LA FRASE

"MIS DIFERENCIAS CON EL PRESIDENTE SON PÚBLICAS Y NOTORIAS, PERO QUIERO AGRADECERLE QUE ME HAYA DADO ESTA OPORTUNIDAD DE ORDENAR PERSONALMENTE UNA REPRESIÓN." (VICTORIA VILLARRUEL)
Mostrando entradas con la etiqueta gorilas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gorilas. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de junio de 2026

"NO VAN A PODER CAMINAR POR LA CALLE"

 

La ocasión puede ser cualquiera en estos dos años y medio: la ley bases, la reforma laboral, los acuerdos con el FMI, el intento de moción de censura contra Adorni, el pago a los fondos buitres o el súper RIGI: las frases hechas se repiten en cada oportunidad: "No van a poder caminar por la calle", "La historia los juzgará", "El pueblo les va a pedir cuentas".

Por supuesto y como bien sabemos, nada de eso pasa, ni pasó tampoco durante el gobierno de Macri, cuando al igual que ahora asistíamos todos los días a una nueva ignominia, a una nueva entrega de la riqueza nacional o al enésimo cercenamiento de algún derecho. De lo que resulta que esas frases hechas que solemos repetir en estos casos no son más que una expresión de catarsis por el agobio, sin demasiado correlato con la realidad.

Podrá decirse que la sociedad -o buena parte de ella- no reacciona frente a lo que está pasando en el país porque está despolitizada, o porque tiene urgencias más concretas que atender, como llegar a fin de mes, pagar las cuentas o conservar su empleo. Se podría contestar -con justeza- que la solución a esos dilemas solo puede venir de la política, como es la política (o una forma concreta de ella) la que los trajo.

Y también se podría acotar que en realidad la sociedad nunca está despolitizada, sino politizada en distintos sentidos, según los momentos históricos: el "Que se vayan todos" del 2001 fue una forma (infantil y simplista) de politización, como vivimos otra en los años kirchneristas, y como el desencanto democrático que nos trajo a Milei es otra forma de politización.

O que el gorilismo y su persistencia (más incluso que el propio peronismo) como identidad política y social determina y condiciona atavismos y comportamientos patológicos, pero lo cierto es que detrás de todo eso y del consenso social pasivo al saqueo del país y el despojo de sus habitantes hay una idea (brumosa pero la hay) del país que quieren, y una más clara aún, del que no quieren. Para simplificar se podría decir que es ése país que durante décadas expresó el peronismo, al menos en las mejores versiones de su tradición histórica.

Por otro lado tampoco podría decirse que exista estrictamente un vacío de representación, que detone el hartazgo social contra el sistema político: los que votamos en contra de éste gobierno y lo que representa (o a favor de otro modelo e idea de país) no podemos decir que nuestros representantes en el Congreso nos hayan defraudado violando su mandato electoral. Son senadores y diputados, no comandos de la Guardia Republicana ni combatientes de las organizaciones armadas de los 70': participan de las discusiones, denuncian, argumentan, votan en contra de la casi totalidad de las iniciativas del gobierno...y pierden.

Y pierden porque más allá de que pueda existir la Banelco (ahí están casos como Kueider para comprobarlo), lo que está funcionando todas las semanas en el Congreso es la Moncloa del 70 % de las que nos hablaba Larreta: los que acompañan sistemáticamente las iniciativas del gobierno es porque comparten su orientación y contenido, o porque saben que en rigor las impulsa el círculo rojo y no quieren confrontar con intereses tan poderosos, o por la suma de los dos factores. Lo que nos lleva otra vez a la cuestión del vacío de representación: si la sociedad (o buena parte de ella) no les exige rectificaciones a sus representantes, es porque -de un modo u otro- buena parte de ella entiende que están haciendo lo correcto, aunque a nosotros nos parezca horrible. 

Tampoco podemos cometer nosotros el error de crear el vacío de representación donde no lo hay (o no está tan claro que lo haya), o contribuir al clima anti-político (en el que los poderosos intereses que sostienen a Milei podrían medrar con más facilidad aun de lo que lo están haciendo), sosteniendo que las instituciones no sirven para nada, que el Congreso está de adorno y cosas similares. Entre otras cosas, porque la consecuencia lógica de ese discurso es la impotencia política, y la abstención electoral, que ya de por sí viene batiendo marcas históricas en las últimas elecciones; y porque ese discurso de la anti-política cala más hondo en los sectores sociales que fluctúan con su voto de una elección a otra, que tanto acompañaron a Cristina como a Milei dependiendo de su situación personal, o su percepción de cual podía ser la solución a sus problemas. 

Menos podemos caer en el error del internismo, porque no se pueden reducir los términos de la disputa política (aun la interna, en el propio campo de pertenencia) a la cuestión de los liderazgos, armados y candidaturas; a menos que algunos nos estén distrayendo con eso para no discutir cosas más importantes: se puede sospechar que la cosa viene por ahí cuando todos hablan del discurso de Máximo Kirchner en Parque Lezama, pero ninguno dice nada -ni siquiera para decir si está o no de acuerdo- con lo que dijo respecto a la imprescindible reestructuración de la deuda externa (incluyendo la contraída con el FMI) para superar la crisis.

Que no es otra cosa que lo que venía diciendo Cristina antes de que la privaran de su libertad y sus derechos políticos, invitando -sin mayores resultados, habrá que decirlo- a debatir esas cuestiones. Por eso pedir por su libertad no es un planteo político excluyente de todos los demás, sino su síntesis más acabada: porque ella hablaba de lo que -en su ausencia forzada- nadie o casi nadie parece querer hablar (y allí si podría hablarse de vacío de representación); aunque no se ahorren dardos en la disputa minúscula. Y otros prefieren poner el acento en los lazos familiares (con un discurso idéntico al del sistema de medios dominantes que operan como intelectualidad del régimen), antes que en la coherencia política del discurso.

lunes, 15 de junio de 2026

LA GRAN BESTIA POP

 

En el prólogo a "Los profetas del odio", Arturo Jauretche transcribió una carta privada que le había escrito a Ernesto Sábato a partir de una publicación del escritor llamada "El otro rostro del peronismo".

Decía entonces el autor del "Manual de zonceras argentinas": "Lo que movilizó a las masas hacia Perón no fue el resentimiento, fue la esperanza. Recuerde Ud. aquellas multitudes de octubre del 45', dueñas de la ciudad durante dos días, que no rompieron una vidriera y cuyo mayor crimen fue lavarse los pies en Plaza de Mayo, provocando la indignación de la señora de Oyuela, rodeada de artefactos sanitarios. Recuerde esas multitudes, aun en circunstancias trágicas y las recordará siempre cantando en coro -cosa absolutamente inusitada entre nosotros- y tan cantores todavía, que les han tenido que prohibir el canto por decreto-ley.".

La cita viene a cuento de las escenas de inmenso dolor popular que acompañaron la muerte del "Indio" Solari, pero bien podrían valer para otras circunstancias en que miles de personas se lanzan a las calles, por motivos diversos, sean los festejos del Bicentenario, la muerte de Evita o cada una de las marchas del "Ni Una Menos". 

Sin importar el hecho convocante o la organización o espontaneidad de la convocatoria, cada vez que eso sucede, la respuesta de la Argentina gorila es siempre la misma: una mezcla de sorpresa con miedo a posibles desmanes, más indignación de antemano porque pudieran suceder, e indignación a posteriori, cuando comprueban que no sucedieron; y eso les impidió validar sus prejuicios.

Porque la presencia masiva del pueblo en la calle siempre hace aflorar sus prejuicios, y les sale fácil la descalificación: cuando no cuestionan la espontaneidad, la crítica es a los motivos, pero siempre hay una mirada denigratoria de aquellos que deciden ponerle el cuerpo a lo que creen que vale la pena; sea para duelar, celebrar, reclamar o agradecer: molesta el pueblo, y molesta su presencia en el espacio público, que lo hace visible de un modo tal que no se lo puede ignorar, o hacer como si no existiera. 

Y el prejuicio y el desprecio hacia el pueblo y lo popular los lleva a que no puedan simplemente ignorarlo y dejar que cada uno se movilice cuando quiera y por lo que quiera, ni mucho menos los lleve a tratar de entender por que lo hace. Aunque sobren los papagayos que ensayen las lecturas más variadas sobre quien se beneficia o se perjudica en cada oportunidad que muchas personas salen a las calles, como pasó ahora con la despedida al líder de Los Redondos.  

Aunque hay sobradas evidencias de que a ese mismo pueblo -al que critican y del cual desconfían- lo pueden manipular con eficacia y lo han hecho, logrando por ejemplo que voten en contra de sus propios intereses y velen por los suyos como un ejército de reserva de los privilegiados innumerables veces, siempre les afloran los prejuicios, que son la expresión externa de su miedo interior: que alguna vez, por algún motivo (que no comprenden ni quieren comprender) esa gran bestia temida decida cobrarse revancha por las injusticias de que los han hecho víctimas.

El pueblo, la gente común, en la calle, movilizada en masa por algo que ellos no comparten ni comprenden los inquieta, porque les recuerda que hay cosas que no controlan, y porque además de que (como dice Capusotto) se creen los dueños de un país que detestan y de la gente que vive en él, en el fondo de su conciencia saben que le están haciendo daño y siempre dudan de cuanto podrán soportarlo las masas sin reaccionar. Aunque no por eso desistan de seguir haciéndolo, ni se moderen.

viernes, 2 de enero de 2026

QUE ÉPOCA PARA DERRIBAR MITOS

 

No es un buen momento para derribar mitos: los chicos todavía están disfrutando de los regalos que les dejó Papá Noel en el arbolito y ya piensan en ponerles los zapatitos a los Reyes Magos, y hay muchos adultos que siguen esperando gestos de dignidad de la UCR, sus dirigentes y representantes legislativos.

Y se desilusionan -una y otra vez- con lo que entienden como traiciones, deslealtades a la tradición partidaria y los valores de la UCR, o apelan a la memoria de Yrigoyen, Illia y Alfonsín. Pasó hace unos días cuando el Senado terminó aprobando el presupuesto nacional con recortes feroces en educación, ciencia, tecnología y hasta la defensa nacional, y ha pasado antes, miles de veces.

Si hubiera que datar el momento histórico preciso en el cual la Unión Cívica Radical dejó de ser una fuerza política que expresara los intereses populares habría que remontarse a 1945, el surgimiento del peronismo y su decisión de entonces de formar la Unión Democrática, poniendo la fórmula presidencial. Y no les faltaría razón a quienes sostienen que fue incluso antes, cuando sus deserciones en la Década Infame generaron escisiones internas como FORJA primero, y el surgimiento precisamente del peronismo, después.

Los años transcurridos desde el gobierno de Alfonsín y las defraudaciones democráticas que fueron la regla desde entonces (con la excepción del ciclo kirchnerista) endulzan el recuerdo de la primavera alfonsinista, y les hacen olvidar a muchos no solo su turbulento final (con hiperinflación, saqueos y adelantamiento del mandato incluidos), sino su borrascoso principio; en el que la decisión histórica de juzgar a las juntas militares de la dictadura convivió con un gabinete plagado de feroces gorilas (Germán López, Roque Carranza, Tróccoli, Alconada Aramburú) y una ofensiva contra el sindicalismo al que identificaron como su principal enemigo, en lugar de los grandes grupos económicos.   

En el medio hubieron reculadas varias como la "economía de guerra" y el Plan Austral, las leyes de obediencia debida y punto final, o los acuerdos -reflejados en el gabinete- con los "capitanes de la industria" y lo peor del sindicalismo participativo y "dialoguista". En todo caso, la reflexión sería como habrán sido los radicales y el radicalismo posteriores al gobierno de Alfonsín, que hacen que muchos consideren a éste como la edad dorada de la fuerza política fundada por Alem e Yrigoyen.

Una fuerza política cuyo leit movit sustancial (la lucha por la pureza del sufragio) fue conquistado en 1912 para perderse en la Década Infame primero, y en la proscripción del peronismo desde 1955, después; y cuya capital político distintivo (compartido por el peronismo, e incluso más antiguo) era la disponibilidad de una amplia red de dirigentes, punteros y locales partidarios en toda la geografía nacional: un activo brutalmente devaluado en tiempos de política líquida, democracia de candidatos, algoritmos y redes sociales.

Lo cual marca una curiosidad: es frecuente criticar al peronismo y exigirle una urgente actualización a los tiempos, tomando nota de los cambios sociales, económicos y culturales habidos desde su nacimiento, pero casi nunca se le demanda lo mismo a la UCR, de la cual sin embargo se esperan cosas que no solo no puede dar, sino que la inmensa mayoría de sus dirigentes no quieren dar; porque más allá de lo que digan de la boca para afuera, hace rato ya que -en palabras de Yrigoyen- se asumen como un partido del régimen falaz y descreído, y no como era en sus orígenes, "la causa del pueblo".

De allí que es vana la esperanza de los Gatos Sylvestre de la sociedad que se horrorizan ante cada nueva supuesta traición radical a los ideales partidarios, porque no quieren ver una lealtad consecuente a un cambio del paradigma fundacional, que ya se avizoraba con claridad en 1945.

Y como es vana esa esperanza, son falsas las manifestaciones de "perplejidad"o disconformismo de algunos dirigentes o representantes de la UCR cuando se expresan sobre el modo en que votan sus legisladores en el Congreso, sean el nuevo presidente del partido a nivel nacional (Leonardo Chiarella, el intendente de Venado Tuerto), el rector de la UNR, el gobernador Pullaro quejándose de la falta de obras y el no pago de las deudas con los sistemas previsionales provinciales en el presupuesto nacional, o lo dirigentes de la Franja Morada haciendo como que se indignan por el desfinanciamiento de las universidades nacionales.

Si tanto les molestan esas actitudes de sus diputados, senadores y gobernadores (a los que votaron y les hicieron campaña, para que lleguen a donde están) nada les impide seguir el camino que hicieron Jauretche y los patriotas de Forja, o Leopoldo Moreau más acá: cancelar su ficha de afiliación a la UCR (porque ni siquiera hay signos de que quieran dar la pelea interna para que el partido retome lo que sería -según el mito- su cauce histórico), y emprender otros rumbos políticos.

lunes, 20 de octubre de 2025

EL PARTIDO DEL BALOTAJE

 

El balotaje o segunda vuelta en las elecciones presidenciales no es un invento argentino, pero entre nosotros tiene un origen histórico bien concreto: lo introdujo Lanusse en su Estatuto Fundamental que reformó en 1972 la Constitución vigente (la de 1853 con todas sus reformas menos la de 1949), para que rigiera en las elecciones que se terminaron realizando el 11 de marzo de 1973; en las que por primera vez en 18 años iba a participar el peronismo, aunque sin Perón como candidato.

El contexto en el que el "Cano" diseñó la maniobra era el fracaso del GAN (Gran Acuerdo Nacional), su intento de comprometer a Perón y al peronismo en una salida política continuista de la dictadura, lo que derivó en una salida electoral empujada por un clima de creciente conflictividad social y política desde el Cordobazo y el crecimiento del accionar de las organizaciones armadas. El objetivo del balotaje era claro: aglutinar en esa instancia todos los votos de las fuerzas políticas anti-peronistas que individualmente no alcanzaban volumen, para frenar el retorno del peronismo al gobierno.

La maniobra fracasó porque aun sin Perón como candidato, el FREJULI con Cámpora rozó el 50 % de los votos y frente a la contundencia del resultado, Balbín y la UCR declinaron participar en la segunda vuelta, anticipándose a una segura derrota que no haría más que reforzar la legitimidad del triunfo peronista: cualquier parecido con Menem frente a Néstor Kirchner en 2003, no es casualidad. 

Más acá en el tiempo y hasta hoy lo introduce Alfonsín en el marco de las negociaciones del pacto de Olivos que concluirían en la reforma constitucional de 1994, y exactamente con el mismo propósito que Lanusse: cerrarle el paso a un triunfo electoral del peronismo, por entonces en su encarnación menemista. Menem -que habrá sido cualquier cosa menos zonzo- advirtió el peligro que implicaba introducirlo en la Constitución con la fórmula clásica (para ganar es necesario obtener la mitad más uno de los votos válidos afirmativos): en las elecciones que lo llevaron a la presidencia en 1989 y después del descalabro del gobierno radical hiperinflación incluida, Angeloz obtuvo el 38 % de los votos, lo que implicaba que el polo anti-peronista de la sociedad era una fuerza a respetar.

De allí que haya pactado introducir el balotaje pero con la fórmula atemperada con la que lo conocemos hasta hoy, y que no le fue necesaria en su segunda candidatura (1995), porque logró captar (y espantar, pero en menor medida) votos de los dos lados de la grieta que divide a los argentinos desde 1945; e incluso es posible que -con su primer gobierno a la vista- haya tenido más votos gorilas, que peronistas. Una excepcionalidad que no se volvería a repetir, tanto que en 2003 el propio Menem intentó recrearla y tuvo que bajarse -justamente- del balotaje con Kirchner, frente a lo que era una segura derrota estruendosa. 

Por razones que no es del caso analizar ahora y mal que nos pese, el polo anti-peronista de la sociedad es a priori más competitivo en términos electorales, porque hay más gorilas que peronistas (no es casual que el anti-peronismo haya ganado los dos únicos balotajes habidos hasta acá en nuestra historia); pero en cada elección se fracciona y dispersa porque todos quieren ser el instrumento de la aniquilación definitiva del peronismo, que es a lo que ha quedado reducido progresivamente su programa político desde 1945 para acá.

El peronismo nació enfrentando a una coalición de fuerzas políticas y sociales (la Unión Democrática) que lo único que tenían en común entre sí era oponérsele, y les ganó (aun cuando Perón no era entonces lo que fue después) siendo fiel a sí mismo, es decir asumiendo en plenitud el desafío de representar los intereses de los que lo habían elegido como vía de expresión política, frente al fracaso de los partidos tradicionales. 

Si en las elecciones que vinieron después hasta el golpe que lo derrocó en 1955 fue aumentando invariablemente su legitimidad, las razones hay que buscarlas en su desempeño en los gobiernos de Perón, que son las mismas razones por las que la Argentina gorila los mantuvo proscriptos (a ambos, Perón y el peronismo) durante 18 años, sin permitir elecciones realmente democráticas en el país. El objetivo era el mismo que luego trataría de conseguir Lanusse introduciendo el balotaje: impedir que el peronismo volviera a gobernar la Argentina; como si hubieran dicho "No vuelven más, porque nosotros nos vamos a asegurar de que así sea".  

La enseñanza que deja la historia es muy clara: cuando el peronismo (tantas veces acusado de ser puro pragmatismo vacío de ideología en busca del poder, a veces con razón) es fiel a sí mismo gana claro; como pasó con Cristina en la fórmula presidencial en 2007 (después del gobierno de Néstor) en 2011 (después de su propio gobierno) y en 2019, después del desastroso gobierno de Macri. A la inversa, cuando el peronismo duda y busca un perfil componedor -en sus programas y en sus candidatos-, pierde: pasó en 2015 con Scioli (cuando Cristina no podía ser reelecta), y volvió a pasar en 2023 con Massa, después del fallido gobierno de Alberto, que fue en si mismo otro fracaso intento conciliador con la Argentina gorila. 

Vienen a cuento estas reflexiones por lo que está pasando en estos momentos en el país, y que es -en nuestra opinión- bastante obvio: conforme se desinfla aceleradamente el polo libertario del anti-peronismo ante el fracaso estrepitoso del gobierno de Milei, empiezan a inflar rápidamente el polo "republicano"; desde la embajada (como en 1945) y el poder económico local, como cuando el presidente de la UIA Luis Colombo firmaba los cheques para costear la campaña de la "Unión Democrática". Recrean el partido del balotaje, para volver a cerrarle el paso al peronismo, como hicieron antes Lanusse y Alfonsín.

Ya vieron que las colectoras por afuera para restarle votos al peronismo pueden no alcanzar (como pasó con Lavagna en 2019 para impedir el triunfo del "Frente de Todos") no alcanzan o no quieren correr riesgos, por si falla lo que consiguieron con Schiaretti en 2023, restándole a Massa los votos que le hubieran permitido ganar en primera vuelta. Por eso ahora intentan recrear la transversalidad que consiguió Menem en 1995, metiendo al peronismo anti-peronista de Córdoba (parte del partido SOCMA conducido por Macri) adentro de la nueva Unión Democrática denominada "Provincias Unidas", junto con electrones sueltos como Randazzo: por escasos que estos anden de votos, no están los tiempos como para andar desperdiciando ninguno.  

Para el peronismo el retorno al poder no será sencillo, pero tiene una condición esencial, como cada vez que ganó desde 1945: ser fiel a sí mismo, en los sectores sociales a representar políticamente, en el programa a someter al voto popular, en el liderazgo y en las candidaturas; en ese orden y no al revés. Aun así no hay garantías de ganar (nunca las hay en política), y menos en las condiciones de excepcionalidad anti-democrática que crea la proscripción de Cristina. Pero sin eso no hay chances. 

Tuits relacionados: 

miércoles, 10 de septiembre de 2025

EL MEJOR PERONISTA

 

El tuit de apertura corresponde al mensaje de Cristina a los peronistas y a los ciudadanos de la provincia de Buenos Aires, antes de las elecciones del domingo pasado en las que Fuerza Patria aplastó a LLA. El mensaje grabado circuló en las redes y en él se puede advertir como CFK estaba afectada por la mención de Milei al cajón de Néstor en el patético acto de cierre en campaña de Moreno, repitiendo lo que ya había hecho en otras oportunidades.

Con esa idea -persistente en el antiperonismo- de perseguir en la muerte a los que odiaron en vida, atravesando la frontera del respeto humano que se debe a los deudos y a todos cuantos conservan un recuerdo grato del difunto; es decir trasgrediendo las mínimas convenciones sociales entre los seres humanos, más allá de sus preferencias políticas. Ya en los tiempos de la fantochada de "la ruta del dinero K" podíamos ver a los gorilas odiadores exigirles al fiscal Marijuan o el juez Bonadío que hicieran abrir la bóveda que guarda los restos de Néstor en Río Gallegos, en busca del PBI presuntamente robado.

Este gobierno -que es una condensación de perversidades- no pudo escapar a la necrofilia y al culto por la muerte del peronismo y los peronistas que cultiva hace 80 años la Argentina gorila; tanto que asumió como su principal objetivo político clavar el último clavo del ataúd del kirchnerismo, con Cristina adentro, completando así (sin atreverse a decirlo con todas las letras) lo que dejó inconcluso Sabag Montiel.

O haciendo campaña con la banalización del "Nunca Más", intentando transformar un imperativo moral que interpelaba a la sociedad argentina para no volver a repetir el horror de la tortura, el genocidio, las ejecuciones y las desapariciones del Estado terrorista, en una consigna que asume como objetivo explícito de una fuerza política suprimir a otra, y  erradicarla de la memoria social e histórica, como ya lo intentaron en la Fusiladora con el Decreto 4161/56, y como si eso fuera posible.

Se negaron a condenar el intento de asesinato de Cristina y encubrieron (y aun hoy lo hacen) a sus autores intelectuales y cómplices (como acaba de hacer Milei con Milman), o antes festejaron cuando Néstor murió como lo habían hecho antes, cuando murió Evita. Pero como con Néstor, ni siquiera la muerte que deseaban, los satisfizo: ultrajaron el cadáver de Evita y lo traficaron por años, como después profanarían la tumba de Perón para ultrajar sus restos.

A Perón cuando gobernaba quisieron matarlo aunque para eso tuvieran que bombardear una ciudad a cielo abierto y segar las vidas de inocentes, acaso pensando que muchos de ellos eran peronistas, y en algún punto se lo tenían merecido. Rojas en su hora creyó que muerto el perro, se acababa la rabia, y también ordenó (junto con Aramburu) los fusilamientos del 56' violando la misma ley marcial que ellos impusieron, porque los sublevados eran peronistas, y el castigo debía ser ejemplar; y por entonces el tristemente célebre Capitán Gandhi se solazaba en mostrarse a los prisioneros que interrogaba, la cabeza seccionada del cadáver de Juan Duarte.

Tampoco se conformaron con que el peronismo estuviera proscripto, Perón exiliado y la gente no pudiera votarlos: vinieron Felipe Vallese y más tarde los 30.000 desaparecidos, ese macabro invento para sustraer los cuerpos de la víctima al adiós de sus seres queridos, creyendo además que así eludían las consecuencias del crimen. Muchos de ellos fueron tirados vivos al mar, para que sus cuerpos fueran llevados por la corriente. 

Esa pulsión enfermiza por la muerte y esa obsesión por meterse con los muertos, después de haberles prometido (y a veces causado) la muerte, es como si quisieran repetir con el peronismo y los peronistas, la maldición de Mármol a Rosas: "Ni el polvo de tus huesos, la América tendrá".

O como si creyeran con que no alcanzara con decir (como han dicho otros perversos antes que ellos) que el mejor enemigo es el enemigo muerto (y donde decimos "enemigo" léase peronista), ni siquiera el desaparecido, esa originalidad argentina de la crueldad exrema: tal parece como que -para ellos- el mejor peronismo es el que nunca existió, y el mejor peronista, el que nunca llegó a serlo. 

Lo que nunca podrán aceptar -porque sería negar su razón última y esencial de ser- es que la única manera posible en que el peronismo no haya existido ni existan peronistas, es suprimiendo las causas que los originaron, que es justamente lo que un gorila auténtico (lo sepa o no) jamás estaría dispuesto a hacer. De allí que nos propongan -como idea de futuro posible para los argentinos- volver a 1943, a 1880 o a los tiempos de Azara; como si se pudiera resetear el país para empezarlo de nuevo, desde cierto punto.

Que muy posiblemente -como les ha pasado, una y otra vez, y ahí están los resultados de las elecciones bonaerenses del domingo para confirmarlo- no haría más que volver a hacer nacer el peronismo o algo que se llame distinto pero levante sus mismas banderas, por una ley de necesidad histórica. Tuit relacionado: 

martes, 24 de junio de 2025

EL DILEMA DE MORDISQUITO

 

Ese extraordinario filósofo social que además componía tangos memorables que fue Enrique Santos Discépolo intentaba explicarle el peronismo a "Mordisquito" (el opositor imaginario que usaba de bochín en sus charlas radiales) en la forma más sencilla y clara posible, en base a los principios de causa y consecuencia, o si se prefiere, acción y reacción: en las iniquidades del régimen preexistente había que buscar las causas profundas del peronismo, su origen, su razón de ser y por ende, su justificación histórica.

Desnudaba así la que aun hoy (80 años después) sigue siendo la principal falacia del pensamiento gorila, tanto que por estos tiempos la repite Milei: si la Argentina era un país próspero, una potencia mundial y sus habitantes gozaban de un nivel de vida envidiable, ¿Cómo fue, entonces, posible el peronismo? O para ser más precisos: ¿Cómo fue necesario?

Apelando a la polisemia del lenguaje, en las causas (reales, profundas) del origen del peronismo, hay que buscar su causa, es decir su propósito, razón de ser y sentido: mientras subsistan la injusticia, la explotación, el enfeudamiento colonial del país, la degradación de su condición soberana, existirá el peronismo; porque como decía Discépolo, no lo trajimos nosotros, sino que fueron ellos. O como decía Eva, "Si el pueblo fuera feliz y la patria grande, ser peronista sería un derecho. En nuestros días, ser peronista es un deber,...". Y vaya si hoy siguen siendo esos "nuestros días", con tantas tareas inconclusas, y tan urgentes.

El peronismo subsiste porque es más que una entidad política o una definición electoral de millones de argentinos: es una empresa de reparación nacional aun pendiente, que si se llamó así fue para graficar en el lenguaje la inmensidad histórica de Perón, el hombre que vio lo que muchos otros no vieron, hasta que lo tuvieron frente a sus narices aquel 17 de octubre. Y si a más de 50 años de su muerte esa empresa pendiente se sigue identificando con su nombre, es simplemente porque no ha sido superado en sus causas, que son -como dijimos- su causa.

El peronismo representó y representa en la memoria histórica de muchos argentinos, la democratización del goce de la que hablan Daniel Santoro y Pedro Saborido, o el Technicolor de los días felices tal como lo definía el mismo Discépolo en sus monólogos con Mordisquito. Y esa evocación de la memoria social es nostalgia pero también presente y esperanza de futuro, gracias a la experiencia kirchnerista: eso, y no otra cosa, es lo que verbalizan los testimonios de los que por estos días ganaron las calles en defensa de Cristina, y allí hay que buscar las razones de la persistencia de su liderazgo político, social y hasta emocional sobre muchos argentinos.

El gorila odia, pero nunca disfruta, ni siquiera cuando gana o consigue lo que quiere, que siempre es que nosotros -sencillamente- dejemos de existir. Por contraste y como decía Jauretche, "La multitud no odia, odian las minorías, porque conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor.". Lo que ocurre es que en esos casos y salvo los privilegiados de siempre, perdemos todos, incluso muchos de ellos, y así el ciclo vuelve a empezar, como en 1945: queriendo enterrar al peronismo, lo están sembrando, y en alguna parte de sí mismos lo entienden, y eso los enfurece más.

El peronismo es -como lo definiera José Pablo Feinmann- una obstinación argentina, mal que les pese a muchos que vienen pronosticando su fin desde Vernengo Lima en el 45' hasta Escribano en el 2003, y todos los hoy se repitieron en el vaticinio, después de conocerse que la Corte confirmaba la condena y proscripción de Cristina.

La furia y su odio de la Argentina anti-peronista no son más que la extroversión encendida de su profunda pobreza espiritual: de metas (limitadas a que nosotros no existamos más y desaparezcamos del paisaje), de épicas y de héroes: pasaron de Carrió a Lanata a los arbolitos o las cuevas que les vendían dólares, Nisman, Vicentín, el fiscal Luciani o la misma tobillera de Cristina. Antes se habían esperanzado con Braden, Rojas y Aramburu, Videla y -como no- hasta con Alfonsín. Para colmo de (sus) males, en muchos casos (como pasó con los "cabecitas negras", la metáfora de Rojas sobre el perro y la rabia, y está pasando con la tobillera de Cristina), lo que ellos lanzan como anatema de humillación, nosotros se los devolvemos como orgullosa afirmación de identidad, y demostración de tozuda persistencia en seguir existiendo, pese a todo. 

Por eso les molestan Cristina, el balcón y la alegría del pueblo cuando sale, aunque ella esté presa y muchos de nosotros angustiados por el presente y el futuro del país: esa alegría es esperanza para nosotros, y perturbación para ellos, porque no son felices (nunca lo son) y no soportan que otros lo sean, o sueñen con serlo. Tanto que ya ni siquiera fingen en que creen en los derrames como creyeron con Cavallo y Menem, ni en "mantener lo bueno y mejorar lo malo" como decían que creían con Macri, y por eso directamente votaron al que prometió destruirlo todo, porque para ellos "todo" era el peronismo y lo que representa en términos de legado histórico, y creyendo que ellos zafaban, y no iban a caer en la volteada. Y en el peor de los casos, su sufrimiento sería un precio bajo a pagar por conseguir el oscuro objeto de su deseo: un mundo y una vida sin peronismo, ni peronistas.

Leonardo Favio (que entendió al peronismo como pocos) decía que se hizo peronista porque no se puede ser feliz en soledad. Los gorilas desconocen esa dimensión social de la felicidad, aunque a veces parezca que comparten con otros sus motivos de satisfacción, porque ellos -a la inversa de Favio- solo pueden ser felices (y a veces ni eso, o les dura poco) si otros no lo son, porque los subleva la felicidad ajena. Sobre todo si es la nuestra, como pasa hoy, con Cristina y el balcón. 

Decía Evita en "Mi Mensaje" hablando de la oligarquía: "Con ellos no nos entenderemos nunca, porque lo único que ellos quieren es lo único que nosotros no podremos darles jamás: nuestra libertad.". Parafraseándola, diremos nosotros: lo único que podemos darles a los gorilas para contentarlos, es dejar de existir. Y en tanto nosotros nos obstinemos en persistir existiendo, nunca serán felices, e intentarán por todos los medios y como casi único objeto de su existencia en términos políticos, que nosotros desaparezcamos.

El problema -que nos tiene hace 70 años en esta situación de empate hegemónico que está en la raíz de todos los males del país- es que entonces se les aparece en toda su magnitud el dilema que Discépolo le planteaba a Mordisquito: la única forma de hacernos desaparecer es la que nunca intentaron, que es superarnos, haciéndonos innecesarios en términos históricos, políticos y sociales.

miércoles, 18 de junio de 2025

GORILAS EN LA NIEBLA


Cuando se conoció que la Corte Suprema confirmaba la condena contra Cristina y su proscripción electoral y política, decíamos nosotros en ésta entrada: "El régimen (no ya el gobierno de la marioneta presidencial, que es solo su fachada) ha abierto una caja de Pandora al sacar del escenario electoral al principal elemento ordenador de la política nacional de los últimos 20 años, en un contexto de apatía política y anomia ciudadana, con una crisis económica cuyas manifestaciones sociales cualquiera puede comprobar a diario en carne propia, y a las puertas del estallido de otra burbuja financiera de endeudamiento y fuga de capitales.".

Y lo que vino pasando en los días posteriores nos dio la razón: nadie -ni en el oficialismo ni en la oposición- parece saber bien que va a pasar, o por donde decantará el proceso; que no es ni más ni menos que la reedición de lo que Cooke definiera como el empate hegemónico: ni el régimen pude terminar de estabilizarse consiguiendo legitimidad política, ni el campo popular alcanza la fuerza suficiente para desplazarlo, bastándole la que posee (y a veces) para resistirlo e impedirle avanzar.

Poco importa determinar con exactitud si todas las fracciones de la derecha (incluyendo la que formalmente gobierna) acordaron el momento de confirmar la condena de Cristina, pero lo que sí está claro es que subestimaron la reacción popular antes (viniendo como veníamos de un proceso persistente de apatía ciudadana traducida en el elevado ausentismo electoral), y ahora tampoco aciertan a predecir su profundidad y prolongación en el tiempo.

Allí hay que encontrar las causas de la paranoia y el miedo que se ha desatado entre los papagayos mediáticos del régimen, que hasta 10 minutos antes gastaban a cuenta -por enésima vez- de la extinción definitiva de Cristina y del kirchnerismo/peronismo, y ahora comprueban con preocupación que no hicieron más que despertar al gigante invertebrado; y después de atizar cotidianamente el odio, descubren que tienen que empezar a mirar por arriba del hombro, todo el tiempo. 

Mientras los opinólogos de toda laya nos venden un museo de novedades y llaman a ponerles nombres nuevos a cosas viejas, las dos tradiciones políticas que dominan la sociedad y la política argentinas desde hace 80 años (el peronismo y el antiperonismo) se muestran revividas y marcando el tono de época. Tanto que el gorilismo social le quiere marcar los tiempos al político y judicial, como cuando después del levantamiento de Valle pedían "Aramburu dales duro".

Tanto miedo tienen a la reacción popular que están pidiendo poco menos que una versión actual del Decreto 4161, para prohibirle a Cristina el balcón, que los saca de quicio y les saca la ficha de su gorilismo, por una razón muy sencilla: desde el de la Casa Rosada el 17 de octubre del 45' al de la Gaspar Campos después del primer retorno de Perón al país, el balcón es la escenografía visual por antonomasia de los fracasos de la Argentina gorila en sus intentos por erradicar definitivamente al peronismo de la escena nacional.  

Como pasó en aquel 17 de octubre y después de la caída de Perón en la resistencia peronista, hay en la reacción popular por la condena y proscripción de Cristina un mix de espontaneidad y organización, de respuesta emocional y de pura lógica racional instrumental de salir en defensa de quien los defendió dignificándolos, y protegió sus intereses. Y también como entonces hay dirigentes y estructuras (políticas, sociales, sindicales) que están a la altura de las circunstancias y otros que no, pero el proceso se les impone, forzosamente. 

También como en los tiempos posteriores al golpe fusilador y del "No me olvides" nacen y se multiplican formas de resistencia hormiga para recordar -una vez más y por si hiciera falta- que los pueblos no olvidan a quien no los traiciona, que no nos han vencido, que acá estamos, dispuestos a vencer, y que la lucha se debe dar en todos los frentes sin excluir ninguno, pero en especial poniendo el cuerpo en la calle, para que no nos puedan invisibilizar ni ignorar, ni (con perdón de la palabra), desaparecer. Y que como dijo Cristina, vamos a volver.

Por eso el gobierno -en tanto instrumento formal del poder real, hoy más que nunca- es el primer interesado en no perder el control de la calle y por eso despliega un operativo represivo en la madrugada en las inmediaciones de la casa de Cristina para desalojar a la militancia, aumenta por decretazo las facultades represivas de la Policía Federal para reprimir la protesta social e intentó por todos los medios evitar que la movilización multitudinaria para acompañar a Cristina a Comodoro Py se produjera; y cuando no lo logró implantó de hecho el estado de sitio requisando colectivos y militarizando las calles, para atenuar su impacto.

La condena contra Cristina cayó sobre una realidad, para modificarla, pero no en el sentido deseado por el poder real: gobernaban ellos a través de quien solo pudo ser el resultado del desencanto de buena parte de la sociedad con los resultados de la democracia, y esperaban consolidarse legitimándose por el vaciamiento de esa democracia, traducido en el elevado ausentismo electoral, en especial entre los sectores populares. 

La reacción popular contra la proscripción de Cristina es porque sacan de la oferta electoral a quien -en medio de ese oscuro panorama- mejor asumió el desafío central de la política, que es representar, por lo que la disputa que se abre a partir de entonces no es por la libertad de Cristina, por sus derechos políticos o por el derecho de parte del pueblo a votarla: es por el sentido último de la democracia y su intensidad medida en términos de reparación de injusticia y reducción de desigualdades. 

Y dentro de esa lucha general, va implícita la lucha por la dimensión de las libertades públicas amenazadas, el estado de derecho vulnerado groseramente y la recuperación del consenso democrático que hoy está indudablemente quebrado. Tuit relacionado:

viernes, 13 de junio de 2025

DEFENDER A CRISTINA ES DEFENDER EL SALARIO

 

En "Peronismo: filosofía política de una persistencia argentina" y analizando las miradas que sobre el peronismo se hicieron desde la izquierda, transcribe José Pablo Feinmann la opinión de Milcíades Peña cuando dijo: "El peronismo no modificó la estructura tradicional del país, es decir las relaciones de propiedad y la distribución del poder existentes. Sindicalización masiva e integral del proletariado fabril y de los trabajadores asalariados en general. Democratización de las relaciones obrero-patronales en los sitios de trabajo y en las relaciones ante el Estado. Treinta y tres por ciento de aumento de la participación de los asalariados en el ingreso nacional. A eso se redujo la "revolución peronista"." (las comillas son originales de Peña, y tienen un claro sentido despectivo).

Y agrega Feinmann por su parte: "¿Treinta y tres por ciento de aumento en la participación de los asalariados en el ingreso nacional? Milcíades, hoy, eso, sería más que el Palacio de Invierno." Decimos nosotros: visto el peronismo desde las clases dominantes, entonces también lo fue; tanto que haberlo hecho le valió a Perón varios intentos de golpe y magnicidio durante su mandato, el bombardeo de una ciudad abierta e indefensa provocando la muerte de civiles inocentes, su derrocamiento, exilio, proscripción y pérdida hasta de sus haberes como militar retirado, la penalización del uso de su nombre, la calumnia y la difamación, la persecución judicial, el robo, ultraje y ocultamiento del cadáver de Evita, y el impedimento para volver al país durante 17 años.

Para el pueblo argentino, la osadía del peronismo de poner en cuestión el reparto de la torta -y modificarlo- significó la cárcel, la persecución, los fusilamientos de junio del 56', la prohibición de votar a quien querían votar y, antes que nada, retroceder en aquello en lo que con Perón había avanzado: la redistribución del ingreso, entre otras cuestiones, pero esa es la central, porque es la que hace a lo que el propio Perón llamaba la víscera más sensible. Y no solo de los trabajadores, sino también de los empresarios.

Ni siquiera el segundo peronismo, el del retorno de Perón al país, caotizado por la interna, mereció paz del sistema: el golpe del 76' puso en marcha un plan de exterminio sistemático para que a nadie se le ocurriera en el futuro repetir la experiencia. Y también para moldear definitivamente una sociedad post peronista donde no exista memoria ni registro de su experiencia histórica. Es decir, el mismo plan de los "libertadores" del 55', el mismo que ensayó Macri y el mismo que hoy vehiculiza Milei, como simple marioneta de los dueños del país. 

Si alguno encuentra en lo relatado hasta acá semejanzas o pertinencia y aplicación a lo que le está pasando a Cristina, es porque la hay: haber conducido durante 12 años y medio de gobierno al punto más alto de participación de los trabajadores en la distribución del ingreso nacional, les valió a Néstor primero y a Cristina después la persecución mediática y judicial que ni siquiera se detuvo ante sus hijos, el ultraje de haber revisado sus casas hasta taladrando las paredes buscando bóvedas y fortunas ocultas, la privación de su jubilación de ex presidenta y un intento de asesinato en vivo por televisión, hasta culminar en vergonzosa condena confirmada esta semana por la Corte, que terminará con ella presa y posiblemente vejada mediáticamente, para solaz de la Argentina gorila, que tolera -y aplaude, y vota- corrupciones reales. 

Valga el relato histórico de ambos procesos - el del peronismo original y el de su fase kirchnerista- para poner en contexto las críticas a su naturaleza reformista (dicho esto con sentido despectivo, como lo decía Milcíades Peña), que no se puede siquiera discutir si se oculta el dato esencial: la naturaleza intrínsecamente criminal del poder económico en el país, o como decía Walsh, nuestra oligarquía temperamentalmente inclinada al asesinato.

La dicotomía o la antinomia peronismo-antiperonismo tiene ya 80 años de persistencia en el país, no tanto porque sea un intento de parte del peronismo de simplificar la explicación de los problemas del país y la causa de todas sus convulsiones políticas y sociales, sino porque -como decía Cooke- es la forma argentina en que se expresa la lucha de clases, aunque el peronismo no se haya definido nunca como clasista y aunque la divisoria a un lado y otro de la línea no se corresponda siempre con la ubicación de clase de cada uno, cualquiera sea el criterio que se adopte para definir y delimitar a éstas.

Si gobierna el peronismo y resulta fiel a su sentido histórico, la participación de los trabajadores en la renta crece, y cuando gobiernan el antiperonismo (cualquiera sea el sello de ocasión que adopten), decrece. Y esos son datos constatables, no una simple opinión. Por eso Menem fue el único peronista que les gustó a los gorilas, tanto que lo votaron.

Datos tan constatables que hay que buscar allí el origen de todas nuestras convulsiones políticas, y los límites concretos que el poder real de la Argentina ha definido hace tiempo para nuestra democracia post dictadura. En todo caso lo que hizo la experiencia peronista reciente en su fase kirchnerista fue recordárnoslo, al retomar la senda histórica del primer peronismo. Cuando el peronismo es más fiel a sí mismo (como pasó con Néstor y Cristina), más enfurece a la Argentina gorila. 

Para el poder real, la democracia es un juguete con el que nos permiten distraernos, siempre que respetemos el manual de instrucciones para su uso: hay cosas (como el bolsillo) con las que no se jode; o dicho de otro modo: la democracia (como el peronismo) es esa fiesta que se tenía que terminar porque era insostenible, de la que tanto nos hablaron.

Tuits relacionados:

sábado, 7 de junio de 2025

PRESOS O MUERTOS

 

Los días posteriores al anuncio de Cristina de su candidatura en la provincia de Buenos Aires los medios hegemónicos redoblaron la presión sobre la Corte Suprema para que confirme su condena, la metan presa y quede impedida de presentarse a elecciones. En respuesta la Corte rechaza la recusación de Cristina contra Lorenzetti con el voto del propio recusado, y el juez que estaría encargado de ordenar su detención en caso de que la condena sea confirmada, visita las dependencias de la Policía Federal donde la detendrían.

Mientras Cristina hablaba en Corrientes, detenían ilegalmente sin orden judicial y por orden de Milei (dato confirmado por el jefe de la Federal) a Juan Grabois, por ocupar el edificio del Instituto de Investigaciones Históricas "Juan Domingo Perón", que Milei disolvió decreto violando incluso la propia ley bases, en la que estaba excluido. Los bienes del lugar fueron tirados en basurales (como los pulmotores y frazadas de la Fundación Eva Perón tras el golpe del 55'), pese a que el Partido Justicialista ofreció hacerse cargo de ellos, y al momento de subir estas líneas, Grabois sigue detenido.

En los días venideros se cumplirán nuevos aniversarios de los fusilamientos de junio del 56' tras la revolución de Valle, y del bombardeo a la Plaza de Mayo para matar a Perón en el 55', que le costó la vida a centenares de argentinos. La casa que Grabois tomó es lo que queda de la residencia presidencial donde Evita -cuyo cadáver robarían los libertadores- pasó sus últimos días, y que fuera dinamitada por la Fusiladora.

A Cristina la quieren poner presa, porque falló el intento de asesinarla, que les hubiera ahorrado trabajo. Desde el 55' para acá (e incluso antes), los gorilas han intentado todo contra el peronismo: fusilamientos, torturas, proscripciones, desapariciones, robo de bebés y suplantación de su identidad. Como dijo Cristina, nos quieren presos o muertos.

Y como hemos dicho otras veces, lo que nunca intentaron contra el peronismo -ni lo harán- fue hacerlo innecesario, eliminando las cusas que le dieron origen: por el contrario, desde hace 80 años (más incluso) su plan económico es hambrear a los argentinos y saquear el país en beneficio de sus intereses y los de sus amos extranjeros, y su plan político (desde que existe) es exterminar al peronismo, porque perciben que es el único que les pude impedir y hacerlo. Ayer con Perón, hoy con Cristina.

Cuando Casación confirmó la condena contra Cristina por la causa Vialidad, dijimos acá: "No podemos seguir jugando a que: a que hay democracia, a que tenemos instituciones, a que rige la Constitución, a que nos preocupan la pobreza o la desigualdad, a que seguimos siendo un país soberano, o con los atributos de tal. Hay que intentar algo distinto y alguien tiene que hacerlo, por nosotros, por el país, por su futuro y el de la inmensa mayoría de sus habitantes.".

"Hay que dejar de llorar proscripciones y persecuciones -que existe, quien puede dudarlo-, y forzar al régimen a desnudarse, y verse obligado a instrumentarlas realmente para defender sus privilegios: ya no tiene sentido desconocer -o actuar como si lo hiciéramos- los liderazgos naturales instalados en el corazón de los argentinos y ofrecer sustitutos que no están a la altura del desafío, simplemente porque ellos y sus jueces dicen que Cristina no puede ser candidata. Y si no somos nosotros (solos o acompañados por otros que piensen más o menos parecido) los que lo intentamos, ¿Quién?"

Y en el último aniversario del golpe genocida, decíamos: "...el atentado contra Cristina (y sobre todo las reacciones posteriores de buena parte del arco político y del sistema judicial) habían dejado claro que no estaba tan extendido y generalizado como pensábamos el consenso democrático respecto a la erradicación de la violencia (incluida la supresión física del adversario). El despliegue represivo actual del gobierno de Milei (un presidente elegido por el voto que no cree en la democracia) para frenar la protesta social contra su gobierno es simplemente la confirmación de que tal suposición sobre la amplitud de ese consenso era errada.". 

No es contra Cristina, ni contra el peronismo (aun cuando sean sus blancos históricos y actuales): es contra la democracia. Tuits relacionados:

domingo, 18 de mayo de 2025

CIUDAD DE POBRES CORAZONES

 

Las elecciones porteñas ratificaron la tendencia que se viene observando desde las de Santa Fe para acá, en todos los distritos: decae en forma importante el porcentaje de participación y crece la abstención ciudadana, como signo visible del fracaso de la política en su conjunto -tanto de los oficialismos como de las oposiciones- para recomponer la confianza en la capacidad de la democracia para resolver los problemas de la sociedad.

Es posible que ese ausentismo electoral sea aun mayor en los sectores populares, los que tienen menos resto para sostener en el tiempo la esperanza en que las cosas mejoren, incluidos aquellos que votaron a Milei con esa idea. Para el peronismo y las fuerzas del campo popular, un llamado apremiante a reconectarse con su base electoral, encontrando el lenguaje, la organización, las propuestas y los candidatos adecuados.

El desdoblamiento electoral (allí donde no estaba impuesto por las normas y respondió a decisiones o estrategias políticas, como en la PBA y la propia Capital) o la provincialización (o municipalización, como en la CABA) de las campañas no resuelve la apatía ciudadana, sino que la empeora. Hablarle a una sociedad fuertemente polarizada en torno a la experiencia libertaria del orden nacional exclusivamente en términos de particularidades regionales, provinciales o -peor aún- municipales (el "metro de cercanía" del que hablaba el PRO en tiempos de Durán Barba) es una estrategia destinada al fracaso en una país en el que la mayoría de sus habitantes tienen dificultades serias para llegar a fin de mes, conseguir empleo o pagar las cuentas.

Por donde se los quiera ver, hay signos crecientes y concordantes de descomposición democrática, en paralelo con la degradación institucional a la ya apuntada -y pronunciada- baja en la participación electoral hay que sumarle la crisis de los partidos políticos, su progresivo vaciamiento y falta de debate y competencia interna, la mediocridad ramplona y exasperante del debate político, el cada vez más bajo nivel de los candidatos y la tentación constante de dirigentes y candidatos -en especial del oficialismo ampliado- a jugar en los límites del consenso democrático, porque les reditúa electoralmente frente a un sector no menor de la sociedad que ya no concede el mismo valor que antes, al respeto de las reglas de juego.

En lo específicamente porteño, las elecciones ratificaron ampliamente el sistema de preferencias políticas de la ciudad que domina sus comicios desde 1983. Una vez más, las terceras vías o la búsqueda de los "votos blandos" de un ilusorio centro social se reveló una estrategia condenada al fracaso, para todos los que la ensayaron, a uno y otro lado de la grieta.

La elección fue planteada como una PASO del gorilismo porteño para ver quien era más capaz de terminar definitivamente con el peronismo en su encarnación peronista, y fue resuelta a favor de la crueldad explícita, incluso contra sectores que bien podrían ser parte de su propia base electoral: el show semanal de represión de Bullrich contra los jubilados no solo no conmovió la sensibilidad de buena parte de los porteños, sino que pareció aportarle votos decisivos a la lista que encabezaba Adorni para resolver esa interna gorila a favor.

Buena parte de los porteños decidió terminar con la hipocresía de que les importaban la corrupción o las instituciones, cuando en realidad lo que les importa es terminar con el peronismo (circunstancialmente kirchnerismo) y todo lo que éste representa; y allí hay que explicar las pobres performances electorales del PRO, la UCR y la Coalición Cívica.

El tono de la campaña de Santoro (y su misma candidatura) no fueron suficientes para marcar una diferencia sustantiva con anteriores desempeños electorales del PJ porteño y sus alianzas, y el triunfo en las comunas del sur de la ciudad (las más castigadas por el ajuste libertario y la desidia macrista en la gestión municipal) en buena medida fue posible por la división de la oferta electoral de la derecha.

El peronismo tuvo otro ejemplo concreto de que debe asumir plenamente y sin complejos la experiencia kirchnerista como parte de su tradición política, sin dejarse correr por la anatemización mediática y política y la persecución judicial contra el proceso vivido entre 2003 y 2015, para no permitir que su identidad y propuesta política queden limitadas a los términos que le impone el enemigo. Y desde allí, no negándola ni ocultándola y con todos los debates que se crean necesarios, construir su propuesta a los argentinos, para volverlos a enamorar.

Es tan cierto que el peronismo dividido pierde o disminuye sus chances de ganar, como que los pedazos en que se parte nunca son iguales o equivalentes en términos de representación popular y volumen políticos: los minúsculos guarismos de las listas de Moreno y Abal Medina los dejaron expuestos como lo que son: colectoras (voluntarias o no, lo mismo da) del gorilismo para garantizar su victoria, o la derrota del peronismo.

Para esos fines gozaron (como otros gozaron antes, en otros distritos) de amplio esponsoreo mediático y posiblemente financiamiento de campaña por izquierda. Pero nada es eterno, y en política menos: cuando el sistema político del gorilismo (y sus mandantes reales) advierten que ya no los necesita para eso, prontamente los olvidará, y su presencia en el ágora mediática será mucho más parecida a su verdadero caudal electoral. Tuits relacionados:

sábado, 10 de mayo de 2025

LOS SALIERIS DE RIAL

 

La anécdota es conocida quizás no tanto el autor de la frase célebre: después de derrocado Perón en el 55´ por la autodenominada Revolución Libertadora, una delegación de dirigentes sindicales esperaban ser recibidos por el gobierno en la Casa Rosada para plantear sus reivindicaciones, atento a la promesa de Lonardi de respetar las conquistas sociales alcanzadas durante el peronismo.

Un marino (el contraalmirante Arturo Rial, de uniforme negro y gorra blanca en la foto de apertura) preguntó quienes eran y que estaban haciendo y al responderles unos dirigentes del sindicato de los municipales, les dijo "Sepan señores que la Revolución Libertadora se hizo en éste bendito país para que el hijo del barrendero, muera barrendero".

No hacía más que definir, con absoluta crudeza, lo que era en esencia la Libertadora: una revancha de las clases dominantes contra la insolencia peronista de haberles concedido derechos a los trabajadores y haber aumentado su participación en la distribución del ingreso nacional, tanto como su dignidad. Rial demostraba así que había entendido mucho mejor que Lonardi (que proclamó que no habría vencedores ni vencidos) el sentido profundo del motín cuartelero del que participaron: un proceso de movilidad social ascendente como el que el peronismo protagonizó, trastocando las "jerarquías naturales" de la sociedad tradicional no podía ser tolerado. 

Allí hay que buscar entonces el origen de la violencia en los tiempos más recientes de la Argentina: en la voracidad de una oligarquía y clases dominantes que (como bien señalara Rodolfo Walsh) están temperamentalmente inclinadas al asesinato para defender sus intereses; más que en las pulsiones represivas de centuriones desbocados, que sin esa mano (visible) que los empujó en cada ocasión, no hubieran pasado nunca del fragote intrascendente.

En ese instinto asesino de nuestras clases dominantes por preservar sus privilegios hay que buscar, entonces, no solo el origen de la violencia en el país, sino de sus crisis económicas e inestabilidades institucionales. Y lo podemos ver nuevamente hoy, en tiempos de otro ensayo de laboratorio sobre seres vivos que algunos lenguaraces nos quisieron vender como novedoso, y como diría Perón, es más viejo que mear en los portones.

Tanto que la tan remanida "lucha contra la casta" terminó siendo -una vez más-  una nueva vuelta de tuerca de la permanente persecución gorila al peronismo, con el intento de proscripción de Cristina en el tope de las prioridades de su plan político.

La idea es la misma de siempre: consagrar (después de los intentos de Martínez de Hoz, Cavallo con Menem y De La Rúa, Macri y ahora Milei) un modelo de país post peronista que sea definitivo e irreversible; sobre todo en las relaciones del trabajo y en la distribución regresiva del ingreso. Un ejemplo semanal pequeño para ayudar a la comprensión: ahí anda Caputo diciéndoles a los supermercadistas que no remarquen los precios más del 9 %, mientras pisa la paritaria de los empleados de comercio para no homologarles el aumento.

Y puesto todo su empeño (como siempre, pero más que nunca) a conseguir ese objetivo sin importar las consecuencia, el peronismo (con todas sus debilidades, contradicciones y falencias) les molesta porque simplemente está en su camino. Como advirtió Cristina cuando comenzó la persecución en su contra, "no vienen por mí, sino que vienen por ustedes". 

Cristina, la que mejor expresa y sintetiza el peronismo porque con ella fue con la que los trabajadores alcanzaron la mayor participación en el ingreso después de los gobiernos del propio Perón. Ahí está todo el asunto, que la intuición gorila -como suele pasar- percibió con mayor agudeza que muchos peronistas despistados.

lunes, 21 de abril de 2025

EL PODER DE LA TELE

 

Para los que no son de Santa Fe, de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo en la imagen de apertura, Enrique Muttis, Eduardo González Riaño, Marta Fassino, Emilio Jatón, Silvina Cian y Eugenio Fernández. Hoy podríamos agregar al panel a Ana Cantiani y María Luengo. 

¿Qué tienen todos en común? Que todos entraron a la política desde el periodismo y los medios, o para ser más precisos, desde un medio: Canal 13 de Santa Fe (hoy Telefe), y más precisamente aun, desde un programa: el noticiero del canal local.

En todos los casos después de años de hacerse conocidos en la pantalla saltaron a la política y mal no les fue: todos ellos tuvieron su buena cosecha de votos, y con la excepción de Fernández (hoy funcionario de Pullaro), todos llegaron a ocupar cargos electivos, especialmente en el ámbito municipal: Muttis y Jatón fueron intendentes, González Riaño y  Fassino fueron concejales, Cian lo es actualmente, Cantiani y Luengo fueron candidatas en las PASO del 13 de abril y seguramente ingresarán al Concejo.

En tiempos del cable primero, y las redes sociales y los canales de stream después, un noticiero pedorro, de un canal de aire pedorro, sin ningún contenido o figura relevante se convirtió en el principal semillero de candidatos de la ciudad, con otro elemento en común: ninguno de ellos jamás lo fue por el peronismo, en cualquiera de sus encarnaciones y sellos electorales. Siempre del lado gorila de la vida digamos.

Ahora bien, no siquiera puede decirse que el canal, sus autoridades o el propio noticiero -a lo largo de los años que arrancan con Muttis hace décadas y siguen hasta hoy- siquiera haya tenido una línea política claramente definida al estilo -por ejemplo- de TN o los medios del grupo Clarín. Más bien la línea (de la que participaron todos los nombrados) fue ser desabridos, cualunquistas y tratando de representar el famoso "sentido común de la gente". Y a veces, ni eso, la nada misma.

Ninguno de ellos tuvo siquiera formalmente el rol de comentarista político y como tal la misión de "bajar línea" explícitamente, en un programa (el noticiero) que casi nunca lo tuvo, salvo en tiempos de Carlos Larriera, otro gorila notorio. Entre los que saltaron a la política desde el escritorio del noticiero hay de todo, menos eso: comentaristas de deportes, de espectáculos, de noticias, locutoras del Quini 6 y simples lectores de noticias, como Jatón.

Un noticiero que ni siquiera refleja debidamente la realidad local, ciudadana, (al extremo de que hay barrios de la ciudad a los que jamás llegaron sus cámaras, y temas que aquejan a sus habitantes, que jamás fueron tratados en las emisiones), logró colocar dos intendentes, y varios concejales. Un fenómeno digno de estudio, por su reiteración y persistencia.

En  la provincia que estuvo entre las pioneras de la "famosocracia" de candidatos que venían del deporte como Reutemann o más tarde de la farándula como Del Sel, el "Partido Notitrece" lleva una persistencia de casi cuatro décadas, cuando ya ni el programa ni el canal se llaman como se llamaban antes, y cuando sigue con la misma línea de periodismo de la nada, anodino y pasatista. Y muy posiblemente con cada vez menos audiencia, si es cierto que la gente mira cada día menos la televisión de aire.

Lo cual nos lleva al punto: ¿Qué ven en esta gente muchos santafesinos (y no simplemente gorilas: la cholulocracia parece ser transversal, a juzgar por los resultados electorales) como para votarlos? Porque además ninguno se ha caracterizado por sus luces para sobresalir en la política por sus méritos, una vez instalados en ella: ahí está el caso de Jatón y su paso por la intendencia, sin ir más lejos.

Es probable que a cada uno de ellos los hayan votado o los voten una vez, y que no hagan nada relevante y en consecuencia o no los vuelvan a votar, o no se presenten de nuevo, aunque hasta acá el único que volvió a lo suyo fue González Riaño: todos los demás le agarraron el gustito al cargo público. Lo que es seguro que esa cantera inagotable de talentos de la nada que es el noticiero del canal local volverá a mostrar como disponible una cara conocida para que el armado electoral del gorilismo ponga sus ojos en ella, a la hora de elegir sus candidatos taquilleros. Y que muchos santafesino lo volverán a votar.

De hecho, la propia estructura de los partidos antiperonistas en la ciudad es cada vez más dependiente de Notitrece para reclutar candidatos: comenzó el PDP con Muttis (que cierto es militaba en el partido, y fue funcionario de la dictadura militar en su nombre), siguió luego la UCR (relegando incluso a los candidatos que provenían de la UNL como Corral o Barletta) y finalmente entró en la variante el socialismo, cuando logró con la candidatura de Jatón disputarle al radicalismo con éxito la hegemonía en la ciudad.

Tal es el fenómeno que Poletti (el actual intendente, un experimento con el que la UCR de Corral y Barletta se recicló para eludir que los dos estaban muy quemados para reincidir) fue a buscar a Luengo en la cantera del noticiero para encabeza su lista de candidatos. Y "La Libertad Avanza", el partido de Milei que está organizando su hermana en todo el país, buscó a Ana Cantiani (que comenta espectáculos en el canal, y de la que nunca se conocieron opiniones, ni preocupaciones ni inquietudes políticas o sociales, como es la regla en la mayoría de esto casos) para intentar llegar por primera vez al Concejo municipal.

Un fenómeno que -nos parece- hay que tratar de entenderlo -si es que es posible- más por el lado de los electores, que de los elegidos. Quizás en el fondo todos ellos sean sucedáneos de la feta de salame que se popularizó en los sobres electorales en otros tiempos. El tema es que si los salames son muchos, terminan gobernando; o como decía Dolina: "hay que tener cuidado con los boludos, porque son muchos y terminan eligiendo al presidente."

Tuit relacionado: