LA FRASE

"EN ÉSTE PAÍS NO SE PUEDE TENER MENTALIDAD EMPRENDEDORA Y ARRIESGARSE EN LA BÚSQUEDA DE NUEVAS OPORTUNIDADES DE NEGOCIOS PORQUE ENSEGUIDA TE DESTRUYEN CON LA MÁQUINA DE IMPEDIR." (JOAQUÍN BENEGAS LYNCH)
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martes, 25 de septiembre de 2012

EL DISCÍPULO QUIERE SUPERAR AL MAESTRO


Uno de los pontífices máximos de la historiografía oficial actual, el profesor Romero, analiza en ésta columna de opinión de La Nación de hoy los cacerolazos del jueves 13 y el título de la nota es aleccionador: la "calle" ha formulado una "advertencia" al gobierno; y abundan además en el texto las evocaciones a la Revolución Francesa (¿una sutil comparación de Cristina con María Antonieta?) 

Abandonando por un momento el rol del historiador que pone la mira en el pasado (aunque la sombra de ese pasado sobrevuela todo el análisis), Romero se zambulle en el presente como un observador que será todo menos neutral: por el contrario es claro que toma posición en la trinchera -de hecho lo viene haciendo cada vez que opina desde esas mismas páginas de la tribuna de doctrina-, lo cual no está mal porque le asiste el derecho; pero no se nos escapa que lo hace desde el pedestal de la autoridad académica, desde el cual busca revalidar lo que no es sino una postura política.

Postura teñida de la más absoluta deshonestidad intelectual, porque al analizar los cacerolazos, el profesor Romero omite toda mención a las consignas abiertamente destituyentes que marcaron el tono de la protesta, como al contexto en que ésta se generó en las redes sociales, o hasta el hecho constatado de la presencia de neo nazis con sus banderas y esvásticas en la convocatoria.

Vean sino lo que subraya al respecto:    


¿Como es, profesor, que no hubo consignas unificadas?

¿O acaso estuvo usted mirando los acontecimientos por la transmisión de TN -la única que hubo, según Lanata- donde se omitió todo testimonio directo de los manifestantes para que no quedaran expuestos en toda su crudeza el racismo, la misoginia, las miserias del odio  y las intenciones golpistas de muchos de ellos?

Manifestaciones de las que por cierto y hasta ahora -doce días después de la protesta- nadie salió a tomar distancia, ni los que participaron de los cacerolazos, ni la dirigencia política opositora que Romero aspira a que tome nota de las protestas, y las exprese. 

¿Qué significa profesor la "advertencia" de la calle, y una futura "tarjeta roja"?

¿Hay que entender que cuando los cacerolos coreaban "andá con Néstor, la p...que te parió" lo que le estaban queriendo decir a Cristina es "posiblemente" una "alusión" a "una negativa a la reelección"?

¿No le deseaban entonces, lisa y llanamente, que se muera, o que se vaya de inmediato, sin respetar ni el pronunciamiento de la voluntad popular, o el mandato establecido por la Constitución? 

¿No es un exabrupto -mayor aun en boca de quien es historiador- comparar con las Madres de Plaza de Mayo y su rol en la dictadura a caceroleros desaforados entre los que estaba Cecilia Pando?

¿No hubo ni hay (antes, durante y después de los cacerolazos) "descomunales descalirficaciones" contra la presidenta, su persona, su gobierno y sus votantes, o sólo cuentan las que supuestamente existieron después y afectaron ciertas pieles sensibles de clase media? 

¿Esta es la seriedad científica con la que el destacado historiador analiza un hecho que tiene frente a sus narices, y que para conocer no necesita zambullirse en archivos y bibliotecas?

Como las consignas unificadoras reales y concretas que tuvo la protesta (además de las motivaciones no explícitas pero reales que la dispararon, de lo que se daba cuenta acá) no convienen a la imagen del ciudadano pacífico, republicano y respetuoso de las instituciones que idealiza el profesor Romero (seguramente puede haber habido algunos así en los cacerolazos, pero ciertamente no dieron el tono a la protesta), directamente los omite: es como si no hubieran ido, y no hubieran cantado lo que cantaron, y pedido lo que pidieron.  

Si hasta alguien insospechada de simpatía con el kirchnerismo como Beatriz Sarlo, y en las mismas páginas de la tribuna de doctrina señalaba acá que: "las críticas kirchneristas a la movilización del jueves se apoyan en datos y citan consignas indiscutiblemente escritas en las páginas de Facebook que propagandizaban la convocatoria. Allí se ha usado el lenguaje del odio contra los planes sociales y la asignación universal ("planes descansar" y "asignación para coger", entre otras frases), que no salió de la cabeza de Cristina, sino de una iniciativa presentada, hace años, por Elisa Carrió. Este despiste ideológico, la antipatía contra la política y el encierro dentro de los propios deseos indican el terreno fracturado en el que se mueve la protesta."

El profesor Romero disfruta desde hace años (más concretamente después del golpe del 55', heredado de familia) del privilegio de ser uno de los historiadores propagandizados por el establishment cultural al amparo del que consideran "nuestro historiador máximo" (Tulio Halperín Donghi), casi como los únicos serios y dignos de ser tenidos en cuenta a la hora de analizar nuestro pasado: una vuelta de tuerca en clave de "historia social" del mandarinato cultural ejercido por el mitrismo durante más de 150 años sobre la lectura del pasado de los argentinos.

Pero si a los historiadores "consagrados" por la superestructura como Romero se los baja del pedestal olímpico en el que los colocan, y se los pone en la perspectiva concreta que ellos mismos asumen (hombre de su tiempo, zambullidos en el barro de la opinión política, y tomando partido), las miserias humanas que todos tenemos quedan más expuestas, y nos dan la talla más o menos exacta del hombre.

Fiel discípulo de quien (como Halperín Donghi) historió la caída del peronismo en el 55' dedicándole apenas cuatro renglones y de soslayo para relatar el bombardeo a civiles indefensos en la Plaza de Mayo por la aviación golpista; uno de los hechos más abiertamente criminales de la historia argentina.

Con su visión parcializada de los hechos involucrados en los cacerolazos pasados (la interpretación es otra cosa, y debe respetarse, a condición de que no se tergiversen los hechos) el profesor Romero parece decidido a superar a su maestro; aunque debamos agradecer que en un contexto de hechos mucho menos dramático que el que entonces relató Halperín Donghi. 

miércoles, 30 de noviembre de 2011

NUESTRO HISTORIADOR MÁXIMO


La creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico sigue  dando que hablar a los que Jauretche llamaba "papagayos intelectuales", y que Hernán Brienza denomina "patovicas de la cultura" en ésta excelente nota publicada por Tiempo Argentino.

El lunes era la inefable Betty Sarlo (el tero de la oligarquía como dice Gerardo Fernández), tildando a la iniciativa de "arcaica y peligrosa", y demostrando que de revisionismo histórico sabe tanto como nosotros de crítica literaria. 

La diferencia está en reconocer la propia ignorancia, y no meterse en el río cuando uno no sabe nadar.

Dice allí Sarlo (y lo pone en duda Hernán Brienza): "Comparados con una página de Tulio Halperin Donghi (nuestro historiador máximo según las más variadas opiniones), diez libros revisionistas actuales suenan tan sencillos como una canción alpina.".

Y hoy aparece en la misma tribuna de doctrina un ternero (hijo de una vaca sagrada de la historiografía tradicional) como Luis Alberto Romero, protestando porque -con la creación del Instituto- el Estado trataría de imponer su propia épica, quien dice en su columna (a propósito de los afanes revisionistas del Instituto): "A los historiadores siempre nos asombra este permanente descubrimiento de lo ya sabido. Personalmente, hace cincuenta años ya aprendí todo eso con Enrique Barba y Tulio Halperín Donghi." .

La verdad es que esta gente es curiosa: Sarlo omite decirnos a los lectores a quienes corresponden "las más variadas opiniones" que coinciden en señalar a Halperín Donghi como "nuestro historiador máximo", del mismo modo que omite señalar al menos uno de los que considera "libros revisionistas actuales"; al menos para quitarnos la duda sobre si sabe de lo que está hablando, o no incluye en la categoría a los coppy paste de Lanata.

Romero ensaya una curiosísima idea de la ciencia, según la cual el conocimiento es conquistado de una vez y para siempre, al punto que el permanente descubrimiento de algo lo asombra, porque es "ya sabido", y no por cualquiera, sino por los historiadores, y más precisamente, por él.

Con lo que evidencia que no sólo le molesta la invasión de advenedizos (según él los ve) a un coto cerrado y reservado a determinados cenáculos académicos (más concretamente: la UBA y el Conicet), sino que no parece estar atento al proceso actual de divulgación popular de la ciencia.

Con toda seguridad, no se ha sentido interesado por visitar Tecnópolis, o ver algún programa en el canal Encuentro, no señor: el conocimiento (como bien señala Brienza en su nota con el recuerdo del mito de Prometeo) es algo reservado a los dioses del Olimpo de la historia.

Y en ese Olimpo todos estos papagayos parecen coincidir en quien sería Zeus, el dios supremo: Tulio Alperín Donghi, el encargado de renovar metodológicamente a Mitre, para llegar -por esas curiosidades de la ciencia, que nos son vedadas al común de los mortales- prácticamente a las mismas conclusiones sobre el proceso histórico argentino que el fundador del diario en el cual Sarlo y Romero son columnistas.

Halperín Donghi es así no sólo "nuestro historiador máximo", sino el único de quien se puede aprender lo que vale la pena aprender; los demás son meros divulgadores, o en todo caso han tenido una que otra obra merecedora de que se le eche una ojeada.

Pues bien, nuestro Zeus del Olimpo de la heurística y la hermenéutica escribió esto en "La Democracia de masas" (Editorial Paidós, pág. 82 y s.s.):

"El 16 de junio -cinco días después de la desafiante procesión de Corpus- estallaba un alzamiento apoyado sobre todo por la marina de guerra. Luego de horas de combate en torno del edificio del Ministerio de Marina y de un bombardeo y ametrallamiento aéreo del centro de la capital por los revolucionarios, el gobierno pudo sofocar el reducido núcleo insurgente; esa noche, tras una concentración convocada por la Confederación General del Trabajo cuando aún duraban las acciones aéreas, las iglesias del centro de Buenos Aires fueron incendiadas; no resulta difícil comprender que, luego de ver caer a su lado a las víctimas del fuego rebelde, alguno de los manifestantes hayan visto en estos incendios una justa venganza; aun así, la espontánea cólera de una muchedumbre por otra parte raleada por la prudencia no basta para explicar la uniforme eficacia que la operación mostró en todas partes: al día siguiente otras muchedumbres comenzaban a recorrer, heridas en sus sentimientos piadosos (a veces algo improvisados), los templos cuyos muros calcinados dejaban ver -eliminados por el fuego los agregados de épocas más recientes y prósperas- los ladrillos pacientemente amontonados por los albañiles del setecientos." .

A ver si se entiende: "nuestro historiador máximo" está relatando uno de los hechos más criminales de la historia argentina (el bombardeo de una ciudad a cielo abierto, en tiempos de paz, por militares sublevados contra un gobierno constitucional), que se cobró cientos de vidas de argentinos, y no sólo no lo condena enfáticamente -supongamos que el ángulo objetivo que debea guardar el historiador no le permite esos deslices emocionales-, sino que soslaya justamente su costado más relevante: la intentonta golpista fue para matar a Perón, y en el camino se segaron las vidas de cientos de argentinos.

Las víctimas solo entran en el relato de Halperín Donghi desde el ángulo de la cólera espontánea de los que los vieron caer; y les dedica menos espacio en el párrafo y en el relato de los acontecimientos, que a  "los ladrillos pacientemente amontonados por los albañiles del setecientos" de los templos incendiados en respuesta a la masacre.

El historiador puede interpretar de diferente manera los hechos, incluso puede (a partir de su propia visión) jerarquizar a unos sobre otros, asignándoles una mayor influencia en el análisis de un determinado proceso.

Lo que no puede hacer es omitirlos, ignorarlos, como si no hubieran sucedido.

Y no se diga que Halperín Donghi tenía desprecio por la vida humana: apenas dos páginas después, en la misma obra, dedica todo un párrafo a la muerte del médico comunista Juan Ingalinella, sucedida en Rosario a manos de la policía santafesina.

¿Puede alguien con tamaña falta de ecuanimidad, provocada tan sólo por su profundo anti peronismo, ser considerado "nuestro máximo historiador"?

Seguramente es por cosas como ésas que Sarlo, Romero, Hilda Sábato y demases se resisten con tanto énfasis a que se rediscuta y revise la historia argentina: porque no sólo se trata de esclarecer los hechos del pasado para extraer enseñanzas para el presente y el futuro, sino que -en esa tarea- habrá que levantar (apelando otra vez a la palabra de Jauretche en "Los profetas del odio") algunas togas impolutas de ciertos figurones de la cultura "oficial"; que no es justamente la prohijada desde el Estado.