LA FRASE

"EN ÉSTE PAÍS NO SE PUEDE TENER MENTALIDAD EMPRENDEDORA Y ARRIESGARSE EN LA BÚSQUEDA DE NUEVAS OPORTUNIDADES DE NEGOCIOS PORQUE ENSEGUIDA TE DESTRUYEN CON LA MÁQUINA DE IMPEDIR." (JOAQUÍN BENEGAS LYNCH)
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miércoles, 31 de agosto de 2016

SOBRE BRASIL, LO DICHO


Dijimos en marzo: "...quedan dramáticamente expuestas las fragilidades de las construcciones políticas de esos mismos movimientos populares, y se refuerza la tenaz ofensiva de las derechas por medios y actores no electorales (a través de los medios, los grandes grupos económicos y el poder judicial, pero también ganando la calle cuando es necesario); para terminar coronándola por medios electorales, como ocurrió en Venezuela y acá.

Es interesante en éste contexto analizar el caso específico de Brasil, y compararlo con la Argentina. Durante mucho tiempo se nos puso por delante el “ejemplo” brasileño, y no solo desde quienes estaban en la vereda de enfrente del kirchnerismo: también “desde adentro" se contraponía al PT con el FPV para achacarle a éste las falencias de su construcción territorial, el modo traumático de resolución de la candidatura presidencial, el armado de las listas electorales o la política de alianzas; con su correlato en las bancas legislativas (tópico éste último de candente actualidad).

Más allá del hecho de que algunas de esas cuestiones (los liderazgos carismáticos, la sucesión) son comunes a los procesos caracterizados como populismos, lo cierto es que haber resuelto la imposibilidad de Lula de optar en su hora por un nuevo mandato (algo que también ocurrió acá por Cristina) casi sin tensiones internas optando por Dilma no se reveló a la larga una solución, sino un problema; y bastante grave.

Y la larga y extendida construcción territorial de base del PT (contrapuesta con el armado político “desde arriba” del kirchnerismo) se revela en éstas horas dramáticas insuficiente para sostener a un gobierno jaqueado en la justicia y el Congreso, y que había perdido la calle, al menos hasta las masivas movilizaciones de apoyo del viernes pasado.

Que decir de las alianzas políticas, electorales y parlamentarias: por grande que sea nuestro desencanto actual con gobernadores, diputados y senadores del FPV que hacen macrismo alternativo, no puede hacernos perder de vista que los quiebres se producen tras una derrota electoral y estando el FPV en la oposición (aunque los hubo estando en el gobierno, como el caso Cobos); mientras que el gobierno de Dilma se asoma al abismo de su final anticipado por el quiebre de una coalición legislativa que fue inestable y escasamente confiable, desde su misma conformación."

Y en mayo: "Es tan cierto que formalmente hablando los cargos del “impeachment” no son por corrupción sino por el maquillaje de las cuentas fiscales del 2014 (el atajo que encontró la derecha para que el proceso quedara en manos del Congreso, conforme a la Constitución brasileña), como que tratándose de un proceso de naturaleza nítidamente política, todo indica que Dilma terminará dejando el gobierno (y el PT el poder, tras 13 años) por razones estrictamente políticas, bien que con la crisis económica de fondo.

En ese sentido no deja incluso de ser una paradoja que la causa concreta que se invoca para impulsar el juicio político de Dilma esté directamente vinculada con su obsesión por las “metas fiscales”, que la llevó a perseverar en una línea de política económica con la que malgastó capital político, ensombreció los importantes logros sociales de los gobiernos del PT y se fue creando a sus pies un abismo político, que hoy está a punto de devorarla a ella y su gobierno.

Parece más claro el futuro (negro) del gobierno de Dilma que el del PT como fuerza política, que deberá cerrar aun más filas en torno al liderazgo indisputado de Lula conciente de sus limitaciones y debilidades políticas que están a la vista, dolorosamente expuestas: la innegable potencialidad electoral del ex presidente de cara al nuevo turno electoral (en 2019) es tan real como la necesidad imperiosa de revisar su política de alianzas y su construcción territorial, para no repetir -incluso ganando en las urnas- la amarga experiencia que hoy transita el gobierno de Dilma.

Brasil es un espejo de gigantescas dimensiones en el que pueden verse reflejados los procesos políticos populares latinoamericanos; espejo que devuelve interrogantes que deben ser despejados a futuro: como articular la construcción política con las representaciones institucionales (incluso allí donde hubo reformas constitucionales como en Venezuela y Bolivia los procesos no estuvieron exentos de tensiones, sino más bien lo contrario) y -sobre todo- la necesidad de profundizar los rumbos transformadores, como condición necesaria de subsistencia política: el caso brasileño demuestra como se aplica el principio del que anda en bicicleta, que si pierde impulso se termina cayendo.

La derecha se encamina en Brasil a tomar el poder directamente para profundizar el mismo programa que aplicaba Dilma (alza de las tasas de interés, metas de inflación, austeridad fiscal, apertura al ingreso de capitales), pero profundizándolo; lo que no hará sino profundizar la recesión, la caída de la actividad y la suba del desempleo.

Precisamente por eso y más allá de los sueños húmedos de nuestra propia derecha gobernante (que ve muy cercana la posibilidad de contar con un gobierno “del palo” en nuestro vecino), la previsible resolución de la crisis brasileña es para la Argentina una muy mala noticia: una recesión brasileña más aguda cerrará aun más su mercado para nuestras exportaciones, mientras que generará allá excedentes de producción industrial que no pueden colocarse en el mercado interno, y que presionarán sobre nuestras importaciones; en un momento en el que el gobierno de Macri está desmantelando el esquema de administración de nuestro comercio exterior, montado por el gobierno anterior para proteger la producción y el trabajo argentinos.

Es previsible también que un gobierno de derecha en Brasil tome medidas que conviertan al país en otro paraíso para la radicación de capitales, justo cuando Argentina sale a colocar grandes cantidades de deuda y desea convertirse en destino preferente de las inversiones; a lo que hay que sumar las implicancias estrictamente políticas del caso brasileño, en el plano regional.

El proceso de integración (más política que económica) que se venía dando en la región desde el nuevo siglo sufrirá seguramente un golpe decisivo con la caída del gobierno del PT, que más con Lula que con Dilma era una viga maestra de la estrategia regional; y ese golpe se da justo (y para nada casualmente) cuando la estrategia de EEUU tras el fracaso del ALCA vira hacia los TTP. Tratándose además nada menos que de Brasil, el tamaño en este caso importa."

Desde entonces lo único nuevo que hubo fueron los descomunales niveles de cinismo y brutalidad de la derecha brasileña, en el espectáculo decadente y farsesco de un golpe de Estado disfrazado de procedimiento constitucional; por el cual resolvió tomar el poder que le negaron las urnas. 

Con la complicidad de los gobiernos del palo como el nuestro, al que seguramente en éste caso ni siquiera se le ocurrirá pedir (como hizo para Venezuela) la aplicación de la cláusula democrática del Mercosur; o replicar el gesto de los gobiernos "populistas" de Ecuador, Bolivia y Venezuela de retirar sus embajadores de Brasilia.

domingo, 20 de marzo de 2016

LAS ENSEÑANZAS DEL CASO BRASIL


Los acontecimientos de Brasil vuelven a poner en el tapete la discusión sobre el proceso político general de América Latina; que con las diferencias propias de cada caso, presenta bastante similitudes.

A riesgo de incurrir en una simplificación mecanicista, un ciclo económico de baja de los precios de los comodities y principales productos exportables de los países de la región se corresponde con un ciclo político de retroceso electoral de los movimientos populares, cuando en los años anteriores había sido a la inversa.

Si bien es una regla general de las sociedades (y no una exclusividad de América Latina) que cuando desmejoran los indicadores económicos crece la conflictividad política, en la región el ciclo económico ascendente fue acompañado con políticas de intervención estatal para redistribuir más equitativamente los resultados del crecimiento; que tuvieron efectos concretos en ese plano y como lógica consecuencia, en el electoral.

Pero al mismo tiempo las restricciones propias de los modelos de acumulación y desarrollo elegidos (que en general no significaron rupturas profundas y definitivas con los preexistentes) se hacen sentir más tarde o más temprano para persistir en esa línea; ni hablar cuando el contexto económico cambia, y el objetivo de incluir y avanzar en niveles mayores de igualdad social se dificulta.

Es entonces -como está pasando en Brasil- cuando quedan dramáticamente expuestas las fragilidades de las construcciones políticas de esos mismos movimientos populares, y se refuerza la tenaz ofensiva de las derechas por medios y actores no electorales (a través de los medios, los grandes grupos económicos y el poder judicial, pero también ganando la calle cuando es necesario); para terminar coronándola por medios electorales, como ocurrió en Venezuela y acá.

Es interesante en éste contexto analizar el caso específico de Brasil, y compararlo con la Argentina. Durante mucho tiempo se nos puso por delante el “ejemplo” brasileño, y no solo desde quienes estaban en la vereda de enfrente del kirchnerismo: también “desde adentro" se contraponía al PT con el FPV para achacarle a éste las falencias de su construcción territorial, el modo traumático de resolución de la candidatura presidencial, el armado de las listas electorales o la política de alianzas; con su correlato en las bancas legislativas (tópico éste último de candente actualidad).

Más allá del hecho de que algunas de esas cuestiones (los liderazgos carismáticos, la sucesión) son comunes a los procesos caracterizados como populismos, lo cierto es que haber resuelto la imposibilidad de Lula de optar en su hora por un nuevo mandato (algo que también ocurrió acá por Cristina) casi sin tensiones internas optando por Dilma no se reveló a la larga una solución, sino un problema; y bastante grave.

Y la larga y extendida construcción territorial de base del PT (contrapuesta con el armado político “desde arriba” del kirchnerismo) se revela en éstas horas dramáticas insuficiente para sostener a un gobierno jaqueado en la justicia y el Congreso, y que había perdido la calle, al menos hasta las masivas movilizaciones de apoyo del viernes pasado.

Que decir de las alianzas políticas, electorales y parlamentarias: por grande que sea nuestro desencanto actual con gobernadores, diputados y senadores del FPV que hacen macrismo alternativo, no puede hacernos perder de vista que los quiebres se producen tras una derrota electoral y estando el FPV en la oposición (aunque los hubo estando en el gobierno, como el caso Cobos); mientras que el gobierno de Dilma se asoma al abismo de su final anticipado por el quiebre de una coalición legislativa que fue inestable y escasamente confiable, desde su misma conformación.

O de las críticas que se hicieron acá internamente a las energías puestas por el kirchnerismo en confrontar con Clarín y el partido judicial: a la luz de la experiencia brasileña se podrán cuestionar las prioridades, pero no la pertinencia política de ambas peleas. Al lado de O’Globo, el multimedios comandado por Magneto parece la revista Anteojito, y comparado con el juez Moro, Bonadío es Baltasar Garzón.

Pero existe además otro aspecto a considerar en la situación de Brasil, que es el que más se escamotea en el análisis, y que es el de la agenda económica: cualesquiera sean las críticas (incluso valederas) que se hagan al gobierno de Cristina por no haber atendidos determinados desafíos que planteaba la economía o no haber avanzado con más decisión en la “sintonía fina”, lo que no podrá achacársele es haber cedido la iniciativa y producir un cambio sustancial del rumbo; adoptando la hoja de ruta del adversario.

Que es precisamente lo que sí hizo Dilma, con resultados políticos y económicos fatales: tras una durísima campaña electoral en la que el propio Lula arriesgó su capital político apostando a su reelección, y advirtiendo a los brasileños los riesgos que entrañaba el triunfo de Aécio Neves (al estilo de lo que acá se llamó “campaña del miedo” en la previa del balotaje que ganaría Macri), la candidata del PT terminó triunfando por escaso margen, para aplicar sin más en su nuevo mandato el programa económico derrotado en las urnas.

Programa que -por cierto, y de allí la razón de que se escamotee esta cuestión del debate del caso brasileño)- es en sus líneas generales exactamente el mismo que está aplicando acá Macri: metas de inflación, ajuste fiscal, suba de las tasas de interés, valorización financiera, repliegue del Estado, concesiones impositivas al capital concentrado. Programa que es el que más ha hecho por deteriorar la imagen de Dilma y su gobierno, muchísimo más que cualquier hecho real o sospechado de corrupción.

Por cierto: cuando el contexto económico y social lo permite, la derecha monopoliza la demanda ética y se presenta como la cruzada contra la corrupción (acá pasó y pasa exactamente lo mismo, pero en tono de cortina de humo, porque gobiernan); cuando su credo central consiste precisamente en borrar absolutamente la distinción entre los intereses públicos y los privados, de un modo tal que pretenden que creamos que satisfaciendo a los últimos, en realidad lo que estamos haciendo es garantizar los primeros.

Suponer que a un gobierno de los CEO’s (como el de Macri) o una oposición respaldada por los grandes grupos mediáticos y empresariales (como la brasileña) les preocupa en serio la corrupción, es tan ingenuo como pensar que a una potencia brutalmente imperialista como los EEUU le interesan realmente los derechos humanos.

Ingenuidades tan graves como la de creer que las “nuevas derechas” han perdido las mañas y malas costumbres de las “viejas”: si algo demuestra el caso brasileño es precisamente que eso es una falsedad notoria, y que no apelan a las formas tradicionales del golpismo simplemente porque no disponen del acto militar, como en otros tiempos.

Pero no les faltan sustitutos económicos, mediáticos y judiciales: si alguien cree ver un aire de familia entre la cautelar de Servini de Cubría que acortó en horas el mandato presidencial de Cristina, y las sucesivas resoluciones de los jueces que dejan en suspenso el nombramiento de Lula en el gobierno de Dilma, no estará muy errado.

Es muy difícil creer a pie juntillas en las credenciales democráticas de una derecha que ha demostrado con creces (en Honduras, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Paraguay, acá y ahora en Brasil) que respeta a la democracia cuando gana, y aun entonces, solo estrictamente en lo atinente a las consecuencias políticas del resultado electoral. Porque cuando gobierna (como ahora acá) no tolera la disidencia ni la protesta social y enseguida echa mano a los “protocolos” para manejarla.

Y cuestiona los populismos y los liderazgos carismáticos (allá Lula, acá Cristina) desacreditándolos como expresiones políticas atrasadas y condenadas a la desaparición; mientras trata de asegurarse de que efectivamente así sea, con una profusa guerra de carpetazos judiciales alimentados desde las cloacas del periodismo, los servicios de inteligencia y los “arrepentidos”, o -como dicen en Brasil- “delatores premiados”.

domingo, 20 de septiembre de 2015

BRASIL: EL EJEMPLO PERFECTO DE LO QUE NO HAY QUE HACER


Si se nos permite y a propósito de la situación económica en Brasil, vamos a insistir en lo dicho acá respecto de su situación política: es un enorme y cercano espejo en el que mirarnos; más eficaz que cualquier ensayo de laboratorio para comprobar la gravedad de seguir ciertas recetas que por acá se nos presentan a diario como "la única solución posible" a los problemas del país, especialmente en materia económica.

Según se explicaba en detalle en esta nota de Tiempo Argentino, el gobierno de Dilma ha decidido encarar la crisis con el enésimo plan de ajuste puesto en marcha en los últimos años, como que el primero se remonta ya a principios del 2013: veíamos por entonces acá como en su primer mandato aplicaba medidas de cavallismo explícito con masivas rebajas de impuestos a las empresas "para que recuperen competitividad" y emprendía un amplísimo programa de privatizaciones, solo parcialmente concretado luego por resistencias internas del PT.

Eso por no mencionar que aun con los gobiernos de esa fuerza y sus aliados desde el 2003, Brasil fue un alumno aplicado de las doctrinas sugeridas por la ortodoxia: persistentes tasas altas de interés para aspirar capitales, esquema de metas de inflación al cual se subordinaban todas las variables macroeconómicas, búsqueda del superávit fiscal a cualquier precio; lo que resultó en un crecimiento -en promedio en todos estos años- de la mitad del que obtuvo la Argentina.

Por si alguno se apresura a aclarar que esa diferencia obedece a que partió de un "piso" más alto que el que marcaba para nosotros la crisis provocada por la implosión de la convertibilidad, veamos que está pasando ahora, precisamente desde que el gobierno de Dilma profundizó el giro ortodoxo: el gobierno ni siquiera puede lograr aquéllas metas que se propone haciéndolo. 

El PBI sigue cayendo y se pronostica que lo hará aun más, aumenta el desempleo, los capitales empiezan a fugarse, el real se devalúa y el déficit fiscal no cede aun mermando el gasto; porque cae la recaudación por la baja del nivel de actividad.

Y para colmo, las mismas calificadoras de riesgo que mimaron por años a Brasil aconsejándolo como destino preferencial de las inversiones, le retiran el "investment grade" por sus pobres resultados económicos (echando fuego a la hoguera de la fuga de capitales); en una medida no exenta de crueldad, cinismo e hipocresía, porque esos resultados no son más que la consecuencia lógica de aplicar las políticas que esas mismas consultoras aconsejan como las únicas viables.

El nuevo paquete de ajuste contempla el congelamiento salarial para los empleados públicos, disminución de su número (o sea, despidos) y recortes en las partidas asignadas a los planes sociales; lo que supone a corto plazo una agudización del enfrentamiento con la propia base electoral del PT, y con sectores internos de esa fuerza disconformes con el rumbo del gobierno: ver al respecto acá.

Por su cercanía, por su tamaño, por su incidencia directa en nuestra economía (consecuencia de los dos factores antes enunciados) el caso brasileño deja inevitables enseñanzas políticas y económicas para que nosotros tengamos en cuenta; porque además Dilma y su gobierno parecen empeñados en quemar las naves y rifar el triunfo electoral, perseverando en el fracaso que provoca aplicar el plan del adversario derrotado en las urnas.

Que es exactamente el mismo que propone acá la oposición al kirchnerismo, y que ya se aplicara en el país, con los resultados conocidos.

El caso brasileño nos deja entonces -si lo sabemos aprovechar- el manual perfecto de todo lo que no hay que hacer, para que las cosas no empeoren.

miércoles, 19 de agosto de 2015

LAS BARBAS DEL VECINO


Es hasta cierto punto extraño que la situación política, económica y social de Brasil no sea parte del debate de nuestra campaña electoral, habida cuenta del obvio efecto que cualquier crisis en nuestro mayor socio comercial y principal destino de nuestras exportaciones produce en nuestra propia realidad.

Es posible que sea precisamente éste último aspecto el que tienda a provocar que los medios pongan en sordina la crisis que enfrenta el gobierno de Dilma, pues la pobre perfomance de la economía brasileña (con proyecciones negativas para el año próximo) vuelve a poner en el tapete la discusión sobre el "viento de cola" (que en éste caso sería de frente") o no, para explicar el proceso de crecimiento económico producido en la Argentina desde la salida de la convertibilidad.

El otro factor -seguramente el más decisivo para que se "opaque" mediáticamente la cuestión brasileña, o se haga foco exclusivamente en la cuestión de la corrupción- es que en el país vecino se están aplicando las mismas políticas económicas que se aconsejan para el nuestro; y lejos de resolver los problemas, tienden a aumentarlo.

El que crea ver en las protestas callejeras en Brasil exclusiva y fundamentalmente una saludable reacción ciudadana provocada por el hartazgo contra la corrupción en las altas esferas del poder, poco estará entendiendo del asunto; o estará intentando llevar agua para su molino trampeando los datos objetivos de la situación.

Sin el telón de fondo de la crisis económica (caída del PBI, incipiente fuga de capitales que podría tender a acelerarse, devaluación de la moneda, efectos negativos sobre el empleo, fracaso de las políticas de ajuste) no se explicarían las protestas, protagonizadas por sectores que desde siempre adversaron con los gobiernos del PT, ante el silencio o la falta de protagonismo de sus bases políticas y electorales; al menos hasta acá: habrá que pasa mañana con la movilización convocada en apoyo al gobierno.

En ese sentido, Brasil no escapa a las generales de la ley observables en otros países -entre ellos, el nuestro- según las cuáles la corrupción o la inseguridad motivan a la gente a expresar su disconformidad en el espacio público, cuando las condiciones materiales y objetivas de existencia (empleo, salarios, consumo) se ven amenazadas o deterioradas por los vaivenes de la economía. 

De hecho los principales hechos de corrupción que se ventilan hoy provienen de mucho tiempo atrás (en algunos casos de antes incluso de los gobiernos del PT y sus aliados), pero cuando ocurrieron no tuvieron el impacto que hoy alcanzan, porque la situación económica era distinta a la actual.

A Brasil lo afectan factores que son comunes a los que hoy amenazan a la mayoría de las economías de América Latina, tanto en lo político como en lo económico: luego de una década de subir, los precios de los comodities tienden a la baja, se debilita la locomotora china como principal impulsora de sus exportaciones y en paralelo el proceso político abierto con la llegada de Lula al poder muestra señales de fatiga, por precariedades propias de la construcción política urdida por el PT (demasiado pendiente de alianzas con fuerzas "dudosas" en el Congreso) y por claros errores de conducción del liderazgo de Dilma; a la que el propio Lula "dejó hacer", retirándose a un segundo plano tras haber finalizado su mandato. 

De allí que poner la mirada en Brasil es prioritario para nosotros no sólo por los ya apuntados efectos de cualquier sacudón económico que allí se produzca sobre nuestro país, sino porque las tensiones políticas que hoy sacuden al gigante sudamericano afectan también al proceso de integración regional; en un doble sentido: por un lado le impiden avanzar con pasos más firmas y decididos (porque la energía de la principal potencia regional está puesta en sus propios entuertos domésticos), y por otro crecen en influencia los sectores del propio establishment brasileño que empujan para sacar al país del esquema Mercosur-Unasur-Celac; lo que sería un impresionante retroceso en términos políticos y económicos para todo el sistema regional. 

Si se observan las protestas contra Dilma y su gobierno, se advertirán no pocas similitudes con nuestros cacerolazos urbanos de tiempo atrás: sectores de la clase media urbana (en muchos casos nacidos o recuperados al calor de las políticas impulsadas por los gobiernos del PT), motorizados por los medios hegemónicos y con el desembozado aprovechamiento de la derecha más tradicional (tanto política como empresarial); que acaricia la posibilidad concreta de una maniobra de neto corte destituyente (se plantea el juicio político y se pide la renuncia de la presidenta, mientras unos cuantos reclaman públicamente la lisa y llana intervención militar), que les proporcione por una vía oblicua lo que las urnas les negaron hace muy poco. 

En este marco sorprende la respuesta del gobierno, que no solo se ha dejado hasta aquí "ganar la calle", sino que tiene sumida en el desconcierto y la decepción a su propia base electoral; que ve con estupor como -tras un proceso electoral intensamente polarizado- Dilma ha terminado adoptando casi sin cambios el programa económico que fue derrotado en las urnas, en lugar de imponer el que estas consagraron.

Las medidas que el gobierno fue tomando para intentar paliar la crisis se revelaron así insuficientes y equivocadas en lo económico (porque tienden a agravar los problemas a futuro), y suicidas en lo político; pues le granjearon la pérdida del apoyo de buena parte de sus votantes, como pasó con la anunciada reforma laboral tendiente a imponer condiciones de mayor flexibilización. Si les suena conocido, no es mera casualidad. 

El caso brasileño deja así importantes enseñanzas desde el punto de vista político para el proceso argentino, de cara a la renovación presidencial: cuando tiende a instalarse la idea de que es posible un "kirchnerismo amistoso" o de buenos modales donde no sea necesario provocar o afrontar conflictos para introducir transformaciones o sostener las conseguidas  (al respecto es altamente recomendable esta nota de Claudio Scaletta en el suplemento Cash del domingo), Brasil demuestra que todo intento de conciliación o cualquier concesión respecto de los lineamientos centrales del proyecto político (con objetivos económicos y sociales) puesto en marcha en mayo del 2033, será interpretado como señal de debilidad por los sectores del poder real; que obrarán en consecuencia. 

Lo que no implica que, si por el contrario, se sostiene claro y firme el rumbo central, no se puedan discutir los instrumentos, las herramientas o las políticas concretas, que por supuesto no tienen validez ni vigencia eterna.

El caso brasileño y el rumbo elegido por Dilma para enfrentar la crisis demuestra que en política no hay recetas mágicas, y que ninguna garantiza por sí la inexistencia de conflictos, o una paz celestial exenta de tensiones; que son connaturales a la política misma.

Lo que en otros procesos políticos (como los casos de Venezuela, Ecuador y Chile; con las reformas impulsadas por Bachelet al inicio de su segundo mandato) es el resultado de haber impulsado transformaciones estructurales, en Brasil parece ser la consecuencia de querer conciliar a cualquier precio; suponiendo que tomar la hoja de ruta del adversario disminuye la posibilidad de que éste se oponga, hasta el punto de hacerla desaparecer.

El contraste lo marca más claramente el ejemplo de Bolivia, que transitó desde el momento inicial de los gobiernos del MAS y Evo Morales (en los que el énfasis estuvo puesto en los cambios políticos e institucionales, reforma constitucional incluida), hasta el actual; en que el país disfruta los beneficios del crecimiento con inclusión, y de una poco frecuente estabilidad, considerando sus anteriores registros históricos en la materia.

Con las particularidades propias de cada país y de cada proceso político, lecciones a tener en cuenta para nuestra propia realidad.

lunes, 23 de marzo de 2015

A LO MEJOR EN TAMAÑO GIGANTE LO VEN MEJOR


Cuando ocurrieron acá los cacerolazos contra el gobierno de una porción de las clases medias urbanas, se alertaba sobre el confuso mensaje político que expresaban, y sobre todo sobre la dudosa adhesión de muchos participantes a los principios democráticos.

Por el contrario, algunas de las consignas (como aquélla del célebre cartel pidiendo "Devuélvannos el país") daban cuenta de gente flojita de papeles en materia de convicciones democráticas, que empiezan justamente por aceptar que gobierna el que más votos obtuvo, aunque a uno pueda no gustarle.

Gente impaciente y poco dispuesta a esperar el estricto cumplimiento de los plazos constitucionales de duración de un gobierno, para volver a intentar -por la vía del voto- consagrar un gobierno más afín a su forma de entender las cosas.

Este análisis era descalificado de plano, con el argumento de que se trataba de simples ciudadanos, manifestándose espontáneamente en el espacio público y reclamando por (supuestas) libertades conculcadas, o el hastío por la corrupción, o la inseguridad: pero inequívocamente en contra del gobierno.

Más o menos la misma discusión se repitió a propósito de la marcha del 18F "en homenaje a Nisman y reclamando justicia" (a propósito: ¿tendrá conciencia cierta gente de lo endebles y efímeros que son los héroes a los que se abraza?) 

Hace poco días se realizaron en Brasil masivas manifestaciones contra el gobierno de Dilma -ojo: hablamos de millón a millón y medio de personas, en un país con 206 millones de habitantes- a propósito del escándalo de Petrobras; pidiendo el "impeachment" (juicio político) de la presidenta que lleva apenas dos meses y medio de su nuevo mandato.

Y en no pocos casos (como lo comprueba la imagen de apertura, pero hay muchas similares circulando en las redes sociales, ver si no acá las que aporta Barricada) reclamando abiertamente la intervención de las fuerzas armadas para interrumpir el proceso constitucional y destituir al gobierno del PT. 

Incluso algunos reclamaron la intervención militar de los EEUU, "para evitar que el país caiga en las garras del comunismo"; acaso inflamados por lo que está pasando en Venezuela, y la arremetida yanqui.

Al igual que acá, las manifestaciones fueron fogoneadas abiertamente por los medios hegemónicos: O Globo informó a sus televidentes que levantaba su programación habitual para cubrir en vivo todos los aprestos de las marchas, y el desarrollo de éstas hasta el final, además de arengar a la audiencia para que concurriera: cualquier semejanza con la Argentina de TN, sería pura casualidad.

Y también en espejo con los cacerolazos argentinos, las marchas de protesta brasileñas presentaron un marcado sesgo clasista, y el recurso de la corrupción (que al parecer no existiría en los gobiernos de la derecha, como lo comprobaría el caso de Collor de Melo) como amplio justificativo de todo, para evitar decir abiertamente a qué medidas del gobierno de Dilma se oponen, o para donde quisieran que se dirigiera Brasil.

Todo eso en el marco de un tufillo (más que eso: una insoportable baranda) golpista a cielo abierto, que parece ser moneda corriente entre la gente linda y bien pensante de ésta parte del mundo; disconforme con los extravíos populistas que han predominado en la región en los últimos años.

A lo mejor ahora y por una cuestión de tamaños, algunas almas bellas que por acá se emocionan con tantas demostraciones de civismo, terminan aceptando y entendiendo de que va realmente la cosa. 

lunes, 6 de octubre de 2014

LAS ENSEÑANZAS DEL CASO BRASILEÑO


El proceso electoral brasileño pasó casi desapercibido en el debate político argentino, casi como si sus resultados no influyesen en nuestra realidad; o si se tratara de algún país lejano y de pequeño tamaño, cuyas oscilaciones políticas no pueden influirnos.

Sin embargo el tamaño del ejemplo impide ignorarlo, o no intentar trazar -con sentido de didáctica política- las semejanzas y diferencias con lo que pasa acá; evitando los mecanicismos del caso.

Es probable que las elecciones brasileñas no hayan adquirido relevancia para buena parte de nuestra dirigencia política porque armó su discurso sobre la base de consumir por años ciertos mitos sobre lo que efectivamente pasa en Brasil; y que el proceso electoral aun no concluido vino -por lo menos- a poner en entredicho.

Uno de ellos sin duda ha sido el de la "pax" que reinaría en tierras cariocas, por contraposición con nuestro permanente "clima de crispación"; de resultas de lo cual las elecciones en Brasil son secundarias porque existirían ciertos consensos básicos en el sistema político (las famosas "políticas de Estado) que sobrevivirían a eventuales cambios de signo político del gobierno.

De allí que muchos se sorprendieran acá por las protestas ciudadanas en tiempos del mundial, para acto seguido explicarlas en diferentes claves ridículas; el ejemplo de los troscos de Prensa Obrera y su tapa "Mundial quenchi" fue el más ridículo, pero lejos estuvo de ser el único.

Quizás muchos no lo hayan notado, pero así como las protestas en las grandes ciudades durante el mundial estuvieron vinculadas a demandas de "segunda generación" (por ejemplo la calidad y accesibilidad de los servicios públicos), buena parte de los debates de campaña giraron en torno a temas que nos suenan familiares: el rol de Petrobras y como orientar su gestión, la autonomía del Banco Central o su alineamiento con la política económica del gobierno, la relación con los Estados Unidos (que atraviesa una etapa de conflictos y tensiones); por citar sólo los más relevantes.

Imaginemos una campaña electoral acá en la que se ponga en el tapete explícitamente la gestión de Galuccio en YPF, como encarar la relación con los EEUU, o el rol que debe jugar el Central en el contexto económico.

Y con menos protagonismo en el debate, pero con más importancia para nosotros, también discurrió el proceso electoral de Brasil sobre el proceso de integración continental (Mercosur, Unasur, Celac), su futuro y la probable apertura del país a otro marco de alianzas (en especial, comerciales) en el futuro: es allí donde -al menos por razones bien concretas- debería posar su mirada en el caso brasileño, nuestra clase dirigente.

Buena parte de la cual alimentó por años el mito del Brasil "ejemplo a seguir", el país del "investment grade" que captaba inversiones masivas por su clima amigable para los negocios; que sin embargo jamás aceptó la jurisdicción del CIADI, o se cuidó muy bien de no firmar tratados bilaterales de inversión potencialmente lesivos para su propio desarrollo económico.

Y mientras aquí nos venden el mito de la disociación entre la política y la economía como si fueran compartimentos estancos, allá los "mercados" participaban activamente de la campaña "votando" por anticipado con alzas o bajas de la Bolsa de San Pablo, al calor de los números de las encuestas; y hasta los grandes bancos se apresuraron a aconsejar a sus clientes sacar sus inversiones del país, si Dilma era reelecta.

Lo cual demuestra -una vez más, por si hiciera falta- que son los populismos las verdaderas "bestias negras" a las que teme el establishment, en toda América Latina: si sus programas políticos suelen sonar más moderados que el tremendismo de la izquierda tradicional (tanto que ni siquiera plantean salirse de los marcos del capitalismo), poseen la base social y electoral concreta para -al menos- ponerlos en marcha; y amenazar de forma concreta sus intereses.

Esto explica que el poder económico concentrado no vacile en apelar a lo que -en otras circunstancias o contexto- podría entenderse como una alianza contra natura, con una "centroizquierda responsable" al estilo de las europeas, capaz de asumir con pragmatismo las principales demandas de ese poder concentrado; con tal de llegar al gobierno. El acceso al poder es otra cosa, por supuesto; y no forma parte de la agenda de esa supuesta "centroizquierda" (el que quiera ver alguna coincidencia con el FAUNEN acá, no estará muy errado).  

Y también explica (en una lección perfectamente trasladable al caso argentino) el fracaso estrepitoso de la izquierda para captar el descontento de determinados sectores con el populismo (en el caso brasileño, encarnado en el PT): del mismo modo que la derecha visualiza con claridad que sus mayores amenazas provienen de lo que denominan populismos, cuando estos afrontan crisis en el gobierno (sean generadas por sus propias limitaciones, sean consecuencia de la sofisticación de las demandas sociales cuando las más urgentes las han resuelto), la salida concreta disponible es siempre por derecha; y el caso brasileño (de final incierto en el balotaje como bien apunta acá Artemio) no hace sino confirmar la regla.

El experimento Marina Silva puso además en el tapete el modo desembozado en el que los grandes conglomerados de medios (parte inescindible del entramado del poder económico, acá, en Brasil y en cualquier lugar del mundo) operan en política para influir no ya sobre las opciones de los votantes -que lo hacen, sin dudas-, sino sobre el propio sistema de partidos; condicionando o instalando candidatos, definiendo agendas, articulando alianzas.

No olvidemos que también fue parte importante del debate electoral brasileño la propuesta del PT de regular a los grandes conglomerados de medios tal como aquí se propuso con la LSCA, y por las mismas razones: no tanto por el legítimo intento de democratizar la comunicación audiovisual, como por una respuesta defensiva del sistema político ante el avance de las corporaciones mediáticas. 

Los sectores populares rescatados de la pobreza e incorporados al mercado de consumo por los gobiernos del PT fueron la base electoral fundamental de Dilma (y aquí aparece otra semejanza con el caso argentino); y su comportamiento electoral marca claramente cuáles deberían ser las prioridades del programa de gobierno si fuera reelecta; sin perjuicio de que hay demandas más "sofisticadas" de los que han resuelto antes los problemas más agudos (empleo, salario, alimentación) que reclaman atención.

El rol de Lula -involucrándose personalmente en la campaña en los tramos decisivos- resultó imprescindible para que las cosas no fueran aun peores para el PT, en un escenario de dificultades económicas; pero reactualiza el debate sobre los liderazgos carismáticos en los populismos, su capacidad de transferencia del voto y los límites de ese modo de construcción política; sin que esto implique un juicio de valor, sino una simple y pura constatación.

Que por supuesto aplica como pocas al caso argentino, y los interrogantes que encierra el proceso electoral que afrontaremos nosotros el año que viene.