma electoral en algunas provincias como Chubut o San Juan), y tampoco en el oficialismo: no se trata de que no haya debate al interior del FDT al respecto, sino de que permanece en sordina, y en público no hay cuestionamientos significativos. Otra vez, compárese con las reacciones -justificadas- por las violencias ejercidas contra Cristina.

Tampoco es parte del debate público -ni en el formato de la "grieta"- la gira de Massa por los EEUU, los compromisos que asumió allí en nombre del gobierno y del país, y sus implicancias a futuro. No cayó en la "grieta" la devaluación a favor del sector exportador más concentrado que representó el "dólar soja", sus efectos concretos que ya se están viendo en la inflación de alimentos, o la descomunal transferencia de ingresos que supone.

Está naturalizado (incluso en el oficialismo, sobre todo en él) que Massa no solo no llegó al gobierno para modificar la política de Guzmán de subordinación de la política económica a las premisas del acuerdo con el FMI, sino a profundizarla: recortes en el gasto público, aceleración del proceso de suba de tarifas y -como se dijo- una devaluación a pedido del sector agroexportador, que actúa en tándem con el Fondo, porque la mayor liquidación de divisas se destina a recomponer las reservas para cumplir las metas pautadas, y habilitar así nuevos desembolsos, previa superación de las revisiones trimestrales.

Tampoco es materia de debate -no al menos con profundidad, y por parte de actores políticos relevantes- que el modelo productivo de inserción apendicular del país en el mundo como proveedores de alimentos y energía sea el único posible, o el alineamiento internacional con los dictados de la política exterior yanqui: así como Dujovne y Macri nos quisieron convencer que estábamos ante un "nuevo y bueno FMI" (algo en lo que en su momento reincidió Guzmán, con los resultados conocidos), hoy parece que debemos celebrar que estamos ante el Claver Carone bueno, que en 2019 admitió ser parte de la operación ante el FMI para financiar el fallido intento de reelección de Macri que deberemos pagar todos, y hoy aporta financiamiento del BID -después de haberlo negado semanas antes- porque "tenemos una política económica consistente".   

Y para concluir estas reflexiones, volvamos al principio: el año próximo tendremos elecciones, en éste contexto de "grieta" política que deviene en distintas formas de violencia creciente, "grieta" económica por la persistencia de elevados niveles de inflación que empeoran la distribución del ingreso (sin soluciones a la vista, al menos con las políticas ensayadas), casi segura recesión autoinflingida, con un gobierno y un presidente comentaristas de la realidad y sin reacción alguna frente a ella.

Sumémosle la falta de alternativas políticas consistentes, como no sea la vituperada -y agredida, y estigmatizada, y amenazada, y casi ultimada- figura de Cristina, con un "Frente de Todos" que, si a su interior tiene estado deliberativo, éste no trasciende en público. Y analicemos como la insatisfacción democrática de la que hablaba Cristina hace un tiempo, incide en la generación de los discursos de odio, el incremento de la violencia política, y el surgimiento de expresiones borderizas con los límites del sistema democrático; o dicho de otro modo: como las distintas "grietas" se terminan conectando entre sí.

viernes, 27 de agosto de 2021

DEBATES

 

¿Dónde y cuando y como se debe debatir de política en la Argentina, y lo que es más importante, de qué se puede y no debatir? Porque tal parece que en la escuela no, porque será considerado "adoctrinamiento", como si la educación no fuera en esencia un acto político, y no tuviera por fines -entre otros- formar ciudadanos democráticos informados, concientes de sus derechos y dispuestos a la participación política. O como si la escuela fuera un lugar aséptico en el que no entra la realidad social, y no el tremendo aparato ideológico del Estado que es, desde siempre. 

Cabe suponer que lo mismo que se dice para las escuelas vale para las universidades, ¿o ahí sí se puede, porque como en muchos casos no las maneja el peronismo, no hay allí riesgo de "adoctrinamiento"? Es una mirada posible que de hecho se instaló por años en el país, cuando el movimiento mayoritario estaba proscripto, y las universidades vivía la ficción de la "isla democrática" en un país en el que no había democracia.

¿Deben quedar reducidos la discusión y el debate políticos a los medios audiovisuales o las redes sociales, donde por regla general no hay lugar para la reflexión aguda, la docencia cívica o el intercambio de argumentos porque se privilegian las respuestas efectistas, el retruque hábil o el formato de panelismo, con voces estentóreas y superpuestas? ¿O acaso a los coloquios de IDEA u otros eventos empresariales similares, en los que lo que llaman debate es en realidad el desfile de la política para recitar el catecismo que espera el poder económico?'

Lógicas que se han terminado traspasando a uno de los ámbitos naturales de la discusión política como es el Congreso, por lo demás, oscurecido en ese aspecto en tiempos de pandemia y de campaña, y muy empobrecido en términos de resonancia social, si se lo compara con aquellos debates de los años del kirchnerismo por las retenciones, la ley de medios o el pago a los fondos buitres, por citar algunos casos. Y los debates obligatorios por ley entre candidatos, lejos de fortalecer la discusión democrática de ideas, son fruto también de la lógica mediática.

Ni hablemos de los partidos: ¿se discute política en los comités o las unidades básicas, se debate, se forma políticamente a la militancia más allá del "meloneo" de las consignas de campaña para poder convertirse a su vez en agentes promotores del debate político en la sociedad?

Pero además de éste repaso de los lugares donde se debería debatir y no se debate, hay cosas de las que no se habla, porque parece que no se pudiera hablar: Cristina planteó un par de veces discutir el modelo de salud y le saltaron a la yugular, los propios y los extraños, y la CGT reaccionó como hubiera reaccionado Belocoppit, incluso antes que él o cualquier de los CEO's de las prepagas.

Ahora nos quieren meter en un debate por la deuda que es tan absurdo -por quienes lo promueven y su historial en la materia- como el debate en el que, recurrentemente, nos meten los negacionistas (que deberían ser penados por ello) sobre la dictadura, la represión, las violaciones a los derechos humanos o el número de desaparecidos. 

Ayer Guzmán explicaba en el Congreso (ante la ausencia de la oposición de sus bancas) el proceso de endeudamiento, mientras el ministro de Educación de la nación (abonando a la lógica perversa de entregar rápidamente la cabeza de los propios en bandeja, ante la menor queja de los ajenos) pedía sancionar a la docente que les explicaba eso mismo a sus alumnos, en el aula de una escuela.

A la inversa, pareciera que no puede haber debate respecto al sistema impositivo, sino que simplemente podemos discutir que impuestos bajamos, y no quiénes deben pagar más impuestos, acorde a su capacidad contributiva. O que estamos condenados al falso eje de discusión de que para crear empleos, es necesario flexibilizar la legislación laboral, y recortarles derechos a los trabajadores.

Sirva el repaso para abonar la conclusión: viendo que se discute y que no, donde se debe (en teoría) debatir y donde no, de qué cosas se puede discutir y cuales no admiten debate, vemos quien se favorece de un debate político planteado en esos términos, con esos encuadres y recortes. Es la cada vez más indisimulada vuelta del "pensamiento único" por otra vía, después del estrepitoso fracaso de la última puesta en acto de su núcleo central de ideas, durante el macrismo.

domingo, 28 de febrero de 2021

COMUNICADO Nº 1

 


Los discursos de odio no son una novedad en la historia política argentina, menos la necrofilia, esa oscura fascinación con la muerte, como parte de un discurso o praxis política. La derecha argentina, de hecho, es pródiga en ejemplos al respecto. Bien decía Rodolfo Walsh que nuestra oligarquía es "temperalmente inclinada" al asesinato, a la supresión física del adversario.

Sin ir tan lejos -aunque no por escrúpulos morales- los núcleos siquiátricos de la oposición al gobierno nacional que periódicamente se movilizan por los motivos más variados -algunos incluso contradictorios entre sí- no tardan mucho en pisar el palito, y reducir todo su planteo político al odio. Un odio visceral, sobre todo, al peronismo.

Y como toda pasión innoble, debe ser escondida: de allí que nos hablen de libertades amenazadas, defensa de las instituciones, el futuro de nuestros hijos cosas inasibles, o con las que nadie podría estar en desacuerdo. Pero a los diez minutos de empezada la marcha se pisan: colocan bolsas mortuorias en las rejas de la Casa Rosada, y después te lo quieren "explicar", como si hubiese un contexto bajo el cual tamaña barbaridad pudiera ser "explicada", o tuviera racionalidad, y por ende justificación.

Como resumen de la marcha opositora del sábado alguien dijo "poca gente, mucho odio", y es real: es curioso ver como los analistas políticos no señalan en estos casos que la radicalización de los discursos le resta adhesiones a la oposición, o les impide captarlas más allá de su núcleo duro. Al parecer, eso sucede solo cuando las fuerzas nacionales y populares plantean acelerar la velocidad de las transformaciones pendientes, y eso amenaza intereses consolidados.

La radicalización de un sector de la oposición, que juega permanentemente en los límites del consenso democrático tan trabajosamente construido por los argentinos en casi cuatro décadas, es un problema político que no debe ser menospreciado, y que requiere respuestas políticas. La primera y como decíamos acá, asumir que ese consenso democrático ni está tan extendido, ni es tan sólido como solemos pensar, para tranquilizarnos. 

Que los presuntos "loquitos" que ponen bolsas mortuorias en una manifestación sean pocos no les quita importancia, porque son  esos pocos los que terminan dando la tónica del discurso opositor (que se retroalimenta en los medios), a punto tal que los principales dirigentes opositores no solo no los condenan abiertamente, sino que intentan seducirlos y expresarlos. Como diría Perón, no los conducen, sino son conducidos por ellos.

En otros tiempos no tan lejanos, Elisa Carrió y su redentorismo moral expresaba electoralmente al mismo porcentaje de argentinos que el frente de izquierda, pero se las arreglaba para conducir conceptual y discursivamente a la oposición mayoritaria al kirchnerismo, llevando de las narices a los radicales y el PRO hacia donde en realidad querían estar: el tercio irreductible de la Argentina antiperonista.

Hoy, ese rol lo cumple Patricia Bullrcih desde los mismos -o incluso mayores- niveles de irrelevancia electoral, tratando de llenar el vacío de liderazgo opositor (frente al reposerismo político de Macri, solo interrumpido con alguna aparición pública vía redes sociales, de cuando en cuando) con muestras de bolsonarismo explícito, para contener además las amenazas de fugas de votos hacia las sectas libertarias.

Pero otra vez: no hay reacciones orgánicas desde la oposición "institucional" para tomar distancia de los exabruptos que producen las crías de Videla, como los imbéciles que montaron la "perfomance" de los cadáveres en Plaza de Mayo. De modo que donde el gobierno quiso ver en un momento cierta racionalidad hacia la cual tender puentes, nada hay.

Si a eso le sumamos los límites reales para el consenso que crea la incurable avaricia de nuestra "burguesía real" conforme lo señalábamos ayer acá, tenemos como resultado que la idea del "pacto social" debe ser revisada, al menos en los convocados. Y deben pensarse de modo más realista sus posibilidades reales, bajo este interrogante: ¿con quiénes, por fuera de los apoyos políticos y sociales con que ya cuenta (o contaba al menos al iniciar su gestión) el gobierno del "Frente de Todos" se podría acordar, y qué cosas?

O de otro modo ¿cuáles son los costos de intentar acordar con quiénes no quieren hacerlo, a menos que nos pongamos de acuerdo con ellos en que las elecciones del 2019 no sucedieron, olvidando en el camino a nuestra propia base electoral y sus demandas?

domingo, 21 de febrero de 2021

DOBLE VARA

 


"Ellos perdieron un submarino con 44 personas a bordo y no renunció nadie." "La Píparo atropelló y casi mata a dos personas y no le pidieron la renuncia." "González Fraga le dio miles de millones a Vicentín en forma irregular y nadie se escandalizó." "Macri amplió por decreto el blanqueo para favorecer aun más a su familia, y nadie se indignó". "Dejaron vencer en un galpón millones de dosis de vacuna y entonces no les preocupaba la salud". "Ahora les preocupa que los chicos vuelvan a clases cuando nunca se calentaron por la educación".

Podríamos seguir durante días enumerando los ejemplos que están circulando por las redes en éstas horas de la doble moral de ellos, a raíz del escándalo de las vacunas. El asunto -en nuestra opinión- es que nosotros no deberíamos pretender ser iguales, sino mejores. Porque precisamente por esas turradas que hicieron ellos y no los indignaban, es que -entre otras cosas- perdieron las elecciones en primera vuelta, y se tuvieron que ir del gobierno.

Y no se trata de asumir que tenemos en relación a ellos una supuesta superioridad moral, sino una diferente escala de valores para pensar la sociedad, y la política. Hay cosas que para nosotros son esenciales (la solidaridad, la inclusión, la justicia social, el acceso universal a bienes como el trabajo, la salud o la educación) que para ellos son irrelevantes. Esa es la verdadera grieta y ojalá que nunca se cierre. Así de sencillo.

Entonces conformarnos con un pensamiento de Jauretche -recortado y fuera de contexto- para justificar lo injustificable, es de una pobreza política, que pareciera macrista. Somos mejores que eso, y tenemos la obligación de demostrarlo. Así como no permitimos que asocien al peronismo con la barbarie, la incultura o el desprecio por la educación, no admitamos que se olvide que el peronismo nació precisamente para combatir los acomodos y privilegios, poniendo en su lugar dignidad y derechos, para todos.

No olvidemos que antes de Perón y de Carrillo no solo no había Ministerio de Salud, sino que muchas veces para conseguir atención médica o una cama de hospital , los más humildes tenían que ir a pedírselo al caudillo conservador del pueblo, entregando su voto a cambio. La mal entendida viveza criolla, el "favor", el saltearse la fila, no son peronistas. El peronismo es jubilaciones, voto y universidad gratuita para todos, sin necesidad de tener que pedírselos a nadie por favor.   

Una funcionaria de un gobierno que se dice nacional y popular nunca podría ofrecerle a su empleada pagarle el sueldo con un plan social no porque sea "inmoral", sino porque el peronismo les dio a quienes trabajan en casas  de familia el derecho a cobrar un salario, y a discutirlo en paritarias. Un ministro de un gobierno peronista o que se diga tal, no debería permanecer un minuto más en funciones luego de decir que "el salario digno es el que se puede pagar", porque el peronismo le dio rango constitucional al derecho del trabajador a percibir una retribución justa, acorde con sus necesidades, con su derecho a vivir dignamente él y su familia, y con el esfuerzo realizado.

A menudo nos olvidamos de éstas cosas ocupados como estamos, ladrándonos con ellos a través de la medianera de "la grieta", en lugar de gobernar y ver que hacemos nosotros, para la inmensa mayoría de la gente que no reclama privilegios sino derechos, en primer lugar para los que nos votaron.

Como decía Marechal, de los laberintos de sale por arriba, y el episodio de las vacunas "por izquierda" no es la excepción: hay que ponerse a gobernar, ya, mañana, con medidas concretas, que le cambien la vida a la gente haciéndosela más fácil, cumpliendo el mandato popular recibido en las urnas.

Así nos olvidamos de internas, críticas, buchoneadas, señalamientos, operaciones o conspiraciones mediáticas, imaginarias o reales. Y a este gobierno le podemos exigir más que al macrismo, en todo sentido, precisamente porque lo votamos. De ellos sabemos que no podemos esperar nada, salvo canalladas. No debería ser necesario tener que aclarar eso.

Tuits relacionados:  

miércoles, 3 de febrero de 2021

ESCEPTICISMOS

 


¿Alguien en su sano juicio podría pensar que un gobierno -éste o cualquier otro- podría correr el riesgo conciente y deliberado de envenenar a todo o parte de la población de su país, suministrándole una vacuna que no solo no funcione, sino que sea nociva para la salud, corriendo los riesgos de que se produzca un terremoto político que se lo lleve puesto? 

Peor aún: ¿quién podría pensar que una potencia mundial como Rusia fabricaría y ofrecería al mundo una vacuna que no funciona, generando un escándalo diplomático internacional que perjudique su imagen, que sufre además la propaganda en contra de los centros mundiales de poder desde hace décadas? 

Por ridículo y absurdo que parezca, hay una parte importante de los argentinos que cree que sí, que sería un gobierno capaz de tal cosa, y que los rusos y Putin son tan tarados o inconcientes como para hacer algo así; y hasta hubo diputados opositores que denunciaron al gobierno en la justicia por intento de envenenamiento a la población. 

Un porcentaje que debe coincidir en gran parte con los que votaron a otro gobierno -el anterior a éste- que dejó vencer millones de dosis de vacunas de eficacia comprobada (o de la que no se dudaba, al menos en público) en un galpón, por no pagar tasas aduaneras para librarlas al uso.

Lo ocurrido en la Argentina en tiempos de pandemia con las restricciones sanitarias que ésta obligó a imponer primero, y con el plan de vacunación después, da una idea cabal de los términos en que está planteado en el país el debate político: hay un segmento de odiadores consuetudinarios (dirigentes políticos, periodistas y medios de comunicación,  "influencers") y sus votantes/público/seguidores dispuesto a creer y divulgar cualquier cosa, con tal de llevar agua para su molino.

Como militar en contra de la cuarentena y sus cuidados, cuestionar la eficacia de una vacuna desde la nada absoluta en términos de conocimiento científico, oponerse a la campaña de vacunación por motivos ideológicos o crematísticos, y finalmente reclamar que faltan vacunas o no llegan a tiempo, a veces todo eso junto.

Ayer, cuando se supo que una prestigiosa publicación científica mundial dio a conocer los resultados de las pruebas de eficacia y efectos colaterales de la vacuna rusa que adquirió y está aplicando la Argentina, muchos festejaron y no faltaron razones para ello: los datos del estudio demostraron que la decisión del gobierno fue acertada, porque la vacuna funciona incluso mejor que muchas otras, y los efectos adversos son mínimos, sin mayores riesgos. 

Hubo quien pensó y piensa que la discusión está saldada, porque para quienes pedían "pruebas y argumentos" a favor de la Sputnik, ahora los tienen: grave error, el problema nunca estuvo ahí. Terminaron apelando a argumentos seudo científicos (y a seudo científicos que se avinieron a brindarlos, como Sandra Pitta) para validar una postura que ante todo es política, e ideológica.

Con lo cual los que nos acusan a nosotros de promover la grieta y crispar a la sociedad promoviendo todo el tiempo conflictos innecesarios, no vacilaron en poner dentro de esa grieta una pandemia, y militar en contra de una campaña de vacunación para contrarrestar el virus que la causó. Así fueron las cosas, aunque ahora las quieran reescribir de otro modo.

Sin embargo, aun cuando la publicación conocida ayer oficializando lo que más o menos se suponía (que la vacuna funciona, aunque a muchos no les guste que sea rusa) debiera servir para convencer a los escépticos, permítasenos -valga la paradoja- ser escépticos al respecto: para ese porcentaje de odiadores de los que hablamos antes hace rato ya que la discusión dejó de ser algo en lo que se intercambian argumentos, en el intento de convencer al otro, o de revisar uno mismo sus posturas.

Una enseñanza de la que debemos tomar debida nota a la hora de tender en el futuro, "puentes a la nada", intentando acordar con quienes nada quieren acordar con nosotros, salvo nuestra extinción. Tuit relacionado: 

lunes, 4 de enero de 2021

LA GRIETA Y LA PAZ


Cuando el 18 de mayo del año pasado Cristina decidió dar un paso al costado declinando su candidatura presidencial para promover la de Alberto Fernández no estaba pensando simplemente en ofrecer un gesto que ampliara los márgenes de la unidad opositora, o asegurara la victoria: todo indica que hubiera ganado igual las elecciones siendo ella la candidata (16 puntos de diferencia en las PASO, que funcionaron en la práctica como una primera vuelta, así lo indican); como implícitamente lo señaló ella misma días pasados en La Plata, al poner en su justo valor a la unidad entre los factores que condujeron al triunfo: detrás de la memoria social sobre los gobiernos kirchneristas, sus políticas y sus resultados.

Lo que estaba haciendo entonces era asegurar que la oposición al macrismo tuviera expresión electoral, lisa y llanamente, pues es muy posible y racional suponer que siendo ella candidata a presidenta, el mecanismo del "lawfare" hubiera funcionado a pleno para proscribirla: allí estaban a la mano los ejemplos cercanos de Lula y Correa, y meses más tarde la brutal confirmación con el golpe contra Evo Morales en Bolivia, para desconocer su triunfo electoral.

Tampoco se resignó a ocupar el segundo lugar en la fórmula para "cerrar la grieta", porque ella nunca creyó (como otros, empezando por el propio Alberto) que esta fuera artificial, o provocada por el kirchnerismo o por ella misma, y no lo que es: un conflicto estructural instalado en la sociedad argentina entre la perpetuación de las injusticias y desigualdades y los intentos por eliminarlas, desde -por lo menos- 1945; y cuya persistencia explica nuestras tragedias políticas, sociales, económicas e institucionales, y nuestras dictaduras con su secuela de violaciones a la Constitución y a los derechos humanos fundamentales. Una sociedad no encuentra paz cuando no halla justicia; y eso es algo que los peronistas deberíamos tener grabado a fuego en nuestras conciencias.  

En el discurso del día mismo de asunción del gobierno, Cristina dejó esto muy claro cuando le advirtió al nuevo presidente que no se fijara tanto en las tapas de los diarios (que expresan el discurso del enemigo), sino que tuviera el oído atento a lo que reclama el pueblo, y confiara en él. De más está decir que Alberto -pese a lo que dijo en contrario en La Plata- no le hizo caso, y siguió adelante con su idea de que, no estando Cristina en el lugar protagónico y no siendo él como ella, lo iban a dejar gobernar tranquilo; una de tantas suposiciones que el tiempo reveló erróneas.

Desde entonces y en estos casi 13 meses de mandato, los gestos de paz del gobierno para "cerrar la grieta" se sucedieron: el compromiso público de archivar la ley de medios, la vista gorda frente a los aumentos de precios de artículos esenciales (en la idea duhaldo-lavagnista de "recomponer la rentabilidad empresaria", como si ésta estuviere en peligro), o el punto medio alcanzado en la cuestión de las tarifas: ni ceder a los reclamos de aumentos de las empresas concesionarias, ni avanzar decididamente y a fondo en la revisión de los contratos para retrotraerlas al nivel que tenían antes del macrismo, como se prometió en campaña.

Y el principal de los gestos "pacificadores": negar primero y minimizar después, el "lawfare" y la existencia de presos políticos, y sus consecuencias; o pretender ponerlos en otro contexto. Después del discurso de Cristina en La Plata, Losardo sigue en funciones, Boudou marcha a quedar nuevamente preso, y quien dirigiera el espionaje en su contra en la cárcel -y que estuvo a nada de ser funcionario de ésta gestión- sigue trabajando en el Ministerio de Justicia. De poco vale haber designado ministra a la abogada de Milagro Sala, si ya ni se acuerda de ella, ni siquiera para reclamar su libertad; o haber promovido una reforma judicial que deja intactas todas las estructuras de ese "lawfare", signo inequívoco de que no se lo considera un problema.

En éste contexto, cabe preguntarse cuales fueron los gestos del poder real, en correspondencia, para "cerrar la grieta", y la respuesta es muy sencilla: ninguno. Los grupos empresarios más poderosos siguen aumentando los precios, despidiendo, presionando para volver a desregular el comercio exterior, el movimiento de capitales y el acceso a las divisas (y fugándolas cuando y como pueden) y por una brutal devaluación -que intentaron provocar por todos los medios a su alcance-, y cuestionando de plano cualquier iniciativa del gobierno. 

Un ejemplo concreto: al DNU que congeló las tarifas de cable, internet y celulares y al establecimiento de una prestación básica universal de los dos últimos, Cablevisión, la nave insignia del hólding de Magnetto, que conserva su posición dominante en el mercado de las comunicaciones porque no se restableció la ley de medios mutilada por Macri, y la reforzó porque no se tumba su fusión con Telecom, le respondió con un aumento del 20 % a partir del nuevo año; en abierto desafío a la autoridad del gobierno. 

Los medios -voceros permanentes del poder económico- siguen siendo pieza clave en el "lawfare" (la principal, si no única, estrategia opositora de cara a las elecciones de éste año) acicateando desde sus tapas a los jueces remisos, generando operaciones y "fake news" a diario para desestabilizar al gobierno, saboteando la vacunación como sabotearon durante toda la pandemia las medidas de prevención. 

Y el Poder Judicial hace su parte: mientras las causas contra los funcionarios macristas duermen el sueño de los justos sin que siquiera haya uno solo preso, nuestros presos lo siguen siendo, las causas contra Cristina y los funcionarios de sus gobiernos continúan, y pende la amenaza latente de una sentencia que paralice todas y cada una de las iniciativas del gobierno que puedan molestarle al poder real, desde el impuesto a las grandes fortunas hasta la legalización del aborto. 

Si, por otro lado, nos preguntáramos cuáles fueron los avances del gobierno sobre los intereses del poder real en todo éste tiempo, la respuesta sería también sencilla: pocos, casi ninguno. Y no es la pandemia lo que los impide, sino la indecisión política en forma de la idea de la "correlación de fuerzas": el propio "impuesto a las grandes fortunas" demoró meses, fue una iniciativa de parte del bloque del FDT y no del gobierno (cosa que el presidente se apuró a dejar claro), es transitorio "por única vez" y todo el tiempo se lo presentó como una "contribución solidaria", por la que poco menos teníamos que pedir perdón por la molestia. En contraste, el Estado canceló presuntas deudas con Edenor pendiente de revisión los contratos y justo cuando se supo que la compraron Vila y Manzano, y se le renovó la concesión de los aeropuertos a Eurnekián hasta el 2038, con el pretexto de la merma en los ingresos por la pandemia. 

La decisión de no avanzar en determinadas cuestiones puede leerse de dos modos: no podemos avanzar en nada porque enfrentamos resistencias (ésta fue la lectura del presidente en el caso Vicentín), o debemos avanzar igual, porque para avanzar debemos afectar intereses ("No se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos", decía Perón), y esos intereses siempre se van a oponer; que es lo que plantea el tuit de apertura de Artemio: comprender que el conflicto es inherente a la política y la puja distributiva inherente al capitalismo, más en sociedades duales, desequilibradas e injustas como la nuestra.

Si se suman los dos elementos (las tibiezas del gobierno y las resistencias del poder real) la resultante es la enorme tarea pendiente en el proceso de reconstrucción del desastre social legado por el macrismo, o lo escasamente avanzado en ése terreno, que no puede atribuirse en su totalidad a la pandemia, que por cierto influye. Aun aceptando -por ejemplo- que el año pasado las jubilaciones le "empataron" a la inflación o la superaron por un par de puntos (las mínimas sobre todo), los salarios perdieron por goleada, acumulando así otro año de atraso a los que arrastraban desde el macriato. 

Para cumplir con nuestro mandato electoral y para revalidarlo en las elecciones de éste año, la economía tiene que repuntar, y ese repunte debe sentirse abajo, para los que menos tienen. Y lo que les falta a los de abajo, hay que sacárselos a los de arriba, no hay otro modo: el derrame no existe y no se produce espontáneamente, sino que hay que provocarlo; recomponiendo ingresos vía paritarias, aumentando las jubilaciones en forma real, encarando la reforma tributaria, retrotrayendo tarifas o haciendo que pesen cada vez menos en el bolsillo de las familias. Ni más ni menos que alineando los factores que en La Plata -en un discurso luminoso- Cristina pidió alinear, para no sólo empezar a reparar lo daños que causó el macrismo en el tejido social, sino impulsar el crecimiento con inclusión. 

Lo contrario -es decir, simplemente administrar la crisis- es la manera más segura de agrandarla, por el comportamiento que viene exhibiendo el bloque de poder que tenemos enfrente. Porque como también dijo Cristina, el que no sabe de donde viene (es decir, el que no hizo una lectura correcta de la realidad desde mayo del 2019 para acá), no sabe para donde tiene que ir. Y se termina perdiendo, porque no consigue "cerrar la grieta" (cosa que depende más de ellos, que de nosotros), ni encontrando paz ni justicia. Tuit relacionado: 

lunes, 7 de septiembre de 2020

LA GRIETA ES MÁS PROFUNDA


Parte del imaginario cultural argentina es seguir pensándonos como una sociedad de clase media, integrada, con perspectivas de movilidad social y "distinta" al promedio de las de América Latina. Muchos argentinos se siguen sintiendo en más de un sentido europeos, bajados de los barcos. De idéntico cuño es el mito de que no somos racistas, al menos en el sentido tradicional del término, porque como todo país que recibió inmigración aquí se adaptaron y conviven incluso razas y religiones que disputan agriamente entre sí en sus lugares de origen.

Claro que esa mirada "complaciente" pasa por alto que nuestras propias tragedias han hecho que ya no seamos así, y muchos lo celebren; del mismo modo que vemos a aflorar a diario racismos de nuevo cuño, nuevas formas de discriminación social y cultural. 

La propia movilidad social ascendente que en otros tiempos nos caracterizara y era vista como un valor, a poco que la recuperamos -spoiler: cuando gobiernan los populismos que restauran derechos, y consagran otros nuevos- se percibe, fundamentalmente por sectores de las clases medias, como una amenaza a posiciones conquistadas y estatus adquiridos; y la reacción a esa amenaza son distintas formas de autoritarismo político y discriminación, verbal y concreta. 

Se acentúan los prejuicios para ver al otro, al desconocido, al amenazante, y se cavan imaginarias fosas de Alsina para contener a los salvajes, al conurbano, a los excluidos: son los que "cagan en un balde", "se matan entre ellos", o "toman tierras". 

Del mismo género que nuestras creencias erróneas sobre lo integrados, inclusivos y tolerantes que somos, es el falso consenso democrático que damos por sentado, como decíamos hace poco acá: apenas la democracia quiere ser más democrática (intentando por ejemplo reformar la justicia, o gravar con impuestos a los más rico),resulta que deviene autoritaria, y genera climas golpistas y discursos sediciosos, pero eso sí:  con discurso y épica de una "resistencia libertaria" contra un presunto autoritarismo. Así en el 55', y ahora también.

Cuando el peronismo, tan bien definido por Cooke como el hecho maldito del país burgués, apareció a la escena nacional, lo primero que causó fue perplejidad: basta ver las crónicas de época sobre el 17 de octubre. La leyenda negra de "los 70 años de peronismo" que arruinaron un país que estaba entre los mejores del mundo, y que perdura hasta hoy, se construyó sobre el prejuicio de creer que lo que alguien elige no ver, no existe; y que si hasta entonces el país funcionaba bien para algunos, esos "algunos" éramos todos. 

Hoy no es muy distinto de entonces: es la misma perplejidad de las clases medias en el 2001, cuando la implosión de la convertibilidad terminó con la ilusión primermundista, y reaccionaron indignados pidiendo "que se vayan todos", como una mala metabolización del hecho concreto de que los que se habían ido eran los de su gobierno, el que ellos habían votado, precisamente por el compromiso de sostener la ilusión, aunque ya fuera imposible. Cuando el derrumbe los alcanzó, hasta "comprendieron" por un breve lapso (el que tardó el denigrado populismo en garantizarles la devolución de sus ahorros) a los piquetes y las ollas populares. 

La verdadera "grieta" entonces, es social, y preexiste a la política: si surgió de los conflictos del mundo del trabajo entre el capital y quienes le venden su fuerza de trabajo por un salario (como en cualquier país capitalista), en la Argentina y como en cualquier país promedio de América Latina de esos de los que nos creemos distintos, se entrecruza con elementos culturales, históricos y sociales, y como dijimos antes, con nuevas formas de racismo. Hoy y hace rato "somos Venezuela", sobre todo por la oposición que tenemos, y por la conducta social de los sectores a los que expresa. 

Al peronismo -expresión política de las transformaciones sociales del país que estaba dejando atrás "el granero del mundo"- se lo estigmatizó desde sus mismos orígenes como "aluvión zoológico", y se lo odia hasta hoy porque consagrando los derechos que consagró, propios de cualquier sociedad moderna, inclusiva e integrada, dejó en claro que en la Argentina ideal que muchos aun hoy añoran faltaban, y a nadie -o casi nadie- le importaba demasiado.

El conflicto social siempre preexiste a su expresión política, y esta tarde o temprano debe asumirlo: de allí el fracaso de las "terceras vías" cada vez que se intentaron, porque la dinámica polarizadora parte de la base de la sociedad y en tiempos de crisis tiende a profundizarse, llevándose con ella los intentos de "integración". Por allí anda Sergio Massa comprobándolo amargamente en cuero propio, como consecuencia de simplemente haber cumplido el rol institucional para el que fue electo, tras aportar a la construcción de la alternativa electoral que desplazó a Macri del gobierno sepultando su intento de reelección.

De allí que sea una simplificación mentirosa echarle en cara al peronismo que "dividió a las familias al meter la política en los hogares y la mesa diaria", o al kirchnerismo haber "inventado" la grieta a partir del 2003: fueron en su tiempo expresiones de la política surgidas de interpelaciones de la sociedad, que demandaban respuestas; y hubo alguien que tuvo en cada caso la lucidez de advertirlo, y dárselas. 

Hoy en la pandemia se entrecruzan las lacerantes desigualdades sociales, con las preferencias políticas y los sistemas de ideas y de valores que existen en la sociedad, las restricciones necesarias para intentar contener al virus, con las necesidades y las prioridades. De allí que pretenden que creamos que son lo mismo las ferias informales del conurbano y los bares de Palermo, la "necesidad" de recuperar los pasatiempos del ocio recreativo, que la changa y la pelea por la subsistencia de los estragados por el virus, y por la malaria económica. 

Nos quieren poner a justificar y defender las libertades de los que tienen la panza llena, mientras alientan la represión de los que pasan necesidades apremiantes; incluso suponiendo absurdamente que su posición social los pone a salvo de los riesgos del virus, tanto que se pueden dar el lujo de no respetar ninguna norma o indicación de las autoridades sanitarias, o quemar barbijos en el obelisco.

Por eso la respuesta a la crisis más que sanitaria, es política: tener la decisión de asumir los conflictos que sean necesarios, para ejercer la representación política de los que nos votaron. Porque si algo está claro es que, lo hagamos o no, los conflictos vienen igual.

viernes, 10 de julio de 2020

AMIGOS Y ALIADOS


¿Qué gobierno no sueña con tener una oposición razonable, con la que, más allá de las diferencias políticas, se puede sostener un nivel razonable de diálogo, e incluso acordar ciertas cuestiones y ampliar los consensos?

Nadie quiere vivir en un estado de beligerancia política permanente, pero se tiene la oposición que se tiene, y no la que se quiere, sin entrar siquiera a discutir si se tiene la que se merece: hay oposición en la misma media y por las mismas razones que hay gobierno, porque se trata ni más ni menos que de cumplir los distintos roles de la función de representación política, de la complejidad social.

Los opositores, al igual que los oficialistas -acá y en todos lados- están "obligados a representar" a sus votantes, al menos si quieren revalidar sus roles institucionales, como debe ser en una sociedad democrática: con los votos. En ese contexto, las mayores o menores afinidades personales entre los dirigentes de diferente fuerzas políticas son irrelevantes, pues la cuestión es estrictamente política, no personal.

Ayer por la mañana, en el acto oficial por el 9 de Julio, el presidente se ocupó de destacar que el Jefe de Gobierno porteño es "su amigo", en un gesto que buscaba distender, y convocar a la pacificación política. A la tarde, manifestantes desaforados contra su gobierno  agredieron al móvil de C5N, sin que se conociera al instante -como debe ser, no varias horas más tarde y después de algún focus group- ningún repudio público del "amigo" Larreta; y (lo que es mucho más grave) sin que la fuerza policial del Estado que él gobierna, haya hecho lo más mínimo para garantizar el orden -para empezar, la no violación alevosa de la cuarentena-, en el pico de los contagios y en uno de los lugares con peores números al respecto- y la integridad personal de los agredidos.

Por mucho menos que eso (por nada, en mucho casos), la Metropolitana ha apaleado brutalmente a manteros senegaleses, trabajadores del hospital Borda e incluso internos, o integrantes de los movimientos sociales o sindicatos. Con lo que demuestra que la derecha tiene muy en claro que la fuerza estatal está, antes que todo, para garantizar la defensa de los intereses de clases, no la seguridad de todos los ciudadanos.

Tampoco se le conocieron a Larreta en público, expresiones tendientes a desmarcarse del golpista y bochornoso comunicado de "Juntos por el Cambio" del sábado por la mañana, cuando se conoció la muerte de Fabián Gutiérrez. Haciendo el papel de voceros de los otros, el Jefe de Gabinete se ocupó en destacar que a él lo llamaron varios dirigentes opositores para desmarcarse del brulote, lo cual es de una candidez asombrosa, por ser suaves: no se trata de confiar o no en los contactos telefónicos de Cafiero, sino en darle a las cosas su verdadero valor político.

Ningún dirigente importante de "Juntos por el Cambio" se ha desmarcado públicamente del comunicado ni lo hará, por una razón muy sencilla: saben muy bien que lo escrito allí expresa cabalmente el modo de pensar del núcleo duro de sus votantes, al que no pueden dejar de representar, porque de lo contrario otro lo hará. Esperar otra cosa es ingenuidad pura, y la ingenuidad en política es muy peligrosa.

La idea (fogoneada desde periodistas y medios "oficialistas") de que existe una interna al interior de la oposición entre los "halcones" intransigentes, y las "palomas" más proclives a ciertos entendimientos con el gobierno, es una fábula para niños: en los puntos centrales (lo que incluye adversar al gobierno y limarlo por todos los medios) toda la oposición más importante con roles institucionales (en las provincias, en el Congreso) está de acuerdo. Y los que no cumplen esos roles hoy (como Macri o Vidal), ni hablar.

Creer lo contrario y obrar en consecuencia, es lisa y llanamente suicida, y más allá de las empatías personales del presidente (que reiteramos, no están en discusión) o las apelaciones institucionales a la unidad nacional, hay que tomar nota del escenario político real, y obrar en consecuencia: la furia opositora creciente que se manifiesta en las calles tanto como en el Congreso o las redes sociales, es expresión de impotencia política por no haber podido procesar aun el hecho de perder las elecciones, de forma amplia y en primera vuelta, cuando soñaban con un largo ciclo de hegemonía política.

Pero si alguien perdió, otro alguien ganó; y el presidente y su gobierno tienen que tomar nota de ello, para extraer de la victoria los frutos legítimos que genera, como por ejemplo aplicar el programa que votaron las grandes mayorías nacionales. Obsérvese por ejemplo que, en medio de un clima de creciente beligerancia política contra el gobierno y sus políticas, su propuesta de reestructuración de la deuda ha recibido elogios opositores, y silencios de los aliados: algo no cierra ahí, y sería de necios negarlo.

Acaso sea llegado el momento de empezar a pensar menos, en términos estrictamente políticos, en los "amigos" (lo que incluye a algunos funcionarios que no están a la altura de las circunstancias, claramente), que en los "aliados"; es decir en aquellos con los que, con mayores o menores afinidades personales, se construyó una propuesta política para ganar las elecciones, y volver al gobierno. Aunque eso exija que se enoje algún "amigo" al que se llama en público por el nombre, sea político y empresario, por el rumbo que se siga. 

Tuits relacionados:

miércoles, 1 de abril de 2020

FIN DE LA TREGUA


Para ser francos, acá no nos entusiasmamos demasiado con los altos niveles de popularidad de Alberto Fernández, y el masivo apoyo al modo como viene conduciendo la emergencia por el coronavirus que registran algunos sondeos de opinión; que dan cuenta de que ese apoyo se extiende incluso a quienes no lo votaron: tenemos en claro que la opinión pública tiene vaivenes y suele ser muy voluble, máxime en una situación que nos impone a todos cambios en nuestro modo de vida cotidiano, en modos que pueden inducir al hastío, el cansancio o la desesperación.

De allí que tampoco sacáramos ninguna conclusión apresurada de los aplausos que -dicen- hubo en algunos lugares el domingo, tras la aparición del presidente comunicando la extensión de la cuarentena. Del mismo modo, tampoco magnificamos los cacerolazos -mayoritaria, si no exclusivamente- porteño de anoche, pidiendo "que los políticos se rebajen el sueldo".

Nuestro escepticismo quizás tenga que ver con que no vemos demasiados cambios en torno a las tendencias políticas de la sociedad más instaladas hace tiempo, salvo en un elemento, que sí es mérito del presidente, su estilo y eventualmente su gestión: mientras el polo social y político que lo sustentó para llegar al cargo se mantiene cohesionado, el otro, el opositor, parece estar disgregándose por falta de liderazgo, o por efecto de una realidad dinámica y cambiante que redefine expectativas y prioridades hora tras hora.

Precisamente esto último es lo que percibió el núcleo duro de la oposición al gobierno (ese mismo que posaba gustoso junto al presidente para destacar su actitud colaborativa en medio de la crisis), para atizar el descontento de parte de su base electoral, por la prolongación de las restricciones a la circulación: con la ayuda invalorable de los medios y comunicadores de siempre, promovieron la movida del lunes a la noche, e intentaron usufructuarla con el pedido de que los funcionarios políticos (comenzando por el presidente) se rebajen sus sueldos, para aportar a un fondo destinado a combatir el coronavirus.

La propuesta como tal es de un simplismo apabullante, y apunta a captar la atención del "uomo cualunque" preocupado por su situación económica en la crisis, que quizás supone que la idea le mejora en algo su situación. Sin embargo, no es el recurso de baja estofa política en sí mismo lo condenable (de cierta oposición no se puede esperar algo mejor), sino el contexto en el que se lanza: el día después de que el presidente en su aparición pública anunciando la prórroga de la cuarentena denuncia a los empresarios que despiden trabajadores en medio de la pandemia (como Paolo Rocca y el Grupo Techint), o los que aumentan los precios o especulan desabasteciendo de insumos críticos.

Es decir, el módico cacerolazo de los sectores de clase media urbana indignados porque el peronismo de Alberto Fernández se vuelve "tolerable" para algunos de sus amigos y contactos sociales antiperonistas, no fue contra la clase política, sino -objetivamente- a favor de Techint y los principales grupos económicos del país, lo sepan o no sus participantes: discutiendo "los privilegios de la política" (como cada vez que se ha intentado) se elude discutir la distribución del ingreso, y quienes la levantan con pala en medio del marasmo general. Por supuesto que estos agradecen los invalorables servicios prestados a su causa, en forma gratuita.

En fin, nada nuevo bajo el sol: las líneas de fractura de lo que por pereza intelectual se dio en llamar "grieta" siguen estando tendidas más o menos igual que en todo el período kirchnerista del 2003 al 2015, y las piezas y los jugadores institucionales (oposición política, grupos económicos) se mueven como se movieron entonces, en cada coyuntura intensa, llámese conflicto del campo por las retenciones móviles, disputa por la ley de medios pelea con los fondos buitres, entre otros. Donde puede haber circunstanciales cambios de alineación es en la sociedad civil, y dependiendo de la evolución de la coyuntura, la crisis y las expectativas.

Lo cual nos lleva a recordar lo dicho en su momento acá: "Porque el trasfondo real de todo es que lo que llaman "grieta" en realidad es un conflicto de clase, dirimido políticamente desde hace décadas en el clivaje peronismo-antiperonismo, nuestra versión histórica del conflicto de clases; porque aun cuando nunca el peronismo se haya definido como un movimiento clasista, él y su némesis antiperonista encarnan políticamente desde siempre diferentes universos de representación: los trabajadores y los sectores populares por un lado, las clases privilegiadas y buena parte de las clases medias, por el otro.

Esos son, por supuesto y en trazo grueso, los núcleos duros de cada coalición social, con sectores fluctuantes en su humor electoral, al compás de cada coyuntura; y tomando nota por nuestra parte del hecho real de que las clases sociales en sí ya no son lo que eran en 1945. Por eso cuanto "más peronista" sea el gobierno (como lo fue el kirchnerismo, sin dudas), es decir cuando se haga cargo con más decisión de su universo de representados, más conflictos y resistencias tendrá, más allá de los modos y estilos del que ocupe el despacho principal de la Casa Rosada. 

Lo cual deja una enseñanza para el gobierno, y para el presidente: pueden perseverar todo lo que quieran en los modos y los estilos de gestión y construcción política con los que se sientan más cómodos, pero más importante aun, es que perseveren en el rumbo que atienda los intereses de los sectores sociales que aspiran a representar, que fueron a su vez sus apoyos electorales.".